La liebre con la tortuga

Cuando vio a la tortuga recibiendo el premio de la Gran Carrera, y siendo manteada por todos los animales del bosque, la liebre se marchó a casa arrastrando los pies. Allí en su pequeña madriguera estaban su mujer Mamá liebre y sus tres liebrecitas. Al contarle lo ocurrido, Mamá liebre se puso muy furiosa.

—¡Te reíste de la pobre tortuga! Podrías haber ganado, pero fuiste arrogante, y ahora hemos perdido el dinero del premio. ¿Cómo van a comer y vestirse ahora nuestros hijos?

Al oír esas palabras, todo el orgullo desapareció en el corazón de liebre, que muy triste, respondió.

—Hablaré con la tortuga, le pediré disculpas y le explicaré nuestra situación. Es una tortuga humilde, seguro que nos ayuda.

Y con esa idea en mente, la liebre fue arrastrando los pies hasta la morada de la tortuga. Al llegar a la puerta dio un brinco de asombro. Antes su casa estaba entre unas raíces secas, pero ahora tenía un árbol entero para ella. Una ardilla muy elegante y estirada, le detuvo con una mano en la puerta.

—El Rayo Verde ya no firma autógrafos.

—Ardilla, soy yo, ¡liebre! El Rayo Azul. Vengo a hablar con tortuga.

—El Rayo Azul… ¡Ah!… sí —dijo sin mucho entusiasmo—. Pasa.

«Antes era famoso en todo el bosque por mi velocidad. Solo ha pasado un día de la carrera, y ya ni si quiera se acuerdan de mi».

La liebre paseó admirada por el enorme palacio de la tortuga. Allí había patos cocineros, hormigas obreras y ardillas mayordomo. Pero no había más tortugas. Cuando encontró al Rayo Verde, estaba en la terraza de la copa del árbol, metido en un jacuzzi de madera en forma de caparazón del revés que le habían hecho unos castores. Llevaba un reluciente gorro nuevo, de color verde, y fumaba una pipa elegante.

—¡Aja! —al verla, tortuga salió del jacuzzi muy sonriente, con el pecho bien alto, y le tendió la zarpa—. ¿Cómo estás?

Liebre, animada por haber encontrado a tortuga de tan buen humor, y con la esperanza de que así le dejaría compartir el premio, fue a responderle el apretón de zarpas con energía. Pero justo cuando sus manos iban a encontrarse, tortuga escondió su brazo dentro del caparazón (como había hecho liebre antes de la Gran Carrera), y se rió repetidas veces con la espalda hacia atrás. A liebre se le quedó cara de bobo, y las ardillas que había por allí también rieron.

A liebre se le ablandaron las orejillas.

—¿Por qué has venido? —preguntó tortuga.

Liebre agachó la cabeza y entrelazó sus manos en su pecho.

—Quería pedirte disculpas, por burlarme de ti en la Gran Carrera —liebre jugó con los pulgares—. Me preguntaba si me podrías prestar un poco del premio para mi…

—¡Ja! —dijo tortuga, y le echó humo de su pipa—. Gané la carrera justamente, con mi esfuerzo y sin rendirme. Antes era pobre, y ahora soy rico porque soy el más rápido. No tengo que compartir el premio con nadie.

            —No te rendías porque estabas desesperado. Ahora lo estoy yo, tortuga…

—Rayo Verde.

—Rayo Verde… por favor…

            —Haberlo pensado antestortuga dio una palmada, y de la nada llegaron dos zorros con gafas de sol, que cogieron a liebre y la lanzaron fuera del árbol.

Frotándose el trasero, liebre se marchó a casa, y le contó todo a su mujer.

—Tortuga nunca me dará nada. Pero de camino a casa me he encontrado a conejo. Me ha dicho que el Topo Viejo le ofreció trabajo cavando los túneles, y lo rechazó —dijo liebre, tirándose de las orejas—. Me ha dicho conejo que no paga mucho, pero iré a aceptar el trabajo.

Liebre estaba saliendo de la madriguera, cuando Mamá liebre le detuvo.

—¡Espera! Se me ha ocurrido una idea. Tortuga se cree que es ahora el Rayo Verde, así que… —se acercó a su oído, y le comenzó a susurrar algo.

Al día siguiente, liebre volvió a casa de tortuga. Iba con los hombros y las orejas caídos, la espalda encorvada, los brazos lacios y arrastrando los pies como una sombra. Subió hasta donde tortuga se mecía en una hamaca, y antes de que se levantara entre risas, liebre se arrodilló llorando a sus pies.

