El amor de su vida

Luis está sentado en la mesa de siempre. La de la esquina. Le gusta mirar la gente que entra y sale y, desde allí, puede ver todo el bar. Siempre le ha hecho gracia la habilidad de Juan para esquivar a aquellos que entra con la idea de no consumir.

En este momento llega un muchacho de unos veinte años, y por el “Está estropeado” del hostelero, Luis da por hecho que la idea de este no era más que la de pasar al baño.

—¡Eres increible, Juan!

—¡Es que son unos ´pesaos! El servicio de la facultad estará asqueroso, y salen todos de clase directos para mear en el bar —contesta el camarero. Acerca a Luis a la mesa la infusión y la tostada.

—Bueno, si tú lo dices —sonríe. Coge el plato que le tiende su amigo.

—Es la verdad, Luis. Tuve que poner el cartel en la puerta del baño por ellos. Estos universitarios están más tiesos que tú y que yo, y lo poco que tienen se lo gastan en la cervecita del viernes al salir. El resto de días, entran y salen de balde.

Juan vuelve a la barra y Luis se recluye en el silencio de su tostada de mantequilla y su brebaje. Está nervioso. No puede evitar ver como le tiemblan las manos mientras se acerca la rebanada de pan a la boca.

A pesar de que lleva muy bien los sesenta, los años pasan para todos, y sabe que se está haciendo mayor. Al principio, la cojera le sentó fatal, pero ya se ha acostumbrado a andar con el pequeño bastón que le regaló Esperanza.

Mira el reloj y ve que aún quedan más de diez minutos para que lleguen ella y Marta. Suena su nariz y mira sorprendido la forma en la que le tiemblan las manos.

Todavía no sabe cómo va a decírselo a las dos. Con lo que ha sido y es su madre para ellas, y que él, le esté haciendo esto. Sin saber cómo, una lágrima resbala por su mejilla. Esa mejilla que hace ya tiempo que amanece con la humedad de sus llantos nocturnos. ¿Cuánto hace que no duerme bien? La respiración se le entrecorta y consigue limpiarse las lágrimas con un pañuelo.

Tiene que acabar con este sufrimiento. A su edad no puede andar escondiéndose como si fuese un adolescente. Odia que haya pasado, y siente vergüenza ante ellas, pero antes de que se enteren por la calle, prefiere que sea su padre el que se lo diga.

Muerde de nuevo la tostada y limpia su boca con una servilleta. Mira hacia la puerta y vuelve a comprobar el reloj. Está atacado. Son sólo seis meses los que hace que conoce a Dolores. “Todo por un paseo”, piensa para sí. El tradicional recorrido por la avenida de la Filosofía fue lo que le llevó hasta ella.

Y es que, todas las mañanas, a las 8 en punto Luis sale a caminar. Sus zapatillas deportivas, sus vaqueros y su pequeño bastón. 45 minutos andando por un camino que le lleva directamente hasta el bar de Juan. Desayuna todos los días en la misma mesa, y vuelve de nuevo hasta casa. Esta rutina le hace sentirse vivo, y son ya tres, los años que la viene llevando a cabo, llueva o nieve. Descansa sólo los martes, y porque su amigo no abre el bar.

Fue una de estas mañanas, cuando volvía hacia su casa. Se cruzó con Dolores. Una sonrisa y un simple “Buenos días” hicieron que le diese un vuelco el corazón. ¡A su edad! Se siente en ciertos aspectos un miserable por ello. Sin embargo, no lo pudo controlar y recuerda como cada día iba a hacer su rutina solo con la finalidad de cruzarse con ella. Después de un mes, consiguió hablarle, y quince días más tarde, la invitó a cenar. A partir de entonces, no pudo controlar lo que pasó.

Ya es la hora, pero sabe que las niñas se retrasan. Seguro que les cuesta aparcar. Se calienta una mano con la otra e intenta controlar el temblor de sus dedos.

Dolores es casi diez años más joven que Luis, pero lo mejor de todo, es que le hace sentirse vivo y atrevido de nuevo. Es activa y muy alegre. Si alguna vez las niñas quisieran conocerla como él lo hace, seguro que le entenderían.

Vuelve a mirarse las manos. Tiemblan aún más. Levanta la cabeza y las ve aparecer por la puerta. ¡Que guapas están! La melena suelta de Esperanza le hace parecer casi más hermosa de lo que es, y de Marta es que simplemente no se puede decir nada más. Su sonrisa llena cada lugar que pisa. Qué suerte tuvieron al tenerlas. Cuántas veces han hablado sobre eso.

