El Silencio del Algodón

La noche que su marido murió, Seema se vistió de blanco. Seema no lloró durante el funeral, pero lloró luego, cuando terminó de limpiar y purificar el hogar de su esposo. Sólo lloró una vez, y ya no lo hizo más. No cuando abandonaba su sari favorito, de seda granate, azul y naranja, en un cajón de la casa. No cuando guardaba las joyas de boda de su difunta madre junto con las joyas de la familia de su esposo. No mientras su bruñido pelo negro caía sin vida al suelo. Ni siquiera cuando consiguió tragar que no volvería a ver a sus dos hijos varones, a los que su abuela no permitió verla marchar.

Seema se despidió junto con su marido del color; se convirtió en un ser blanco, un objeto sin pronombre. Seema dejó atrás la casa de su esposo, se marcó la frente con ceniza y se marchó para siempre de su vida.

Vrindavan, la ciudad de las viudas, la acogió como acogía a todas. Como el lugar del desecho, el contenedor, la porción de tierra que debe sacrificarse para dejar ahí todo lo que sobra, todo lo que estorba, todo lo que nadie quiere ver. Seema tenía sólo treinta y dos años cuando se convirtió en viuda. Buscó la sombra escondiéndose entre viejas y calvas.

Seema buscó asilo en un ashram, como todas las viudas. Cada día desde el primero, se levantaba  antes del alba, rezaba en ayunas y, antes del mediodía, se unía a la fila de sombras blancas que mendigaban al templo un almuerzo de arroz y lentejas. Su vida se redujo a corear los himnos a los dioses. Los cánticos de las interminables hileras de viudas se levantaban hacia los cielos de Vrindavan como nubes ululantes. Pronto, sus tobillos dejaron de hincharse por todas las horas de pie. Se volvieron de un brillante color morado sucio y Seema dio la bienvenida al dolor como parte de su purificación.

Seema no tardó en acostumbrarse a las miradas esquivas, a los rodeos de los niños, a las manos de las madres que señalaban y decían a sus hijos “¿Ves a esa mujer? Es una intocable. Nunca jamás debes acercarte a una, porque traen desgracia y mala suerte”. Seema siguió afeitándose la cabeza y sólo salía del ashram dos veces por semana a lavar su sari sin costuras en el río Yamuna. Nunca abandonaba el templo sin la compañía de una barrera de viudas ancianas y arrugadas. Se calaba bien el sari en el rostro y clavaba la vista en el suelo. Sólo algunas de las otras viudas le dirigían la palabra. Muchas, especialmente las más mayores, no abrían la boca más que para cantar los himnos y pedir comida. Seema empezó poco a poco a convertirse en una de ellas.

 

Rekha llegó al ashram dos meses más tarde que Seema. Se dirigía a cantar el himno a Krishna cuando vio un corro de ancianas en una esquina. Los sollozos quedos ya le eran familiares. Cuando atisbó por entre las cabezas rapadas de las viejas que la joven todavía llevaba el pelo largo y aceitado, pensó que sin duda había sido culpa suya.

Seema se encontró con Rekha dos veces más ese día. Cuando volvía del río, vio cómo una anciana sabia afeitaba el cráneo blando de la muchacha. Se tapaba el rostro con las manos y ahogaba su llanto en ellas. Seema siguió su camino.

Por la noche la vio bañándose, temblando como una alimaña herida. Las cicatrices blancas y moradas se superponían en la espalda, muslos, vientre y pechos de la muchacha, creando horribles patrones sobre su piel aceitunada y brillante. Seema, que también iba a lavarse, se dio la vuelta.

 

Durante sus primeros días en el ashram, Rekha fue un fantasma entre fantasmas. Vagaba con los pies apenas tocando el suelo por detrás de la línea de viejas, siguiéndolas de un lado a otro. De las esteras donde dormían, a las cámaras donde hacían sus necesidades, a las salas del templo. Movía los labios al ritmo de los cánticos, pero no se escuchaba su voz. También las seguía a la cola para mendigar comida, pero nunca pidió nada. Miraba con ojos de pez muerto cómo las viejas se comían el arroz con las manos.

