El cajón del desamor

La historia aquí relatada está inspirada en hechos reales, y sin embargo ocultos. Tan ocultos que probablemente hayan pasado desapercibidos para muchos de vosotros. Hasta ahora. Por ello, los nombres que aquí aparecen no son los verdaderos, y cualquier similitud con su vida cotidiana, lector, será una mera coincidencia.

Tin y Tina era una pareja que, ya desde el comienzo, parecían estar hechos el uno para el otro. Se criaron en el mismo lugar, y  casi en la misma fecha; tuvieron los mismos amigos y siempre viajaron juntos. Se parecían incluso en los detalles más pequeños de su aspecto (algunos, hasta habrían dicho que eran hermanos): ambos eran deportistas, y muy resistentes a los tropiezos. Eran bajitos y delgados, pero con mucha personalidad. Se querían tanto que, durante mucho tiempo, no podían estar separados el uno del otro. Pero, como todas las parejas, tenían sus diferencias; como por ejemplo que Tin era diestro, y Tina zurda. Sin embargo, esto mismo hacía que se complementaran a la perfección.

Un día, un hombre llamado Óscar vio a la pareja felizmente abrazados, y se percató de la buena armonía que existía entre los dos, de modo que decidió contratarlos. Tin y Tina aceptaron encantados, pero porque no sabían que Óscar tenía planes diferentes para cada uno de ellos. Para potenciar a cada uno en su campo, los iba a separar. A Tin le destinó al departamento Pie Derecho, mientras que a Tina le adjudicó un puesto importante en el Pie Izquierdo.

No estaban acostumbrados a sentirse tan distantes, pero el trabajo era tan apretado que no tenían tiempo de pensar mucho. Óscar no tenía muchos empleados, y a veces les hacía trabajar hasta dos días seguidos. Era una situación apestosa. Pero luego venía lo bueno. Les encantaba aprovechar sus vacaciones para ir juntos al parque acuático; aunque era viejo y solo tenía una atracción de dar vueltas, era muy divertido y salían de allí con la mente fresca y como nuevos. Lo único malo era que la cola tenían que hacerla muy apretados junto a mucha otra gente, y a veces Tin y Tina se perdían de vista. Pero siempre, después de aquello, se reencontraban para tenderse al sol y relajarse. Y cuando notaban que ya se habían recuperado, se miraban, se apretaban con todas sus fuerzas (a veces Tin la abrazaba a ella, y otras veces al revés), y se iban a la Sala de Espera, donde se quedarían juntos y acurrucados, entre otros trabajadores, hasta que Óscar volviera a llamarlos.

La vida de Tin y Tina no podía ser más feliz y perfecta. Sin embargo, no alcanzaban ni a imaginarse que les esperaba una horrible fortuna. El destino que venía acorralándoles desde la primera vez que iniciaron su jornada laboral.  El fatídico evento que, tarde o temprano, siempre ocurre.

Un día cualquiera, después del parque de atracciones, Tin se quedó tomando el sol, con las manos tras la nuca, mientras esperaba a que Tina llegara a ponerse junto a él. Pero no llegaba. Ya estaba Tin preocupado antes que eso, pues no la había visto ni en la cola, ni en la atracción. Pero incluso cuando eso había ocurrido otras veces, siempre se reencontraban al tomar el sol. Pasó todo el día, y al final hasta Óscar se dio cuenta, muy molesto, de que faltaba.

—¡Maldición! ¿Dónde está tu pareja? —decía mientras se ponía como loco a buscarla. En la atracción, en la Sala de Espera y en todas las habitaciones.

—¡No lo sé! —Respondió Tin—. Encuéntrala, por favor. Sin ella estoy incompleto.

Pasó una hora, y luego otra, y otra, hasta que el sol se ocultó… y Tina seguía perdida. Tin se sintió horrorizado «¿Se habrá perdido? ¿Estará bien? Oh, no… vuelve conmigo, Tina. Sin ti soy un inútil».

Cuando llegó el momento de ir a la oscura Sala de Espera, Tin fue solo, y se quedó allí tirado, triste y arrugado, llorando en solitario, en mitad de todas aquellas parejas felices.

—¡Tina! ¿Dónde estás? ¡Tina!

—¡Ja! No tienes nada que hacer, chico —dijo una voz.

