Las Últimas Huellas en la Nieve (Fragmento)

La montaña no debería estar verde. Aunque Ipal no la había visto nunca de otro color, lo sabía. Toda su vida había girado en torno a devolverla al blanco original. Nació en los tiempos del Deshielo, y a pesar de los esfuerzos de la tribu por apaciguar a los espíritus, parecía que su ofensa no tenía perdón.

Habían vuelto a los viejos modos de los ancianos, habían retornado a su tierra madre, cada noche alzaban los dedos hacia las estrellas y rogaban perdón, pero la nieve no volvía. Las lloviznas de gotas ligeras como motas de polvo se revolvían en el aire y, cuando morían al tocar el suelo, el pueblo gemía desde el fondo de sus estómagos.

Aquella mañana lloviznaba. Ipal alzó la nariz hacia las nubes. Aunque fuese una maldición, a ella le gustaban los ligeros besos del agua. El silbido de la honda de Vai la devolvió a la montaña. Su gente, que ya casi había olvidado las cacerías en el hielo, tuvo que aprender a cazar a un tipo nuevo de presas, que corrían por la tierra seca y las ramas de los árboles. Por eso acogieron a una tribu del sur que venía huyendo de las aguas voraces. Su comunidad nativa se unió para suplicar la vuelta de las nieves, pues al fin y al cabo los espíritus son los espíritus y oyen sin importar qué lengua les cante.

Vai había venido como un pequeño fardo de pieles mojadas con los sureños y era también hijo del Deshielo. Nada le separaba de Ipal salvo su tez tostada y sus ojos almendrados. Los dos niños despertaban al alba, se pertrechaban con sus abrigos y sus botas y se reunían en el centro de la aldea para asistir al chamán en sus oficios matinales. De allí, iban directos a la montaña, armados con sus hondas y sus zurrones, o quizá una caña de pescar.

Ipal siguió la vista oscura de Vai y apenas alcanzó a ver un reflejo color avellana. El guijarro cortó el aire y la ardilla cayó con un golpe sordo. El muchacho corrió a recogerla sin apenas tocar el suelo. Ipal oteó en dirección contraria, hacia la cima. Intentó adivinar tras la neblina alguna traza de blanco entre los cedros. Hacía tres inviernos que no se veía ninguna. Se acercó a un cedro pelado y apoyó la frente en su tronco quebradizo. Era el drama irónico del calentamiento de la tierra: sin el manto protector de la nieve, las raíces de los cedros sucumbían a la congelación. Ipal exhaló una voluta de vaho blanco sobre la corteza agonizante. Su ruego a los espíritus se parecía más a una maldición resentida, tras una vida de dedicación y sacrificio desoído. Cada vez que miraba a la montaña apretaba los dientes.

Vai la alcanzó al trote, con la presa del día asomando la cola por el borde del zurrón.

—No creo que consigamos mucho más hoy mientras siga el agua-nieve.

Ipal asintió.

—Será mejor volver.

Pero mientras descendían, el cielo se abrió en el sur, como un presagio de los ancestros. Ipal alcanzó a ver con los ojos entrecerrados una lejana sombra negra abriéndose paso por el viejo camino de los yankees. Cuando llegaron a la aldea, el jeep pardo ya estaba allí. Nanuan y Kahu habían vuelto con cazadoras de cuero y las cabelleras sueltas sobre los hombros. Les acompañaba un hombrecillo de espalda frágil y ojos rasgados.

Ipal y Vai se abrieron camino entre la multitud susurrante. El chamán estaba muy alterado. Vai corrió a saludar a los recién llegados. Nanuan desafiaba las maldiciones del chamán con semblante firme, pero Kahu las desoyó corrió a alzar al muchacho en brazos. Ipal fue a atender al chamán, apretó la mano de piel suelta del anciano y le ayudó a sentarse. Nanuan dio la conversación por terminada y se marchó, dándole la espalda a los juramentos que el chamán seguía escupiendo entre dientes.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Hucaun con voz de trueno.

—Debemos convocar un censo —respondió alguien.

—¡Ahora! —corearon muchos.

—¡No! —El chamán le devolvió el apretón a mi mano—. Esperaremos a la tarde.

—¡Pero, Nantok, esto no puede…!

—Hemos esperado décadas y seguirá esperando hasta la tarde —cortó con su voz firme—. Atended las necesidades de los que están cansados por el camino y sopesad vuestras ideas bajo la luz más clara de la calma de espíritu. Os pido, pueblo mío, que no os precipitéis.

La multitud asintió y se dispersó poco a poco. Nantok palmeó con dulzura la capucha de la niña. Ipal siempre le veía anciano y sabio, pero hoy estaba cansado y viejo. Le ayudó a entrar a su tienda y puso agua a hervir. Ipal calló mucho tiempo mientras el chamán se bebía sus hierbas. Cuando se tranquilizó, él mismo le habló.

—¿Quieres saber qué nuevas traían los muchachos?

Ipal asintió.

—Malas nuevas.

Ipal esperó, preguntándose qué sería aquello que habrían encontrado Nanuan y Kahu en el sur y por qué habrían traído a un extraño a su pueblo. Sabía que si hacía hablar al chamán, volvería a agotarse de improperios, así que fue paciente y aguardó a que Nantok la excusara para ir corriendo a buscar a Vai y Kahu.

Los encontró celebrando su vuelta en la tienda de la familia, entre risas, abrazos y el crepitar del fuego. El hombrecillo sureño se sentaba sobre las pantorrillas en una esquina, con los hombros encogidos bajo montañas de pieles y los labios apretados entre el idioma nativo. Vai corrió al encuentro de Ipal.

—¡Nos vamos! ¡Nos vamos al oeste!

—¿Cómo?

—Este hombre dice que hay un lugar al oeste donde todos podemos vivir. Una tienda tan grande como toda la montaña, hecha de árboles sanos y telas transparentes como el agua. Kahu dice que hay focas y osos, y aves como aquellas de las que nos hablaban los mayores. Dice que flota por encima del océano como una burbuja de jabón y que nunca falta nieve ni agua limpia.

Ipal escuchó sin hablar todo lo que allí tenían que contarle sobre aquella montaña flotante y no supo qué pensar. Salió de la tienda, con las mejillas coloradas del calor y del entusiasmo de sus ocupantes. Exhaló una larga voluta de aliento hacia las estrellas, preguntándole a los ancestros si les estaban salvando o tentando.

 

 

África Curiel Gálvez

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