Blanco nuclear

Se despierta como quien se despierta de un sueño después de una noche en una casa ajena. Tarda unos segundos en ubicarse, en lo que el mundo a su alrededor aparece bajo las manchas oscuras que nublan sus ojos. Mira a su alrededor. En una pared un reloj marca las tres y cuarto de la tarde. Solo hace poco más de una hora que se tumbó en la camilla y el anestesista bromeó sobre su escaso peso. Desde entonces, todo ha sido un espacio en blanco en su cabeza.

Ni siquiera hace el amago de incorporarse. Una enfermera se acerca a ella, y juraría que le mira extrañada.

— Que espabilada estás.

Ella se encoje de hombros, nunca la habían operado de nada y no tiene ni idea de si está más o menos despierta de lo normal. Se aclara la garganta antes de hablar.

— Tengo sed.

Siente la garganta como si se la hubieran raspado con un rallador de queso. Lo nota al tragar saliva y al respirar, porque tiene la nariz llena de algodones y tiene que respirar por la boca sin remedio.

La enfermera se acerca a ella y le da una especie de bastoncillo para los oídos muy gordo, y le dice que se lo meta en la boca. Ella obedece. Al principio tiene un regusto a limón, pero pronto se lleva toda la saliva de su boca y se la deja peor de lo que estaba.

La enfermera empieza a empujar su cama de vuelta a la habitación. Los pasillos y techos de color blanco nuclear se suceden los unos a los otros, iluminados por una luz blanca que se le antoja aséptica.

La puerta de su habitación se abre al ser empujada por los pies de la cama. Sus padres se vuelven hacia ella y esperan hasta que la enfermera coloca la cama de vuelta en su sitio y empieza a colocar el gotero y los tubos que van a la vía que adorna su mano izquierda.

— ¿Cómo estás?

— Tengo sed. – le da la sensación de que eso ya lo ha dicho sin conseguir ningún resultado, pero lo repite un poco más fuerte.

La enfermera le mira y sin mediar palabra, sale un momento de la habitación y vuelve a entrar con un vaso de cristal envuelto en una bolsa de plástico. Escribe algo en la bolsa y se lo deja en la mesita que hay junto a la cama.

— No puedes beber hasta las nueve menos cuarto.

Y sin decir nada más sale de la habitación.

Su madre se levanta del sillón del acompañante y se acerca a ella.

— ¿Cómo te sientes? Tienes buena cara.

— Sedienta. Y taponada.

Se ríe, le hace gracia cómo suena su voz, como sus enes suenan nasales por culpa de los algodones que le llenan la nariz hasta casi tocarle el cerebro.

— Ya has oído, no puedes beber hasta las nueve.

— Menos cuarto. ¿Qué hora es?

— Las tres y media.

Ante la perspectiva de estar más de cinco horas sin poder beber ni un mísero trago, la quemazón de su garganta se vuelve más intensa. Intenta distraerse con algo para no obsesionarse con la sed, y se da cuenta de que hay una bolsa de viaje encima de la otra cama, la que está en el lado izquierdo de la habitación. Su madre parece darse cuenta de la dirección de su mirada.

— Ha venido una chica. La van a ingresar, no creo que te dé problemas, además tú te irás mañana si todo está bien.

Su madre tiene razón. Una hora después, cuando sus padres se han marchado a casa, una chica entra en la habitación. Está sola, pero lo más impactante es su delgadez. Todas las articulaciones de su cuerpo se marcan bajo una fina y tensa capa de piel, y la bata del hospital le queda ridículamente holgada. Las marcas bajo sus ojos se le antojan familiares, y se tiene que aferrar al borde de la cama hasta que los nudillos se le ponen blancos. La chica le mira con los ojos muy abiertos, o quizás es una ilusión provocada por la zona hundida de sus mejillas.

— Hola. Me llamo Daniela.

— Yo soy Ona. – sonríe al oír su voz nasal. – Y normalmente no sueno así de congestionada.

— ¿Qué te ha pasado?

— Sinusitis. Una operación muy rápida. Mañana vuelvo a casa.

— Ah.

No dice nada más, pero a Ona no le hace falta saber nada más. El hueco que recogen sus clavículas le resulta no solo revelador, sino dolorosamente conocido. Tiene la melena rubia quebradiza y rala y se rasca la sien de forma compulsiva.

— ¿Estás sola?

— No –lo dice tan rápido que suena artificial–. Mis padres vendrán más tarde. Están trabajando. Son médicos, los dos.

Pasan la tarde cada una en su cama, conectadas a sendos goteros y casi sin hablar. Ona da vueltas sobre la cama para encontrar una posición en la que los algodones de su nariz no la hagan sentir como una caja hermética y, cuando por fin puede beber agua, al final de la tarde, le sabe a ambrosía.

