Mi futuro

—Te he dicho que no quiero que vengas —dijo Bea violentamente.
—…
—Claro que de verdad. No —alargó la o en señal de que se le acababa la paciencia No voy a morirme de hambre. Es una mala racha simplemente.
—…
—No me llames Beatriz, que sabes que lo odio.
—…
—Mamá, voy a colgar. No quiero que vengas. No quiero que te preocupes. Hace ya mucho que os dije que era autosuficiente. Que era yo quien iba a controlar mi futuro. Que no os necesitaba. ¡Dejadme en paz!

Bea colgó el teléfono y respiró con dificultad. Se había alterado demasiado y necesitaba sentarse. El asma cada vez le afectaba más, y ya incluso le costaba respirar cuando subía las escaleras hasta su casa. Anduvo despacio hasta el baño y se miró al espejo. Diez años hacía que se había quitado los piercings y aun así, se le seguían notando. La señal de la nariz era casi imperceptible, pero la ceja y el labio permanecían cortados a pesar del tiempo que había pasado. Echaba de menos sus piercing. Le gustaba llevarlos, pero cuando se independizó pensó que para encontrar trabajo serían una traba, y tuvo que dejarlos como parte de su historia.

Consultó su reloj y se aseguró de que aún le faltaban cinco minutos para que llegara Tamara. Tenía ganas de verla. Hacía meses que no estaba en la ciudad, y tenían muchas cosas de las que hablar. Ella había sido su apoyo durante mucho tiempo y ahora la necesitaba también. Volvió a mirarse al espejo. Se peinó un poco. Se despeinó. Volvió a intentar arreglarlo con las manos y, después de suspirar una y mil veces, se hizo un moño. Buscó durante más de cinco minutos las llaves del piso. Le preguntó a sus dos compañeras, y después de desesperarse, acabó por decirle a Tamara que las había extraviado y que subiese a ayudarle a buscarlas.

—Eres un desastre —dijo Tamara. Las llaves tintineaban en su mano cuando cruzaba la puerta de la entrada.
—¿Dónde estaban? —contestó Bea.
—Puestas, cariño mío. Si es que cualquier día entran en tu casa y te roban.
—Uff —se desplomó en una de las sillas de la entrada—. Si es que últimamente tengo demasiado estrés, Tam.
—Ya te veo —ambas amigas se abrazaron cariñosamente—. ¿Bajamos a bebernos una cerveza y me cuentas bien?
—Sí, va a ser lo mejor —Bea se acercó a su dormitorio y cogió el bolso–. Te voy a llevar a la cervecería nueva de la calle Relator. Ya verás cómo te gusta. Además, luego tengo que ir a un sitio por allí cerca, y la cervecita me va a venir bien.

Bea y Tamara salieron de casa. Fueron de camino hasta el bar hablando de antiguos proyectos y de historias pasadas.

—¿Qué pasó con Gonzalo, Tam?
—¿Gonzalo? No me hables de él, porque ya bastante traumatizada me dejó —dijo secamente Tamara. Sacó unas gafas de sol del bolso y se las colocó en la cara.
—¿Qué es lo que te pasó con él? Si me acuerdo que la última vez que hablamos os estabais conociendo y te encantaba —cuestionó Bea intrigada.
—Sí. Me encantaba —remarcó gravemente la terminación del verbo.
—Entonces, ¿qué pasó?

Tamara agachó la cabeza y miró de soslayo a su amiga. Después de todo lo que habían compartido, este tipo de cosas le daba mucho reparo contarlas. Aunque fuese siempre con la fachada de dura y alternativa, con sus camisetas anchas y sus pantalones cagaos, hacía tiempo que pensaba que el problema podía tenerlo ella. Aun así, delante de su amiga, volvió a sacar la máscara y tiró de ingenio y espontaneidad.

