Domingo sin resaca y con jaqueca

―Este fin de semana me bajo al pueblo, que tenemos fiesta allí.

―Espero que lo pases muy bien. Y no bebas demasiado, Natalia, que tú a veces te pasas, sobre todo cuando vas a casa.

―No, hombre, Luis, que el lunes hay que volver a las clases y tengo que volverme la noche anterior. Bueno, y corregir y… Vamos, que ni loca entro con los de tercero a primera hora con algo de resaca. Sería la muerte.

―Sí, la verdad es que no apetece. Bueno, disfruta mucho. Yo


Serafín se levantó aquella mañana de sábado muy temprano, sabiendo que ese iba a ser un día duro de trabajo. Le esperaban dos horas montado en su furgoneta antes de llegar a su destino y, probablemente, esa noche se acostaría a altas horas de la mañana. Serafín sacó una camisa de cuadros vieja y un pantalón de pana de su armario para ponérselos. Más adelante, se acicaló la barba, gris, que había empezado a dejar crecer ese año y su preciado bigote, por el que había sido tan reconocido hasta entonces. Por último, se colocó su gorra plana sobre su canoso cabello. En cuanto hubo terminado de vestirse, con absoluta tranquilidad, preparó todo el material que necesitaba y lo colocó debidamente en su carrito. Ese día esperaba ganar bastante dinero, los niños solían comprarle muchos juguetes y golosinas. Cuando ya había colocado todo en su furgoneta, se sentó en el asiento del conductor y se puso en marcha.

Nada más llegar, informó a los demás con su móvil de que ya había llegado y, al ver la hora, sacó rápidamente el carrito de la furgoneta y comenzó a hinchar con helio los globos y a recolocar todo en su correcta posición. Había tardado demasiado en aparcar y tenía que darse prisa para llegar con tiempo. Alcanzar una buena posición en la plaza del pueblo era esencial. Cerró las cortinas de las ventanas de atrás de la furgoneta y avanzó, arrastrando su carrito, hasta la plaza del ayuntamiento.


Hacía mucho que no bajaba a ver a mis amigos del pueblo. Quedé con ellos el sábado por la tarde, después de comer con mi familia sabiendo que esa noche probablemente no nos acostaríamos hasta después del amanecer. Decidimos vernos en la Plaza Mayor para asistir al espectáculo que habría ahí sobre las siete y luego iríamos a cenar a algún lugar. La plaza estaba abarrotada de gente. Sobre todo niños con sus padres, para los que se habían preparado actividades desde medio día. Se notaba que la crisis se estaba acabando y que habían cambiado al alcalde; Fermín me enseñó el programa y nunca había visto tanto para hacer. De hecho, no recuerdo ni que se editara un programa para este día. Se hacía lo de siempre y ya está. Al menos, así se le daba más vida al pueblo y eso es una buena noticia.

Al final nos juntamos ocho personas para cenar y, por votación, se decidió ir al chino de la calle García Lorca, que tiene buenos menús y muy baratos. No me pude reír más durante la cena. Hasta los camareros se animaron y venían a nuestra mesa a contar chistes, aunque a los pobres se les entendía la mitad de lo que decían, lo cual los hacía aún más graciosos. Después de pagar y de dejarles una buena propina por lo majos que habían sido con nosotros, nos fuimos al almacén de Claudia, que había comprado toda la bebida para esa noche. Ese lugar había sido nuestro cuartel general durante muchos años y cuando entré ahí, dudé de si sería capaz de cumplir lo que le había dicho a Luis de no beber demasiado. Muchos recuerdos vinieron a mi mente en ese momento pero, en realidad, el lugar no tenía nada que ver con el almacén cutre al que íbamos años atrás. Claudia y Fernando habían pintado las paredes y sellado bien las ventanas. Además, entonces no había ni cámara frigorífica ni equipo de música y nos sentábamos en el suelo y no en las cómodas sillas que habían comprado. Me di cuenta de que nos hacíamos mayores al pensar que yo en este momento no podría estar en aquel lugar en el que pasé horas enteras. Bebimos sentados y con música de fondo, para poder hablar. Fermín se sentó a mi lado y me puso al día de su situación. Me alegró saber que después de los años que habían pasado desde que cortamos, nuestra relación estaba normalizándose.

A las tres menos cuarto, Davinia se levantó y le dijo a Claudia que cerrara el chiringuito, que, si no, llegaríamos demasiado tarde a la carpa. Yo le prohibí a Fermín que cogiera el coche para llevarme tal y como estaba. Iríamos todos andando, que no estaba tan lejos. Davinia tenía razón, aunque estuviera a las afueras, en menos de veinte minutos nos plantaríamos en el descampado en el que habían puesto la carpa este año.


Había sido una buena jornada para Serafín, tal y como había previsto y, cerca ya de medianoche volvió a su furgoneta a cenar el bocadillo que allí había dejado y a descansar antes de volver al trabajo. Tenía alrededor de dos horas de descanso, pero antes de volver al trabajo debía modificar el contenido del carrito para adaptarse a un público completamente distinto. Hielos y vasos era lo más solicitado pero siempre llevaba algo de comer y algún objeto inútil que llame la atención a los que están de fiesta y lo acaben comprando.

