Hacerlo

Summary: Ella mira al techo inmersa en una conversación consigo misma. Él se abraza a ella, queriendo protegerla de todo. La habitación en penumbra y desordenada es testigo de lo que aconteció horas antes; y de lo que acontecerá a continuación. Porque ella quiere saber, y él debe responder: «¿Por qué hacerlo?«

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Su respiración ahora tranquila y serena rompía la quietud del silencio de aquella habitación en penumbra. Recostada boca arriba sobre una cama de sábanas desechas, la desnudez de su cuerpo y su mirada se perdían en algún punto del grisáceo techo. A su lado, y escondido en la cavidad de su cuello, el cuerpo también desnudo y sudoroso de su acompañante aprisionaba su persona en un íntimo pero certero abrazo.

—¿Por qué? — susurró ella de repente a la nada.

—¿“Por qué” qué? — inquirió él con voz ronca y juguetona, subiendo por su cuello con un reguero de suaves besos.

—¿Por qué hacerlo? — insistió. Su mirada continuaba atenta a aquel punto en el techo, mientras su cuerpo comenzaba a responder involuntariamente a las caricias que todavía recordaba por el momento compartido.

—¿Hacer el qué? — él seguía su juego sin apartarse de su lugar. El roce de su tosca piel con la blancura suavidad de la de ella lo tenían hipnotizado desde hacía mucho tiempo y no era capaz de abandonarlos ni por un segundo. A pesar del cansancio del momento, podía apreciar que su cuerpo despertaba nuevamente y no solo se trataba de sus adormecidas piernas: su sabor a puro deseo estaba haciendo estragos en él.

Se movió lentamente. Volteó su cuerpo sin salir de su abrazo y entrelazó sus piernas con complicidad. Él la observó curioso. Sus manos aprovechaban cualquier movimiento para acariciar su piel. Simplemente, la adoraba. Retazos de lo ocurrido hacía unas horas se encontraban desperdigados por aquella habitación que compartían desde hacía dos años: una camisa en el respaldo de la cama, unos vaqueros asomaban en la alfombra, y creía que aquello húmedo en sus pies era su ropa interior.

—Ya sabes…  — Se mordió el labio inferior queriendo devolverle el juego de los besos. Recorrió con su palma su torso desnudo, dibujando con suavidad efímeras formas. Sonrió internamente al ser consciente de cómo su respiración se agitaba. — Hacerlo.

—No te sigo, cariño.

—Antes me has confesado entre gemidos que te encantaba “hacerlo conmigo”. — Ella continuó su labor sin apartar sus ojos de su pecho. — “Hacerlo”. — Subió lentamente hasta su cuello y lo pellizcó con picardía. — ¿Por qué dices “hacerlo”? Suena tan impersonal, tan frío.

—Mujer, ¿cómo quieres que lo llame entonces? — Sus manos se aventuraron en su espalda, lisa, fina y arqueada de placer ante su toque. Le encantaba sentirla tan pequeña en sus brazos; y a la vez tan incontrolable.

—No sé… ¿”Hacer el amor”? — Sus ojos se encontraron. A pesar de la oscuridad del cuarto, los destellos felinos y afilados de sus ojos verdes avivaron los propios azules.

Él soltó una pequeña risa. Le encantaban esas pequeñas conversaciones de todo y nada a la vez que florecían en la cabeza de ella después de una buena sesión pasional. Quizás fuera la desnudez del momento o simplemente sus mentes en sintonía; pero aquellos pequeños momentos hacían crecer el pequeño mundo que construían entre los dos.

—Eso es muy largo y cursi. Hasta sexo suena más concreto — le acarició la mejilla sonrosada sin poder remediarlo. Su rostro se tornó serio y la imagen se le antojó perfecta. La quería, así de simple.

—Pues sexo es muy burro y lo odio — frunció el ceño, enfadada. — Me hace sentir como una cualquiera. Y duele. ¿Acaso no me quieres?  — su voz denotó un deje de tristeza. — ¿Por qué lo haces sonar tan falto de sentimientos?

—¡Claro que te quiero! Pero sabes que soy más de demostrar las cosas. Y creo que lo hago muy bien… Por cómo te estremeces y gritas que no pare… — una de sus manos comenzó a bajar peligrosamente por su estómago con un destino fijo. Él sonreía divertido al verla debatirse entre el placer y el enfado.

—¡Para! ¡Esto es un tema serio! — apartó su mano de un manotazo.

Ante aquel reclamo, supo que la conversación había abandonado cualquier resquicio de nimiedad y humor que antes hubiera habido. Ella se apartó de él y lo enfrentó con los brazos cruzados sobre sus pechos, sus cejas enarcadas y sus labios fruncidos. La mera imagen lo estremecía y lo asustaba a partes iguales.