—¡Oh! Rayo Verde,  el más veloz de todos los animales. Mira mi llanto. Estoy tan desesperado que me ha poseído la locura, y por eso vengo, a pesar de que mi triste familia me lo ha intentado impedir, a desafiarte a otra carrera. Oh, de mi.

—¡Ja! —tortuga se incorporó con esfuerzo, y la barbilla alta—. De verdad que estás loco. Yo te gané a ti, el Rayo Azul. Soy el animal más rápido del bosque y todos me apoyan.

—¿Entonces, aceptas?

Las ardillas, hormigas, zorros, patos y pájaros miraban expectantes. Tortuga hinchó el pecho y dijo.

—Pues claro.

Mientras se limpiaba las lágrimas, Liebre sonrió sin que nadie se diera cuenta.

—Venga, cerremos el desafío —la tortuga le tendió una mano para cerrar el trato. Liebre fue a chocársela, emocionada, pero tortuga volvió a esconder su brazo en el caparazón a tiempo, y se rió dándose golpes en la barriga.

El día de la Segunda Gran Carrera, todo el bosque se acercó para mirar. Liebre se colocó en la línea de salida, cabizbajo, con su ropa vieja de corredor. Tortuga llegó un momento más tarde, con su caparazón tan pulido que brillaba, coreado por unas tortuguitas con los labios pintados y una reluciente capa nueva que decía “El Rayo Verde”.

—Que gane el mejor —dijo tortuga, que extendió su mano de nuevo, como tradición de saludarse antes de cada carrera. Pero cuando liebre le quiso devolver el apretón, el brazo de tortuga volvió a desaparecer, y todo el público se rió de la cara de sorpresa de liebre, dándose palmadas en las piernas.

El Viejo Topo levantó la pistola y se tapó un oído con el dedo.

—Preparados, listos, y…

La tortuga salió antes de tiempo, estirándose con todas sus fuerzas.

—¡Ya! —el viejo topo disparó al cielo.

La liebre echó a correr a toda velocidad, y ante la sorpresa de todo el bosque, adelantó al Rayo Verde con tal fuerza que le hizo caer de bruces; llegó a meta cuando tortuga ni si quiera iba por la mitad.

—¡Viva! ¡Viva! —gritaban la familia liebre, mientras el público le ovacionaba, y el Viejo Topo le entregaba el Gran Premio.

Mientras tanto, tortuga seguía firmemente su camino hacia la meta. Cuando llegó en la noche estrellada, con la lengua fuera y las piernas temblando, no había nadie allí para recibirle. Salvo la liebre.

—Buena carrera —le dijo tortuga, arrastrándose, mientras le tendía una mano.

Esta vez, liebre se lo pensó dos veces antes de devolverle el apretón, pero lo hizo. Tortuga volvió a quitar la mano, pero no porque la escondiera, sino porque apenas podía mantenerla en alto. Liebre ayudó a tortuga a levantarse, y echaron a andar juntos, en silencio.

—¿Qué vas a hacer con el premio? —le preguntó tortuga, antes de despedirse.

—Bueno, tengo una idea…

 

Dos días después.

 

Con el dinero que había ganado en la carrera, liebre montó un restaurante de lujo, y en la inauguración invitó a todo el bosque, incluida la tortuga. Pero habían llegado ya todos los invitados, y tortuga seguía sin aparecer. Liebre, que era un gran cocinero, sacaba platos a toda velocidad, mientras que su mujer e hijos atendían a las mesas. Pero eran tan rápidos y temblorosos, que todo se les caía o chocaban entre ellos. Mucha gente comenzó a quejarse, e incluso algunos se fueron protestando, y liebre pensaba que acabaría cavando agujeros para el Viejo Topo. Pero entonces, su mujer se le acercó y le dijo.

—Nosotros somos demasiado rápidos para este trabajo, necesitamos a alguien más tranquilo, que pueda moverse entre las mesas con seguridad y elegancia. ¿Por qué no…?

Conforme la mujer liebre le susurraba al oído, una gran sonrisa apareció en el rostro de la liebre.

 

A día de hoy, el restaurante Rayo Verdiazul, regentado por la liebre y la tortuga, cuenta con diez estrellas colibrí, y es el más prestigioso del bosque. Tortuga y liebre aprendieron que cada uno debe buscar su sitio, y no volvieron a disputarse más carreras.

FIN

 

 

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