La caza

Nota del autor: este relato puede herir su sensibilidad. Si es sensible a las imágenes grotescas, evítese leerlo. Si, por el contrario, es usted un lector amante del morbo y de lo gráfico, adelante: es usted más que bienvenido. Este relato fue anteriormente publicado en «Letras gilipollas«, el blog personal del autor: Javier Pavón Amo.

 

Luis Pascal se levantó de buen humor aquella mañana. Tenía una reunión con su jefe e intuía que le iban a nombrar jefe de sección. Tomó una ducha y miró su torso en el espejo: pese a sus casi cuarenta años de vida se mantenía muy bien. Sus abdominales se dibujaban de forma elegante, sin llegar a los límites de aquellos que dedican su vida entera a machacarse en el gimnasio y que él odiaba. Su piel, inmaculada, gozaba de un tono blanco elegante, y su pelo estaba cuidado y sedoso, pese a que algunas canas lo empezaran a salpicar. No tenía tatuajes; su madre le había dicho siempre que los tatuajes no le llevarían a ningún lugar en la vida. Y ahora él estaba a punto de llegar a su objetivo: ser jefe de sección.

Luis Pascal vivía solo en un anodino piso en el centro de la ciudad. No tenía mascotas ni hobbies, pues su vida la dedicaba por entero a su trabajo. Al volver de él y cuando no tenía nada que hacer, salía a correr por la ciudad o hacía abdominales en el pequeño gimnasio de dos máquinas que había montado en su piso. No tenía televisión, ni reproductores de música ni libros; su vida era el trabajo y nada más.

Luis Pascal rezó un padrenuestro antes de salir de casa, como cada día. Su madre le había educado en la fe cristiana y tenía razón en eso de que rezar era importante y que a quién madruga, Dios le ayuda. O al menos a él le servía. Y aquel día iba a ser su día. Bajó al garaje y cogió su moto, una máquina de doscientos cincuenta centímetros cúbicos y que se asemejaba a las Chopper de las películas americanas. Y se fue a trabajar.

Luis Pascal llegó a la oficina y se sentó en su cubículo como cada día. A la espera de la llamada de su jefe, siguió con su trabajo habitual. Pasadas un par de horas, el señor Martínez le llamó a su despacho, y Luis, decidido pero cauto, se dio dos minutos para relajarse antes de entrar. El señor Martínez le estrechó la mano y le dijo que había alcanzado los objetivos con holgura y que ahora que el puesto de jefe de sección estaba desierto no podía pensar en nadie más que en él. Le dio la enhorabuena y un cheque, al que acompañó diciendo que su sueldo había subido un veinticinco por ciento y que ahora tendría despacho individual. El resto de la mañana, Luis Pascal la dedicó a trasladar sus cosas del cubículo al despacho y evitar sonreír de la emoción que sentía.

Luis Pascal llegó a casa con una idea en la cabeza: aquella noche saldría a cazar. Se tomó el resto de la tarde libre. Fue a correr, hizo abdominales y se dio un baño de agua hirviendo para relajarse mientras disfrutaba de una taza de té rojo. Cenó algo rápido y fue a su armario. Allí, Luis Pascal eligió su ropa favorita para las noches de caza: un ajustado pantalón negro, una camisa negra y una chaqueta de cuero negra. Eligió de entre sus colonias la que olía a veneno y que tanto gustaba a sus presas y se precipitó a la calle.

Luis Pascal condujo su moto por la noche urbana, buscando el lugar perfecto para su plan. No le gustaba lo que veía, por lo que decidió ir a la periferia. Llegó a un barrio de pinta marginal y aparcó la moto en un aparcamiento que había en un callejón. Entró en el primer bar que encontró; era un sitio cutre y lleno de viejos borrachos con barrigas cerveceras y hablando de fútbol; aquél no era el sitio. Entró en un segundo bar, muy diáfano y lleno de rosa por todos lados; era un bar gay y allí tampoco encontraría lo que buscaba. Y, como siempre le había dicho su madre, a la tercera fue la vencida. Entró en un bar que asemejaba un callejón, con adoquines de la calle y pareces de ladrillo visto; era muy oscuro y solamente una farola que asemejaba a las del centro iluminaba el lugar. Algo le decía que allí es donde iba a encontrar a su presa de esa noche, y así fue.