Seema siempre procuraba evitar mirar a Rekha, por eso empezó a preguntarse por qué siempre la veía. La muchacha se esforzaba tanto o más que ella por no ser visible y, aun así, mirase donde mirase, allí estaba Rekha, como si su piel fuese más oscura que la de las demás, como si el sari de algodón blanco, que se había fundido con la piel de todas las otras mujeres, hasta ser imposible distinguir dónde empezaba la piel y acababa la tela, a la suya la acentuase y la hiciese estar dos palmos por encima de las cabezas del resto. Rekha no abría la boca, y Seema cerraba los ojos.

Seema lavaba su sari en la orilla del río sagrado cuando llegó Rekha. Se agachó unos metros más abajo y se dedicó a frotar con esmero la larga tira de tela decolorada. Ninguna de las dos mujeres habló. Ninguna de las dos mujeres levantó la vista del agua, y sin embargo Seema pudo ver que la chica era muy joven. Demasiado joven para tener un marido muerto, demasiado joven para tener tantas cicatrices. A Seema le pareció que debía ser la más intocable de los intocables.

 

No era extraño que malos hombres mirasen a las viudas. Seema se protegía recordando afeitarse la cabeza, ajustándose bien el sari alrededor de la cara y mirando siempre dos palmos más adelante de donde pisaban sus dedos de los pies. Muchas noches la despertaban los llantos de las viudas nuevas, o de las que aunque llevasen muchos años todavía sufrían de vez en cuando la punzada del abandono y la vida de despojo. Pero los peores eran los llantos de las que habían sido violadas. En el tiempo que Seema llevaba allí, habían sido demasiadas las noches que los había oído, y había llegado a distinguirlos. El llanto de las mujeres que lloran por el daño de los hombres. El llanto sordo de Rekha el día que llegó era ése.

Había pasado más de un mes de aquel día y la muchacha ya había empezado a comer, a sonreír a las viejas e incluso a cantar los himnos con su propia voz. Aun así, seguía durmiendo encogida en su esterilla. Dormía cerca de Seema. Aunque se cruzaban a menudo por el ashram, las dos mujeres nunca intercambiaron palabra.

 

Aquel día, Seema había ido al río con dos compañeras, dos viudas algo mayores que ella. Volvían al ashram cargando la ropa limpia cuando dos hombres las interceptaron. Sus compañeras consiguieron escabullirse. Seema había tenido pánico, desde que murió su marido, a aquel momento. El hombre, que olía a incienso dulzón y sudor, agarró su cabeza y le hundió las uñas a través del cabello como pelusa de melocotón. Hacía sólo dos días que se había vuelto a afeitar, sólo dos días. Pero aun así. Aun así.

Cuando sus compañeras llegaron con ayuda, encontraron a Seema tirada en la misma esquina en la que la habían tomado, con el sari desparramado a su alrededor como los pétalos rotos de una flor de loto atropellada. El algodón blanco estaba salpicado de sangre y teñido de rojo bajo sus muslos.

Las mujeres la rodearon con ropas limpias y la levantaron. Seema sintió que la elevaban sin esfuerzo. Se sintió vacía de peso. Notaba su vientre vaciarse y correrle por las piernas, manchando de nuevo la tela limpia.

La acomodaron en una esquina del ashram, sobre una estera y telas limpias. Una de las ancianas con más autoridad echó de allí a las que sobraban. Fue entonces cuando Seema se dio cuenta de que una de las que se quedaba, rodeándole la mano con las suyas, era Rekha. La muchacha oprimía suave pero firmemente su mano, Seema se concentró en este tacto amable y cálido para olvidar la otra fuerza, la de la anciana, que apretaba un paño de algodón limpio sobre sus genitales para contener la hemorragia. Apretó los ojos y la mandíbula. Las lágrimas le bajaban por la cara y se le colaban en las orejas. El sonido del agua, que emborronaba y aislaba todos los demás; los dedos de Rekha, que se aferraban a los suyos con una fuerza amable y emborronaban el dolor latente de su vientre. Seema se concentró en eso. En llorar como no había llorado desde que limpió la casa de su difunto esposo, y en Rekha, que se quedaba ahí, sabiendo cómo era ser ella en aquel momento y, con esa bondad, siendo ella.

