Vuelos y agitaciones.

–Eh, tú, el de la esquina. ¿Tú te aburres? – La clase está siendo un tostón. Normal, siendo 20 de diciembre por la tarde, los alumnos, por mucho que estén en la universidad, ya piensan en las vacaciones de Navidad. – Que si te aburres no pasa nada, tú dilo.
Los alumnos despiertan todos de golpe. No es la primera vez que Juan utiliza aquella técnica para captar la atención de su clase, pero sí la primera vez que lo hace con aquellos alumnos. La verdad es que es muy efectiva. Juan se rasca la cabeza, en la zona de la cicatriz resultado de abrirse la cabeza con el marco de una puerta a los 14 años, como siempre cuando el estrés lo satura.

Aún quedan dos horas de clase. Dos horas de técnicas para la construcción de un guión audiovisual. Es una asignatura amena, normalmente, pero hoy está siendo especialmente aburrida. Juan piensa en todo lo que le queda por hacer hasta acostarse esa noche: primero tendrá que salir pitando de la facultad, llegará al piso que tiene alquilado, hará la maleta, correrá al aeropuerto y cogerá un avión de última hora que lo llevará a la otra punta del país, donde ha vivido toda la vida y donde le esperan su mujer, su familia y sus amigos.

Vuelve a rascarse la cabeza. Aquello tiene que acabar ya. Tampoco pasará nada por dejar a los alumnos irse un rato antes: ellos lo agradecerán y él también. Además, seguro que más de uno tiene que irse a prisa y corriendo para volver a su hogar por Navidad.

Cuando llega al piso no se da tiempo ni a ir al servicio. Ya irá en el avión. Hace la maleta a toda velocidad y sale del piso, cerrando con llave y asegurándose de que no hay ninguna ventana abierta. Coge una manzana para el avión. Está bajando las escaleras cuando se da cuenta de que la maleta está rota: una rueda se le ha caído. ¿Cuándo ha pasado eso? Y cómo pesa la condenada.

El taxi no puede estar más sucio, y el taxista no puede dar más mala espina: viste una camiseta de Los Ramones rota y unos vaqueros llenos de manchas, su pelo es azul. Menos mal que el trayecto es medianamente corto y no tiene que soportar aquella tortura china durante mucho rato.

Cuando llega al aeropuerto, lo primero que hace Juan es embarcar. Más vale pronto que tarde. Se vuelve a rascar la cicatriz, que le pica constantemente, y va a una cafetería. Tiene 15 minutos para relajarse antes de subirse al avión. Pide un café con leche y con un toque de jengibre, una especialidad navideña, por lo que le dice el camarero, y un rollo de canela caliente.

Juan se va al avión sin comprobar su billete. Mira su asiento y ya presiente lo peor: le va a tocar en la fila de en medio, y fijo que tendrá que soportar a alguien a la derecha y a alguien en la izquierda. ¡Qué suerte la suya! Cuando entra en el avión sus sospechas se confirman. Se sienta, aún no tiene acompañantes. A lo mejor no se han vendido esos asientos y puede disfrutar de un viaje más o menos ameno. Se rasca la cicatriz.

Al minuto llega una despampanante rubia que se sienta a su lado. ¡Por fin algo de suerte! Tal vez con su labia consiga pasar un buen rato en el avión. No sería la primera vez que hacía aquello en el avión.

– Hola, soy Juan. – Sonríe a la rubia, el efecto de la sonrisa de Juan Domínguez es conocido por todo el mundo casi. Allá a donde va, triunfa. No puede evitarlo.
– Yo soy Lucía.
– Bonito nombre. ¿Vuelta a casa por Navidad?
– Que va, trabajo. ¿Tú a qué te dedicas?
– Doy clases en la Universidad. Clases de literatura y escritura en general. Es bastante interesante. Y sí, voy de vuelta a casa por Navidad.

La verdad es que va porque tiene que ir. Su huida a la otra punta del país fue sobre todo para huir de la rutina en que se había convertido su vida desde que se había casado. Marina es una mujer estupenda y una amante comprometida, pero es aburrida como una ostra. Sin haber llegado a los 40, Juan aún necesita diversión y en esa casa no la hay.

Tenía ofertas de varios sitios, incluso de la universidad de su ciudad, pero eligió aquella. Le habían dicho que en el sur están las mejores amantes, las más divertidas. Y no se equivocaron. Desde que llegó a allí, había hecho de todo. Cosas que jamás se imaginó que se podían hacer. Y ya llevaba allí 6 meses.

Y ahora vuelta a casa. Al menos va a ser por dos semanas solo. Después podrá volver a su vida de diversiones varias en el sur. Dos semanas en las que tendrá que ir a mil eventos sociales diferentes y aburridos todos, sin sexo esporádico, tendrá que poner buena cara a gente que siempre tiene cara de azulejo y tendrá que beber exquisito vino que no le gusta un ápice. Con lo rica que está una buena cerveza.

