Ya no

−Y, dime, ¿cómo sienta una fama tan repentina a alguien como tú?

−Pues si te digo la verdad, mejor de lo que esperaba. Los fans de hoy en día son muy respetuosos, o al menos conmigo lo son. En un principio pensaba que sería una locura absoluta y que mi intimidad se vería en problemas, pero para nada. Mis referentes en el mundo de la fama entre comillas siempre han sido avasallados por sus fans e intentan ocultarse para que no les reconozcan, pero yo puedo ir por la calle sin que me asalten y, si alguien se acerca, lo hace desde un total respeto, pidiéndome por favor un autógrafo o una foto.

−También podría ser por el público de tu programa, ¿no crees?

−Bueno, según los índices de audiencia y las encuestas, la edad media de mi audiencia es de 25 años, y eso que es un programa cultural. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Pensaba que nadie vería un programa así en un horario así, por lo que puedes imaginar mi sorpresa.

−Sí, la imagino. Bueno, en realidad, casi la comparto porque este programa también goza de una muy cómoda audiencia parara ser un late show o como se diga. Ja, ja, ja.

−Yo soy fan de tu programa, Felix. De hecho, eres uno de esos referentes de los que hablaba anteriormente. Según leía en las redes sociales, las masas te adoran. Creo recordar una anécdota que leí no sé, hace un año y medio o así, que decía que te tuviste que encerrar en un servicio en un centro comercial porque un grupo de señoras te estaban acosando. Reí y luego me… Puedo decir lo que quiera en este horario, ¿no?

−Sí, a esta hora puedes decir lo que te apetezca.

−Pues que me descojoné y luego me acojoné, nunca mejor dicho, pues acababa de empezar con mi programa y temía que me pasara a mí algo semejante. Me imaginaba huyendo corriendo de las masas y es que, Felix, yo le tengo pánico a la gente. No a la gente en sí, sino a los grupos grandes de gente. Pero pánico de verdad, de sufrir ataques de ansiedad. Cualquiera lo diría de alguien como yo.

− ¿A qué te refieres?

−Mírame. Soy alto, atlético, visto con un traje que me da seriedad y en la tele se me ve como un tío muy serio, o al menos yo me veo así. ¿Tú nunca has tenido esa sensación?

−Sí, un poco.

−Pues imagínate lo que sería estar en, no sé, un centro comercial como hemos dicho antes, y que de repente un grupo de señoras me acose como te pasó a ti. Puede darme un ataque de ansiedad allí mismo y las fans se irán riendo y mi imagen se irá a la mierda.

−Y, entonces, ¿por qué me estás contando a mí esto ahora?

−No sé. Supongo que tengo asociado tu programa y tus entrevistas a la intimidad. Supongo que en algún momento intentarás sonsacarme temas de mi vida privada y, además, está este exquisito Whisky.

−Ja, ja, ja.

−A propósito del Whisky, tengo una anécdota buenísima con eso. ¿Quieres que te la cuente?

−Por favor.

−Cuando la productora presentó el proyecto de programa al canal de televisión, el director se reunió conmigo y con los productores para hablar de qué le gustaba y qué no le hacía gracia del mismo. Me acuerdo que era un hombre muy tiquismiquis, que estaba encantado con el proyecto pero que tenía algunas objeciones. La más llamativa fue que teníamos estipulado que yo tendría un vaso con Whisky para presentar el programa, para darme un toque más refinado y elegante, a lo que él dijo que quién en pleno siglo XXI bebía Whisky solo con hielo, que eso sería muy forzado y que se notaba que yo había visto demasiadas películas. Ya ves, yo, joven como soy y más que lo era en aquella época, creí que lo decía en broma y empecé a descojonarme.

− Pero al final el proyecto salió y el programa está en emisión.

−Sí, pero, ¿has visto un vaso con Whisky en el programa?

−No.

−Ahí está la cuestión.

−Pues yo bebo Whisky. Y, por lo que veo, tú también.

−Sí, claro. De hecho, en las pasadas navidades que el programa empezaba a despegar y a acumular seguidores, me encargué de mandarle una botellita de Whisky de Malta al jefazo, con una nota que decía: bébame solo, por favor, que la Coca-cola me estropea.

−Es usted diabólico, Sergio, parafraseando un capítulo de los Simpson. Ja, ja, ja.

−No creas, en realidad soy un cacho de pan.

−Y, bueno, las navidades están aquí ya otra vez. Dime, Sergio, ¿cómo pasa las navidades el nuevo Show Man favorito de este país?

−Pues este año tengo bastante trabajo en realidad, pues gracias a la audiencia me han dado el honor de dar las campanadas en el programa especial, por lo que en Nochevieja trabajaré hasta tarde y luego iré a la gala del canal.

− ¿Y en Nochebuena?

−En Nochebuena iré a casa, donde me estará esperando una suculenta cena de Pato a la Naranja, mi hermana Sara, con su marido y su pequeño hijo Manuel, mi madre Francisca, mi padre Rafael, mi abuela Carmina y mi tío Federico. Eso en cuanto a familia, pero por otro lado vendrán también mis amigos Alejandro, Alberto y Ana, de la infancia los tres. También un joven músico al que admiro, Jean Deschamp y un amigo que hice cuando llegué a la ciudad y que desde entonces comparte todos los momentos alegres y también los tristes conmigo, Woody. Jean tocará una pieza en mi piano de pared y disfrutaremos de unas copas de la ginebra más de moda que hay. De eso se ha encargado mi hermana.