Luis Pascal se sentó y pidió una cerveza. La camarera, rubia, gorda y llena de tatuajes, le sirvió una cerveza de trigo en un enorme vaso de medio litro que él bebió con avidez. Adoraba la cerveza las noches de caza, y era solo esas noches cuando se permitía beber. Pidió otra y fue al billar, donde dos chavales jugaban poniendo forzadas poses de profesional. Luis Pascal preguntó si podía entrar a jugar, y uno de los chicos le contestó que jugaría contra el que perdiera. «Prefiero jugar contra los dos», contestó él cuando empezó la partida. Los jóvenes, vestidos con ropas viejas y con aspecto de malotes de barrio, aceptaron y rompieron, sin meter ninguna. Turno de Luis Pascal, que metió la bola amarilla, la número uno. «Rayadas para vosotros», y sonrió. Metió la bola número siete, de color granate, y falló. En su siguiente turno metió el resto: la tres de color rojo, la seis de color verde, la dos de color azul, la cinco de color naranja y la cuatro de color lila, y falló. Turno del primer chico, que metió la número catorce, blanca con una raya verde, y falló. Luis Pascal acabó la partida en la siguiente jugada y pidió una tercera cerveza.

Luis Pascal estaba sentado, bebiendo su tercera cerveza, cuando un grupo de chicas entró en el pub. Había llegado el momento. Luis Pascal se fijó en las chicas y eligió a una: era bajita, morena, nada llamativa; era el tipo de chica en la que nunca nadie se fija, perfecta para él. «Ponle una de estas a la chica bajita», dijo a la camarera, que le obedeció tras haberle cobrado. La chica se sonrojó cuando recibió la cerveza y miró a Luis Pascal, que con un gesto de la mano le dijo «acércate». Sus amigas rieron y cuchichearon algo. Luego, la chica se acercó.

Luis Pascal se presentó y le preguntó su nombre: Ana María, aunque prefería que la llamaran Ana a secas. Luis Pascal le dijo que le parecía muy guapa e interesante, y que le había invitado a la cerveza porque quería conocerla. Ella se sonrojó de nuevo y rió. Hablaron sobre ella, que era estudiante de veterinaria en la universidad de la ciudad y sobre cómo el destino había hecho que aquella noche se hubieran encontrado. «Vente conmigo, dile a tus amigas que te vienes conmigo esta noche», dijo Luis Pascal, y ella aceptó, impregnada del negro de sus ojos, casi hipnotizantes.

Luis Pascal la besó en el callejón donde tenía aparcada la moto, a la luz de la luna, de una forma en la que jamás la habrían besado jamás. A esa chiquilla, ¿quién la iba a besar? Luis Pascal la subió en su moto y la llevó a su casa. Ana parecía encantada de estar allí, y el irremediable miedo de la inexperiencia la tornaron una chica tímida. «Ponte cómoda», dijo Luis Pascal, sonriéndole, «estás en tu casa». Luis Pascal sacó de la nevera dos latas de cerveza que había preparado esa misma noche y las llevó al salón, donde Ana le esperaba sentada de forma recatada.

Luis Pascal la besó con furia y le desabrochó el vestido que llevaba. «Vas muy rápido», dijo Ana, pero Luis Pascal no le hizo caso. La siguió besando y ella le desabrochó la camisa. Su fuerte torso quedó al desnudo y ella acarició sus abdominales y el leve vello que le nacía del pecho. Ella era delicada, pero Luis Pascal quería guerra. Le quitó el vestido y sobó sus pechos mientras devoraba su cuello. «Vamos a la cama». El dormitorio de Luis Pascal era blanco por completo, y la cama era enorme. Luis Pascal se quitó el pantalón y se tiró en la cama encima de la chica. La besó mientras ella acariciaba su cuello y bajó su mano hacia la braguita de encaje que llevaba. Acarició la depilada vulva con su dedo mientras que con la otra mano le acariciaba un pezón. Ella seguía agarrada a su cuello, y cuando él metió el dedo en su vagina, soltó un leve quejido. Luis Pascal cogió la mano de la chica y la dirigió a su pene, fuerte y duro, aún dentro de los calzoncillos. Ella, torpe, lo acarició y él sacó el dedo de su vagina para quitarse el calzoncillo.

