El «jotaku»

Summary: Kisa se prepara para el evento friki del año, el Salón del Manga de Barcelona. El sábado salonero es siempre el día clave y el que más afluencia tiene. La tediosa espera en la cola para entrar se le hace más llevadera ante la presencia de Key, una chica a la que acaba de conocer.

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Ocurrió en el puente de todos los santos. Aquel año, la festividad caía en sábado, por lo que no había día extra festivo y eso molestaba a algunos y favorecía a otros que se dirigían a aquel lugar. Kisa era una de las favorecidas, aunque nunca tenía mucha suerte en cogerse vacaciones. Kuro, que la sobreprotegía demasiado, le daba un par de consejos de supervivencia para aquel puente.

—Entonces debo mentalizarme para que me duelan los pies — se ajustó bien los cascos que cubrían sus oídos.

—Hombre, el lugar es grande y también lo es la predilección por hacer cola para todo. — Su voz sonaba entrecortada por culpa de la mala recepción de la llamada. Tuvo que subir el volumen del ordenador para poder entenderlo.

—Vamos, ya he ido a varios eventos y lo sabes. Además, que no es la primera vez que voy a este.

—Lo sé, yo estaba allí. Pero te recuerdo que los tiempos cambian y llevas bastante sin venir a Barcelona. Hay cada personaje ahora… — Kuro era como el hermano mayor que nunca tuvo: alto, fuerte y de voz grave. Se habían conocido hacía años a través del blog donde escribía regularme, obra de otro amigo en común de ambos.

—No será para tanto, hombre.

—Alá te escuche, porque este año es el único que no puedo quedarme el sábado y me voy preocupado. — Tenía predilección por su creencia en Alá, ya que una de sus bromas acabó cimentándose con la idea de que él era Jesús.

—Kuro, que no me va a pasar nada.

—Tú por si acaso, mira bien con quien hablas. Eres demasiado inocente para ser sevillana. Con tanta rata suelta, no quiero que te encuentres con ninguno de ellos. No vaya a ser que reciba noticias tuyas en el hospital por una pelea de intereses.

—No llegarían a ese punto, ¿verdad?

—Créeme, nunca se está a salvo con ellos.

—Bueno, tengo que acostarme ya o mañana iré zombie en el avión. — Observó el reloj de su ordenador, que ya marcaba las 23:34.

—Está bien. Te recojo a las 9:30 en Sants, ¿verdad?

—Sí, más o menos. Tú sabes, tren arriba, tren abajo.

—Sí hija, esto de las huelgas… Pues nada, hasta mañana.

—Nanit, Kuro.

Kisa pulsó el botón de “detener videollamada” de su pantalla de Skype. Se habían hecho regulares este tipo de conversaciones, sobre todo cuando aprovechaban para jugar online. “¿Te apetece apalizar alemanes en el Kart?” Era algo que ambos disfrutaban, al igual que de la amistad pertinente.

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Como Kuro había predicho, ocurrió lo inevitable en el lugar más propicio: una cola. Sentada en el suelo jugando a ser una roca, Kisa decidió que tenía que hacer algo antes de convertirse en el iceberg del Titanic.

—¡Hace un frío de muerte! ¡Joder!

—¿Y qué esperabas a las cinco de la mañana en pleno noviembre? — El termómetro de la glorieta de la circunvalación colindante mostraba un intermitente -3º en amarillo fluorescente. — Bastante que no llueve como el año pasado.

El intento por encender una chispa de conversación para entrar en calor parecía haber surtido efecto. La sobreestimada y siempre socorrida conversación sobre el tiempo había actuado como un mullido colchón el día después de un examen. A pesar de todo, sus dientes se comportaban como estalactitas y estalagmitas peleando por la supremacía de su cueva bucal.

—Podían haber puesto una carpa o algo. — Se abrazó más a sí misma, tiritando de frío. Su instinto esa mañana le había dicho que algo así pasaría, pero como siempre, no hizo caso. “Debería coger una chaqueta gorda. Pero luego me abultará y pesará mucho en la mochila.” — ¡Joder! ¿Tanto les costaba? Hasta sería más fácil encontrar la entrada, en lugar de toda la parafernalia del personal y los carteles. — No era una persona que entablara conversación tan fácilmente con cualquiera. Pero ese tipo de situaciones era socialmente propicia y éticamente legítima en su cultura. — Mira que es feo el cartel de este año…

El sitio parecía un pueblo fantasma de los reutilizados en las películas de terror: cielo nocturno nublado, luces parpadeantes y ella y los pocos supervivientes acampados en el suelo a la intemperie esperando por el terrible final. Una fila de vallas se extendía a su espalda y la gente poco a poco comenzaba a cruzar las dos columnas que presidían la entrada de la Plaza l’Universitat. Entre esas piedras se encontraba atado el cartel del evento: era un batiburrillo de personajes de todo tipo abalanzándose en masa hacia fuera. En algún punto, se podía leer XX Salón del Manga de Barcelona.

