Hermanas

—¿Sabes lo que me ha pasado viniendo para acá? —pregunta Blanca esperanzada.

—No. —La voz suave de Elena sorprende a Blanca. Le ha respondido.

—Un policía, un policía ha intentado ligar conmigo. Pero no te creas que me lo estoy imaginando, ha sido de forma descarada. ¿Te lo puedes creer? ¡Un policía! ¿En qué mundo estamos? ¿Eso no es abuso de autoridad?

Blanca está muy nerviosa. Siempre ha mantenido la esperanza, pero hace mucho tiempo que Elena no muestra interés por nada, ni siquiera por lo que a ella le pase. Toma una bocanada de aire e intenta serenarse. Sólo ve ojos en el rostro de Elena, unos inmensos ojos redondos y azules. Espera por una respuesta, pero realmente no cree que vaya a obtenerla. Sin embargo, esa voz suave vuelve a sorprenderla:

—Eres hermosa, ¿por qué no iba a intentar ligar contigo un policía?

Blanca reprime el inicio de una sonrisa. Está emocionada, su hermana le está contestando.

—Bueno, eso es discutible. Mamá siempre dijo que tú eras la más guapa.

Elena decide callarse. Mamá decía eso para hacerla sentir mejor, pero no era cierto.

Blanca se desanima. A diario tiene miedo de fastidiarla con su hermana. Sabe que es importante no hablar de belleza, pero ha sido Elena que siempre es capaz de hacerle sentir mal, de hacerle creer que está fallándole de nuevo.

—¿Sabes dónde me ha parado? —dice Blanca sin desistir—. En la rotonda que hay aquí al lado. Ni me ha pedido los papeles del coche. Ha ido directamente a lo que ha ido.

—¿Era guapo? —pregunta Elena.

—Sí. —Blanca asiente rápidamente. La esperanza la invade de nuevo. ¡Su hermana está manteniendo una conversación con ella! Se ríe y se esfuerza por sentir vergüenza. Cree que sería ideal si sus mejillas se tiñeran de rojo, pero no lo hacen.

Elena no dice nada más, entonces pasa algo que ha ocurrido cientos de veces… Elena pierde la mirada. Un miedo irracional atraviesa el cuerpo de Blanca. Hacía mucho que su hermana no interactuaba con ella. Llevaba pensando en esta anécdota toda la semana. No hay ningún policía. Ni siquiera ha ido en coche a visitarla, ha cogido al autobús como hace siempre. Pero es una mentira piadosa, una mentirijilla para recuperar unos minutos a su hermana.

Blanca ignora el olor a desinfectante de la habitación, suspira, retuerce las manos entorno al abrigo que tiene en su regazo. No quiere perder la esperanza con Elena, pero a veces le resulta muy difícil mantenerla. No obstante, hoy no va a ser el día en el que se rinda.

—¿Y sabes lo que me ha dicho el policía?

Elena enfoca de nuevo la atención en Blanca. “Es tan bonita…”

—¿Qué te ha dicho? —le pregunta haciendo un esfuerzo. Ayer, cuando habló con su psiquiatra, le prometió que iba a intentarlo de verdad.

Blanca no puede creerlo, hoy debe ser su día de suerte porque ha captado de nuevo el interés de Elena.

—Pues… —dice nerviosa— resulta que me ha pedido el carnet de conducir y se ha fijado en la dirección. ¿Y sabes lo que me ha dicho a continuación?

Elena niega con la cabeza y Blanca se ríe en un intento de crear expectación. En su opinión, se está volviendo una auténtica actriz.

—Me ha dicho que mi nombre es precioso y que ya sabe dónde vivo.

El fantasma de una sonrisa baila en los labios de Elena. Blanca recuerda cuando eran niñas y su hermana reía de forma exagerada casi por cualquier cosa. ¿Cómo no se dio cuenta cuando dejó de hacerlo? ¿Cómo no se dio cuenta de cuánto le afectaba el físico? ¿Cómo no se dio cuenta? Es increíble que Elena se haya convertido en ese ser que descansa en la cama. Su piel se estira de una forma extraña y todo lo que se puede apreciar de su hermana es hueso. Es como estar delante de un esqueleto que habla. Blanca sacude la cabeza desterrando ese pensamiento y recupera su espíritu esperanzador.

—Y lo mejor de todo es que me he bajado del coche y le he pegado un rodillazo en los huevos.

Se ha pasado, Blanca cree que se ha pasado. Elena abre los ojos haciéndolos parecer aún más desmesurados en su cara y emite una risa casi imperceptible.

—¿En serio? —susurra Elena.

—En serio.

—Blanca, ¿le has pegado un rodillazo en los huevos a un policía?

—Te lo juro.

—¿Sabes que jamás has sabido mentir?

—Oye, que te lo digo de verdad —murmura Blanca moviéndose inquieta.

—Ya claro, ¿y no te ha detenido?

—No, lista.

—Blanca, no hay quien se lo crea.

Aquella respuesta de su hermana hace que Blanca dude, pero continúa:

—Es de verdad, ¿para qué iba a mentirte? No me ha detenido porque me he disculpado y he acabado invitándolo a cenar.

Elena no sabe si creer a su hermana. Puede que no le mienta, puede que estas cosas le puedan pasar a Blanca. Ella es tan delgada y delicada. Blanca siempre ha sido la niña perfecta. No hay nadie más guapa que ella. Incluso su pelo rubio y ojos azules han brillado desde la infancia más que los suyos.

Una joven enfermera irrumpe en la habitación.

—Hola —saluda Blanca sin apartar la mirada de la de su hermana.

—¡Buenos días para las gemelas más guapas del mundo! —exclama la enfermera sonriendo.

Elena observa a su hermana de forma inexpresiva. No pueden ser más diferentes. Ella es gorda y fea, mientras que Blanca es el ser más espectacular que ha visto nunca.

Blanca se fija en cómo la enfermera cambia el suero de su hermana. ¿Por qué Elena no puede ver la realidad? Son idénticas, dos gotas de aguas… ¿Cómo no lo ve? ¿Cómo puede verse a sí misma gorda?

La enfermera se despide y Blanca entrelaza sus dedos con los de su hermana. La esperanza corre por las venas de Blanca.

—¿Y sabes lo mejor de todo? Cuando me he ido a subir en el coche después de ligar con el policía, me he montado en el lado del copiloto.

La risa suave de Elena se mezcla con la carcajada de su hermana. Hace siglos que no se ríen juntas.

—Me ha dado tanta vergüenza, que no he salido del coche. He saltado por encima de la caja de cambios y muy digna, he arrancado y he venido corriendo para acá.

Blanca piensa en cuanto tiempo a mantenido la esperanza. Quizás es cierto y no hay que perderla. Su mano se aferra a la de Elena con fuerza y las gemelas ríen sin parar.

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