—Que era gatilleitor, tía —sonreía mientras miraba hacia arriba,  aparentemente distraída.
—¿Cómo? —preguntó Bea extrañada.
Gatilleitor. Que el cucú no le funcionaba bien. Que el reloj
siempre le marcaba las seis y media.
—…
—¡Que no se le levantaba, joder!
Bea se desternillaba con la historia de su amiga.
—Yo no le veo la gracia, bonita. Que fue un palo muy gordo.
—Es que, no me lo esperaba, Tam. Tienes mucho arte contándolo —dijo Bea. Señaló a una de las mesas de los veladores que tenían en frente—. ¿Te parece bien ahí?
—Claro que sí, perfecto.
Ambas amigas se sentaron y pidieron dos cañas. Bea sacó un cigarrillo electrónico y dejó el bolso sobre la mesa.
— ¿Todavía usas eso? —preguntó Tamara—. Yo pensaba que ya no los había. Que la modita del año pasado ya se había perdido.
—No es moda. A mí la verdad es que me ha hecho dejar el tabaco normal. El único proble ma es que ahora no hay quien los encuentre. Todas las tiendas que se montaron hace unos meses, están cerradas.
—Bueno, pero si ya tienes el tuyo, ¿para qué quieres más?
—Tam, parece que no me conoces. Que soy muy desastre. Que me fumo el cigarrillo electrónico, y de la costumbre de toda la vida, cuando acabo, en vez de guardarlo, lo tiro y lo piso —rió al contarlo—. Ya he roto tres.
—No me lo creo, Bea —negó Tamara.
—De verdad, tía. Te lo prometo.

El camarero se acercó y les puso las dos cervezas y unas aceitunas. Alzando el vaso fino, Tamara tomó la palabra.

—Bueno, a parte de las tonterías, ¿me vas a contar ya eso que era
tan importante?
—Sí, tía. Necesito hablarlo con alguien. La verdad es que estoy
un poco agobiada.
—¿Qué ha pasado? —se interesó Tamara.
—Que me han echado del curro —contestó resignada Bea.
—¿Qué te han echado? ¿Pero tú no estabas fija?
—Indefinida discontinua, para ser exactos. Pero claro, con la ley nueva del gobierno, lo tienen tan fácil como decir que no hay horas de trabajo suficientes para todos y que tienen que reducir personal.
—¿En serio? Pero, ¿no te pagan nada? ¡Eso no puede ser!
—Sí que puede ser —dijo Bea con una sonrisa irónica—. La cosa es que juegan con el hecho de que al ser discontinuos los contratos, pueden dejarte un tiempo parado. Y si pides indemnización, te pagan la basura que te corresponda, y ya te aseguras que no te llaman más.
—Ahhh. ¿Y tú esperas que te vuelvan a llamar?
—La verdad es que no. Si acaso para el verano. Pero yo, de todas formas he pedido que me paguen. No quiero sus limosnas después.
—Si tú crees que es lo mejor… —Se recostó en el respaldo de la silla y bebió un sorbo de cerveza.

Bea cogió un par de aceitunas y se las metió en la boca. Después de unos segundos mirando a las palomas que deambulan por los alrededores del bar, se sacó un hueso de la boca y se lo tiró a uno de los pájaros.

—¡Uy, casi le doy!
—¡Bea! –Tamara bajó la voz—. ¿Tú no sabes que las palomas están protegidas? No se pueden tocar ni hacerles nada.
—¿Que qué? —dijo su amiga.
—Que no se les puede hacer daño. Que vienen los de Greenpeace y te meten un puro que no veas.
—¡Venga ya! ¿Eso cómo va a ser? —Bea bebió de su cer veza y tiró otra aceituna.
—Que sí, tia. De verdad. Lo leí el otro día en una noticia en el móvil —Tamara sacó su teléfono y se puso a teclear buscando la información.
—Pues vaya locura. Eso no tiene ningún sentido. Que se preocupen en dar trabajo a los jóvenes y se dejen de normas estúpidas. Yo no voy a matar una paloma, pero que no pueda ni tocarla, me parece absurdo.
—Ya, pero es lo que hay —dijo Tamara—. Ante eso solo podemos resignarnos.

Bea estaba harta de resignarse. Toda la vida dentro de una familia aparentemente perfecta. Hija de médicos y hermana de médicos. La menor de una casa en la que todo sonaba a Cirugía y Radiología. Ella tenía claro que esa no era su vida. Que quería luchar por algo distinto.

Y que su resignación tenía como fecha de caducidad el día que cumpliese
los dieciocho años. Salió de su ciudad en busca de una carrera de letras con el objetivo de ser autosuficiente. Por desgracia, los primeros años tuvo que resignarse a compaginar sus estudios con un trabajo precario, ya que su “familia” superaba los umbrales máximos de patrimonio para optar a beca.

