Un héroe mediático

Apenas se atisban unos rayos de sol en el horizonte y Álvaro espera en la parada del autobús, cansado de su monótona existencia y su horrible trabajo. Ese es verdaderamente el problema, piensa mientras acerca la tarjeta al lector y busca asiento. Su vida sería muy agradable si su jefe no lo explotara. Sin embargo, se siente egoísta, mira alrededor y descubre el vehículo repleto de caras soñolientas y miradas entrecerradas pero atentas a las pantallas de sus teléfonos móviles. La vida de ninguno de sus acompañantes le parece, a primera vista, apasionante. Álvaro no es ni más ni menos que la gente corriente. Se considera del montón, uno más, pero eso le repugna. Él tiene aspiraciones, quiere ser alguien. ¿Pero quién? Es muy temprano y la dificultad de la pregunta le hace abandonar sus pensamientos y sacar su teléfono para integrarse con el resto del autobús y pasar desapercibido hasta llegar al trabajo. Nota que se le van cerrando los ojos. No le importa; lo ha hecho muchas veces y sabe que se despertará mucho antes de llegar a su parada.


Ramiro Hernández acaba de abrir la puerta del estudio. Vestido con un traje absolutamente elegante, excelentemente peinado y maquillado y con una carpeta de la que sobresalen algunos folios en la mano. Su aspecto es inmejorable y Álvaro tiene que recomponerse al ver que se acerca hacia él. Le acaba de parar Mónica Rodríguez, la directora, a quien Álvaro ha conocido hace escasos minutos y que le ha explicado el funcionamiento de ese gran tinglado mientras él la miraba entre perdido y asustado. Ahora vuelve a escuchar su suave acento catalán y el gesto del presentador, cuyo rostro imponente está marcado por facciones profundas, asiente ante las directrices que está recibiendo. Los dos se acercan a su invitado mostrando una falsa tranquilidad que Álvaro detecta al instante.

—Supongo que ya tendrías ganas de conocerlo. Te presento a don Ramiro.

—Encantado —Se cambia la carpeta de mano para saludar cordialmente a Álvaro, que no puede disimular sus nervios.

—En… encantado, don Ramiro, es… es un placer, de verdad que le admiro mucho.

Mónica le dice algo al presentador que Álvaro no logra percibir.

—¡Oh! Muchas gracias por sus halagos, pero no olvidemos que hoy es usted el héroe y, por lo tanto, el verdadero protagonista.

El “héroe”, esa palabra suena muy grande para él, desde luego, no la esperaba.

—Bueno, os dejo solos para que empecéis a trabajar. Álvaro, relájate, eso es lo más importante. Os aviso cuando tengáis que ir al plató.

La directora del programa se va y Ramiro abre su carpeta y comienza a ojear.

—No estés nervioso, todo va a salir bien, esto es solo una entrevista, que, después de lo que pasaste tú ayer, no es nada. Ahora si te parece, vamos a comprobar si los datos que me han pasado son verdaderos y luego hablamos de las preguntas que voy a hacerte.

—¿Siempre hacéis las cosas así? Quiero decir, ¿os tomáis tantas molestias, estáis con los invitados y todo eso?

—Mira, voy a serte sincero, lo de hoy es un caso especial por dos motivos. El primero es que el accidente de ayer es muy duro y no debe ser nada fácil para ti contarlo. El segundo es que este programa va a tener mucha audiencia y por eso todo tiene que salir especialmente bien.

