No

(Este relato posee contenido sexual explícito)

Era la única palabra que sabía, debiera haber dicho hace ya demasiados años. A los demás y, sobre todo, a sí misma.

Hoy, cuando recuerda aquella etapa de ingenuidad y niñez, le asaltan dudas sobre si, aparte de lo que sabe que siente con seguridad, existe algo más. Algo que se niegue a admitir por rechazo a lo que fue de ella durante algún tiempo. Y es que por muy cándida que se mostrara a ojos de otros, su mente viajaba por derroteros ya explorados cuando aún guardaba juguetes en el armario.

Ahora lo sabe. La prisa que la invadió por probar aquello que no le correspondía, la inmadurez de sentirse madura, el latido de más abajo y las ganas de explotar la hicieron lanzarse de un precipicio muy alto. El paracaídas estaba de más. Y del golpe resultó un dolor más intenso a largo plazo de lo que jamás pensó.

Durante aquella etapa de negación se escudó en el mayor descubrimiento que había hecho en su existencia adolescente: la feminidad como belleza sublime por encima de cualquier atractivo masculino. Curvas hermosas, miradas felinas cargadas de rímel y sombras de ojos la ensimismaron y cubrieron de un manto de sensualidad ajena. Un narcótico contra los remordimientos y los malos recuerdos que procedían de noches heladas, alcohol y olor a sexo.

Todo ello recorre su cabeza cuando, por fin tras algunos años, se ha decidido a indagar en aquella parte de su sexualidad por la que había pasado de puntillas cuando no debía.

En la única habitación alquilada de un hostal huele a recién abierto y al humo que sale de dos cigarrillos a medio fumar. Él, tranquilo, aspira deprisa, pretendiendo hacer de las caladas el preludio del placer. Ella tiene miedo. No son nervios: es completo y sincero pánico. Se siente puritana al asustarse de su excitación. Sabe que los besos de hace cinco minutos la estimulan, así como sus propias manos al acercarse a zonas ya casi olvidadas. Sus latidos lo demuestran, y no salen de su pecho.

El cenicero improvisado finaliza la tarea que han comenzado los labios de ambos, ahora dedicados a batallarse con ansia. A ella se le antoja increíblemente extraño el sabor que tienen los besos de un hombre y no sabe si decantarse entre lo agradable o lo grotesco y anecdótico.

No es verano. Ni siquiera primavera. Pero aquellas cuatro paredes que les albergan han parecido entender a la perfección la necesidad de crear un microclima que les permita despojarse de todo aquello que impida el contacto piel con piel. Una vez entre las sábanas ya revueltas, tan solo quedan las prendas que retrasan el roce más directo. Él se mueve sobre ella buscando la fricción que le excite. Ella maldice su humedad precoz y la lucha que entre su cabeza y su cuerpo se ha establecido. Vuelve a sentirse cada vez más y por momentos como en aquellas ocasiones de antaño que tanto le vuelven ahora a la memoria, que creía superadas.

Mientras tanto, su mente ilusa viaja a otro lugar más cálido aún si cabe, pero sobre todo más acogedor y apetecible: el recuerdo de unas manos hábiles que saben cuándo llamar y que la acechan, explorando con absoluta delicia lo que otros no saben cuidar. No son de gran tamaño, pero conocen el arte de la sutilidad, algo que jamás podrán comprender las toscas manos masculinas que ahora la manosean bajo el sujetador y que bajan, bajan irremediablemente a una velocidad que no entiende de esperas. Maldita impaciencia la suya. La de los dos, en realidad. Y es que en aquella cama de hostal antiguo, con aquel cuerpo sobre el suyo, descubre que su excitación sexual, cuando es un hombre el que la provoca, la acerca de una manera brutalmente excesiva al instinto animal.

Sorprendida, presencia cómo sus propios gemidos interrumpen aquella idea, sin más aportación que la mera prueba de aquel descubrimiento. La efímera ilusión de placer que crece en su bajo vientre se ve distorsionada con la excesiva presión de unas manos equivocadas. Él la mira, interpretando su expresión de molestia como algo positivo y continúa. En consecuencia, ella busca la escapada en más besos, y en sus propias manos, hasta ahora prácticamente inamovibles, encaminadas a restar la última prenda de todas: la de él. La caja de pandora se ha abierto, y lo ha hecho ella misma. Y de repente, lo que al principio la excitaba y asustaba al mismo tiempo, ahora la llena de estupor y cierto desagrado, sensación que teme, aumente por momentos.

Nada que ver con el roce de piernas y las caricias recibidas hace ya algún tiempo. Hasta los suspiros más inoportunos resultaban verdadera música. Y no los de él, que tras acomodarse sobre ella da comienzo a un vaivén cada vez menos contenido, sin más hilo musical que el de sus gemidos sordos, que parecen salidos desde lo más profundo de su estómago. Ella, inerte por completo, contiene la respiración, y la sensación de intrusión absoluta le ofrece la certeza de que lo que siente no es placer.

Las sensaciones contradictorias del principio dan paso a la apatía. No importan las acometidas de él, pues ella y su mente no están en realidad en la lúgubre habitación, sí en otra mucho más lejana en el tiempo y el espacio, a la espera del final. Besos automáticos, uñas en la espalda de él y un par de jadeos de alivio acompañan al orgasmo que ella no siente. En cuanto él se aparta, echándose a un lado en la cama, ella se encoge automáticamente, cerrando sus piernas, sintiendo una indescriptible quemazón que, sin embargo, comparada con la sensación de intrusión anterior, resulta paliativa. Mientras él la rodea desde detrás con sus brazos se siente vulnerable, vulnerable y terriblemente desnuda, descubriendo que la situación no ha estado a la altura de sus expectativas sobre el sentimiento de feminidad en el que estaba segura de que se arroparía llegado el momento.

Sin embargo, meses después de aquel encuentro fugaz y único, sigue achacando a los estragos de su adolescencia el desagrado hacia lo distinto, que a veces le hace temblar entre las sábanas. Siempre en la imaginación. Siempre a solas. Cada noche lanza una moneda al aire, y pocas veces vuelve de canto a la palma de su mano, hundida ya de tantas disyuntivas. Y es que en su complicada soledad no le acompañan los recuerdos de aquella noche con él, sino los de las tardes con ella. Aunque en la imaginación que busca completar el roce de sus dedos recurre siempre a otros hombres a los que jamás conocerá en la intimidad.

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