Motor oxidado

De los tantos problemas que en nuestro mundo existen y que siempre existirán, sino iguales, parecidos, pues  para que el mecanismo de nuestra sociedad funcione se precisa de ellos, hay uno en concreto que considero ligeramente más importante. Al menos desde el lugar desde el cual yo miro, que es la perspectiva de lo que no se ve salvo gracias al sentido aparentemente irracional del instinto y las emociones. Hablo desde un punto de vista práctico, y si fuera otra la situación en la que nos encontráramos, tal vez daría mayor importancia al problema que puede suponer la supervivencia. Pero, dado que nuestra supervivencia biológica está asegurada gracias a la realidad que habitamos, y no solo eso, sino que se prolonga durante más años que en cualquier otra época de la humanidad conocida, el asunto que me inquieta hoy es la calidad de esa supervivencia. El no solo existo en este mundo y es la inercia la corriente que me mantiene con vida; sino que vivo, siendo la vida considerada como algo más que una simple ocupación del espacio e interacción pasiva con el entorno.

No hay forma concreta ni palabra única para definir el problema al que refiero, ni tengo necesidad o interés alguna en buscarla ni categorizarla; pero, henchido por el sentido práctico y limitado por las trabas de nuestra cognición y lenguaje ante la expresión de conceptos ligeramente abstractos, intentaré resumir el problema en base a algunas palabras como son el arte, cultura, sedentarismo, estímulos, impulso, muerte del alma.

Los artistas mueven emociones y las emociones dan vida al corazón.  La quietud y el sedentarismo, tanto en su aspecto físico como mental y emocional, son causa principal de la muerte en vida. Un tigre selvático se nutre de estímulos naturales constantemente. En ellos tan solo existe una sencilla lógica natural, visceral, exenta de cualquier pesar de la cognición (a esto me refiero a que no sufren por asuntos del pensamiento, solo por los emocionales, y éstos no perduran tantos como los primeros). Al igual que con los bebés. Sin embargo, en ellos laten con fuerza factores que nosotros primamos para la felicidad: como el juego, la lucha-recompensa, el amor, la familia… Pero, ¿qué ocurre cuando es puesto ese tigre en cautividad? Con el tiempo, la falta de esos estímulos que movían su vida terminan haciéndole detenerse, a pesar de que su cuerpo pueda moverse a la perfección. Algo en su mecanismo interior comienza a oxidarse, y termina con la extinción del ánimo y el entusiasmo. Aunque su corazón siga latiendo.

Esa misma es la ilusión que oxida nuestro mecanismo interior. Tenemos la capacidad aún de movernos, y nuestras funciones vitales funcionan a la perfección. Podemos hacer lo que queramos… pero hemos sido restringidos de muchos estímulos. Hemos nacido en cautividad, permitidme el término, espiritual.

De aquí extraemos que todo aquello que permanece estático, perece. Sin embargo, todo aquello que se mueve, florece, evoluciona y se impregna. Sigue su curso natural con una sencillez digna del arte más universal. Como el tigre libre que, envuelto en el mundo, hace de toda su vida una obra de arte.

El problema es que, por contra a la biomecanica, las emociones y la vitalidad les cuesta mucho más adquirir inercia con el movimiento. Están constantemente siendo refrenadas por los grilletes de un mundo saturado de facilidades en lo respectivo a las necesidades más primarias, lo que incita a una percepción de la vida mucho más superficial. Por otro lado, y en consecuencia a lo primero, las trabas que encontramos para elevarnos en otros ámbitos son tan fuertes que desalientan antes de lo valerosamente necesario. Por lo tanto, y volviendo al asunto de las trabas en la inercia del movimiento para la vida en vida, necesitamos un motor que constantemente suelte chispazos de energía con la que fomentar el movimiento. Con el que desoxidar ese mecanismo de nuestro interior. Ese motor, podemos llamarlo arte, por ejemplo.

La voz que, tal vez por razones científicamente explicables, pero cuya sensación sobre nosotros es puramente vestigial, hace que afloren sentimientos de lo más profundo de nuestro espíritu o, al menos, de la superficie del corazón, y son tan fuertes que rompen las barreras de lo físico para expresarse, y exprimirse al mundo. Hablo de la actriz  cuyo llanto extirpa nuestras lágrimas, las palabras ordenadas por un escritor que, irracionalmente a veces, consigue girar tuercas de nuestra cognición o doblar palancas del entendimiento hacia la realidad y el mundo. El atleta que día tras día se pone hielo en las articulaciones para aumentar por cantidades y calidades ínfimas su rendimiento en el próximo entreno. La bailaora de flamenco que exhibe su duende con solo levantar un brazo. La cantante que puede imprimir a su voz un “algo” que nos eriza la piel y doblega nuestras emociones. El trabajador que sufre una derrota aplastante pero sonríe en casa. El amputado que encuentra fuerza en su interior para descubrir puntos de vista que jamás podría haber tenido ni aunque hubiese dedicado su vida a la pintura. El maestro del té que pone todo su ser en construir una tisana de aspecto simple. Eso, para mí, es arte. El movimiento es arte. Mejor dicho, el movimiento consciente e intencionado. El movimiento que comienza en el interior antes de reflejarse en la realidad. Ese motor que esta oxidado y que, tal vez, sea lo que necesitemos para evolucionar hacia dentro.  Ya que, por fuera, de eso se encarga la ciencia.

Así que, esta reflexión ha terminado guiándome hacia una agradable sensación de agradecimiento. A todos aquellos, independientemente de su nivel cultura o campo de acción que, probablemente sin ser conscientes del valor humanitario de lo que están haciendo, luchan, pierden, sufren, sienten y se expanden, por mover las emociones del mundo, y dar vida a la vida. A todos los artistas, aunque no sepan que lo son, ni consideren arte lo que hacen. A todos los que, aún en cautividad social, luchan por mantener el brillo en la mirada, y su motor a punto.

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