Los superhéroes llevan gafas

Summary: Aquellas palabras hicieron que el mundo se me fuera a los pies. Palidecí con el teléfono en las manos ante el reconocimiento de lo que eso significaba. Había deseado con todas mis fuerzas que esa llamada no se produjese nunca. Yo no era un héroe; era un villano de la peor calaña… Había condenado a mi hijo a vivir un infierno.

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— Andrés necesita gafas.

Aquellas palabras hicieron que el mundo se me fuera a los pies.

Desde la dirección nos habían llamado la atención porque Andrés se distraía con facilidad, no copiaba los ejercicios de la pizarra, y a veces no coordinaba bien las distancias y se chocaba con todo. Palidecí con el teléfono en las manos ante el reconocimiento de lo que eso significaba. Había deseado con todas mis fuerzas que esa llamada no se produjese nunca; lo imploraba con todo mi ser desde que supe que iba a ser padre.

Mas la vida siempre fue cruel conmigo; y ahora también lo era con mi pobre e inocente niño.

Sentado en aquella silla, a la que me aferraba como si mi vida dependiera de ello, no pude más que lamentarme ante la visión de la mísera existencia que mi hijo de cinco años iba a vivir desde ese momento.

Lo había condenado a sufrir.

Porque yo sabía lo que se sentía con aquellos cristales sobre tus ojos. Lo llamaban protección. Cuan cruel eufemismo para la infancia. No era protección en absoluto; era debilidad. Aquel artefacto te hacía parecer un ratoncillo acorralado en una jaula de leones hambrientos; sedientos de ti. Aquellos cristales te convertían en el blanco perfecto de bromas pesadas y objetos arrojadizos.

Y lo único a lo que podías atenerte era a agachar la cabeza y callar.

Porque una réplica solo acabaría con más burlas y más bromas; en el peor de los casos: con una lluvia de cristales sobre tu rostro y un regaño en tu casa.

Andrés no hizo nada. No protestó. No habló. Ni siquiera se movió. Su pequeña manita se abrazaba a la mía durante el trayecto a casa. Pero jamás supe qué decirle. ¿Cómo sería capaz de hacerlo, cuando yo mismo había desertado de aquellos infernales grilletes a la menor oportunidad? Al llegar a casa, él soltó mi mano sin dudar…

… y yo sentí que lo había perdido para siempre.

Lloré. Lloré como hacía años no lo hacía en el regazo de mi dulce esposa. Ella conocía todos los demonios de mi pasado; el miedo que me acechaba ante la posibilidad de que la genética ejerciera su poder sobre nuestros hijos. Me derrumbé aquel día en nuestra cama, mientras ella acariciaba tiernamente mi espalda.

Había condenado a mi hijo a la prisión de cristal.

Cuando llegaron, un sudor frío me recorrió de arriba abajo. Andrés permaneció en silencio, igual que el día que soltaron la sentencia. Sin mediar palabra, cogió la montura azulada con sus minúsculas manos y aprisionó sus ojos a su guardián.

Me sentí morir allí mismo ante la expresión inescrutable de su aniñado rostro. Tan parecido a mí que dolía. Tan parecido a mí que mataba; que me clavaba lentamente finas y silenciosas dagas en mi corazón sangrante.

Y al verlo regresar del colegio aquel primer día; subiendo las escaleras apresuradamente cual autómata, sin hablar, sin mirar, sin sonreír, sin ser él mismo…

… no pude soportarlo más.

— Lo siento mucho, hijo — le susurré mientras me sentaba a su lado en la cama. Él ni siquiera se inmutó, propinándole otra puñalada a mi corazón. Acerqué mi mano hacia su hombro, y la dejé reposar sobre él, titubeante. — Has heredado la miopía de tu padre. — Apreté sutilmente el agarre, anhelando por no ser rechazado.

No supe cuánto tiempo pasó en la quietud de aquel cuarto infantil coloreado de estrellas; pero a mí se me antojó toda una eternidad. Entonces él respiró profundamente y poco a poco se volteó hacia mí. Encarándome, enfrentando mi mirada a través de aquellos barrotes de cristal.

— No pasa nada, papá — me susurró despacio. — A mí me encantan las gafas… — y me regaló una suave sonrisa.

Aquello era lo último que me esperaba.

Me olvidé de respirar. Tan solo podía observar a mi hijo con su pelo alborotado y su chándal manchado de barro, que vestía orgulloso unas gafas de cristales cuadrados que agrandaban sus ojos verdes y afilaban su infantil rostro.

— ¿Y sabes por qué? — Sonreía. La sonrisa se marcaba en la comisura de sus labios y en el brillo de sus ojos.

— ¿Por qué? — negué quedamente, sin ser capaz de apartar mi mirada de la suya.

Él solo se acercó más a mí y envolvió mi mano con las suyas. Me sorprendí de la intimidad del gesto. Mi hijo siempre había sido tímido y asustadizo: era el más pequeño de la clase, no contaba con muchos amigos, le gustaba la música clásica y ahora, además, llevaba gafas. Ese pequeño roce me sobrecogió completamente.

— Porque tú tienes gafas… — rió con alegría.

De repente saltó de la cama, dejándome abrumado. Me había enterrado poco a poco en mi pasado, en mis monstruos interiores, que no era capaz de ver la pequeña luz de esperanza que significaban las silenciosas acciones de mi hijo: sus gafas eran iguales a las mías que nunca usaba.

Me sentí el peor padre del mundo. Andrés no se merecía un padre que se dejaba vencer por los fantasmas y no afrontaba las cosas. Un padre es un héroe para su hijo; y yo casi me convierto en un villano al haberle traspasado el dolor de mi pasado con mi ignorancia.

— Andrés… — susurré con el corazón en la mano.

Buscó rápidamente entre los cajones de su escritorio y volvió a mi lado. La sonrisa nunca abandonó sus labios y los hoyuelos remarcaban sus mejillas sonrosadas y llenas de pecas. Con orgullo, me enseñó su tesoro: algo que yo creía enterrado en algún lugar del desván.

Un niño. De la misma edad que mi hijo. Quizás un año más. De cabello alborotado que se atisbaba azabache. Delgado. Bajito. Pecas en sus mejillas y sonrisa en sus labios. El recuerdo de un día de carnaval se incrustó en mi mente: acababa de estrenar un disfraz de Superman que me había cosido mi madre; y que hacía juego con los de mis amigos. Ni siquiera me acordaba de que ya portaba la maldición en aquel entonces.

Aquella fotografía en blanco y negro que mi hijo sostenía en sus manos representaba el mejor recuerdo de mi infancia. Aquel día, sentía que era capaz de hacer frente a cualquier cosa, porque yo era Superman.

— Y porque los superhéroes llevan gafas…

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Escrito por Alegría Jiménez

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