La última niña perdida (parte II)

Segunda parte de la historia de Aline, que puedes encontrar en el blog personal de la autora: Los fuegos fatuos.

El día era todo luz, azul como no lo había sido desde más tiempo del que podía condesar su memoria, años que mascaba entre muela y muela. Abrió la ventana y dejó que entrase el cielo en la habitación. Tiritó. El frío le abrasó las mejillas pero eso no la detuvo. Se sentó en el alféizar con los pies por fuera y estiró los brazos en un movimiento que nacía desde sus clavículas. Tenía que ser pájaro. Encerrar al tigre que la dominaba y ser libre. Dibujó en la mente los colores que tendría su plumaje, los paisajes que sobrevolaría, sola, sin Peter, sin nadie.

—¿Puedo jugar?

Aline dejó de batir sus alas invisibles al notar las manos del chico en su cintura.

—No.

—¿Por qué?

Ignoró su pregunta y formuló otra.

—Parece que hoy estás de muy buen humor, ¿no es así?

Él sonrió y arrugó la nariz, en un gesto que guardaba sólo para hacerla sonreír. Imitó sus anteriores movimientos alrededor de ella. Subía y bajaba los brazos envolviéndola en un círculo de miradas gruesas.

—¿Así se juega?
Aline hubiera reído si supiera cómo hacerlo, viendo a Peter aletear a su alrededor.

—Dime, ¿es así?

La cara del chico se transformó hasta convertirse en otra, y otra y otra más. Todas familiares y sin cabida en su vida de niña eterna.

Aline se despertó temblando. Peter agarraba su cintura mientras dormían. Había sido un sueño. Se rectificó mentalmente: No, una pesadilla. Eso había sido. Se liberó del brazo de su amigo y se colocó la manta sobre los hombros. Salió por la ventana y se sentó sobre una rama a mirar una noche sin luna, a apaciguar el galope desbocado de su respiración. La casa de Peter, que era también la suya, estaba en el árbol más alto de Nunca Jamás. Desde allí podía ver toda la costa. Vigilar a los piratas del Jolly Roger e incluso escuchar a las sirenas que cantaban en la playa del extremo contrario en un idioma que Aline, como la mayoría, no conocía.

—¿Estás bien?

Peter se sentó a su lado.

—No podía dormir.

—¿Quieres que te cuente un cuento?

Aline asintió y se acomodó en la corteza mullida por el musgo que envolvía el tronco.

—Había una vez, en el país de Nunca Jamás, un lago cuyo nombre se había perdido en el tiempo y cuyos conocedores estaban extintos. De día no contenía más que agua dulce común, pero con el reflejo de la luna en las noches sin estrellas, el agua se tornaba cristal. La superficie transparente y pulida reflejaba un espectáculo lleno de misterios. La luna, se manifestaba como la mujer que fue un día y cantaba su historia. Dicen que quien la observara, después de oír tal tragedia, susurraba sus secretos más íntimos y sus cargas más pesadas se convertían en humo en comparación con su historia…

—Peter, ya he decidido cuál será mi premio por el último juego que te gané—musitó con los párpados ya cerrados—,  quiero ser un pájaro.

Él sonrió y la besó en la frente. Desde abajo unos ojos los observaban dormir abrazados. Oculto en las sombras de la casa más cercana, Tixro los miraba y sudaba odio.

 

—Me han dicho que quieres convertirte en pájaro —Tixro salió al encuentro de Aline que caminaba descalza por el bosque buscando los ingredientes que Peter le había pedido para su transformación. Le gustaba sentir el tacto de las hojas y las raíces en sus dedos desnudos.

—¿Y qué con eso?

—¿Lo sabe Tigrilla?

—Olvídame.

—¿Cuántos premios te debe Peter?

—He ganado muchos juegos.

—¿Dormir en su casa es también una recompensa o un regalo?

—Déjame, Tixro.

—Siempre supe por qué Peter te recogió, pero nunca me imaginé que tú lo ignorabas.

—¿Qué quieres decir?