La voz grave y sincera de Ramiro calma los nervios del nuevo héroe, que empieza a sentirse cómodo en ese nuevo ambiente. La conversación, que le resulta agradable y el descafeinado que se está tomando le hacen olvidarse que va a salir en televisión; su mente se ha trasladado a un bar, donde no hay motivo para el estrés. Sin embargo, la realidad se vuelve a presentar de golpe con el aviso de Mónica de que deben trasladarse a plató. Ahora quedan 10 minutos para entrar en antena y Álvaro está nervioso porque no sabe qué contar. Si está en la tele rodeado de maquilladores que le hacen los últimos retoques no es para que todo el mundo conozca su historia, sino porque le pagan muy bien. Nadie de los que estaban en aquel autobús se habría resistido. Está a breves segundos de ser alguien, y eso le hace insoportable un ligero picor en el cuello que sentía desde que se ha puesto esa camisa. Ahora solo le queda aguantar. Tampoco sabe qué contar a las cámaras. Hay detalles del accidente que el mundo no está preparado para conocer, detalles que solo él sabe y que es mejor que nunca salgan a la luz. Dos focos apuntan sádicamente a su cara y el picor no se va. El espectáculo está a punto de comenzar. Solo faltan diez segundos. Ramiro se pone en pie. Es la última vez que Álvaro se rasca; ahora hay que aguantar toda la entrevista.

—Hola, buenas noches. Álvaro González era un completo desconocido para todos nosotros hasta hace unos días. Sin embargo, su impresionante intervención de ayer por la mañana en el incendio de la torre Fortuna, en el centro de Madrid, nos dejó a todos con la boca abierta y lo ha convertido en uno de los hombres más admirados del momento. Muy buenas noches, Álvaro. Lo que usted demostró fue un gesto enorme de sacrificio y solidaridad. Si todos actuáramos pensando en los demás como usted hizo, este mundo sería mejor, ¿no es cierto?

Desde que ha comenzado a sonar la sintonía Álvaro ya sabía que en algún momento de la entrevista una mano acabaría aliviando el cuello, además, los nervios le han hecho otra jugarreta y le han asaltado unas ganas repentinas de ir al baño que está tratando de reprimir. Pero una vez más, la voz de la estrella mediática que lo va a interrogar lo relaja y le permite concentrarse de nuevo en la entrevista. Responde a las preguntas con soltura, aunque, desde casa, se le ve pensativo, como abstraído de aquel lugar. Muchos estarán pensando que es lógico, debido a las cámaras que le apuntan desde distintas direcciones.

Pero los pensamientos de Álvaro están aún en esa mañana en la que hay un accidente delante de su autobús con tan mala fortuna que la torre que recibe el nombre de la diosa romana sufre un incendio que se propaga velozmente. Él despierta al recibir el golpe, pero la anciana que va sentada a su lado —debe de haberse sentado mientras él dormía— se ha levantado porque llega a su parada y no aguanta el frenazo brusco, de modo que su cabeza se golpea contra una barra antes de caer al suelo inconsciente. Álvaro sale corriendo de allí, está traumatizado por lo que acaba de ver, pero se encuentra con un hombre alto y fornido que prácticamente le obliga a subir a la torre a salvar a las víctimas antes de que sea demasiado tarde. Y ahí está él, escaleras arriba tratando de mantener el camino libre de las llamas. No ha tenido elección. Por suerte, son muchos los voluntarios y, aunque ninguno sabe realmente qué tiene que hacer, logran, mediante mantas y algún cubo con agua, mantener a raya el fuego. Álvaro no tarda mucho en escuchar a los bomberos. Todo empieza a arreglarse, incluso se permite pensar en la bronca que le va a echar su jefe por llegar tarde. Decide asomarse a una ventana para contemplar la llegada de los salvadores pero no puede evitar observar cómo sacan un cadáver del autobús en el que él iba montado. Debe de ser la pobre anciana, que en paz descanse. Con esa imagen de su cabeza, se resiste a bajar y acompaña a uno de los bomberos para ayudarle en lo que necesite. Cualquier cosa menos enfrentarse a la realidad que le espera cada vez que coja ese autobús. Se niega a aceptarla. En un primer momento, José María, que así se llama el bombero, no cede, pero ante su cansina insistencia y la escasez de personal, acaba aceptando la petición. Ese bombero es un gran profesional que no tiene miedo a la muerte; Toma buenas decisiones a gran velocidad y actúa con enorme eficiencia. Álvaro comienza a admirar a José María porque ha logrado ser alguien en la vida. Ojalá algún día tenga el reconocimiento que merece este hombre. Los dos suben a los pisos más altos y encuentran allí a una familia que no sabe muy bien lo que está pasando. Las llamas ya dificultan bastante la bajada, de manera que José María  baja primero para abrir paso y le indica a Álvaro que averigüe si queda alguien más en la planta. Tras mucho esfuerzo, el bombero logra que bajen hasta el quinto piso, desde donde es más fácil evacuarlos con la ayuda de otros compañeros que están controlando el fuego, pero, al volver a subir, una fuerte explosión acaba con la vida de aquel gran hombre que, en lugar de rendirse, estaba decidido a buscar supervivientes en los pisos superiores. Álvaro ve a su gran esperanza subir y volar lleno de quemaduras. Desde ese momento, las escaleras están inaccesibles, pero consigue acercarse al bombero y darle un último abrazo antes de verlo morir. Ahora está solo y pierde todas las ganas de vivir. El fuego comienza a subir y decide acurrucarse en un pasillo para esperar a que las llamas le devoren. El calor ya es insoportable cuando escucha algo que le hace levantarse. Alguien grita. Álvaro las encuentra pronto, son una anciana y su nieta de seis años. Sale con ellas a la escalera y ve que no pueden bajar. Se tapan la cara con trapos para evitar respirar el humo y, sabiendo que nadie los va a encontrar, coge a la niña en brazos y baja las escaleras protegiéndola como puede de las llamas. La imagen de Álvaro saliendo del edificio sosteniendo a la niña entre sus brazos abre todos informativos y llena las portadas de los periódicos al día siguiente. Al bajar, informa del paradero concreto de la anciana, que también se salva.

