Los estantes cromáticos, los semblantes dibujados

En el callejón más remoto del barrio de Santa Cruz se encuentra la que sin duda será la tiendecilla más pintoresca de toda la ciudad: la tienda de máscaras hechas a mano de Enrique Pino, al que todos en la zona conocen como Enriquete, hijo de Enriqueto, nieto de Enrique.

No podrás pasar por aquel angosto pasaje sin fijarte en la maravillosa cristalera en la que, a modo de escaparate, se exponen máscaras de todos los tamaños, tipos y colores. Carteles con precios las acompañan, también adornados con cintas brillantes que los atan a los orificios que permiten la visión. El mismo precio escrito en el sofisticado pedazo de cartón que cuelga de cada careta se convierte en un adorno más: su color cambia, a juego siempre con la máscara cuyo coste indica.

Si te asomas a través de la puerta, siempre entreabierta, y te aventuras a entrar, el sonido de la campanilla hará levantar la mirada de Enriquete. Su rostro, manchado de pintura, refleja la vejez de quien tiene sabiduría. Y no la que ofrecen los libros, o al menos no solo ésa, sino la que dan los años y la vida con mayúsculas. Su sonrisa de bienvenida siempre es fugaz, para volver a adentrarse de nuevo en su tarea de pintar una nueva máscara.

El local es pequeño, pero Enriquete –como su padre y su abuelo- sabe aprovechar el espacio. Estanterías que acarician el techo llenan la estancia por completo, dejando entre ellas el espacio justo para que una persona pueda observar con comodidad lo que hay en ellas. Sucediéndose unas a otras, convierten el pequeño lugar en un extraordinario arsenal de posibilidades para el color. Yo estuve allí hace poco. Y otras muchas veces, de pequeño, aun cuando Enriqueto, padre de Enriquete, vivía. Y jamás había tenido la oportunidad de ver tal cantidad de colores, que tan vivos demostraban ser a pesar de la penumbra que existía –y aún existe- en ese pequeño local. No pude evitar el intento de imaginar cómo serían aquellos pigmentos al sol. Ni siquiera colores tan comunes como el rojo, el amarillo o el azul le eran familiares a mi retina en aquella primera toma de contacto. Y después, de vuelta al mundo real, todos los colores me parecían inertes.

Y, aunque parezca extraño y caótico al principio, el orden impera en aquellas estanterías que trepan al techo. Si por un momento consigues olvidar la magia que ofrecen los millones de colores que adornan estos rostros sin dueño observarás que la primera de las estanterías –siempre la primera- está repleta de semblantes tristes. Con labios mayor o menor perfilados, facciones de apariencia femenina o masculina, pero repletas de tristeza. Profunda tristeza. Cuando le preguntes a Enriquete, que lo harás, por qué la tristeza en primer lugar, te dirá que es la forma más directa de representar la belleza, y que aunque pueda causar rechazo a algunos clientes, a él le fascina observar a veces desde su pequeño mostrador lleno de acrílicos su estantería melancólica. Y cuando, tras esa explicación, pasees por el lugar en busca de felicidad, acabarás por volver a aquel primer estante sombrío a contemplar la hermosura.

¿Quieres que te lleve a la vieja tiendecilla? Ya es hora de que la conozcas.

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