Los estantes cromáticos, los semblantes dibujados

En el callejón más remoto del barrio de Santa Cruz se encuentra la que sin duda será la tiendecilla más pintoresca de toda la ciudad: la tienda de máscaras hechas a mano de Enrique Pino, al que todos en la zona conocen como Enriquete, hijo de Enriqueto, nieto de Enrique.

No podrás pasar por aquel angosto pasaje sin fijarte en la maravillosa cristalera en la que, a modo de escaparate, se exponen máscaras de todos los tamaños, tipos y colores. Carteles con precios las acompañan, también adornados con cintas brillantes que los atan a los orificios que permiten la visión. El mismo precio escrito en el sofisticado pedazo de cartón que cuelga de cada careta se convierte en un adorno más: su color cambia, a juego siempre con la máscara cuyo coste indica.

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