Las manos pican con la puesta de sol

Summary: Es insoportable. Lo sé, lo sabes. El calor en mi mano me está matando. La odio, a la puesta de sol. Esa luz anaranjada que se burla de mí sabiendo que puede tocarte, abrazarte, calentarte. Y no es calor sino frío. El escozor del vacío; el picor de cada latido. Porque mis manos pican ante el deseo de decirte mil susurros sin palabras.

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—¡Mira! ¡El sol se está poniendo! — la sonrisa se expande a través de tus labios mientras corres hacia el final del puente.

Cuando todos se van, nosotros vamos a contracorriente en aquel paseo marítimo que comienza a llenarse de vida. Sonrío sin poder evitarlo: sigues siendo tú, a pesar del paso de los años.

Te alcanzo con paso lento. Por alguna razón, algo me atrae y me detiene al mismo tiempo. Tú no dejas de saltar con entusiasmo; y mi corazón no para de botar por todo mi cuerpo. A cada paso que doy, todo a mi alrededor tiembla ante tu presencia, ante tu sonrisa, ante tus ojos.

—¡Vamos! ¡Date prisa o te lo vas a perder! — me apremias con la voz extasiada.

Me apoyo sobre la madera sin dejar de observarte. El viento mece tu largo cabello negro, acaricia tus mejillas sonrojadas y juega con tu vestido blanco. Simplemente no soy capaz de apartar los ojos de ti.

—¿Qué pasa? ¿Tengo monos en la cara? — me reprochas enfrentando mi mirada con el azul de tus ojos. — Anda, para ya. Yo no soy más interesante que esta puesta de sol — ríes. Río. No lo puedo evitar. No lo quiero evitar. Porque te equivocas: la puesta de sol volverá a estar ahí mañana como parte de su ciclo vital; pero este instante junto a ti es único y no volverá a repetirse jamás. Ni tú ni yo lo sentiremos igual. Lo sé, lo sabes. Por eso no quiero dejar de observarte, para gravar a fuego cada segundo de este momento en mi alma. — Venga, el sol casi se ha puesto.

Y ahí está de nuevo.

Esa sensación de ansiedad que me impide respirar, el desasosiego que oprime mi pecho con cada nuevo latido. En el momento en el que mis ojos abandonan tu rostro, mis manos caen a los lados… y todo comienza a picar.

Porque todo mi cuerpo tiembla con tan solo pensarlo. Tú y yo, el uno al lado del otro. No como amigos, ni tan siquiera como vecinos. Tan solo nosotros. Tan cerca, tan lejos. Como esas olas que se rompen en la arena y aquellos barcos que se pierden en la mar.

Suspiras.

Suspiro. Y me siento perdido.

Jamás te vuelvo a mirar. Pero me es imposible dejar de buscarte, de pensarte… de quererte. Porque ni siquiera sé cuándo pasó: un día eras inocente amistad y al otro inalcanzable deseo. Una noche nos confesábamos secretos, y a la mañana siguiente no era capaz de articular una frase frente a ti.

Te mueves.

Me muevo.

Porque todo mi cuerpo vibra cuando estás a mi lado, y se estremece ante el picor del vacío de no tenerte cerca.

Es insoportable. Lo sé, lo sabes. El calor en mi mano me está matando. La odio, a la puesta de sol. Esa luz anaranjada que se burla de mí sabiendo que puede tocarte, abrazarte, calentarte. Y no es calor sino frío. El escozor del vacío; el picor de cada latido.

Porque mis manos pican ante el deseo de decirte mil susurros sin palabras.

Y de repente todo estalla.

Un roce.

Un solo toque de tu piel sobre la mía…

… y ya no pude más.

Cuántas veces nos habríamos dado las manos en nuestra infancia, cuántas veces nos apoyamos el uno en el otro. No importaban, ninguna se podía comparar con aquel nimio toque. Porque ese día descubrí que tu simple roce era capaz de describirme el mundo sin palabras, de susurrarme al viento sin hacerlo. Porque ese día ya no eran dos amigos los que estaban el uno junto al otro; éramos solamente nosotros.

Y quisimos más.

Tu mano buscó la mía; la mía buscó la tuya. Te atrapé; me atrapaste. Una promesa silenciosa frente a las olas del mar; un futuro incierto bañado por la puesta de sol.

No hacían falta palabras, ni siquiera una mirada. Ni tus ojos me buscaron, ni los míos lo intentaron. Sabíamos que no era necesario, que no debíamos hacerlo. Aquel instante permanecería intacto para siempre.

Éramos nosotros, jurando un amor silencio.

Eran nuestras manos, que picaban con la puesta de sol.

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Escrito por Alegría Jiménez

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