Una enfermera distinta a la que la subió de quirófano le trae a cada una bandeja gris de plástico que contiene la cena del día. Ona la abre con avidez, no ha comido nada desde el día anterior y se siente famélica. Daniela por su parte, mira su bandeja sin tocarla, como si debajo ocultara una bestia que pudiera atacarle.

— ¿Te importa que coma con la boca abierta? Tengo la nariz tan taponada que tengo que elegir si mastico o respiro.

Daniela se encoge de hombros sin apartar la mirada de su bandeja. Ona entiende lo que le sucede, lo que esa bandeja representa para ella, así que sin mediar palabra coge su comida y se sube a la cama de Daniela, coloca una bandeja junto a la otra y come ahí.

— Por favor, come tú también con la boca abierta y así no me sentiré como una cavernícola.

Daniela mira a Ona fijamente. Como ella le sonríe, le devuelve la sonrisa y destapa su bandeja. Poco a poco se va comiendo el contenido, masticando mucho cada bocado y abriendo la boca antes de tragar.

Son las doce de la noche cuando Daniela cae rendida sobre su cama hecha un ovillo. Ona la mira desde la suya, sus pequeñas manos frágiles y sus párpados oscuros. Deben de tener la misma edad, al menos no más de veinte, pero el cuerpo marchito y consumido de Daniela le da una apariencia atemporal. Ona siente de repente una presión en el pecho que le oprime hasta la garganta, así que apaga la luz e intenta descansar de espaldas a Daniela.

 

 

No puede dormir. Los tapones de la nariz le obligan a respirar por la boca, y cada vez que traga saliva se le crea un vacío en los oídos, como si metiera la cabeza en un desatascador. Se incorpora sobre la pila de almohadas en la absoluta oscuridad, solo perturbada por la línea de luz que escapa de la puerta entornada del baño.

Va a darse la vuelta cuando escucha la primera arcada. Corre hacia el baño, pero el gotero la detiene de un tirón y siente un pinchazo en la muñeca. Agarra la bolsa de suero y entra en el baño como una exhalación. Daniela se gira desde su posición, de rodillas frente a la taza del váter, con los ojos muy abiertos, y no tiene tiempo de decir nada antes de recibir el bofetón.

Ambas cogen aire con la boca, Daniela de la impresión y Ona porque no le queda más remedio. La vía se provoca punzadas en la mano izquierda y la mano derecha le late por el golpe. Se queda de pie, mirando como a la pobre chica se le llenan los ojos de lágrimas primero y comienza a llorar poco después.

Ona la mira desde arriba mientras la chica llora, temblando violentamente sobre el suelo frío. Sus muslos parecen las ramitas de un árbol seco, y son tan pálidos que casi no se distinguen de la tela del pijama del hospital.

Daniela se incorpora sobre la pared y Ona se sienta a su lado. Espera hasta que deja de llorar, abrazándose las rodillas y sosteniendo entre estas la bolsa de suero que está conectada a su muñeca. Durante un tiempo que se le antoja eterno solo se oyen los sollozos de Daniela y su propia  respiración forzosa a través de los labios entreabiertos. Espera a que Daniela hable primero.

— Gracias.

Ella se encoge de hombros.

— ¿No vuelves a la cama?

— Prefiero quedarme aquí. De todas formas no puedo dormir, no puedo respirar y me agobio. Aquí soy más útil.

— ¿Más útil para qué?

— Para ti.

Daniela se rodea las huesudas rodillas con las manos. Se rasca la sien de norma neurótica, tanto que Ona teme que pueda llegar a hacerse daño, pero no la detiene.

— ¿Vas a sentarte en la taza del váter para que no pueda vomitar? ¿O vas a sentarte encima de mis manos para que no pueda moverlas?

— No voy a hacer nada. Solo voy a quedarme aquí.

Daniela palmea el suelo con los pies descalzos. Se cruje los dedos de las manos de uno en uno, y después el cuello, moviéndolo de un lado a otro. Mira a Ona a los ojos, y ella sabe que no pretende otra cosa que irritarle para que se vaya y la deje sola. Pero, por el contrario, ella también hace crujir sus rodillas y le mantiene la mirada firme.

— ¿Qué hora es?

Es evidente que ninguna de las dos tiene encima un reloj. Ona pasea la mirada por la pared de azulejos blancos y amarillos antes de contestar.

— No lo sé. Las tres o así.

— Podrías mirarlo en tu teléfono.

Ona niega con la cabeza.

— ¿Sabes? Hace un tiempo que estoy escribiendo una novela. ¿Te gusta leer?—Daniela asiente con la cabeza enérgicamente. — No estoy muy segura de que sea una historia que le guste a la gente. Me da un poco de vergüenza y me gustaría saber tu opinión.