La noche se le podía hacer muy larga y sabía que, conforme más tarde se hiciera, más denigrante sería el panorama que tendría a su alrededor. Serafín llevaba muchos años dedicándose a ese negocio y había aprendido lo suficiente en ese tiempo como para saber que, si en algún momento del día, era necesaria su presencia, era allí. Por ese motivo, cuando escuchó a un joven gritar llorando, se acercó a él con decisión y a paso ligero para ver qué ocurría.

Antes de acercarse a ayudar al joven inconsciente, llamó a una ambulancia. Había visto sangre, así que sacó el botiquín que llevaba siempre oculto en el carrito para situaciones como esta y se arrodilló velozmente junto a él, vio que estaba consciente y le tomó el pulso. Supuso que el exceso de alcohol o algo peor le había hecho desmayarse y se había golpeado la cabeza con el suelo. Nada grave, pensó y le pidió a la mujer que había a su lado, que se apartase para poder maniobrar mejor. Colocó al adolescente de lado atendió su pequeña hemorragia. Mientras lo hacía, se percató de que esa mujer era considerablemente mayor que los quinceañeros que estaban a su vera. La vio hablando con el chico que antes lloraba y en ese momento parecía encontrarse mal, así que le ofreció una botella de agua de su carrito. Otros cinco jóvenes de ese grupo le acabaron comprando agua. Se llevaron al chico que había bebido de más al centro de salud y calmaron a los demás diciendo que se recuperaría pronto. Serafín se alejó de ellos sabiendo que se les había acabado la fiesta, pero orgulloso de su trabajo. Una vez más, su estrategia había funcionado: había logrado que ayudar aumentara sus ventas.

El resto de la noche fue bastante productivo y no hubo más incidentes graves en los que tuviera que intervenir. Cansado, volvió, tirando de su inseparable carrito, de nuevo a su furgoneta, lo guardó en un lateral del gran maletero y se acostó él en el improvisado y estrecho colchón que tenía al otro lado. A la mañana siguiente aún tendría que trabajar unas horas antes de volver a casa. Estaba agotado, y se durmió en pocos minutos, pero con una sonrisa esbozada en su rostro al pensar que una vez más había puesto su granito de arena, que aún seguía siendo útil a la humanidad.


A partir del momento en que llegamos a la carpa, mi noche se convirtió en una pesadilla. ¿Qué hacía ahí Lucas Rodríguez? Estaba a trescientos kilómetros de Madrid y me encontré con un alumno de fiesta a las tres de la mañana. En ese momento agradecí haber hecho caso a Luis y no haber bebido demasiado. Pero ojalá Lucas pudiera decir lo mismo. Me vio y se acercó riéndose a saludarme y a preguntarme si Fermín era mi novio. La impertinencia podía haberse quedado simplemente en eso, pero a los pocos minutos, mientras me contaba que lo había invitado su amigo Miguel, justo en el momento en el que me lo señalaba, lo vimos desplomarse. Pedí a Fermín que fuera a buscar a los enfermeros que estaban en el otro lateral de la carpa y, cuando me giré, vi a Lucas llorando a su lado. Me acerqué y vi sangre, no demasiada, pero me preocupó que su origen fuera el golpe que se había dado en la cabeza. Traté de tomarle el pulso y me quedé con ellos hasta que un vendedor ambulante que había cerca nos ayudó y estuvo atendiéndole hasta que se lo llevaron al centro de salud.

Me quedé, ya más serena, hablando unos minutos con Lucas y sus amigos. Les dije que comieran algo de lo que ese vendedor traía y que no volvieran a beber alcohol en toda la noche. Luego llamé a Fermín, a ver si le localizaba, pero no respondió, así que entré a la carpa para dar una vuelta y buscarles sin éxito y luego me volví a casa dando un paseo.

Cuando estaba llegando, recibí una llamada de Fermín, que me preguntó dónde estaba y me pidió que le esperara, que iba a buscarme. Estuvimos frente al portal de mi edificio hablando una media hora en la que se sinceró conmigo y me contó que no había terminado de superar lo nuestro y que, al volverme a ver después de tantos meses, se sentía contrariado. Esa noche parecía que  nada iba a ser fácil. Con un tremendo dolor en el corazón de ambos, decidimos volver a separarnos para darnos tiempo, pero nada iba a cambiar nuestra situación; era él quien tenía que acabar de pasar página.


―Por supuesto, ayer no corregí nada, después de todo esto no tenía yo la cabeza como para aprobar o suspender a los de cuarto.

―¿Qué hiciste entonces?

―Estuve preparando una pequeña tutoría sobre el alcohol, ahora voy a ver qué tal sale con los de tercero.

―Joder, mira que tuviste mala suerte encontrándote al pesado del Lucas en ese momento. Y en vendedor ese, ¿qué majo, no?

―Fue muy raro, pero la verdad es que me dio mucha tranquilidad que apareciera. Está claro que sabía lo que hacía.

―Qué situación más extraña. Pues la verdad es que yo no tenté al destino y me quedé en casa la noche del sábado viendo una película, así que poco tengo que contar. ¿Vas ahora a la clase de Lucas?

―Lunes a primera hora; y qué poquitas ganas que tengo de entrar en clase hoy.

Si quieres leer otro relato de Natalia y Luis, entra en José Miguel Bautista, 2ºA

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