Trampas

—¿En qué piensas, cariño?

—Le doy vueltas a una idea. —Responde él tras un momento—. A una historia que quiero escribir.

Ella no dice nada.

—El libro que hemos visto antes, del periodista ese guapo que le gusta a tus amigas. —Se toma un instante—. ¿No crees que hace un poco de trampa?

—¿Trampa? ¿Por qué?

—Como periodista, utiliza historias impactantes que le llegan de todo el mundo, y las convierte en relatos.

—¿Cómo sabes que lo hace así?

—Lo busqué un poco por internet, y vi que eso era lo que hacía.

—No creo que sea tan así. Y aunque ese sea el caso, no creo que eso sea hacer trampas.

—¿Cómo que no?

Ella detiene el coche en la esquina de la casa de él. El ronroneo suavizado del motor en la noche silenciosa, y la inminencia de la despedida incita a olvidar ese trivial asunto. Ella levanta tímidamente una de sus comisuras.

—¿Cómo que no? —repite él—. Eso es ir a lo fácil. Tiene menos valor. No ha tenido que generar nada, le han llegado por su trabajo unas historias impactantes, y las ha escrito en forma literaria.

—Eso no es hacer trampa. Yo creo que ha sido bastante listo. Ha tenido la lucidez de reconocer algo bueno, y lo ha usado.

—Bueno, no nos vamos a poner de acuerdo. Así que mejor me voy ya —sin mirarla, abre la puerta y sale del coche.

—¡Espera! —le mira desde dentro, con el ceño fruncido—. ¿Te vas a ir así?

—No. —Él se acerca, apoyándose en el asiento—. Venga, dame un beso

—¡No! Así no.

—Es que no te enteras de lo que te estoy diciendo, cariño. Como siempre.

—¿Cómo que no? Te entiendo perfectamente, simplemente no estoy de acuerdo. Punto.

—Que tengamos puntos de vista distintos me parece perfecto —vuelve a sentarse—. El problema es que no entiendas lo que te estoy diciendo. Si lo hicieras, estarías de acuerdo conmigo.

—Tú estás diciendo que este periodista vale menos y hace trampas, por basarse en historias reales.

—¡No! No empieces a poner en mi boca palabras que no son mías. Puede que sean obras de arte lo que hace, que sean relatos muy buenos. Y claro que llegan más a la gente, tiene punto extra de que son “historias reales”. Eso ya, de por sí, es ir a lo fácil. Que me parece muy bien, hay quien prefiere eso antes que enfrentarse a un reto, pero objetivamente, desde el punto de vista inventivo, tiene menos valor que crear algo de cero.

Ella apaga el motor y se gira de frente. Se enciende la luz auxiliar del coche, y la conversación se detiene un instante.

—Eso no tiene sentido. Hay gente a la que le cuesta mucho escribir algo que te han impuesto.

—Pero es que esto no es impuesto. Él lo ha elegido de entre las historias que le llegan. Es fácil reconocer una historia con potencial dramático para que tenga éxito.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no haces tú eso?

—¡Porque sería ir a lo fácil!

—Ya… A lo mejor es solo una excusa. Dices que no lo haces porque sería “ir a lo fácil”. Pero lo que yo creo es que te da miedo hacer lo que tú consideras “trampas”, y que luego te salga igualmente un mal relato.

—A ver, cariño, escúchame —señala al exterior—. Mira ese coche. Les dicen a dos artistas que lo dibujen…

—¿Sin cambiar nada?

—¡Déjame hablar, coño! Les dicen a dos artistas que lo dibujen. Uno tiene un folio en blanco, y otro, tiene un folio en el que ya están los trazos principales dibujados. Al final, los dos dibujan el mismo coche. ¡El que tenía ya las líneas iniciales ha hecho trampa! No ha tenido que esforzarse tanto.

—Entonces, por esa regla de tres, ¿los dibujantes hiper-realistas tienen menos valor que otro?

—No…

—¡Ah! Te estás contradiciendo.

No se dan cuenta, pero ya hablan casi a gritos.

