Sentado en la Alameda

Olía a mar. Paco no recordaba por qué había salido a la calle en una mañana como aquella. Cádiz en enero era muy fría, y más aún cuando te encontrabas cerca del paseo marítimo. Podía haberse quedado con la estufa encendida dentro del piso, viendo la repetición de cualquiera de las sesiones del carnaval que tenía grabadas en VHS. Más de una estaba gastada de las veces que las había visto. Las de los años de sus primeros premios sobretodo.

Estaba en la calle con su viejo cuaderno y un boli casi gastado. Buscando, entre olas y viento, las musas que le hiciesen juntar un par de letras para el grupo de ese año. Podría escribir de alguno de sus viajes, de cualquiera de sus últimas experiencias, o del nuevo alcalde de Podemos, que seguro que era un tema que no iban a tocar demasiado.

Tenía frío. Había salido en mangas de camisa y andaba buscando un banco al sol en el que poder sentarse a escribir. Porque Paco pensaba que la vida como autor de carnaval pasaba rápido, que no podía ser eterna. Pero seguía escribiendo. Las letras le permitían ordenar su cabeza y la realidad que le rodeaba. Para él, llegaba un momento en el que todas las cosas parecían ocurrirle simultáneamente y al final se le acababan olvidando. Le quedaban como manchones de recuerdos. Era la escritura lo que le obligaba a sentarse, con lentitud, y poner en orden lo ocurrido. Daba igual si era en orden cronológico o en otro cualquiera. Pero el hecho de ordenarlo, de escoger la rima, el adjetivo con el que iba a describir algo, le ponía color a su propia historia.

Encontró donde sentarse antes de llegar a la iglesia del Carmen. El banco era extremadamente duro, y el granito con que estaba hecho hacía que resultase muy frío, pero bajo la cercana protección de la estatua de San Francisco Javier se sentía un poco más seguro e inspirado. Abrió el cuaderno y repasó las primeras páginas.

“Es ley de vida. Y el tiempo pasa siempre hacia adelante sin darnos cuenta. Y los reflejos de la aurora van peinando canas…”

Canas las que peinaba él. Y pensar que hacía más de veinte años de aquella famosa comparsa. Apoyó el cuaderno sobre las rodillas para poder calentarse las manos refregándolas una con la otra. Con qué velocidad pasaba el tiempo desde entonces.

— ¿Qué tal, Paco? ¿Buscando la inspiración?

Levantó la cabeza y vio a un hombre de unos 35 años que se acercaba caminando hacia él.

—Aquí estoy, picha. Intentando darle a la pluma.

—Entonces ya somos dos—dijo. Levantó el brazo y enseñó una libreta pequeña—. En esta ciudad escribimos todos. ¿Te importa que me siente contigo? A ver si se me pega algo.

Paco titubeo. No estaba acostumbrado a escribir con alguien a su lado, pero tampoco quería resultar cortante, por lo que finalmente asintió y permitió que se sentara a su lado. Volvió a agachar la cabeza y a ensimismarse en su cuaderno. Repasaba algunas de las cosas ya escritas siguiendo las líneas con la punta del bolígrafo. Reparó en lo estropeadas que tenía las manos. Además de las arrugas propias de su edad, las veía secas y agrietadas. Como las ramas de aquellos viejos árboles que jugaban con el tiempo. “¿Cómo era aquella letra con la que triunfé ese año?” pensó para sí. “…Que ya estoy loco de atar. Que tanto castigo me tiene revelao´… ¡Así era! ¡Que buen año! Aunque tampoco ganamos.Paco suspiró y miró a su vecino. Éste pasaba hojas escritas con una letra apresurada. No parecían versos.

— ¿Qué escribes? ¿Un romancero?

—Más o menos —contestó. Levantó la cabeza y miró a Joaquín—. Es complicado de explicar.

— ¡Joé, que bastinaso! Yo nunca me he atrevío a escribir uno. ¿Y de qué va?

—Es sobre los gaditanos que se quedan absorbidos por el carnaval y no viven para otra cosa. —Paco meneó la cabeza de un lado a otro con parsimonia.