Daniela no dice nada. La mira con los ojos grandes anhelantes y Ona comienza a hablar, intentado que no se le note que va inventándose la historia a medida que habla. Le cuenta la historia de una joven princesa que, harta de ser cortejada por los hombres, emprende una ardua aventura en busca de tierras lejanas. Le pregunta, a raíz de eso, si ha viajado alguna vez fuera de España, y Daniela le cuenta con todo lujo de detalles el viaje que hizo hacía un par de años a Túnez. Túnez le recuerda a atunes, dice Ona, pero hablar de comida cambia la expresión del rostro de Daniela, y cuando ve que la chica hace el amago de levantarse de la esquina del baño hacia el váter, empieza a hablar de aquella película de piratas tan taquillera en la que salía aquel actor tan guapo. Daniela le dice que su película favorita siempre fue Largo Domingo de Noviazgo y pronto hablan de las trincheras, de las guerras y del amor que todo lo puede. Hablan de la castidad y los votos, de política y de colores, de gustos, de fobias y de palabras graciosas. Acaban sentadas hombro con hombro sobre la puerta. Ona le habla de cuando perdió la virginidad y de cuando se emborrachó en la fiesta de fin de curso. De la primera vez que le dio alergia un melocotón, de buscar formas en el gotelé y de cuántos números podía decir de seguido de la serie de Fibonacci. Cuando llega al 1974 y no sabe que más decir, le pide a Daniela que le haga preguntas.

Sin embargo no espera oír lo que oye.

— Pregúntame por qué estoy aquí.

— ¿Por qué estás aquí?

Daniela levanta la mirada de sus rodillas, con cara de cansancio. Casi puede verse como los engranajes de su cabeza dan vueltas sobre sí mismos. No contesta en seguida, es más, Ona juraría que pasan al menos veinte minutos en silencio antes de que articule una palabra coherente.

— Iba a estudiar medicina. – Golpea el suelo con el pie derecho tres veces seguidas antes de continuar. – Tenía buena nota media, pero justo aquel año comenzaba Bolonia, ya sabes, todo el rollo del grado, la selectividad nueva y las notas sobre catorce. Así que no tenía ni idea de en cuánto se quedaría la nota media. Encima, con los recortes en sanidad, habían recortado las plazas  y solo podrían entrar ochenta personas aquel año.

— Estaba complicado.

— Mis padres me han educado para ser responsable y trabajadora. Siempre dar lo mejor de mi misma. Así que, como me enfrentaba a algo que no podía controlar, algo que iba a decidir mi futuro y que en cierto modo no dependía de mí… Empecé a controlar todo lo que estaba a mi alcance. Lo primero fue anotar las calorías que comía, el peso de los alimentos, las cantidades… cuando quise darme cuenta se me había escapado de las manos. Comía poco y vomitaba mucho. Se me cayó el pelo y me quedé hecha tiras de piel. Me convertí en el despojo humano que tienes delante. Tuve que dejar los estudios y ahora estoy aquí, tirada en el baño de un hospital. Soy la vergüenza de mi familia. Todos superaron la presión, mis padres, mi hermana Eva… Pero medicina pudo conmigo. Y yo ni siquiera quería ser médico.

Ona no nota nada. Ni siquiera el frío suelo bajo sus muslos, ni la opresión de los tapones de su nariz. No nota los pinchazos de la vía ni el peso de la bolsa de suero. No nota los nudos del pijama clavándose en su nuca, solo la cabeza de Daniela sobre su hombro y el peso de toda su vida hundirse en su clavícula.

 

 

Aparta la cabeza de Daniela de su hombro con cuidado, pero la chica se despierta de todos modos. Mira a su alrededor y parece aturdida, pero sonríe cuando la ve. Ona se pone de pie. Le tiemblan las piernas del cansancio, pero tiende a Daniela una mano firme.

—¿Qué sucede? –En los ojos de Daniela se dibujaba la duda tras el cansancio.

—Es de día.

Esa mañana Ona recogerá sus cosas. Cuando se vaya, Daniela aún estará durmiendo plácidamente.

Como estaba previsto, aquel día volverá a su casa, con sus padres, sentada en el asiento trasero del coche. Al entrar irá directamente a su habitación, a saludar a su hermano. El sonreirá desde la foto del marco de plata, alegre y feliz junto a ella. Los dos se verán felices. En aquella foto su hermano estaba radiante, porque fue tomada hacía tres años, antes de que empezara a consumirse. Antes de verse reducido  a un cuerpo débil y quebradizo. Antes de que el anhelo de belleza lo arrebatara del mundo.

 

 

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