—No le pidas más a Ficomic. Bastante que ponen vallas y seguretas para que no se líe parda. — La voz empezaba a escasearle y a convertirse en la de un viejo cascarrabias, a pesar de ser una chica de quince años. Tuvo que aclararse la garganta para volver a hablar. — Te enteraste de lo del año pasado, ¿no?

—¡Ah, sí! Salió hasta en las noticias. — aquella chica se refería al incidente sucedido durante la celebración de la pasada edición. “Jóvenes desbandados arrollan a un joven discapacitado en el Salón del Manga.” —Si es que… ¿No saben que la gente va de Monster hasta arriba en estos casos?

—Sí, y de mala hostia por el frío, el madrugón y la cola — ambas se rieron.

Un viento recio la obligó a sujetarse la peluca pelirroja que llevaba puesta. Su equipación de baloncesto le pasaba factura por debajo del chándal largo que se había puesto. Estaba segura de que acabaría cogiendo una pulmonía. Pero al menos estaba cumpliendo una de sus metas: hacer crossplay.

—Por cierto, me encanta tu cosplay de Mikasa. La chaqueta te ha quedado perfecta — alabó Kisa a su acompañante. A pesar de lo normal que se había vuelto el ver gente cosplayeada de Shingeki no Kyoujin, tenía que reconocer que era una copia al carbón del personaje.

—¡Gracias! Aún me falta el gear, que me lo trae en un rato mi madre. Me dio el tercer grado con que ella no se levantaba a las cinco de la mañana por un caprichito mío. Así que, habrá que joderse.

—Pues te ha quedado genial. — Comparado con el suyo, el de aquella chica parecía hecho por un japonés experto. — ¿Y no tienes frío? Porque yo voy en mangas cortas debajo de esta tiritaña y le hago la competencia a los monjes de las cascadas.

—Bueno, de algo hay que sufrir, como se dice… — ella rió y la contagió, aunque su risa sonó más a una maraca que a una risa. — Nosotros, que estamos muy locos con este tipo de cosas. Por cierto, soy Key.

—Yo, Kisa.

La gente comenzaba a llegar conforme pasaba el tiempo. La luz despuntaba entre las columnas de piedra y los cegaba como el flash de una cámara. La cola empezaba a perderse en la lejanía de la gran Plaza Espanya de Barcelona. Kisa y Key se encontraban de las primeras en la cola, que ya daba las tres vueltas a las vallas de la entrada del pabellón 1-4 de La Fira.

Kisa pensó que Kuro había, como siempre, exagerado las cosas. Ella ya estaba curtida en eventos y podía aguantar una espera de cinco horas (ahora dos) sin problemas. Lo que no se esperaba era el frío.

—¿Y qué? ¿Cómo ves el salón este año? — Kuro le había dicho que el cambio de pabellón había sido acertado. Ahora al menos se podía pasear por el sitio sin pisar a alguien cada medio metro. Y además, parecía que los stans empezaban a advertir que este tipo de cosas daba dinero, porque cada año traían más cosas de calidad. — Llevo bastante sin venir a este salón.

—Bueno, tú sabes, subida de precios y tal. Al menos no le quitan la magia y cada vez viene más gente. Por desgracia, más niños ratas. — El aumento de la población de ratas se había acrecentado en los últimos años. Kisa lo había vivido en persona cuando uno de sus primos se había convertido en uno de ellos. Seguramente, debido al uso excesivo y masivo de YouTube y sus famosos youtubers. Kisa agradecía no haber caído en esa trampa tiempo atrás. “¿Por qué no hacemos un canal de YouTube con nuestras paridas? Será divertido y nos reiremos mucho.”

Iba a contestarle, cuando de repente se convirtió en una liebre. De un salto, Key se subió al banco que estaba detrás de ellas y comenzó a hacer señas al aire como las aspas de un molino. Aquello la pilló desprevenida y no supo cómo reaccionar. Las palabras de Kuro acudieron a su mente con aquella voz solemne: “Hay cada personaje ahora…”

—Perdona, es que están ahí mis colegas y son cegatos perdíos.

—Ah, no. Sin problemas. — Ella solo se abrazó a sí misma y se acomodó correctamente su mochila, cuyos bocadillos comenzaban a pesar en su interior.

Momentos después apareció todo un escuadrón vestidos de variopinta manera que terminaron de disparar todos los sentidos de Kisa. Dos Levi, un Eren, dos Kiritos y un Naruto. Llegaron a la altura de ellas dos y la dejaron de lado, hablando cual andaluz cerrado, en catalán. Pero Kisa asumió que ninguno de ellos se esperaba que ella tuviera conocimientos de catalán después de años visitando a su familia paterna allí.

—Perdona el retraso Key. El tonto de Misha decidió que era un buen momento para ver el capítulo de SAO de hoy. — El que hablaba era el perfecto jugador de baloncesto con sus dos metros de alto. Llevaba el cosplay de Naruto, con ese mono butanero tan característico que a Kisa se le antojó estúpido.