La conversación con la rubia avanza y parece que puede llegar a buen puerto. Un visto y no visto en el baño, con eso bastará. Una última pillería antes de llegar a casa, a la cárcel.

De repente nota que a su derecha se sienta alguien. Cuando gira el cuello no puede creerlo. Un sacerdote de unos ciento cincuenta kilos se ha sentado a su lado. ¿Qué ha hecho Juan Domínguez para merecer tanta tortura? Desde luego que nada bueno, piensa. La cabeza vuelve a picarle y tiene que rascarse, pero intenta hacerlo disimulado. Retoma su conversación con la rubia, que está muy receptiva.

– Desde luego que la clave de una buena velada es la comida. La bebida está sobrevalorada. – Le comenta a Lucía. Ésta se ha quitado la chaqueta y el escote de su camisa enseña unos pechos despampanantes y el inicio de un tatuaje que parece una especie de tribal. – Donde haya cerveza, que se quite todo lo demás. El vino es todo igual, la cerveza es oro que se desliza por tu gaznate. Una buena comida luce lo mismo con un vino de mil euros que con una cerveza fresca, y lo mismo pasa con una mierda de comida.

– Pero un buen vino da glamur a la cena. La cerveza es vulgar.
– ¿Vulgar? Para nada. Además, lo importante de una cena no es cómo empieza, sino cómo acaba. – Le está costando llevar la conversación por donde quería. Así llegarán a su destino antes de darse una alegría con la chica. – ¿Eres de tener sexo en la primera cita? – Tiene que ir directo al grano.
– Claro. ¿Por qué no?
– ¿Y al primer vuelo? –Le guiña un ojo y le acaricia la rodilla.

En ese momento, el sacerdote le toca en el hombro. Está colorado, como si estuviera sofocado. Valiente pesado, piensa Juan.

– ¿Puedo ayudarte en algo? – Éste hombre lo que necesita es hacer dieta estricta para bajar el nivel de grasa en sus arterias.
–Sí, puedes. Es que soy un poco aprensivo, si me dieras conversación podría olvidarme del viaje y llegar sin problemas.
–¿Yo? ¿Hablar contigo? ¿De qué? Soy ateo, no creo en Dios. – Y aunque crea, Juan lo que quiere es que el cura lo deje en paz para retomar la conversación con Lucía e ir al servicio a jugar.
–No crees en Dios, vale. Pero, quizás puedes hablar conmigo sobre ética, moralidad, o algún tema que te interese.
–¿Ética? – Juan se acerca a la oreja del sacerdote para hablarle bajito. – Quiero irme al servicio con esta chica tan guapa y disfrutar un rato de su compañía, eso haría para mí el viaje más ameno.
–Vale, veo que la ética no es tu fuerte. ¿Y por qué quieres hacer eso?
– Pues porque sí.
– Esa ha sido una respuesta muy madura por tu parte. – La cara del cura empieza a volver a su color original. Parece que se está relajando, pero Juan cada vez está más nervioso. – A ver, hijo de Dios, ¿tienes pareja?
– Eso no es asunto tuyo, pero sí, estoy casado.
– O sea, que quieres ser infiel a tu mujer. ¿Por qué?
– ¿Cómo que por qué? ¿Acaso necesito una razón para querer follarme a esta tía?
– No la necesitas, pero la tienes. Preveo que casarte para ti ha sido como un encarcelamiento, y quieres rehuir la responsabilidad mediante el engaño y la adrenalina que éste te produce. ¿Me equivoco?
– Claro que te equivocas. – Juan Domínguez empieza a sentir sudor. – Y, ahora, déjame en paz para que pueda terminar lo que he empezado a mi izquierda.
– Una última cosa. ¿Cuándo engañas a tu mujer, te sientes poderoso? – Juan Domínguez se rasca la cabeza con fuerza, la cicatriz le arde. Le empieza a picar otras zonas del cuerpo: una rodilla, el cuello. – Claro que sí, te sientes poderoso, te sientes libre. ¿A qué te dedicas?
–Soy profesor de universidad.
– ¿Y tu mujer? Apuesto a que gana más que tú.
–Pues sí, es dueña de un restaurante de lujo.
–Entonces llevo razón. Te sientes inferior y por eso necesitas hacer lo que haces. ¿Y tenéis hijos?
– Que va. Mi mujer quiere que tengamos al menos uno, pero la verdad es que no quiero más cargas. – Bastante carga es ya su mujer, ese anillo que tiene que llevar siempre en el dedo y que le quema cada vez que hace algo divertido.
–Interesante.
–Mire, padre. – Juan Domínguez iba a explosionar. – No me juzgue, yo no lo hago. Hago lo que veo necesario y punto. Y ahora lo necesario es que esta joven y yo lo hagamos en el baño. Está hablado. Solo necesito cerrar el acuerdo.
– No, si yo no te juzgo. Sólo quería que me distrajeras un poco. Ya puedes seguir a lo tuyo. Yo voy a leer una novela en mi e-book.