Rekha se quedó allí mientras la curaban. Fue ella quien se dio cuenta de las marcas de uñas en su cuero cabelludo y le prestó su mano a Seema para que se la apretase mientras se las desinfectaban. Ayudó a la anciana a lavarle la sangre, asearla y vestirla. Seema se fue curando los temblores con los escalofríos de la esponja que Rekha le pasaba por el cuello, la espalda, los brazos y las axilas. La muchacha le sujetó la cabeza mientras la recostaban de nuevo. A Seema nada la reconfortó más que sus manos en su nuca.

Rekha acercó una estera y se quedó durmiendo con ella, muy cerca. En mitad de la noche, Seema se hizo un ovillo contra el cuerpo caliente de la muchacha.

—Lo siento —susurró, a pesar de que sabía que la joven ya dormía—. Te eché la culpa. Te eché la culpa por llevar el pelo largo. Yo me lo afeité hace sólo dos días. Sólo dos días.

Aquella noche fue el de Seema el llanto quedo que se oyó en el ashram. Rekha se despertó con las suaves convulsiones de Seema contra su hombro. Inmediatamente, se incorporó, la rodeó con el brazo y la atrajo hacia sí. Seema apretó las lágrimas contra su clavícula.

 

Rekha no se separó de su lado mientras Seema lo necesitó. Le hizo compañía mientras se recuperaba, le llevaba cuencos de lentejas a la hora de comer y ayudaba a curar sus heridas. Seema escuchó su voz por primera vez a la mañana siguiente de la noche que durmieron juntas. Su voz olía como la flor del jazmín. Le habló de su tierra natal, de las cosas buenas, para llevarse su mente de allí. Le habló de las flores de la selva, cuya linde quedaba cerca de su pueblo, que tenían colores de sol; del pequeño templo de tejas blancas y naranjas que parecía sujetar a la montaña en cuyas faldas se levantaba, paciente y digno. Le habló del riachuelo que atravesaba su pueblo, que allí en las montañas corría claro, fresco y limpio; de los baños de los niños y las niñas, de cómo el sol brillaba en las gotas de agua que salpicaban y cómo le gustaba enterrar los dedos de los pies en los cantos rodados de colores.

La anciana enseñó a Rekha a realizar la incómoda cura que había que hacerle dos veces al día. Seema se tumbaba boca arriba en la estera mientras la muchacha, bajo la supervisión de la vieja viuda, cambiaba los vendajes, la lavaba con agua tibia y una esponja suave y aplicaba un ungüento antibiótico hecho con un majado de ajo que las ancianas del ashram llevaban demasiados años fabricando. Seema aprendió a asociar a Rekha con el olor del ajo. Echaba tanto de menos comerlo que siempre que olía el ungüento salivaba.

La primera noche que Rekha le hizo la cura sin la supervisión de nadie, Seema dejó de apretar los nudillos. La sonrisa de la muchacha le subió por el esófago mientras la ayudaba a tumbarse. Cuando le retiró las vendas, éstas ya apenas estaban manchadas de sangre. Rekha pasó la esponja tibia con movimientos lentos y suaves por los muslos de Seema. Un escalofrío como una oruga eléctrica le subió de entre las nalgas a la nuca. Rekha terminó de retirarle el exceso de sangre y ungüento de los muslos. Le dedicó una fugaz mirada a los ojos, como tomando aliento. Entonces, con una caricia vacilante, recorrió las ingles de Seema con la esponja mojada. Seema extendió las yemas de los dedos, intentando anclarse al suelo, buscando una toma de tierra a través de la cual todos aquellos relámpagos escapasen de su cuerpo.

La anciana viuda había hecho eso muchas veces, y Rekha ya había hecho eso mismo antes,  cuando estaba aprendiendo. Entonces, ¿por qué Seema no se mordía el labio, no se tapaba la cara, ni apretaba los puños contra el suelo aquella vez?

Rekha había borrado todo. El olor a sudor e incienso ahora era ajo y jazmín. El blanco ahora era rojo. Su melena perdida, sus hijos, su suegra, su padre, su esposo. Rekha recorría con agua tibia su sexo y lo borraba todo.