—¡No! Eso es a nivel técnico. Yo hablo de la creación inicial. No del producto final, que puede ser una obra de arte y todo lo que tú quieras. Los hiper-realistas son unos genios pero, como ese tío, no están “generando” nada. Solo lo copian y pegan.

—Están generando algo en un folio en blanco.

—Joder, pero ya me entiendes, a nivel creativo inicial. El folio o lienzo en blanco es, de toda la vida, la gran prueba de los creadores. Esta gente se la salta. En todo caso, solo le da unas pequeñas pinceladas a un dibujo ya hecho.             —Picasso decía que él copiaba la realidad tal cual era. ¿Él no era un artista entonces? ¿Tiene menos valor?

—No. Eso es otra cosa. Él plasma la realidad desde su percepción. El Guernica puede ser la realidad, pero tú no ves esas caras por la calle. Es como los escritores o directores que cogen películas basadas en hechos reales, o sucesos históricos, y les dan un final alternativo o un giro de tuerca, y te hacen creer que puede ser verdad. Eso es una pedazo de obra de arte. Eso no sería hacer trampas. Simplemente es inevitable no basarte, aunque sea inconscientemente, en los estímulos que recibes cada día y pequeños detalles de la realidad.

—Pues lo mismo que hace el periodista. Yo creo que ha sido muy listo, y muy muy creativo utilizando esas historias. Se ha saltado la “gran prueba”, como tú dices, y además tiene éxito. De hecho, me han dado muchas ganas de comprarme el libro.

—Pues mira que perfecto.

—¿Por qué no admites que le tienes envidia y ya está? Que te sientes frustrado.

La lucecita sobre sus cabezas parpadeó.

—Mira, no te da la gana de enterarte, así que paso. Buenas noches.

Él sale del coche, cierra la puerta y se encamina hacia su portal. Se detiene un momento antes de introducir la llave en la cerradura, y finalmente entra. Se queda inmóvil al otro lado, mirando hacia arriba. Todas las ventanas del edificio están oscuras, y ningún motor rompe el silencio de la noche.

Vuelve a salir a la calle. Sigue allí ella, entre los cuatro intermitentes. Con la luz amarillenta parpadeándole el rostro. Va hacia allí, abre la puerta del copiloto y vuelve a sentarse. La mira largo rato, en silencio.

—¿Crees que nos queremos?

Una ambulancia apagada pasa sin prisa por su lado. Los enfermeros ríen.

—Esa pregunta dice mucho de ti —responde ella, con la voz suave y calmada, tras un momento en silencio.

—¿Sí? ¿Y qué dice tu silencio de ti?

—Has querido hacer daño.

—No quería hacer daño…

—Y lo has intentado con tanta fuerza, que ha rebotado. Eso me da miedo, que ni si quiera me remueva por dentro. Que el hecho de que me lo preguntes no me dé ganas de llorar. Pero mira, mis ojos están secos.

La luz auxiliar del coche agoniza dentro de su rugosa cubierta de plástico.

—No quería hacer daño. —Levanta una mano y le acaricia el pelo—. Quería hacer una llamada de atención a nuestros corazones, porque desde que hemos empezado a discutir, veo vacío en tus ojos. Como una nube negra en el pecho. Tal vez si lo preguntaba, daría un toque a nuestros verdaderos sentimientos, para esfumar esa nube que nos hace decir lo que decimos y mirarnos como nos hemos mirado.

—Para hacer eso, cógeme de la mano, mírame a los ojos y dime “¿Nos queremos?”. Pero no así. No así.

Ella levanta una mano, y da al botón que detiene el pestañeo de la luz amarillenta

—Bueno… ¿Entonces crees que no nos queremos? ¿No dices nada?

—Sí —sonríe—. El periodista guapo, no hace trampas.

Un comentario en “Trampas

  1. «hecho. —Picasso decía que »
    Ahí hay un salto de párrafo que no te ha salido.
    Aparte, te faltan un par de signos de puntuación.
    Enhorabuena. Muy agradable de leer.

    Me gusta

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