Luis Pascal dijo a la chica que se abriera de piernas y empezó a besar su vulva. Lamió los labios y el clítoris durante un buen rato, hasta que notó la humedad. Entonces, Luis Pascal subió a la altura de la chica y la besó. «Eso ha sido alucinante», dijo ella. Él le puso un dedo en la boca, callándola, y la besó de nuevo. «Déjate hacer», dijo Luis Pascal. Subió su pene a la altura de los pechos de la chica,  turgentes, y los acarició con él. Estaba muy excitado y el roce de su glande con los pezones de Ana le hizo estremecerse. Entonces, la penetró. Le costó e intuyó que la chica no había hecho eso muchas veces, y empezó a follarla, flojo al principio, más fuerte por momentos. Ana estaba agarrada a su espalda y gemía. Arañó la espalda de Luis Pascal y este la levantó de la cama. Se sentó, aún anclado a la chica; ahora le tocaba a ella botar. Lo hacía de forma torpe, pero el irregular baile de sus pechos le divertía. La besó y, mientras ella seguía botando, él jugaba con sus tetas. Después de un buen rato de la chica botando y disfrutando, Luis Pascal estaba casi aburrido y, para que la erección no se le bajara, decidió cambiar de juego. Volvió a coger a la chica en brazos y sacó su pene de ella.  «Sabrás chupar, ¿no?». La chica lo miró, dejando claro que la felación no era su fuerte, pero aún así lo intentó. No se le daba mal. Pasaba su lengua por el glande y luego se metía el miembro entero en la boca, donde con su lengua lo repasaba por completo. Lo hizo varias veces y Luis Pascal estaba muy excitado.  Aquello iba a acabar ya. La chica no estaba disfrutando chupándosela, así que decidió que el final tendría que ser el mejor para los dos. La cogió y la llevó corriendo a la ducha del baño que tenía para emergencias, para cuando no quería bañarse sino hacer algo más rápido. Puso el agua hirviendo y la besó mientras sus cuerpos se mojaban por completo. La chica lo acariciaba y cogió su pene con las dos manos. El besó sus pechos y después a ella otra vez, y la empotró contra la pared. La cogió y la penetró allí, a lo que ella respondió con un gemido de placer. Terminó allí, en la ducha, corriéndose dentro de ella, que esta exhausta, pero feliz. Sus gemidos se habían multiplicado el rato que estuvieron en la ducha y Luis Pascal supo que había llegado al orgasmo y no una sola vez.

Luis Pascal llevó a la chica de nuevo a la cama, la besó por un rato y ella se durmió. Cuando Ana despertó, estaba atada a una silla y amordazada. Seguía desnuda, en una habitación blanca iluminada con una sofocante luz roja. Apareció Luis Pascal, vestido únicamente por un delantal de plástico blanco; una sonrisa maliciosa decoraba, junto a unos muy abiertos e inyectados en sangre ojos, su cara. Luis Pascal llevaba una sierra en la mano, y Ana trató de gritar sin resultado.

Luis Pascal se acercó a la chica con la segueta y acarició su brazo izquierdo con ella. «Tienes un brazo muy bonito», dijo, «me gusta esta porción de piel». Un quejido de dolor proveniente de la boca de Ana se vio frenado por la mordaza cuando la sierra empezó a cortar. Luis Pascal cortó una línea alrededor del brazo, y luego hizo lo mismo un poco más abajo, dibujando una pulsera de piel. Soltó la segueta y cogió un bisturí de una mesa llena de artefactos que se encontraba a la espalda de Ana. Con el bisturí hizo un corte entre las dos líneas que había cortado con la sierra y levantó la piel. Arrancó la tira de carne de la chica, que lloraba de dolor. Al ver las lágrimas de Ana, Luis Pascal fue a la mesa y volvió de ella con una botella de Jägermeister. «Es lo que usaban los nazis como anestesia», le dijo, y le dio un beso en la frente. Retiró la mordaza y la chica trató de morderle, sin resultado. Luis Pascal acercó la botella a la boca de la chica, diciéndole que así le dolería menos. Ella bebió y notó cómo una ola de fuego se deslizaba por su garganta hasta llegar a su estómago. Un minuto después, la herida del brazo no le dolía; no sentía el brazo. «A partir de ahora vamos a jugar sin la mordaza», susurró Luis Pascal al oído de la chica, «de aquí no va a salir ruido ninguno». Ana gritó y gritó, hasta que Luis Pascal golpeó su cara con su poderosa mano. «Te he dicho que nadie puede oírte, no gastes energías que necesitarás después». Ana le preguntó, entre sollozos, qué pensaba hacer con ella, a lo que él contestó que la noche de juegos no había acabado aún, que él había salido de caza y todo cazador tiene que guardar un premio de su cacería. Un escalofrío helado recorrió la espalda de la chica.

Luis Pascal volvió a la mesa, donde había colocado la tira de piel de la chica, y volvió con un soplete de cocina, más pequeño que el que utiliza en las fábricas de metal. Acarició la frente de Ana, besó sus labios y le puso el dedo índice en ellos, indicándole que guardara silencio. Acto seguido, Luis Pascal encendió el soplete y lo acercó a la herida que le había hecho a la chica, quemándola. Ana volvió a notar el brazo, el fuego dándole en el músculo desnudo, abrasándola, horneándola, friéndola. La chica descubrió que Luis Pascal estaba excitado, pues su pene presionaba el delantal y lo levantaba.

