No todavía

Cuando me decidí por el vestido blanco acababa de discutir con Alejandro. No podía, le era imposible, bajar de Barcelona para venir a mi cena de fin de carrera. Salí sola de casa, con toda la espalda al aire y una cadena de plata oscilando entre mis omóplatos. Todavía no me había subido al taxi cuando los meñiques se me empezaron a resentir dentro de los zapatos.

    Manuel estaba allí cuando me bajé en la puerta del restaurante para agarrarme del brazo y acompañarme con una sonrisa. Muchos ya se estaban tomando la primera copa en la barra del italiano, esperando para sentarse. Sánchez se giró a recibirme en cuanto entré por la puerta.

    —Madre mía, pero qué preciosidad. ¿De verdad que eres tú, Evita, debajo de ése vestido?

    Le saludé con dos besos intercalados con una mirada sardónica.

    —Pues tú estás igual que siempre.

    —No, mujer, que me he puesto traje.

    —Poco te ha durado la chaqueta —dije, echándole una mirada a la blazer colgada del respaldo del taburete.

    —Pero, Evita, que hace mucho calor. Aunque hoy de Evita poco, hoy te has puesto de Eva.

    Lo dijo con un rintintín humorístico, pero tuve que volverme a Manuel para esconderme las mejillas.

    —Vamos a pedir algo, ¿no? ¿Tú qué quieres?

    —Creo que hoy merece la ocasión empezar con un buen vino.

    —Venga, me apunto. Pero yo rosado.

    Manuel y yo brindamos con un guiño por encima de nuestras copas, y luego apareció Sánchez para robarme otro brindis.

    Me arrastró con el brazo sobre mis hombros hasta sentarme a su lado en la mesa. Manuel se colocó enfrente de nosotros y aprovechó el primer momento de despiste general para fruncirme el ceño. Me encogí de hombros y negué con la cabeza, que en nuestro lenguaje significa “qué le hago, no tiene remedio”.

    Pero cuando, después de un escueto plato de raviolis y tres copas de vino, empecé a reírme más fuerte de la cuenta de los chistes de Sánchez, dejé de responder a las miradas escandalizadas de mi amigo. En algún punto de la sobremesa, puso una mano sobre mi hombro y no hice nada por retirarla. Para cuando salíamos del restaurante en busca de un lugar de copas donde seguir la fiesta, Sánchez ya me llevaba de la cintura y Manuel caminaba varios pasos por detrás charlando con otros compañeros.

    Bailamos bajo las luces azules con dos gintonics de por medio. Sabía que Manuel, Diana, Bego y los demás no dejaban de vigilar las manos de Sánchez en mis lumbares, y aun así moví las caderas. De una manera u otra, nos arrastramos bailando hasta una esquina de la pista, donde Sánchez me apretó más contra su pelvis. Todo el año había mirado por el rabillo del ojo sus rizos negros y el perfil de su nariz, todas las veces que estaba cerca me había atolondrado como una quinceañera, para luego contarle a Manuel “Cómo flirtea Sánchez conmigo, parece mentira que sepa que tengo novio”. Manuel me miraba con cara de saber exactamente qué había dicho detrás de esa frase y dejaba el tema chasqueando la lengua. Ahora le veía por encima del hombro de Sánchez, y le leí en la cara un “sabía que esto iba a pasar”.

    Solté el vaso con hielos sobre un altavoz y dejé que se sumergiera bajo mi oreja. Su aliento se me pegaba en el cuello.

    —Pero qué bonita estás, Evita.

    Los dedos de los pies me palpitaban dentro de los tacones de charol. Sus dedos me subieron por la espalda, fríos y sudados. Enredó uno en la cadena de plata y se me acercó a los labios.

    —No.

    Le empujé el hombro con la palma de la mano. Él tardó un momento, pero luego me soltó.

    —Claro.

    —Lo siento, un momento.

    Me aferré al bolsito y hui tambaleándome hasta unos sofás vacíos en la terraza. El Manzanares reflejaba una luna decreciente y los neones verdes y azules del lugar. “La luna te intenta engañar, cuando tiene forma de ‘C’, está decreciente, y cuando tiene forma de ‘D’, creciente”. Saqué el teléfono del bolsito y con los dedos agitados escribí un mensaje para Alejandro.

    “Hola, guapo. Siento mucho lo de esta mañana, sé que tienes muchísimo lío con el trabajo y que estarías aquí si pudieras. Te quiero muchísimo, lo sabes, ¿verdad? Estoy deseando que termine ya el mes para tenerte aquí otra vez, y no te voy a soltar en todo el verano. Que descanses, mi niño. Ya mismo me voy a casa, mañana hablamos.”

    Me quedé un rato mirando la pantalla, pero Alejandro no leyó el mensaje. Después de diez minutos, volví a guardar el teléfono, apretando el bolsito contra mis muslos por si notaba alguna vibración. Miré el río y me mordí las uñas, escupiendo trocitos de esmalte.

    Manuel apareció y se sentó frente a mí.

    —¿Cómo estás?

    —Bien. —Tardé en responder.

    —¿Ha pasado algo, ha llegado a…?

    —No. Le he parado los pies.

    —Estaba preocupado. No tenía pinta de que tuvieses intención de pararle los pies.

    —No tenías que preocuparte.

    —Lo sé. Pero no puedo evitarlo. Si no cuido yo de ti, ¿quién va a hacerlo? ¿Tú? Venga ya.

    Solté una carcajada reluctante.