Consiguió superar esa etapa, y al acabar los estudios, la realidad volvió a darle otra bofetada. ¿Trabajo? ¿De lo suyo? Eso no había sido más que un sueño para Bea. Se tuvo que conformar con un trabajo que no le aportaba más que el sustento para sobrevivir, pero cuya satisfacción personal era nula. Y aun así, cuando parecía que se asentaba un poco el en trabajo, le pasaba esto. Estaba harta de la sociedad. Harta de todo y de todos.

—¿Sabes lo que hay que hacer? —Bea levantó el brazo y le indicó al camarero que pusiese otras dos cervezas.
—¿Lo que hay que hacer de qué? ¿En qué sentido?
—Para arreglar las cosas. Para que se enteren los que han creado este jodido sistema corrupto de que todos somos capaces de aprovecharnos de él.
—¿Y qué hay que hacer? —dijo Tamara. La preocupación era palpable en su cara.
—Voy a atracar un banco.
—Estás de broma.
—¿Tú crees? —señaló hacia su bolso, que estaba encima de la mesa–. ¡Ábrelo!

Tamara cogió el bolso y lo puso sobre sus piernas. Lo abrió y volvió a cerrarlo con cara de miedo.

—¡Llevas una pistola! —dijo alarmada—. ¡Estás loca!
—No estoy loca. Voy a hacer lo que tenía que haber hecho hace ya tiempo.
—Pero, ¿por qué?
—Pues, porque estoy harta. Harta de este sistema, de la crisis y de que se aprovechen de ella —bebió de un sorbo la caña que le había puesto el camarero–. Lo tengo todo pensado.
—Estás consiguiendo asustarme de verdad —dijo azorada.
—Voy a irme a una sucursal de un banco. A un BBVA, para ser exactos, y así acojono un poquito a los vascos —Bea se reía a la vez que lo decía.
—No puedo creérmelo —Tamara giraba la cabeza a un lado y a otro.
—Pues créetelo. Voy a entrar y voy a pedir, sin hacer daño a nadie por supuesto, que me den todo el dinero. Voy a hacer el paripé un rato mientras llega la policía. Me resistiré hasta que se impacienten y entren. Que me cojan. Me da igual. Eso es lo que quiero.
—¿Cómo? —preguntó su amiga—. ¿Qué te cojan? Eso sí que no lo entiendo.
—Que me cojan. Que me metan un juicio. Un periodo cortito en la cárcel, un añito o dos, viviendo como una reina en una penitenciaría de estas para mujeres. Hago un cursito dentro, y al salir, tengo un título, la crisis va ya de paso y tengo la ayuda a los ex penitenciarios de 450€ durante año y medio. ¡Es un chollazo!

Tamara no podía dejar de mirar a su amiga y negar con la cabeza. Se le había ido de las manos. ¿De dónde podía sacar una idea así? Tamara no se lo explicaba. Solo podía repetir una y otra vez:

—¡Estás loca! ¡Tú no sabes lo que haces! ¡Estás loca!
—No estoy loca. No lo digas más —dijo Bea. Su enfado era ostensible—. Me niego a que controlen mi futuro. Yo soy la dueña de mi vida. Cuando la tiranía es ley, la revolución es orden. Y yo voy a hacer mi revolución.
—Eso no es una revolución. Eso es una ida de olla.
—¿Sí? Pues paga tú, guapa.

Bea se levantó y salió andando decididamente. Tamara se quedó boquiabierta. Sin saber si debía correr tras su amiga o dejarla que ella misma se diese cuenta que lo que iba a hacer no tenía sentido alguno.

Bea sin embargo, tenía claro lo que quería hacer. Sabía dónde debía dirigirse y que era el momento para ello. Sacó el Ventolín del bolso y realizó dos respiraciones profundas. El corazón le golpeaba violentamente en el pecho. Cruzó una esquina y vio el cartel enorme de letras blancas sobre fondo azul.

Antes de cruzar la calle, no pudo evitar sacar el cigarrillo electrónico y darle dos caladas. Después de hacerlo, lo tiró y lo pisó. Al escuchar el cristal partirse, pensó para sí: “¡Joder! ¡Otra vez!”

Atravesó la calle y cruzó la puerta de cristal:

—¡Todo el mundo al suelo! ¡Qué nadie se mueva! —sacó la pistola y apuntó a uno de los funcionarios—. ¡Esto es un atraco!

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