Durmieron juntas en el mismo habitáculo donde hacían las curas. Esa noche Seema soñó que besaba los labios de Rekha.

 

Un día ya no había sangre en los paños. Rekha le besó los muslos, e hizo con los labios el mismo recorrido que solía hacer con la esponja.

 

Rekha le contó que ella siempre lo había sabido, desde pequeña. Cuando su padre se dio cuenta, la vendió. Y cuando su esposo se dio cuenta, intentó arrancarle las impurezas de la sangre a latigazos. Seema le dijo que jamás se le había ocurrido pensar que tenía la posibilidad de elegir otra cosa.

Seema era más feliz en el silencio del algodón de lo que jamás había sido en su vida de colores. Rekha había destrozado con caricias furtivas la presa que había estancado su mente durante los largos años. Amaba más la próximidad callada del hombro de Rekha cuando bajaban juntas al río de lo que jamás había amado a su marido en las noches de bodas forzadas. Las dos dejaron de afeitarse el cabello. Nunca hablaban en público; se trasladaron permanentemente al habitáculo del ashram donde por primera vez Rekha había sostenído la mano de Seema y sólo levantaban sus verdaderas voces allí. Cuando Seema cantaba los himnos, le parecía que en su garganta vibraba más Rekha que Krishna. Las cicatrices de ella se convirtieron en brillantes carreteras de besos.

 

Para cuando se cumplió el primer aniversario de Seema en Vrindavan, ya apenas recordaba por qué había llegado allí. Las dos bajaban juntas al río uno de cada dos días. A veces intercambiaban los saris, jugando a estar más cerca de la otra a plena vista de los dioses.

Cuando llegó la primavera, las viudas celebraron el festival Holi. Todas las mujeres bailaron entre polvos de colores hasta que sus saris blancos ya no fueron blancos sino azules, naranjas, rojos, amarillos, rosas, verdes y violetas. Seema y Rekha rieron, llenando sus pulmones del aire de colores. Entrelazaron sus dedos y bailaron en círculos hasta que la fuerza centrípeta las apretó en un abrazo vibrante. Las pestañas púrpuras de Rekha dejaron abanicos indelebles en su mejilla. Sus melenas llegaban ya por debajo de sus orejas y las ancianas del templo las miraron con ojos de búho.

Las viejas viudas empezaron a rondarles. Parecían vigilar si cantaban la letra correcta de los himnos. Cuando almorzaban, se sentaban cerca de ellas e intentaban entablar conversación. Un día, la anciana que le había cortado el pelo a Rekha le hizo notar que ya le había crecido bastante y que iba siendo hora de afeitarse la cabeza otra vez. La amabilidad envenenada y los ojos ajenos en la oscuridad las empujó a acceder a raparse, a apretar bien los labios cuando no estaban completamente seguras de que nadie escuchaba tras la puerta. Dejaron de cogerse la mano cuando caminaban juntas hacia el río, dejaron de mirarse a los ojos en público, porque tras las pupilas les era imposible esconder nada. Cantaron con voces más altas los himnos, llegaban al templo las primeras y se marchaban las últimas. Poco a poco, la presión de los ojos se fue relajando.

 

Salieron una noche, con la luna nueva, para no ser vistas. Se bañaron en las aguas sagradas del Yamuna. Jugaron como en los recuerdos de Rekha, como niñas. Lavaron la ceniza de sus frentes. El agua fría se clavó como agujas por todo su cuerpo. Miraron al cielo, limpias, y alzaron sus brazos hacia la luna invisible, que les aseguró que aquello estaba bien, que aquello era limpio y que los dioses sonreirían al verlas. Ardiendo de frío se abrazaron, sin mácula y sin pecado. En la noche oscura, sus voces arrojaban haces de luz, porque no necesitaban saber más que dónde estaba la otra.

 

Desde entonces, sonreían todo el día, sabiendo a los dioses cómplices de su secreto. Cada día guardaban las tres rupias que le daban a cada una por sus cuatro horas cantando en el templo. Sus ahorros crecían despacio, pero constantes. En el fondo sabían que aquella cantidad mísera no daría ni en un millón de años para salir de Vrindavan, pero su objetivo era más bien alimentar la fantasía. Soñaban con comprar nuevos saris de seda, púrpuras y violetas, con coger un tren y viajar al pueblecito donde Rekha pasó su infancia, ver el riachuelo y el templo de tejas blancas y naranjas. Soñaban con ser libres y poder declararle también su amor al sol.