—Los repertorios de “metacarnaval” están mu vistos. Tienes que tener cuidao con eso. Yo lo hice un par de años y no me fue bien del to.

—Lo sé. Suele pasar.

— ¿Te acuerdas de aquel pasodoble de…? Ahora que de carnavales casi tol mundo entiende, y se escucha por to Cai tantísimo maestro-oyente…”—cantó Joaquín bajando un poco la voz.

—Claro que me acuerdo.

—Pues cajonazo que nos llevamos ese año. —Agachó la cabeza y cerró el cuaderno—. Si es que le quitan las ganas de escribir a uno.

— ¿Y por qué sigues, Joaquín? A ver —puntualizó—, no quiero resultar desagradable, pero que tú ya lo has ganado todo.

—Pues la verdad es que no lo sé. Supongo que escribo porque busco la agrupación perfecta. La comparsa perfecta —dijo con uno tono de solemnidad impropio.

—Pero la comparsa perfecta no puede existir. Eso es una utopía —contestó—. Aunque —alargó la e—, te quedaste cerca con aquella del 98.

—Sí que nos quedamos cerca. Ese año nos pedían al final siempre que cantásemos otra y otra. Como en mis primeros años. Aun así, ¿qué es una utopía? ¡Tonterías! —Exclamó gesticulando con las manos—. La mejor definición de utopía que he visto en mi vida la leí en un libro. Decía algo así como que es como la raya del horizonte. Tú andas diez pasos y ella se aleja otros diez. No la alcanzarás nunca, pero te ayudará a caminar. Pues con las letras de carnaval es igual. Si buscas mejorar en busca de la perfección, siempre irás avanzando.

—Una reflexión muy profunda. ¿Te importa que me la apunte?

—Claro que no, picha. Ya te he dicho que no es mía.

El joven se puso a anotar y Paco se quedó en silencio. Le estaba cayendo bien aquel hombre. Conocía sus comparsas y le valoraba lo que había hecho sin necesidad de hacerle la pelota. Pelota la que le hizo él al maestro coplero el año que decidió meterse de nuevo en el concurso. Aquel año también había sido muy bueno. Aunque el jurado no dio premio, todavía se canta el estribillo en alguna que otra barra de bar. “¡Cómo la barra de la carpa!” Qué pena le daba no poder ir ahora.

—Yo antes era más de escribir de noche. De escribir, y de salir. Pero, mi hija se pone mu pejiguera y no quiero molestarla.

— ¿Así sacaste aquello de “Si me han visto alguna noche perdido y hablando solo por la caleta sin dirección…”?

— ¡Eso es! Te las sabes todas, cojones.

­—Me sé muchas. No todas.

—Es que cincuenta años escribiendo dan para mucho. Para cosas buenas, y cosas malas. No todo lo que he escrito es bueno. Ha habido años que tú ves que no conectas con el público desde el principio. O ha sido mala la idea, o el tipo no está conseguido, o el grupo no responde… Por lo que sea, pero hay años que sabes que no llegas a ningún lao.

—Ojalá vea yo eso alguna vez en mis letras.

— ¡Lo ves! Y si no lo haces, es porque no quieres. Es lo que le pasa a más de uno. Yo creo que puedo decir que nunca me he cegado con eso. O gusto, o no gusto. Pero es complicado aceptar eso en algunos momentos, por eso el miedo a que “Ponga en Modo On mi forma Gilipollas que ya hubo algún que otro Dios Que se creyó poeta,  el babeta, y es carajote del to»—cantó con una sonrisa.

— ¡No me acordaba de esa letra!