Luis Pascal soltó el soplete y cogió unas tijeras de podar. Se acercó a la mano derecha de Ana, acarició sus dedos y eligió el meñique. Lo cortó. Ana chilló y Luis Pascal volvió a darle Jägermeister. Le echó también Jägermeister por la herida del dedo, que empezó a escocerle. Después, pasó el pene por los dedos y el muñón que había quedado en el lugar donde antes estaba el meñique, y se metió el dedo cortado en la boca. Tras sacárselo de la boca, se lo metió a Ana en la suya, y después se lo introdujo en la vagina. Soltó el dedo junto a la tira de carne y tomó una cámara de fotos. Hizo fotos a la chica, soltó la cámara y volvió a coger el soplete. Dio más Jägermeister a Ana, y le introdujo el pene de forma violenta en la vagina, sin que ella pudiera hacer nada. Ana lloraba y sentía que perdería la conciencia de un momento a otro. Luis Pascal sacó su pene de la vagina de la chica y encendió el soplete, que pasó por los labios de la vulva de Ana, quemándolos. Un grito de auxilio salió de la boca de la chica, mudo, pues ni ella llegó a oírlo. Sus fuerzas flaqueaban y aún no había acabado Luis Pascal de divertirse con ella. Soltó el soplete, cogió el bisturí y volvió a introducir su pene en la vagina de la chica, mientras manoseaba sus pechos. «Lo estamos pasando muy bien, ¿verdad?» Ana no estaba disfrutando. Aún dentro de ella, Luis Pascal cogió el bisturí y, siguiendo el dibujo de los pezones de Ana, los rajó y arrancó. Ana ya no podía con el dolor, y Luis Pascal estaba a punto de llegar al éxtasis.

Luis Pascal sacó su pene de la vagina de Ana y empezó a pasarlo por los pechos ensangrentados tras haber perdido los pezones, y después por su canalillo. Acto seguido, se acercó a la chica y, sacudiéndose el pene, se corrió en la boca de la misma, que ya no podía cerrarla del dolor que sentía por todo el cuerpo. Después le echó un chorreón de Jägermeister para aliviarla, y se fue a la cocina con los pezones y el trozo de piel del brazo.

Luis Pascal fue a la cocina de su piso con el material y sacó un par de huevos de la nevera. En un cuenco, empezó a batir los huevos y con un cuchillo cortó la piel de la chica y los pezones en trozos muy pequeños, que después echó en los huevos batidos. Añadió un poco de sal y de pimienta y lo puso todo en una sartén con un poco de aceite. Hizo una tortilla.

Luis Pascal volvió junto a Ana y llevaba una tortilla en un plato. Cortó un trozo y se lo puso en la boca a la chica. «Come», le dijo, «lo vas a necesitar». La chica comió, pero no le gustó nada el sabor de la tortilla. Mientras, él también comía, gustoso. « ¿No te gusta?», le preguntó, «Pero si está hecha de ti, tonta», y carcajeó. Ana se desmayó, a causa del shock que le produjo descubrir que la tortilla estaba hecha con su carne y, además, por el dolor y la cantidad de sangre que había perdido. Luis Pascal se terminó la tortilla, relajado, saboreándola.

Luis Pascal hizo más cortes en el cuerpo de la chica, inconsciente, de forma aleatoria casi, y esperó a que muriera desangrada. Una vez Ana no respiraba, Luis Pascal la desató y la introdujo en una bolsa de basura negra. Limpió la habitación de los juegos, se puso algo de ropa y salió de casa. Vagó por las calles en busca de un lugar seguro donde desprenderse de Ana, pero no encontró ninguno, por lo que tuvo que recurrir a su última opción cuando le pasaba aquello. Subió a su moto, condujo hacia las afueras de la ciudad, al barrio donde la había conocido y, en el callejón en que tenía aparcada la moto y donde la besó por primera vez, la dejó, no sin antes prenderle fuego a la bolsa.

Luis Pascal volvió a casa y descubrió el dedo de Ana señalándole. Se le había olvidado. Luis Pascal cogió el dedo, lo untó de aceite y lo lió en film transparente. Después, fue al salón y abrió uno de los muebles del mismo, que se cerraba con llave. Allí estaba la foto de su madre, bajita, morena, delicada, acompañada por diez dedos. Cerró el mueble y subió a la azotea del edificio. Allí tenía un paquete de tabaco guardado para cerrar las noches de caza celebrando. Rezó un Ave María, dando gracias a la madre del Señor por todo lo que había ocurrido aquel día, encendió un cigarro y contempló el amanecer. Unas lágrimas corrieron por sus mejillas y sonrió. La noche de caza había acabado. Al día siguiente, bueno, unas horas después, Luis Pascal entraría en la oficina como nuevo jefe de sección.

FIN

 

Javier Pavón Amo.

 

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