—¡Joder! Que es el acto coital, sexual, marital, como quieras llamarlo — se defendió, adoptando la misma postura que ella. — Pero que “hacerlo” es una buena contracción y no hay peligro de cortar el rollo.

—“Hacer el amor” tampoco corta el rollo y tiene mucho más significado que ese simple y seco “hacerlo”. Maldita economía del lenguaje hasta para eso…

—¡A ver si ahora te voy a tener que recitar la Biblia en verso cada vez que quiera tener un momento contigo!

—Pues mira, no estaría de más un detallito así de vez en cuando — recalcó el acento de sus palabras, inclinándose hacia él.

—¿Y las veces que te robo un beso no cuentan? — él se acercó lentamente, tanteando. — ¿Cuándo te sorprendo con una cena romántica? ¿Y los dulces cuando estas en tus días? ¿Y las compresas? Eso no lo hacen todos los tíos…

—Yo no te veo a ti marcándote un Romeo y Julieta por mí a este paso…

—Hombre, te amo. Pero prefiero amarte vivo que muerto… Y creo que eso te lo demuestro muy bien “haciéndolo”…

—¡Y lo sigues diciendo! — Le dio la espalda, apartándose de su toque, que sabía con certeza que la haría caer ante él. Le gustaba tener este tipo de conversaciones con él, sentía que tenían la suficiente confianza después tantos años de relación como para hablar de todo. Pero algunas veces, y demasiado últimamente, ambos sacaban cualquier nimiedad de contexto y estallaban.

—¡¿Qué?! Ya no sé ni cómo hablar contigo… — se desesperó. Volvía a suceder: la bomba explotaba a la más mínima chispa.

—Esto es serio. Aunque parece que te hace gracia — susurró de soslayo y no volvió a hablar. Las lágrimas de rabia ante el poco tacto que estaba demostrando se agolpaban en sus ojos y amenazaban con salir.

—¡Es que la tiene! Que estamos intentando etiquetar una muestra física de amor con una maldita palabra… ¿Qué más da que se llame “hacer el amor”, “tener sexo” o simplemente “hacerlo”? — ella ni se inmutó: continuó dándole la espalda. — No se trata de decirlo a los cuatro vientos, se trata de sentirlo… — reposó sus manos en sus hombros desnudos y los masajeó despacio. Con deliberada lentitud enterró nuevamente su nariz en su cuello y la sintió estremecerse. Un beso, dos besos. Al tercero mordió su oreja; y ella vibró en sus brazos. —  Y a mí me encanta sentirte… — Pero cuando quiso continuar, ella se zafó de su agarre y se apartó de él. Simple y directo. Como el coraje que comenzaba a subir por todo su cuerpo. — ¡Muy bien! — gruñó fastidiado mientras se bajaba de la cama. — Hoy estas insoportable por cualquier tontería — y cogiendo el vaquero a los pies de la cama, abandonó la habitación de un portazo.

La soledad la golpeó junto al sonoro portazo. Desnuda, y sintiendo el frío de saberse sola y molesta con él por una tontería, silenciosas lágrimas escaparon de sus ojos y recorrieron sus mejillas y sus pechos desnudos. Se abrazó a sí misma, aunque aquello no la alivió en absoluto. Lo necesitaba a su lado. A sus besos, a sus brazos… A la tranquilidad de saberse querida en sus pensamientos, de saberse feliz cuando estaban juntos.

No tuvo que pensarlo dos veces. Antes siquiera de percatarse, ya había cubierto su cuerpo con una fina bata azulada, su color favorito, y había salido en su busca. Una única luz se apreciaba en la oscuridad de la casa. Recorrió despacio el pasillo, descalza, sintiendo el mármol bajo sus pies.

Y se sintió morir cuando, asomándose a la puerta de la cocina, encontró a aquel joven con el que compartía su vida desde hacía seis años preparándose un café… y a ella el té rojo que tanto le gustaba. Quiso golpearse mentalmente por haberlo tratado tan mal, por haber traspasado el límite.

Porque él sí tenía detalles con ella. Silenciosos detalles que solo ella comprendía; y que le demostraban cuánto la quería. Porque esos eran los verdaderamente importantes, no solo todas las veces que lo hacían a la semana, que por otro lado también disfrutaba. Y nunca eran suficientes para saciar la pasión desenfrenada de ambos.

En aquel momento, su ternura la abrumó. Lo quería. Así de simple, así de cierto.

Atravesó la puerta y se abrazó a su espalda. El cinturón de la fina prenda que la cubría resbaló de su cintura; y su piel chocó con la de él.

—Vamos a hacerlo… — susurró con un beso en su cuerpo.

Para cuando la silenciosa petición fue respondida, las manos de él viajaban entre sus piernas mientras que las de ella se lo liberaban del apretado pantalón…

… y un sorpresivo beso se apoderaba de sus labios.

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Escrito por Alegría Jiménez

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