—No te levantes, papá —dice Marta—. Perdona por llegar tarde, pero es que ni te imaginas como está el barrio de aparcamiento.

—No pasa nada cariño. —Luis se levanta, abre sus brazos y da un beso a cada una de sus hijas.

—¿Qué pasa? Nos has asustado. ¿Está todo bien? —dice Esperanza. Se sienta a la derecha de su padre y le coge la mano—. ¡Estás temblando!

—Ya lo sé. Estoy un poco nervioso —contesta Luis. Mira hacia la barra y le habla al camarero—. ¡Juan, hazme el favor de ponerme otra tila! Y a las niñas… —alarga la a y mira a sus hijas.

—Dos cafés con leche —dice Esperanza.

—¡Dos cafés con leche, Juan! —exclama su padre.

Juan levanta la cabeza en gesto afirmativo y se gira en el mostrador. El ruido de la máquina de café se eleva por encima de todos los presentes.

Luis aprovecha que sus hijas se encuentran mirando al camarero para contemplarlas. Se para un instante y hace balance de todo lo que ha vivido. Es lo único de lo que hoy día se siente orgulloso. Gracias a ellas, no ha dudado nunca que Mercedes, pase lo que pase, siempre ha sido y será el amor de su vida.

—Tengo que contaros una cosa —empieza Luis—. No sé ni cómo decíroslo. —Agacha la cabeza y las lágrimas resbalan de forma casi descontrolada. Su corazón se encoje a la vez que su cuerpo y, si no fuese por el hecho de que el plato del desayuno aún se encuentra sobre la mesa, se derrumbaría sobre ésta.

—Papá, ¿Qué es lo que pasa? —dicen ambas hijas a la vez.

—Nos estás asustando —puntualiza Esperanza. Acerca a su padre un clínex y le levanta la barbilla con el canto de su mano.

Luis respira profundamente y vuelve a mirar sus dedos. En este momento tiemblan de una forma descontrolada.

—Es que tengo que deciros que…

— ¿Qué has conocido a otra mujer? —dice Marta—. Nosotros ya lo sabíamos.

Luis mira asustado hacia ambos lados y rompe a llorar silenciosamente. Se siente la peor persona sobre la faz de la Tierra y piensa que Mercedes no merece que le hagan esto. Ambas hijas le abrazan y él llora aún con más fuerza.

—Lo siento —atina a decir—. No he sido capaz de controlarlo. No he podido evitarlo. Soy un miserable. Soy detestable, y entendería que no quisieseis saber nada más de este viejo.

—¡Papá! ¡Papá! —dice tiernamente Marta—. Te entendemos. La vida es así.

—Claro que sí, papá. Eres un hombre bueno, cariñoso y atento. Has hecho a mamá la persona más feliz del mundo y lo sabes.

El tono que utiliza Esperanza le hace tranquilizarse un poco. En cierto modo sabe que es verdad. También Mercedes le hizo a él inmensamente feliz, pero ya eso ha pasado, y no puede controlar lo que siente por Dolores.

— ¿Habéis hablado con ella? Me da miedo ir a contárselo.

—Nosotras no le hemos dicho nada. Eres tú quien debe hablar. Hasta que no lo hagas, no conseguirás tener tu conciencia tranquila —dice Esperanza.

—Si le cuentas le que ha pasado y eres honesto con ella, seguro que te entiende —explica Marta.

Luis respira algo más tranquilo. Las manos aun le tiemblan, pero el apoyo de sus hijas es algo que necesitaba. Les da las gracias a ambas, las abraza y les dice lo mucho que las quiere.

Es el momento de salir. Lo tiene decidido. Va a hablar con Mercedes.

Cogerá su pequeño bastón, se acercará a la barra y le pagará a Juan todo lo de la semana. Como siempre, le dará un abrazo y le dirá que le guarde la tostada del día siguiente, y que es posible que venga acompañado mañana. Al salir, pedirá un taxi. Le dirá la dirección y pensará en todo lo que tiene que decir al llegar. Al bajar, sabe que tendrá que pasar un rato respirando profundamente hasta que se decida a entrar. Comprará unas flores y suspirará. Finalmente, cruzará la verja y caminará por ese estrecho pasillo que tantas veces ha pisado. Se acercará y pondrá las flores sobre la piedra. Al verla, con unas frases bastará.

—Han pasado más de diez años, y sabes que no ha sido fácil. Lo siento, Mercedes. Te quiero.

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