Se habían acostumbrado a los días blancos y callados, pero ahora las noches eran risas y colores en el fondo de las retinas. En el calor del verano se despojaron de sus saris y se dibujaron paisajes en los cuerpos. Una noche, Seema oyó un ruido fuera y supo que todo estaba perdido. Cuando se asomaron a la calle, sólo alcanzaron a ver el extremo de un sari blanco doblar la esquina a la carrera.

 

Seema y Rekha no durmieron esa noche. Cuando la marea de viudas blancas llegó a su puerta, las dos mujeres se aferraban la una a la otra con todo el cuerpo, encogidas contra una esquina del habitáculo. Rekha apretaba en el puño el monedero de tela en el que guardaban sus ciento veintiocho rupias, ganadas con el alma y la garganta. Las viejas las separaron con manos de papiro y piedra. Nadie despertó con los gritos de Rekha y Seema mientras las arrastraban de madrugada hacia la orilla sagrada. La procesión se abrió camino por las calles de Vrindavan, coreada por aullidos de “infieles”, “impuras” y “putas”. Les arrancaron los saris y las hicieron marchar desnudas por la ciudad. Seema buscaba a Rekha, pero por todas partes sólo veía manos y rostros de madera podrida que la empujaban hacia la luna creciente, casi llena, que alumbraba y se reflejaba como espejos rotos en el agua del río. Llamó su nombre, tan alto como dieron sus pulmones, pero su voz se perdió entre las injurias de las viudas.

La arrastraron en corro hasta el agua. Las telas mojadas de los saris de las viudas se le enroscaron en el cuerpo como serpientes blancas. Las manos como ramas le rodearon los hombros, el cuello, la cabeza y, al grito de “impuras, impuras”, la sumergieron. Seema luchó contra la jaula de cuerpos decrépitos, pero cuanto más se resistía, más la apretaban hacia el fondo. Seema se debatió ferozmente contra las manos de madera y las serpientes de tela mientras el aire se le escapaba.

Entonces atisbó la luz de la luna, por encima de las cabezas rapadas de las viudas. El resplandor azulado le dijo que todo estaba bien. Seema cerró los ojos y en sus párpados vio la sonrisa de Rekha, y el agua le llenó los oídos de su voz de jazmín, hablándole de flores y cantos rodados.

Seema soltó los dedos de las manos de las viudas y se dejó caer hasta el fondo. Su último aliento se le escapó de la nariz en forma de dos pequeñas burbujas, que se elevaron rotando sobre sí mismas hasta explotar en la superficie y mezclarse con todo el aire de la atmósfera.

Seema abrió la boca, y le pareció que toda el agua que le inundaba los pulmones era toda Rekha, su risa de ajo y jazmín, sus labios ligeros, su piel brillante y sus senos de nubes; sus recuerdos de un pueblo en la linde de la selva y las montañas, sus ciento veinte latigazos convertidos en líneas de tigre y raíles para caricias. Rekha la inundó entera, y Seema se hundió hasta el fondo y se diluyó en el río.

 

La noche que ella murió, Seema se vistió de agua.

2 comentarios en “El Silencio del Algodón

  1. Afry… Me has dejado anonadada. Maca tenía razón cuando dijo que puede que éste sea uno de los mejores relatos (si no el mejor) que has escrito. Pero tratándose de ti… nunca se sabe. Todavía queda mucho que nos enseñes.
    La sensualidad, las imágenes suaves y afiladas, los arcoíris que has creado con las palabras, esas metáforas que explotan como pequeños torrentes de flores… Ha sido mágico. Ha sido un viaje hasta la India más poética, más sincera, más abierta al amor natural. Ha sido un abrazo caliente y cruel; ha sido una mujer libre (libre al fin) contenida en esta prosa tan delicada. Sólo me queda darte las gracias por esta maravilla. A tus pies.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s