Copla

Advertencia de la autora: lee el cuento a plena luz del día y en otro sitio que no sea tu habitación. Consúmelo moderadamente; no nos hacemos responsables de sus consecuencias. 


Esta mañana, al despertarme, una copla se escuchaba a lo lejos; una llamada a la oración folclórica y local. Los vecinos reían a voces, como encaramados al alféizar de mi ventana. «¡Román! ¡Román!», llamaba uno al otro, cuyas respuestas se oían cada vez más difuminadas. Desperezándome entre bostezos y dolor de cabeza, supe que habían quedado para almorzar en la casa de al lado. Mi vecino sabía cocinar muy bien, sí. Eso decía él. Tendría que aguantar ese suplicio también a la hora de la jodida comida. Bien por mí.

Encendí mi teléfono móvil y, a los pocos minutos, el dispositivo del demonio comenzó a graznar como un pollo de corral. La copla había terminado y una canción ochentera se coló por los cristales, no lo suficientemente aislantes. No se escuchaba nada más, sólo la música y el temblor del quicio de la ventana. ¿Qué estaba pasando? Deseé tirar el móvil y destrozarlo con mis propias manos. Lo deseé con todas mis fuerzas, hasta que mis dientes se entrechocaron y las encías comenzaron a sangrarme, mojándome la lengua del sabor a hierro que ya sabía reconocer. Suspiré hondo y escupí en un pañuelo usado, levantándome con un crujir de rodillas. Di cuatro pasos hasta la ventana y subí la persiana hasta arriba. Abrí las dos hojas de cristal y cerré los ojos: la música, ahora de una ocarina y flauta dulce, se entrometía, cruel, en mis sienes, palpitantes y doloridas. Estaba segura de que algún cabeza hueca había puesto un disco antiguo y de mal gusto desde el club social de la esquina, a modo de despertador comunitario. Con los párpados todavía bajados y las cejas levantadas, volví a suspirar apoyando mi frente en el cristal y dejando un círculo de vapor casi concéntrico. ¿Qué estaba pasando, por el amor de Dios? ¿Nadie se quejaba? ¿A nadie le importaba?

Di seis pasos hasta a puerta y la abrí, dejando la muñeca en el pomo. Mi respiración se iba volviendo más pesada a medida que mi cuerpo se asentaba de nuevo, como todas las mañanas. Fui al baño, me lavé los dientes y, volviendo sobre mis pasos, me senté a escribir en la mesa de estudio.

Me arrancaría los oídos de buena gana. Solamente quiero un jodido silencio sepulcral y bocas cerradas; bocas cerradas por todas partes. 

No podía seguir; mi mano se negaba a continuar. Las agujas percutoras de una nueva canción, esta vez de rap afroamericano, se me clavaron detrás de las córneas y no pude contenerlo más. Di un puñetazo en la mesa y me levanté de la silla tirándola hacia atrás y haciendo que chocase con el sofá lleno de cojines y ropa doblada. Me dirigí hacia la cama y seguí dando puñetazos, arrodillándome a sus pies y levantando los brazos por encima de mi cabeza. Me llené las manos de las dos mantas y las sábanas, todavía calientes, arrancándolas de allí y desperdigándolas por el suelo. En el bamboleo de mi cabeza, de mis gritos y de la ausencia de mis padres, que deberían estar en la casa, entreví la figura de una mujer hecha un ovillo de carne y pijama, encima del colchón.
Abriendo los ojos de par en par, me levanté de un salto y me tropecé con la puerta que tenía justo detrás, en mi carrera por huir de allí. Me encerré en el cuarto de baño -la única habitación de la planta de arriba que tenía pestillo- y me senté apoyando la espalda en la puerta, con los pies apoyados en la pared de la bañera. Aquella mujer, fuese lo que fuese, jamás sería capaz de entrar allí. La ventana del baño estaba cerrada, la persiana no dejaba ni un hueco de luz y mi cuerpo hacía de acordeón de seguridad. La puerta nunca se abriría, seguro.