Tin miró hacia otro lado, y vio a un viejo, grisáceo y desteñido, con el cuerpo rígido y heridas por toda su piel. Se dio cuenta que, como él, también estaba falto de compañía.

—¿Quién eres?

—Nadie. Solo otro más, que se ha quedado solo. El último que quedaba, hasta que llegaste tú. Yo jugué con Óscar al fútbol, mucho tiempo, y creo que por eso no me ha echado todavía. Me tiene cariño —su mirada se entristeció—. Antes había más como nosotros… y nos apoyábamos los unos a los otros, pero fueron desapare…

—¡No hables en plural, viejo! Yo no soy como tú. Tengo a mi amada, Tina, esperándome en alguna parte. Solo nos hemos separado un momento.

—No te engañes, hijo. Es el destino que nos espera a todos nosotros, desde que nos contratan. Está en nuestra naturaleza. Nuestra existencia está destinada a la oscuridad. A vivir felizmente enamorados y apretaditos durante un tiempo, para luego siempre, sin excepción, acabar separados sin piedad. Uno de los dos, encontrará a otra pareja, pero el otro…

—¡Tina no es así! Ella jamás me haría eso.

El vejestorio soltó una risita y continuó, como si nada.

—Pero el otro…  lo más normal es que se quede solo para siempre, y abandonado aquí, hasta que Óscar decida tirarlo, o emparejarlo con uno viejo —el decrépito sonrió.

—¡Cállate!

Tin se apartó de aquel fósil abandonado. «No seré como él. Tina no me haría eso, estamos hechos el uno para el otro…  desde que nacimos y para siempre. Tengo que…»

Y entonces, su blando corazón se desgarró de dolor, al ver a Tina por encima de otro, los dos retozando en un rincón, exactamente de la misma forma en que le había abrazado a él antes.

—¡Tina! ¡Dios mío! ¿Qué significa esto?

Lo que más le dolía a Tin, era que, realmente, no encajaba bien con el otro idiota. Le partía el alma ver a su pequeña Tina tan acurrucada entre los brazos de aquel extraño. No se parecían en nada. Él era todo lo que Tin nunca podría ser: Era más alto y refinado; nuevo, elegante y moreno de piel y de pelo.

—Lo siento, Tin —dijo Tina—. Tú te habías ido y…

—¡Yo estaba donde siempre! ¡Esperándote! Vuelve conmigo, por favor.

—No puedo. Lo nuestro fue bonito, Tin, pero ha terminado. Ya oíste al viejo… está en nuestra esencia —miró hacia su nueva pareja—. Y tú eres tan guapo…

En ese momento, Óscar apareció, e hizo llamar a Tina y al otro.

—¡No! ¡Tina! ¡Vuelve conmigo, por favor!

—¡Siempre podremos ser amigos, Tin! —gritó mientras se marchaba.

Pero Tina jamás regresó con él. De vez en cuando se la cruzaba,  en la Sala de Espera, pero no se hablaban. Con el tiempo, Tina se fue emparejando con otros, mientras que Tin se deterioraba por dentro y se oscurecía, con la certeza de que ahora su destino era estar solo para toda la eternidad, que nunca volvería a sentir un abrazo en su vida, y que en cualquier momento,  aparecería Óscar para echarlo.

Un día llegó, efectivamente, Óscar. Y después de tanto tiempo, le cogió, y le presentó a Cetina, una señora refinada y esbelta. Desde el primer instante, se enamoraron perdidamente; pero tanto tiempo en soledad les había hecho crecer la timidez, de modo que Óscar les dio un ligero empujoncito para emparejarse, antes de tirarlos a la basura. Donde ahora vivían los dos, viejos, abandonados y heridos, pero juntos hasta el final de sus días.

De modo que, si hubieras de aprender algo de esta historia, lector, que sea lo siguiente: no seas como Óscar, no te interpongas en una relación. No compres calcetines.

3 comentarios en “El cajón del desamor

  1. […] Por supuesto, os habréis sorprendido riendo al descubrir el secreto a voces tras el relato de Óscar, que nos contó la fantástica historia de amor entre Tin y Tina. Él siempre sabe cómo enamorarnos y pintarnos una sonrisa con sus historias, cargadas de ingenio y con un final revelador. Cuentos para no dejar de ser niños que sueñan, y arrastrarnos a otras realidades, tan ciertas como sorprendentes, todo en “El cajón del desamor“. […]

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