−Lo tienes bien montado. Me alegro. Pero, ¿tú no eras de Whisky? Ja, ja, ja.

−Por supuesto, lo soy, Felix. Pero en mi casa el Whisky solo me gusta a mí, y prefiero amoldarme y ya está. Además, a mi edad aún no me he vuelto muy exquisito en el gusto que digamos. Tengo que seguir entrenando mi paladar.

 

Nochebuena. Sergio Álvarez, el presentador del programa de mayor audiencia del país, entra en su apartamento de la Avenida de La Ciudad de Barcelona, deja las llaves en la entradita y da la luz del salón. Enciende el reproductor de música que imita un viejo tocadiscos y suena una canción a piano de un joven músico francés que despunta en el país vecino: Jean Deschamp.

Woody, el Bulldog francés de Sergio, aparece en el salón y corre alrededor de su dueño, que le da una galleta que llevaba en el bolsillo.

− ¿Te has portado bien, pequeño? Vale, vale, ya estoy en casa, tranquilo.

Sergio va al dormitorio, se da una ducha y se viste con un traje negro de corte italiano de tres piezas y una camisa azul celeste. Acompaña el conjunto con unos elegantes zapatos Oxford de charol negro y una corbata azul tinta con estampado de pequeñas cabezas de Mickey Mousse en blanco. Saca del armario un bote de perfume de Adolfo Domínguez y se echa en las muñecas y en el cuello. Sergio abre un mueble más pequeño que hay junto a la cama y saca de él un pequeño traje de Santa Claus para perro y se lo coloca a Woody. Le echa perfume de Adolfo Domínguez.

−Así hueles a hombre, Woody. –Le acaricia la cabeza. –Qué guapo estás hoy.

Sergio va a la cocina y abre el frigorífico. Saca una bandeja. En la etiqueta se puede leer: preparado de Pato a la Naranja para microondas; listo en cinco minutos. Sergio mete el paquete en el microondas y programa cinco minutos. Abre un cajón y saca un pequeño mantel individual, y lo lleva a la mesita del salón, donde suena la quinta canción del disco de Jean Deschamp.

El timbre del microondas alarma de que el plato ya está listo. Sergio saca la bandeja y emplata el Pato a la Naranja. A continuación abre el frigorífico y saca de él una bandeja similar en la que se puede leer: compuesto de ternera para perros; ideal para eventos especiales. Lo abre y lo coloca en el plato de Woody. Sergio vuelve al salón con los dos platos, coloca el de Woody en el suelo y se sienta en la mesa a comerse el suyo.

−Que aproveche, Woody.

El perro ladra. Sergio empieza a comer su Pato a la Naranja mirando los dos cuadros que adornan su apartamento. En uno salen sus tres mejores amigos de la infancia: Alejandro, Alberto y Ana; en el otro sale su familia: su hermana Sara, con su marido y su pequeño hijo Manuel, su madre Francisca, su padre Rafael, su abuela Carmina y su tío Federico. Sergio paladea el Pato a la Naranja escuchando la música de Jean Deschamp. Cuando ha terminado, mira al plato de Woody, también vacío, y lleva ambos a la cocina.

Sergio vuelve al salón y abre un mueble al lado del reproductor de música. De ahí saca una caja y la lleva a la mesa. La abre y saca una botella de ginebra rosa, una carta y una foto. La foto es de su hermana Sara, y en la carta pone lo siguiente:

«Querido hermano, esto es Puerto de Indias, la ginebra que está rompiendo el mercado en Sevilla. Es de fresa y lo mejor es beberla acompañada de tónica. Feliz Navidad.»

Sergio Álvarez va a la cocina y vuelve con un vaso con hielo, en el que vierte un poco de la ginebra y un botellín de tónica que ha sacado de la misma caja. Se deja caer en el sofá, con la foto que su hermana le ha mandado, la de sus amigos y la de su familia, y con Woody sentado a su lado.

Sergio Álvarez se bebe el gin-tonic y se prepara otro. Se vuelve a sentar en el sofá. Jean Deschamp suena. Llora y gime algo que al principio es ininteligible y pero que toma nitidez con el paso de los segundos.

−Ya no. Ya Navidad no es lo mismo. Ya no puedo disfrutar de mis padres, ya no puedo disfrutar de mi hermana y su hijito, ya no puedo disfrutar de mi abuela, de mi tío. Ya no. Ya no puedo beber y reír y bailar y volver a beber y a reír y a bailar y volverlo a hacer otra vez y otra nueva y una vez más con mis amigos. Ya no puedo despertarme el día de Navidad con resaca pero con una sonrisa. Ya no puedo saborear el Pato a la Naranja de mi madre, ni los cócteles de mi hermana, ni los chupitos de Jägermeister que tanto gustan a Alberto. Ya no puedo dejar mi perfume en otro cuello, ni cometer locuras. Ya no. Desde que empecé este trabajo, desde que soy famoso, desde que todo cambió, ya yo no soy yo ni volveré a serlo.

Sergio Álvarez se acaba la botella abrazado a Woody y mirando las fotos. Sergio Álvarez se duerme en el sofá con un vaso en la mano. Pero a Sergio Álvarez le da igual, porque mañana no será Navidad y Santa Claus, Papá Noel, no le habrá traído ningún regalo. Ya no es Navidad nunca más para Sergio Álvarez.

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