—Esa es de las que piensas que simplemente el jurado no te ha entendido. O que no le ha gustado. Son cinco personas, y son sus gustos. La clave es que aquí se viene a cantar diciendo cosas. No sólo se puede hablar del propio carnaval. Que es lo que te digo. Hay que despertar conciencias, y a mí nunca me ha temblado el pulso, ya hubiese que criticar al gobierno, a la iglesia o a quién se pusiese por delante. —Entonando la voz—: “Que san Pedro como San José María  antes que el gallo ni por dos veces cantara  a Cristo  tres veces negó  cuando más falta le hacía…”

—Eso es importante. Hay que saber que las coplas son un foco, un altavoz que tenemos los autores y que hay que aprovechar. Pero se pueden decir cosas con la intención de herir y hacer que se levanten o despertar las conciencias a través de la sensibilidad. Yo me acuerdo de una letra de hace unos años que iba sobre un niño…

—Sí. Aquella de: “No entiendo como tienen dudas y hasta se critique por la santa iglesia aquel que me trajo su ayuda y sea pecado el que naciera. Que ya no tomo medicinas, que ya con otros niños juego, que bajo el brazo trajo vida y nadie habrá que impida el quererlo.”

—Esa. Fue muy buena, y no era un ataque. Yo es de las que canto cuando me reúno con los amigos.

Paco estaba tan ensimismado en las letras que olvidaba el frío que tenía. No recordaba exactamente ni donde se encontraba su casa. Tenía ya cerrado el cuaderno y la mente. Simplemente se dejaba llevar por la conversación. Pensó en las vueltas que había dado su vida. Tantas finales y tantos premios para que al final la ilusión le viniese cuando escuchaba un compás que le resultaba familiar. Después de todo, la clave era que el público recordase las letras. Si una sola se cantaba en la cola del Falla, es porque realmente le llegó a la gente, y con eso es con lo que se quedaba. Con eso y con la magia de los principios. La ilusión por llegar arriba y lo duro que resultó. Porque los principios son complicados. Mucha competencia, otros grupos ya afianzados, lo difícil que resulta dar con un jurado valiente que no te mande al cajón sino que te valore sin tener en cuenta que vienes de la cantera… Fueron muchas frustraciones pero que se recuerdan con cariño: “Así que ya ves, aquí sigo loco perdió por poder tener, ese minutito contigo y hacerte entender que yo también quiero tus cariñitos.” Garabateó un par de líneas y arrancó la hoja. La dobló por la mitad y la dejó junto a él, sobre el banco.

Su acompañante cerró la libreta y se quedó pensativo mirando al mar.

—Creo que es el momento de ponerse a escribir.

—Yo me voy a ir yendo ya. He salido demasiado desaliñao y me estoy quedando frío. Pero que no se te olvide que este es mi banco. Hoy te lo dejo. —Se puso torpemente en pie—. Y cuidado con el carnaval que “Los hipnotiza y los van transformando en dependientes del barrio y la esquina” —volvió a cantar.

— ¿Quieres que te acompañe a casa? —le contestó su compañero.

—No, hijo. No te preocupes.

Y salió caminando. El hombre más joven se quedó mirando cómo se alejaba. Abrió la libreta sin dejar de mirar el lento pasear de Paco. Se giró y cogió el papel doblado que había sobre el banco, sacó el teléfono móvil de su bolsillo y llamó.

—Ya va para casa.

—…

—Está igual. Ha venido, se ha sentado un rato. Hemos hablado de carnaval y poco más.

—…

—No. No me ha conocido. Aun así, creo que sabe que no está bien.

—…

—Ha dejado aquí un papel.

—…

—Espera, que te lo leo: “Qué triste ser dueño de una fantasía que no es más que el viento que araña mi vida…”

*****

NOTA DE AUTOR: En este texto aparecen diez extractos de letras del Carnaval de Cádiz. Si alguno de los lectores es capaz de reconocerlas, que escriba un comentario con el nombre de la agrupación y el año. ¡A ver cuántos son capaces de hacerlo!

2 comentarios en “Sentado en la Alameda

  1. Esta son algunas de las agrupaciones que me ha parecido identificar: Las estaciones, Los Trasnochadores, OBDC, Los Americanos, Medio Siglo, Los Camellos, Los Heroes del 3×4

    Enhorabuena por la entrada, siempre es una delicia leerte y ya cuando hablamos de nuestras pasiones el placer se multiplica.

    P.D: Si en vez de Paco se llama Juaaan, ya me tirooooooo!!

    Un saludo y nunca dejes de regalarnos estas cositas.

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