Juan Domínguez se vuelve a su izquierda, pero Lucía está durmiendo. ¡Maldito cura! ¿Qué hará ahora: leer? No, no tiene ningún libro a mano. Entonces Juan recuerda que tiene una manzana. Está a punto de tomar el primer bocado cuando se le cae y rueda un par de filas más adelante. La azafata encuentra la manzana y, como no sabe de quién es porque estaba en el suelo cuando la ha encontrado, la tira. Juan no puede creerlo. ¿Qué más va a salir mal?
Media hora después, cuando Juan está a punto de empezar a dormirse, Lucía se despierta. Por fin algo de buena suerte. Es el momento, piensa Juan Domínguez.

– Teníamos una conversación a medias.
– Es verdad, pero te he visto tan entretenido hablando de teología que no he querido molestarte y me he quedado dormida. – Lucía sonríe y se lame el labio superior. Que sexi es. – Dime, Juan, ¿cómo podemos pasarlo bien en este avión?
– Quizás si vamos al cuarto de baño podamos hacer algo. Aquí sentados es muy difícil divertirse. – Juan le guiña un ojo.
–Allí te espero entonces. – Lucía se levanta y se va al baño.

Juan espera a que haya entrado en el cuarto de baño para seguirla. Durante el breve trayecto que dura su paseo del asiento al baño recrea en su mente todo lo que hará con Lucía. Primero la desvestirá, después habrá preliminares, pero algo rápido, y después la poseerá con violencia, pues está muy estresado. Se rasca la cicatriz justo antes de abrir la puerta.

– ¿Qué vas a querer, moreno? – Pregunta Lucía cuando entra Juan en el servicio. Lucía tiene la falda casi hasta la entrepierna, un tanga negro de encaje en la mano y la camisa desabotonada. – Puedo hacerte lo que quieras.
–Quiero que me hagas volar sin moverme de aquí –Susurra Juan Domínguez al oído de la chica. –Vamos a hacer que a los pájaros les de envidia.
–Eso va a ser caro, 150€ el completo.
– ¿Cómo? ¿Eres puta?
– ¿Qué esperabas? ¿Quieres o no? –Juan no se puede creer todo lo que le está pasando. Mira su cartera y ve que tiene 200€ que llevaba por si el billete de avión se subía de precio.

–Está bien. Aquí tienes. – Le da el dinero y se baja los pantalones.

Los 150€ resultan estar bien pagados. Juan se lo pasa como los indios y la chica Lucía sabe satisfacer todas sus ideas. Parece mentira que en un espacio tan pequeño puedan hacer algunas de las cosas que hacen.

Juan Domínguez vuelve a su asiento totalmente aliviado. Su cartera está vacía, pero él se siente lleno de adrenalina. ¿Qué sería de la vida sin estas locuras improvisadas? El avión está a punto de aterrizar y el sacerdote le toca el brazo.

– ¿Cómo ha ido? ¿Tal y como esperabas?
–Diría que incluso mejor, pero ha habido un problema que no esperaba. La chica esta me ha cobrado por el rato.
–O sea que no la ha conquistado tu encanto. – El sacerdote contiene una risotada. Juan Domínguez no puede creer que sea tan insolente un cura.
–Pues eso parece. Pero he abierto los ojos gracias a ti, padre. He decidido dejar a mi mujer y establecerme definitivamente por mi cuenta. No estoy preparado para vivir así.
–Entonces este viaje no ha sido en vano. Me alegra, hijo.

El avión aterriza sin problemas. Mientras espera su equipaje, Juan divaga sobre lo que va a hacer a continuación. Saldrá del aeropuerto, pedirá un taxi, se relajará y pensará en qué le va a decir a su mujer y cómo lo hará. Cuando llegue a casa se lo dirá claro: esta relación tiene que acabar. Ninguno de los dos merece perder el tiempo en una relación que no va a ninguna parte.

Además, él no quiere tener hijos y ella sí. Ya habían discutido por eso y él sabía que iban a seguir las discusiones sobre el tema. Mejor terminar con aquella falsa cuanto antes, así no habría más quebraderos de cabeza para ninguno de los dos. Él no quiere estar casado ni tener hijos. Y ella sí.

Pero cuando el taxi llega a su casa pasa algo que Juan Domínguez no esperaba. Su mujer ha engordado mucho en los 6 meses que llevan sin verse. Demasiado.

–Cariño, ya estás en casa. Sorpresa. Estoy embarazada.

Javier Pavón Amo

Un comentario en “Vuelos y agitaciones.

  1. Jjajajaja, lo qué me he podido reír. Me cae mal el Juan Domínguez, pero…me hace gracia la mismo tiempo. Jajajajaj, ¡Muy bueno tú relato, las cosas, son como son!.

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