    —¿Estás bien con Alejandro?

    Me enjugué una lágrima manchada de máscara de pestañas que me empezaba a correr por la mejilla.

    —Sí. Es que esta mañana me ha dicho que no podía venir al final y me he venido abajo, pero yo le quiero. Le quiero mucho.

    —Ya lo sé.

    —No quiero echarlo a la basura después de tantos años. Y menos justo ahora, que está a punto de acabarse por fin esta etapa.

    —Claro, ya no queda nada que pasar.

    Asentí.

    —Y es que Sánchez… Pues ya sabes, tiene algo.

    —Ya.

    —Pero es que he estado todo el año enterrándomelo.

    —Sería una tontería echarlo a perder justo ahora.

    —Una gilipollez.

    —Soberbia.

    Sonreí.

    —¿Entonces cuándo vuelve Alejandro? —me preguntó.

    —En julio, el 5. Tiene el último examen el 3 y ya a hacer la mudanza.

    —Qué bien. Quedan sólo tres semanitas ya.

    —Sí…

    Manuel vino a sentarse a mi lado y me pasó el brazo por encima. Su peso era muy distinto al del de Sánchez.

    Fuimos a la barra a por una nueva copa, y a la vuelta nos acompañó Bego. Terminamos la noche charlando los tres, con los hielos derritiéndose en los vasos vacíos. Hacia las cuatro de la mañana, Sánchez, Verónica y Andrés salieron a preguntar si nos uníamos a ellos en busca de otro sitio más animado. Nos disculpamos y les deseamos una buena noche. Estuvimos un rato en silencio, recostados en los cojines blancos, raídos por el uso y el aire libre, y luego nos fuimos a coger un taxi. Al salir, Manuel me dio un abrazo fugaz dentro del coche.

    —Que descanses, Eva. Todo irá bien.

    Me fui a dormir en ropa interior y con el maquillaje puesto. Antes de irme a dormir, comprobé una vez más que Alejandro todavía no se había conectado. Releí el mensaje que le había enviado y escribí uno nuevo: “Ya estoy en casa, lo hemos pasado muy bien. Mañana te cuento. Un beso, te quiero. Muchísimo.” Abracé la almohada, como hacía las primeras noches después de que Alejandro se fuera a Barcelona. Hasta después de quitarme los tacones, los meñiques siguieron palpitándome.

    Desperté cerca del mediodía. Lo primero que hice fue echar mano del móvil. Miré antes las notificaciones que la hora. Tenía un mensaje de Alejandro.

    “Me alegro mucho de que lo pasarais bien, pequeña. Llámame cuando te levantes, tengo que contarte una cosa.”

    Me aclaré la garganta y marqué su número. Sonó cinco veces. Cuando estaba a punto de dejarlo, descolgó.

    —¡Buenos días, dormilona!

    —¿Qué tal? —la voz me salió quebrada y ronca.

    —¡Uy, qué vocecilla! Ya veo que lo pasasteis bien anoche.

    El único momento de la noche en el que había gritado fue para hacerme oír por encima de la música charlando con Sánchez mientras bailábamos.

    —Sí, al final salió muy bien la cosa.

    —Lo siento mucho, me hubiese gustado ir, de verdad.

    Me levanté, me puse una camiseta y me fui al baño.

    —Lo sé, no te preocupes. En fin, qué es lo que me tenías que contar.

    —Pues… Muy buenas noticias.

    —¿¡Sí!? ¿Qué pasa?

    —¡¡Me han dado las prácticas en El Terrat!!

    Me quedé mirando mi reflejo el espejo, con una mancha morada de pintalabios alrededor de mi boca y los ojos sombreados de negro del lápiz de ojos corrido.

    —¿En El Terrat?

    —¡¡Sí!! ¡No me lo creo! ¡Estoy deseando empezar, pff!

    —¿Y cuándo empiezas?

    —La primera semana de julio. Vamos, ¡ya!

    —Qué bien… Me alegro muchísimo. Esto es lo que tú querías.

    —Eva… Lo siento, no voy a poder volver todavía a Madrid.

    —Ya… No pasa nada, es una noticia genial. De verdad, me alegro mucho.

    —¿Estás bien?

    —Sí.

    —¿De verdad, no estás enfadada?

    —Cómo voy a estarlo, estoy muy contenta por ti.

    —Eva… Lo siento mucho. Esto es muy importante para mí.

    —Lo sé. También lo es para mí.

    —Te compensaré. Iré a verte en cuanto pueda. Sólo hay que esperar un poquito más y estaremos juntos.

    —Quizá en septiembre.

    —Eva…

    —Voy al baño, cariño, que me acabo de levantar. Hablamos después, ¿vale? Ánimo con el estudio.

    —Vale, pequeña. Te quiero.

    —Y yo.

    Colgué. La camiseta que me había puesto estaba sucia y olía a sudor.

    Me metí en la ducha y me froté los restos de maquillaje hasta mi piel estuvo limpia. Salí envuelta en la toalla a la terraza, pero el aire estaba cargado por el calor seco de junio. Me tiré a la cama y pensé en llamar a Manuel. Cuando cogí el teléfono, tenía un mensaje de Alejandro.

    “Te quiero mucho, Evita. Pronto estaremos juntos.”

    Bloqueé el móvil y lo lancé lejos de mí. Las gotas de agua se mezclaban con el sudor. Me despojé de la toalla y me hice un ovillo. Abracé la almohada medio segundo y luego la estampé contra la pared más lejana.

África Curiel

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