—¡Joder! Pues nada de spoilers o te corto el cuello.

—Deberías leerte las novelas y te ahorrarías estos problemas. — Hablaba uno de los dos Kirito. El mejor caracterizado. Seguramente su traje sería de importación. Esos remaches deben de ser japoneses.

—Si hombre, me voy a poner yo a aprender inglés para eso. Que me las licencien y ya si eso las pillaré por internet cuando algún tonto las escanee. Lo único que vale es el anime y lo sabes.

A Kisa se le pusieron los pelos como escarpias. Más aún de lo que ya estaban debido al frío. Un “jotaku”. Había ido a parar con una panda de “jotakus” y culturalmente estúpidos. Kisa sospechaba que también acabarían siendo niños ratas de aquí a unos años. Las voces que estaban pegando deberían estar siendo escuchadas al final de la cola, que ya daba la vuelta al edificio.

La palabra “jotaku” había sido acuñada tiempo atrás por un grupo de twitteros e internatuas amantes de la cultura del manganime. Cultura a la que Kisa pertenecía. Precisamente, ella misma había aportado su toque a la definición. “Dícese de la persona, generalmente pre-adolescente que no sobrepasa los quince años, que se cree experta en la cultura nipona; cuando la realidad expone que solo son adictos a cuatro series de moda del momento. Mantener una conversación civilizada con ellos es potencialmente imposible, aunque algunos pueden llegar a conseguirlo. Eso quiere decir que todavía están en proceso de cambio.”

Kisa debió habérselo imaginado cuando vio aquel cosplay de Mikasa que Key llevaba. Pero, como auspiciaba Kuro, ella era demasiado inocente para ser una sevillana; y decidió darle una oportunidad.

Con todo el sigilo que pudo encontrar entre las sevillanas que se estaban montando sus dientes al castañear, se quiso apartar de aquellos seres. A pesar de que Key no le había parecido mala chica, que estuviera en la fase cambio del “jotaku” acababa de convertirla en alguien a quien no quería tener cerca.

Pero en aquel preciso momento, el tono personalizado de su móvil comenzó a sonar. Kisa quiso morirse allí mismo. No le apetecía que la gente se enterase de qué música le gustaba. Había olvidado silenciar el condenado Smartphone. Aparte de eso, ¿quién podía llamarla un sábado a las ocho y media de la mañana?

—Dígame. — Acentuó la “i”, como solía hacer cada vez que contestaba una llamada.

—Hola, Lucía, cariño. ¿Ya estás dentro? — La única persona en el universo que se atrevería a llamarla a tales horas era, por supuesto, su madre. Quien a pesar de ser una persona que daba libertad, no podía estar sin noticias de su hija más de un día. Y eso que ya tenía veinte años. — No me has mandado el mensaje.

—Obviamente, mamá. Si no lo he hecho, será porque no he entrado. — Eso la irritaba bastante.

—Bueno, pues luego si te lo permite la conexión, me mandas un whatsita.

—Está bien. Bueno cuelg…

—¡Espera! Que yo te iba a decir otra cosa — la interrumpió a mitad de la frase. — Ha llamado el tío Jordi y dice que Andrea está por allí. Se fue temprano, así que, a lo mejor la has visto ya.

—Mamá, aquí hay más gente que en la guerra. Como para encontrar a alguien…

—Ay, bueno, hija. Yo te digo lo que me ha dicho. Le ha dado tu móvil y la llamará ahora también. Dice que va de no sé qué de casa. De una serie rara con mucha sangre. — En ese momento, Kisa tuvo un mal presentimiento.

—¿De Mikasa? — se atrevió a preguntar.

—¡Sí! ¡De esa va! — Su madre siguió hablando, pero ella ya no le prestaba atención.

Kisa se había dado la vuelta y había vuelto su mirada hacia el grupo de “jotakus” donde se encontraba Key, la única chica que iba del personaje de Mikasa. Ella también estaba hablando por teléfono y, su cara parecía tan consternada como la suya propia. Sus miradas se cruzaron por un momento y el arrojo del reconocimiento las golpeó como un martillo.

—¡Eres una jotaku!

—¡Eres una crossplayer! — gritaron al unísono.

Ella no sabía dónde meterse. Cuatro años sin ver a su prima favorita y había caído en el lado oscuro. Key tampoco sabía cómo responder a aquello: su prima iba de travesti y eso era algo que ella no soportaba, ni aunque fuera un cosplay.

Kisa tuvo la certeza en ese momento de que aquel XX Salón del Manga de Barcelona sería uno que nunca olvidaría. Y no precisamente porque llegara a obtener la firma de su autor favorito ni porque Kuro hubiera resultado albergar sentimientos por ella. Si no porque recordó las palabras que su dulce abuela le dijo cuándo sus tíos se separaron: “Da igual lo que pase, ante todo somos familia.”

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Escrito por Alegría Jiménez

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