Ceniza verde

«Hay que inyectarse cada día con fantasía para no morir de realidad» Ray Bradbury

Su cuerpo se agitaba y se retorcía de manera violenta sobre la cama.

—¿Cuántos días hay en una hora?¿Cuántas veces? ¿Cuántas…? Las vidas. El tiempo que no pasa. Ciegos. Sordos. Sin memoria. 

—Alicia. —Notó el paño húmedo sobre la frente—. Alicia, estás bien.

—Una oruga gorda y verde. Fuma billetes y escupe el humo frente a una extraña concurrencia. Uno de esos seres sonríe sin tregua y mantiene sus ojos, cargados de locura, fijos sobre el dinero. Otro asiente y aplaude cada exhalación densa y maloliente que cubre su rostro. La mayoría tirita. Encogen los hombros y agachan la cabeza. Sin detener su temblor. Pero todos están frente al horrible monstruo, respirando el aire sucio de ceniza verde. Nadie se marcha.

—Y, ¿tú? ¿Tú que hacías?

—A mí me dolía.

—¿El qué?

—Del centro del estómago a la punta de los cabellos. Me dolía existir.

—Tranquila. —La acaricia complaciente—. Solo era otra pesadilla.

—No. Esto era el mundo. El mundo todos los días.

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