Tiempo

El teléfono suena cuando está colocándose correctamente un último mechón de cabello frente al espejo. Tarda un poco en localizar la fuente del zumbido bajo prendas y prendas de ropa que ha ido sacando del armario en un proceso más ritual que de verdadera búsqueda. Cuando por fin lo encuentra, sus hombros se desinflan en un pinchazo de decepción y cierta congoja. Su nombre aparece en la pantalla iluminado como un faro cuya señal prefiere ignorar deslizando el dedo suavemente hacia el disco rojo que parpadea ante ella. Suspira. Había intentado decírselo de muchas formas, aunque la mayoría habían resultado harto tópicas. No es por ti, es por mí. Debes creerme, no te convengo. No estoy preparada para una relación estable a largo plazo.

Eso último había sido más convencimiento propio que realidad. Por repetición reiterada frente al espejo. Era mejor así, mejor para ella, no embarcarse en relaciones demasiado pesadas para un barco tan ligero. Aquella en concreto ya llevaba demasiado lastre y no convenía trazar rutas con una longitud imposible de abarcar.

Así que una vez más había ignorado su llamada de auxilio, su intento desesperado de mantenerla cerca de él. Como lo mejor para olvidar el pasado era mantener la cabeza  ocupada, aquella noche había decidido que saldría de fiesta. Que se calzaría sus tacones de altura deshonesta y una falda toda de piernas. Que se sentaría en la barra del bar a la espera de un hombre que se acercara con alguna alabanza insulsa que ella reiría por fuera y colocaría por dentro justo encima de las palabras de amor de las que pretendía huir. Quizás las primeras las dejaría caer suavemente, pero no las siguientes. Las buscaría voraz, lanzando miradas profundas a todo aquel que fijara sus ojos en ella aquella noche, en sus piernas, en sus labios o en la línea curva de sus pechos.

Ya que había decidido que ya no tenía tiempo para romanticismos ni procesiones de galanterías, bailaría cerca del primero que le hiciera un regalo a la vista y cuando el alcohol le nublara a partes iguales la moral y la decencia, se iría con el de la mano al lugar sórdido de la noche para compartir algo más que una canción. Quizá en el baño o quizá en su coche, acabaría follando con un desconocido del que no se preocuparía en saber su nombre, porque había decidido que ya no tenía tiempo de hacer el amor, que no solo implica el acto en sí, sino mucho antes y sobre todo mucho, mucho después.

Sabiendo que no volvería a verle y que con un poco de suerte, de pasar nunca se acordaría, le dejaría anotarse el tanto o quizás un par, si él le ofrecía algo que relajara aún más sus inhibiciones. Notaría el pulso de la sangre y la música en los oídos al tiempo que la respiración del desconocido en la nuca se le hacía más y más pesada. Pasarían horas en un segundo mientras se entregaba en la pista y en la oscuridad.

Saldría de la discoteca con los zapatos en la mano y una carrera en las medias. Vomitaría antes de subirse al taxi cuando la luz comenzara a despuntar tras los edificios y se quedaría medio dormida con el rostro apoyado contra el frío cristal de la ventana. Ya ni siquiera se preguntaba por qué hacía nada que le hiciera sentir viva porque no había más explicación que aquella.

Subiría las escaleras hasta su casa después de una pelea encarnizada con la cerradura del portal. Al entrar en el apartamento tiraría los zapatos a un rincón, y apartaría la ropa que había descartado lo que parecía haber sido un siglo antes hasta tirarla al suelo, haciendo un hueco en la cama donde meter las piernas cansadas y el rostro sin desmaquillar con el pintalabios sobre las mejillas. En un último esfuerzo activaría el contestador y los mensajes comenzarían a sucederse.

“Soy yo. Sé que no quieres hablar conmigo, sé que no quieres verme, pero no sé por qué, qué he hecho mal y qué puedo hacer para arreglarlo. Te quiero y quiero estar contigo, quiero estarlo siempre. Por favor, dame tiempo para demostrártelo.”

Ella se reiría entre dientes ante aquella declaración. Y en un último esfuerzo, se quitaría la peluca para dejarla caer junto a la cama y acariciaría la piel tersa y suave de su cabeza hasta quedarse dormida, pensando que, precisamente, lo único que no tenía era tiempo.

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