¿Y AHORA QUÉ?

 

Me sentía inseguro. Todo lo que creía saber sobre el sexo se me había caído. Sentía vértigo al encuentro sexual con Amanda. Y no es que no me excitara con ella, sino que la cuestión más bien era que no quería excitarme hasta el punto de salir fuera de mí y fuera de la presencia con Amanda. Otra vez, como muchas cosas que me estaban pasando en mi vida, lo que antes era un valor ahora había pasado a convertirse en una creencia antigua a traspasar. “¡La excitación siempre había sido una cosa deseada!”, me decía a mi mismo desorientado. Y para más inri, la eyaculación tampoco era ya el objetivo del encuentro sexual. ¿Entonces qué? El sexo nos iba bien. Nos lo pasábamos bien. Entonces : ¿Porqué cambiar? Lo cierto es que el cuerpo de Amanda llevaba tiempo mandando señales de que por ahí no. ¿Qué se suponía que tenía que hacer?
Comencé por suprimir o disminuir hasta un número casi anecdótico el número de pajas que me hacía y me olvidé de la pornografia. Me leí algunos libros y vi algunos videos en youtube, pero sobretodo hablé mucho con Amanda y practicamos sexo desde un lugar diferente. Pasamos por diversas etapas.
Cuando la conocí en aquél vagón de tren, Amanda estaba en fase expansiva, y la verdad es que a mí me vino estupendamente. Yo necesitaba dar salida a una parte de mí que había estado mucho tiempo negada. La parte más masculina y primitiva había estado reprimida demasiado tiempo y necesitaba que alguna mujer la recibiera y la recogiera en sus brazos femeninos y receptores . El caso es que yo viajaba en tren de Sevilla a Bilbao donde me habían invitado a un recital conjunto de varios poetas andaluces. Me levanté de mi asiento y me dirigí al bar para comer algo. Cuando llegue al bar me senté en la barra muy cerca de la única persona que había en todo el bar. Era una mujer alta y atractiva; ahora lo sé, pero entonces no podía saberlo porque estaba sentada de espaldas a la entrada del bar. Aun no sé hoy porqué me senté tan cerca de ella y cómo llegué a besarla. Tampoco recuerdo cómo llegamos al servicio. Lo primero de lo que tengo realmente consciencia fue de verme de repente reflejado en el espejo del baño pegándole un bocado sostenido en la zona del trapecio del cuello, mientras follábamos con fuerza pero con ritmo pausado y lento. Fue intenso, placentero, brutal, suave y rápido. Lo de rápido lo sabría después. Entonces me pareció el polvo de mi vida.
Pasamos varios meses follando en ese plan antes de que nos plantearamos algo. Amanda me sugería que intentara bajar la excitación a través de la respiración. Lo cierto es que funcionaba. Cuando me excitaba demasiado durante el sexo, la verdad es que comenzaba a sudar, el cuerpo se me ponía rígido y tras aguantar con esfuerzo la eyaculación durante algún tiempo al final siempre eyaculaba antes de lo que pretendía y por supuesto antes de lo que deseaba Amanda. El sexo se convirtió en un ejercicio de autocontrol. Durante casi todo el tiempo que duraba el coito me lo pasaba concentrado en no eyacular por lo que la eyaculación en realidad siempre estaba presente. Mientras mejor se lo pasaba ella menos tiempo duraba yo. La excitación me tenía en sus manos.
Amanda me pasó un libro de un chaman australiano que trataba del sexo sagrado. Y lo aplicamos. El sexo ya no sólo surgía sino que también se proponía.
-¿Te parece que nos desnudemos y respiremos un rato juntos? -Me dijo Amanda mientras se quitaba el chaleco. En ese momento a mí me entraba el pánico. El miedo a no sentir. Sobretodo el miedo a que ella no sintiera. Yo le dije que por supuesto que me parecía una idea estupenda. Nos desnudamos y nos pusimos muy cerca uno en frente del otro y nos cogimos las manos y comenzamos a respirar profundamente y pausadamente. Así estuvimos varios minutos y después nos abrazamos cálidamente y empezamos a besarnos. Amanda miró hacia abajo y me dijo:
– No te preocupes Charli. No pasa nada mi amor. Así esta bien.-Mi polla estaba más muerta que una piedra. Y no me estrañaba, porque en vez de respirar con ella me dediqué todo el tiempo a pensar que así no se me iba a levantar. Y claro, evidentemente no se me levantó.
Probamos varias veces más el asunto de tener sexo
desde ahí y unas veces funcionó mejor y otras veces funcionó peor. Algunas empezábamos respirando y tocándonos suavemente y sintiendo mucho las sensaciones en la piel y otras terminábamos cómo el día que nos conocimos en el tren. Lo cierto es que algo en mi fue cambiando. La forma de sentir el sexo se había ampliado a través de aquellos encuentros entre el miedo , la incertidumbre y el placer.
Llevaba toda la vida persiguiendo la excitación y ahora la evitaba . Me fui dando cuenta que si no me excitaba mucho aumentaba mi sensibilidad en el sexo y aumentaba el tiempo y el placer. Se trataba de sentir lo que estaba pasando en mi cuerpo y en el cuerpo de Amanda momento a momento. Era sumergirse en el placer estando presente sin añadir nada. Pero eso no era tan fácil. Se me pasaban imágenes pornográficas, quería más y me aceleraba, me salía la brutalidad masculina, apresuraba la penetración, dejaba de escuchar mi cuerpo y el de Amanda y se presentaba la desconexión. Era desconcertante. Estaba ocurriendo todo lo que siempre nos han dicho que mola en el sexo y entonces: ¡Zas!, desconexión.
– Amor, ¿Porqué te has parado? -Me dijo Amanda
mientras me acariciaba la cara. Yo me sentía confundido y al mismo tiempo estaba irritado. Me había parado porque ella me había parado y ahora me preguntaba qué porqué lo había dejado.
– Amanda, me has dicho que pare. Además he
sentido como ya no estabas aquí. -Me había levantado de la cama nervioso y me dirigía hacia el baño sin saber para qué. Entre en el baño, no hice nada y volví.
– Perdona bonito, pero el que se ha desconectado
eres tú. Te he notado que ya no estabas aquí conmigo, te has acelerado y mi cuerpo ha respondido. Ha sentido tu desconexión.
– Vamos a ver Amanda. Llevamos casi cuarenta
minutos entre preliminares y demás. Yo creo que hemos ido a buen ritmo. Me parece que estas proyectando tu desconexión en mí. Yo no me he desconectado en ningún momento. Sin embargo si he sentido tu desconexión. -Amanda me miraba y callaba y después dijo: “Parecemos dos niños chicos , Charlie”.

Tras escuchar esa frase los dos nos callamos un rato y caímos en la cuenta de que cada uno estaba proyectando en el otro lo que tenia dentro de sí mismo. Amanda y yo estábamos buscando en el otro nuestra propia sexualidad. Estábamos exigiendo de alguna manera que el otro nos indicará el camino a seguir que se nos estaba abriendo ante nosotros. A partir de ese día tampoco supimos lo que iba a suceder o adonde nos llevaría el sexo. Tampoco supimos qué es lo que se supone que hay que hacer en cada encuentro sexual. Ni nadie nos garantizaría que no tendríamos más desconexiones. Pero lo que si sabemos ahora es que el otro no nos va a proporcionar nada que no tengamos nosotros dentro. Y que lo que tenemos dentro será exactamente lo que recibamos del otro.

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