No puede más y se rasca, aunque con disimulo, porque las cámaras le enfocan muy asiduamente. Definitivamente, la verdad no puede salir a la luz. Esta es su oportunidad de ser alguien. Millones de personas le están viendo a través del televisor y piensan que es un héroe.

—¿Cómo se le ocurrió a usted entrar en el edificio?

—Los bomberos tardaban en llegar y alguien tenía que hacer algo, ¿no? Sabía que en los pisos más altos había gente y fui a por ellos antes de que fuera demasiado tarde. A una familia la pude salvar, pero cuando encontré a la pobre niña ya estábamos atrapados.

El periodista comienza a mirarlo incisivamente. Álvaro comprende que tiene que reforzar su historia para que nadie tenga interés en desmantelarla

—¿Y nadie le ayudó?

—Ojalá, pero lo hice todo yo solo.

Le viene una sonrisilla delatadora que consigue disimular a la perfección. Le aguanta la mirada hasta que Ramiro cede y parece relajarse.

—Supongo que no debe ser fácil expresar todo lo que sentiste en aquellos momentos críticos. ¿Qué te venía a la cabeza?

—Yo solo quería ayudar, por eso subí al edificio sin dudarlo. Mi cabeza en aquel momento solo se preocupaba por salvar todos los que pudiera.

—Usted acabó en pisos muy altos sin preparación y con el fuego muy avanzado, ¿por qué hizo esa locura?

—La verdad es que es un milagro que continúe vivo. Tuve mucha suerte. No sé ni por qué lo hice, pero le prometo que lo volvería a hacer.

La entrevista termina y, tras recibir la enhorabuena por parte de la directora, se le ocurre mirar el teléfono móvil, que encuentra repleto de notificaciones porque en todas las redes sociales está recibiendo sin pausa mensajes de amigos y gente desconocida que le ha localizado para mostrar su admiración y su opinión sobre la entrevista. Su nombre es trending topic y, al día siguiente, descubre que más de cuatro millones de personas han visto el programa. Álvaro está desbordado, no puede gestionar tantos mensajes. Comienza a mirar quién le ha escrito y descubre varias ofertas de programas de televisión. Al fin ha cumplido su sueño, ha logrado ser alguien. Sin embargo, un mensaje llama su atención. Dice ser amigo de José María y sabe que los dos estuvieron juntos en aquellos momentos. Le llama cabrón hijo de puta y le acusa de no haber nombrado al hombre que le salvó la vida. Álvaro al fin se ha convertido en alguien, pero, ¿en quién?

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