El último sueño

[Era verano y el galán de noche estallaba en el patio. El dulzor empapaba el aire y se posaba sobre las pestañas que, vencidas, caían lentas a cada parpadeo . Las palabras escritas se mezclaban con la conversación que transcurría alrededor de la mesa, como un amasijo de ficción que envolvía a todos los presentes. La brisa de la noche parecía venir de otro tiempo que era, a la vez, mejor e irreal. Se preguntó si siempre se sentiría lejos. Si estaba condenada a ser una extrajera perpetua en su propia casa, como una maceta mal trasplantada, nunca pudo echar raíces.

Aquella casa era una isla de la que ni siquiera había considerado marcharse. Era una prisión sin cadenas cuya puerta no existía. Un laberinto de recuerdos. Seguía en la terraza, escuchando las voces, las palabras que no deseaba discriminar, mientras hundía la nariz entre las páginas del libro y sorbía restos de agua a través de un mechón de pelo que estaba endurecido y sabía a cloro.  Las voces se fueron alejando hacia el interior de la casa.

Escuchó su nombre, varias veces, lo ignoró. Colocó los talones sobre la silla en la que estaba sentada y se abrazó las pantorrillas mientras sus pupilas devoraban más y más líneas. Su piel desprendía calor y sudaba crema solar.

Sin mediación alguna los astros se sustituyeron uno al otro, era mediodía y las voces se fueron apagando. Cuando dejó de escucharlas también dentro, abandonó el patio y recorrió los pasillos con las palmas sobre las paredes estucadas, la vidriera de la cocina y los brazos de madera de los sillones centenarios. Vio con el rabillo del ojo los juguetes en el suelo y las pegatinas en los cabeceros de las camas, pero pasó de largo, saltando por encima de las cintas de vídeo y los lápices de colores. Al fondo, una puerta ponía fin al camino. Giró el picaporte de la habitación con más ventanas y con menos claridad. Se miró en el espejo del armario de “las gracias” cuyo baile parecía triste. ¿Quién era el reflejo que le devolvía el espejo?]

—¿Quién es?

—Disculpe señorita, ¿es usted (***)?

—Sí –Fue un acto reflejo, pero hubiera dicho que no estaba segura. Dude de mi identidad, por un momento, dudé de que fuera mi nombre.

—La llamo del hospital, me temo que su padre ha fallecido.

[Los escalones se retorcían frente a ella. Se sujetó, para ayudarse a subir, del poyete que crecía en ángulos rectos conforme ascendían. La torre del dragón, una fortaleza, las almenas del castillo, eso era aquel pasamanos acabado en mármol. Ella subía y diferentes sonidos descendían al mismo tiempo. Todo crecía, incluida su respiración que parecía demasiado grande para que sus pulmones pudieran sostenerla. Arriba, había una chimenea sin fuego y montañas de papel en una estancia a la que le faltaban las paredes. Al fondo, un hombre de espaldas dibujaba el plano de una jaula. Las cortinas estaban echadas -siempre echadas- y la luz descendía desde una claraboya resquebrajada.

Los pies descalzos se le cubrieron de un líquido templado. Todo el suelo estaba inundado de un fluido transparente y amargo. La habitación se inclinó y varias botellas de cristal rodaron desde el escritorio en el que el hombre trabajaba hasta donde estaba ella.]

—¿Sigue ahí? —Quería contestar pero la lengua se me había pegado al paladar. Moví la cabeza asintiendo, pero comprendí que la persona al otro lado del teléfono no podía verme, de modo que esbocé una breve honda sonora que no podría traducirse a ninguna señal comunicativa conocida, pero que revelaba mi presencia—. ¿Se encuentra bien?

[En la azotea la fisura en la claraboya era ya una grieta que la atravesaba de punta a punta. Los cuadros de profundas sombras y colores tierra la miraban desde las paredes y gritaban un nombre que también era el suyo. Una multitud de relojes comenzaron el coro de tictacs que no paraba de aumentar en frecuencia y volumen.]

—Sería mejor que se acercarse usted al hospital para que podamos hablar apropiadamente.

[El tragaluz del techo empezó a deshacerse y a llover sobre ella. El vidrio se precipitaba en gotas redondas que no arañaban su piel, y el hombre del fondo desapareció, en una explosión de papeles y tinta de pluma.]

—Perdóneme, ¿entiende usted lo que le estoy diciendo?

Respiré.

—Sí —ahora sí—, le entiendo.

—De acuerdo. La acompaño en el sentimiento. Puede usted acercarse al tanatorio cuando lo desee, a la menor brevedad posible. Mis condolencias.

Ese había sido el final del sueño. Ahí terminaba todo. La casa quedaba vacía. Puede que ocurrieran más cosas antes, pero en el lapso de tiempo en el que aún no había abierto los párpados y el teléfono sonó, fue cuanto alcancé a rescatar. No era la primera vez que soñaba con esa casa, de la que salí siendo aún una niña y que no había vuelto a pisar salvo en el plano onírico. Era el escenario favorito de mis pesadillas y allí, siempre, estaba mi padre, donde lo dejé, con su hilo invisible enlazando mi cuello.

Cogí las llaves del coche y conduje hasta el tanatorio. Me quedé sentada frente al volante sin atreverme si quiera a levantar la vista del salpicadero. ¿Se había acabado, definitivamente, todo?

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