Fundamentos para escri-bi-vir

«La vida es para quien se conforma. La poesía, para quien sueña y desea…» Elvira Sastre.

El silencio no solo puede almacenarse en los labios porque existen tantos tipos de silencios como gritos contiene el mundo.

Existen los silencios impuestos. Aquellos que obligan a los pueblos a dejar las calles a oscuras. Toques de queda que vacían las calles de ruido. Ciudades petrificadas que demandan el calor intercambiable de todos los peatones que se miran, se cruzan y vigilan en todos los pasos de cebras y semáforos.

Existen silencios de derrota. Silencios que se amontonan en la puerta de los portales como la nieve de los inviernos más duros y que solo pueden apartarse con las grandes palas metálicas de las palabras.

Existen silencios necesarios. Aquellos que nos despiertan los domingos por la mañana y nos encuentran a caballo entre un sueño profundo y un despertar con baba en los labios. Silencios de reencuentros. Silencios de reflexión que tienen por paisaje todos los atardeceres.

Y silencios. Silencios inesperados que nos dejan desnudos en mitad de la calle:

─Pero , ¿se fue?

─Sí. Se marchó. Nunca más. Sin avisar.

Pero quién. Aquel vecino del octavo b de la noche. Aquel padre o madre al que ya no ves desde hace algún tiempo. Aquella señora que pedía en la puerta del supermercado y que con el paso del tiempo tu vista se acostumbró a verla como un objeto más del mobiliario de las aceras.  Aquella que rompió tus labios de silencios ante la falta de respuestas que pudieran coserte por dentro. Ese que llenó de silencios tu buzón de voz y que solo podía ser interrumpido por el hilo de voz aprendido de un contestador automático. Aquel familiar, primo, tío, mascota o amigo que ahora se te viene a la mente. Aquel de tu vida, porque siempre habrá algún aquel, más tarde o más temprano, que ni los médicos más prestigiosos de Houston fueron capaces de reanimar mientras tú esperabas al otro lado de una pared de un quirófano.

“Y así, yo, que me he pasado toda la existencia poniendo palabras sobre la oscuridad, me quedé sin poder narrar la experiencia más importante de mi vida. Ese silencio duele”. Me contó un día Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte para ilustrar este apartado dedicado a los silencios que taladran  hasta dejar huecos, y ante los cuales, los albañiles de las letras nos detenemos, revisamos daños y desperfectos y hacemos un presupuesto.

Porque:

Nosotros, los narradores. Nosotros y nostras los que vaciamos nuestras voces frente una hoja de Word versión 2007-2010 somos el altavoz del silencio de los que envuelven de ruido su rutina. La última esperanza de los que se sientan agotados en el sofá a la espera de que seamos nosotros los que les demos agua y cemento  para ayudarlos a  rellenar todos esos huecos que existen sin apuntalar. Nosotros los que edificamos otras realidades paralelas bajos libros de tapa blanda y ediciones de bolsillo porque con la que tenemos no basta. Los aventureros que se adentran en las cuevas del espanto de los días para encontrar un poco de luz y traerla a las calles de los hombres y las mujeres que comen, aman, rezan y duermen a nuestro lado. Nosotros los que hacemos el trabajo sucio, sacamos la basura y juntamos las palabras y construimos abismos de supervivencia entre ellas, por el día, de ocho a dos, esperando en las colas de los cajeros automáticos, subiéndonos el pan a la hora del almuerzo, fregando cuartos de baño, cuidando niños ajenos para de noche domar el silencio, y sin un horario delimitado, en este circo indomable al que llamamos vida.

Porque también existen silencios desde los cuales también renace el fuego. Aunque para traficar con ellos e ir a buscarlos corramos el riesgo de enmudecer a su lado. Aunque las piedras de nuestros bolsillos nos ahoguen hasta el fondo de nuestros ríos como a la Woolf. Aunque perdamos la cabeza en el horno como la Plath. Aunque el cáncer no nos deje escribir  y nos intente torcer nuestros últimos renglones como al Capote, al Galeano o la Chacón.

Aunque ningún político, ministro de cultura, empresario, gobierno corrupto, terrorista del silencio o seres enloquecidos por el bullicio, se atrevan a mirarnos por miedo a consumirse bajo ese ruido atroz que los envuelve, justo un minuto después de escuchar todo este grito incesante de silencio que jamás dejará de salir de nuestros ojos.

Y porque debajo del silencio no queda más que silencio, como tantos gritos ha dado a luz el mundo.

 

 

 

4 comentarios en “Fundamentos para escri-bi-vir

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s