—Ojalá lo logres. Ojalá te salgan plumas y te marches para no volver. Aunque si te ha mandado a buscar ramitas es que no tiene intención alguna de permitírtelo, así ganes todos los juegos a los que te rete.

Aline corrió tras él pero lo perdió en la espesura de las sombras. Pronto se haría de día. La noche no podía durar siempre y para entonces, podría volar, como Peter le había prometido. Se lo repitió mientras seguía caminando, aunque ya no sabía lo que buscaba, hasta que esa idea se posó en su mente e hizo un agujero de inquietud en ella. Soltó todas las hojas y salió corriendo en dirección a la hoguera alrededor de la que los demás niños bailaban y cantaban con algunos indios. Sacó a Peter a empujones y lo metió entre el follaje hasta que dejaron de escuchar alaridos.

—Cuéntame la historia de Tixro.

—Ya te lo he dicho muchas veces, no puedo.

—¡Hazlo ahora, Peter!

—¿Qué ha pasado esta vez?

—¿Por qué nunca ha echado de menos a su madre? ¿Por qué me odia, Peter? ¿Por qué no me vas a conceder mi premio y dejarme ser pájaro?

Resbaló hasta el suelo entre sollozo y sollozo y se llenó las rodillas de tierra húmeda. Él quiso ayudarla a levantarse pero Aline sacudió los brazos y le gritó que se marchara escupiendo llanto sin lágrimas. Sacó el bote de cristal en el que guardaba las de Peter y que siempre llevaba en el bolsillo, y se las colocó en las mejillas para que dejara de escocerle aquel llanto seco y punzante.

 

Cuando Tigrilla abandonó la danza y se unió a su medio hermana, se sentó de rodillas junto a ella, aunque no podía tocarla.

—Sabías que no te lo concedería, ¿para qué se lo pediste?

—¿Quién es Tixro?

—Lo mismo que todos los que vivimos aquí, Aline, una parte de Peter. Un pedazo de su imaginación.

—¿Yo también?

—No, tú no.

—¿Y los otros niños?

Tigrilla asintió.

—Ya lo sabías, siempre lo supiste. No existía nada antes de Peter. Nos inventó y nos dio vida, pero no puede controlarlo todo. No siempre.

—¿Qué parte es Tixro?

—Su sombra. Todo lo malo y negro que habita en él. El odio a su madre, a los adultos, a crecer. Por eso no te quiere aquí. Porque haces que Peter se plantee cuestiones, que eche de menos cosas que desconoce.

—¿Por qué yo?

—Porque Wendy no quiso quedarse. Estabas perdida, y él te encontró. Necesita a alguien, le aterra estar aquí solo.

—Pero yo quiero volar.

—Esta isla está destinada a cumplir deseos, Aline.

Tigrilla se deshizo en una nube de humo áspero y, por primera vez en años, Aline dejó caer una lágrima. Una opaca y densa que condensaba muchas otras sin derramar, y que abrió un hoyo en la tierra hundiéndola  en ésta. De sus manos y sus pies brotaron raíces frescas, y se fueron alargando y penetrando en el bosque. Se arraigaron en el barro y en los troncos de los árboles cercanos, la cubrieron y se envolvió en pétalos nuevos, jugosos, como los que acaban de nacer. Donde antes estaba la niña, había brotado una enorme flor de un amarillo tímido, que estaba aún cerrada.

Peter la regó a diario. Esperando que le devolviera a su compañera de juegos. Le contaba historias, para que no tuviera frío. Pero el día que se abrió, Aline no salió de aquel capullo. En su lugar, unas alas inmensas se despegaron del corazón de la planta. Un pájaro de colores imposibles miró a Peter sin pestañear y, antes de que alzara el vuelo, encontró en su boca las manchas de chocolate que nunca abandonaban las comisuras de la última niña perdida.

 

Durante el día se convirtió en guardiana de los secretos de Nunca Jamás. Vigilaba la isla desde las alturas, a los habitantes de aquel mundo en constante expansión. Pero, de noche, volvía para dormir junto a su amigo y escuchaba cuentos, aunque ya no volvió a sentir frío.

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