***

Empezaba a tener hambre. Mis simpáticos vecinos ya habrían terminado de comer. Desde que me encerré en el baño no había vuelto a oír nada más, solamente la copla, la canción ochentera, la melodía de ocarina y flauta y el rapeo afroamericano una y otra vez. Se escuchaban cada vez más fuerte, como si los decibelios vinieran a buscarme como cachorros deseosos de un cuenco de pan mojado en leche. Intenté controlar mi respiración por decimoquinta vez y me esforcé en percibir algo más aparte de aquella maldita música. No escuché a nadie. Ni a mis padres. Ni a los vecinos. Ni siquiera a la mujer sin cara trasteando o rebuscando en mi habitación. No es que tuviese muchos objetos de valor, pero algo había. No sé cómo, decidí levantarme. Luché contra la imagen de la mujer sin cara esperándome al otro lado de la puerta.

Cinco minutos: las palmas de las manos en el suelo.

Cinco minutos más: las rodillas flexionadas.

Cinco minutos más: mi cuerpo en cuclillas.

Cinco minutos más: mi cuerpo casi erguido, pegado a la madera de la puerta como un niño a las piernas de su madre.

Cinco minutos más: mi cuerpo, ya vertical, alejándose unos centímetros de la puerta.

Cinco minutos más: mi mano desbloqueando el pestillo.

Cinco minutos más: mi mano apoyada en el pomo.

Cinco minutos más: la puerta abriéndose y mi pecho a punto de morir.

***

Debía ser mediodía, quizá más tarde. Como una terrorista, acepté mi muerte desde que me levanté del suelo del baño con las piernas dormidas, pero nadie me estaba esperando allí. Casi a fotograma por minuto, volví mi cabeza hacia la puerta de mi habitación, ahora llena de una luz vespertina. El cuerpo de la mujer seguía allí. Mierda. Mierda, mierda, mierda. ¿Cómo había entrado? No podía ser, tendría que estar imaginándola, porque no podía ser que alguien se hubiese tumbado en mi cama en el momento en el que fui a abrir la persiana y los cristales de la ventana. Era imposible, físicamente imposible. Me armé del valor que no tenía y decidí llamar a alguien.

-¿Mamá? ¿Papá?

Mis ojos se esperaban lo peor: que el cuerpo se despertase, que avanzase hasta mí con una velocidad sobrenatural, que me enviase al otro lado con el sabor del miedo y la agonía en la lengua. Pero no. Nada pasó. O esto era una broma especialmente pesada o me estaba volviendo loca. Loca de remate. Alucinada. Poseída. Esquizofrénica. No lo sé.
Tenía que despertarla de alguna forma, joder. No podía quedarme parada en medio del pasillo para siempre. Lenta como un iceberg, entré de nuevo en mi habitación. El corazón me agujereaba los oídos y la jodida copla también, que había vuelto a empezar. Ojalá se muriese todo el mundo y todo se quedase en silencio por una maldita vez desde esta mañana. El ruido me desconcertaba y me atemorizaba. Quizá era una medida de distracción para marearme. Me daba la vuelta constantemente; tenía un presentimiento pegado a la nuca, pero no sabía decir el qué. Quizás estaban usando la música para espiarme sin que me diese cuenta. Para robarme. Quizás habían matado a mis padres. A los vecinos. A los perros, a las gallinas, a los caballos. A todo el mundo menos a mí.

Cuando llegué a la orilla de la cama, me pareció que habían pasado horas largas y dilatadas en el tiempo. Y más horas se eternizaron hasta que posé mi mano a punto de estallar en el hombro de aquel cuerpo. ¿Sería una mujer de verdad? Cuando la toqué estaba fría, aunque no esperé a ver qué pasaba: le di la vuelta y la puse bocarriba con espasmos aterrorizados y jadeos más asustados que todos los humanos de este planeta. A pesar de lo que había tardado en llegar hasta allí, mi parálisis de esfumó y volvió a mí en un segundo. Un único segundo.

Cuando le vi la cara todo se apagó. Era yo. Me había quedado dormida para siempre con los cascos puestos.

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