EL GIGANTE CORTA CABEZAS

24-cabezas

18 de diciembre de 1.959; Burbank, California. Casa materna.

Edmund no comprendía porque tenía que irse solo a dormir al sótano mientras que su madre y sus dos hermanas dormían arriba. Ahora él estaba allí solo abajo en el infierno. El cielo estaba reservado para las mujeres. Nada de lo que hacía le parecía bien a su madre. Mamá siempre le estaba gritando y riñendo. Le decía que no servía para nada y que aprendiera de sus hermanas. Ellas lo hacían siempre todo bien.

Temblando de miedo y llorando, bajó por las escaleras del sótano. Tenía que bajar aquellas escaleras a oscuras porque la llave de la luz se encontraba al final. Encendió la luz y se dirigió a su baúl secreto. El miedo y la humillación se convirtieron en ira, y en lo que él llamaba “su pequeño vicio”. Edmund escondía en aquel baúl las muñecas de sus hermanas. Pero a las muñecas les había hecho varios arreglos. Todas tenían la cabeza arrancada y las manos cortadas. No podía permitir que las muñecas también le gritaran y le miraran de aquella misma forma que lo hacían su madre y sus hermanas. Con las muñecas lo haría a su manera. Las maniataba y las tocaba mientras él se tocaba allí abajo. Le encantaban aquellas muñecas mudas sin cabeza. Podía hacer con ellas lo que no podía hacer con sus hermanas. Mamá lo mandó a dormir al sótano desde aquel día en que ató a una de sus hermanas, le tapó la boca con una de las medias de su madre y le tocó allí abajo. Mamá se enfadó tanto que le gritó y le pegó tan fuerte que creía que le iba a estallar la cabeza. De nada sirvió que le dijera que solo era un juego y que su hermana se había prestado a jugar. Ella lo negó y dijo que Edmund la había obligado. A partir de ese día, cada vez le gritaba más y más fuerte, y a Edmund se le metían los gritos tan dentro del cerebro que aún los seguía escuchando por la noche cuando se encontraba solo en aquel sótano.

Edmund no soportaba que nadie lo mirara y menos aún que le gritaran. Los vecinos tenían un pequeño perro que siempre le estaba ladrando e intentando morder. A Edmund no lo quería nadie; ni los animales. Una tarde al regresar del colegio, al pasar delante de la casa de los vecinos, el perro se le echó encima ladrando y le mordió la pierna. Entonces Edmund lo agarró del cuello y lo golpeo contra el suelo dejándolo medio inconsciente. Se llevó el perro al jardín de atrás de su casa y lo enterró mientras se estaba despertando y comenzaba a ladrar de nuevo. Le fue echando tierra encima hasta que por fin logró tapar aquel ladrido. Ese perro no volvería jamás a ladrarle.

A Edmund en el colegio tampoco le iba muy bien. Allí también le gritaban y le humillaban tanto los profesores como los compañeros de clase. Edmund pensaba que era por el tamaño de su cuerpo. Medía ya un metro setenta y pesaba sesenta quilos con apenas once años. Se sentía desproporcionado y torpe. En el colegio no jugaba con nadie y se dedicaba en los recreos a buscar insectos y pequeños animales para torturarlos hasta que morían. Quería saber de qué estaban hechos por dentro. Abría en canal a gatos, pequeñas aves y roedores para ver cómo funcionaban. Le fascinaban los cuerpos por dentro. También se embadurnaba con la sangre de los animales porque creía que no tenía suficiente sangre para todo ese cuerpo tan grande. La directora del colegio quedó horrorizada cuando sorprendió a Edmund sentado delante de un gato con la barriga abierta y con toda la cara ensangrentada. Cuando llegó la directora Edmund se volvió y le dijo: “ Es que me he quedado sin sangre”. Ese mismo día lo echaron del colegio.

La madre de Edmund lo mandó a vivir con sus abuelos.

27 de agosto de 1.964; Burbank, California. Casa de los abuelos.

– ¡Edmund niño estúpido! Ven aquí ahora mismo. ¿No me oyes Edmund? –Gritó la abuela asomándose al porche delantero de la casa buscando a Edmund. La abuela de Edmund era también una mujer enorme. Tenía el pelo moreno y corto, y unos brazos extrañamente largos. Se pasaba casi todo el día sentada en su mecedora del porche mientras escuchaba en la radio “Cristianos en América”. – Dónde se habrá metido este niño idiota.

Edmund se encontraba en su pequeña cabaña del bosque. Allí escondía sus tesoros. El último año había conseguido muchas cabezas. Tenía el gato tendido sobre una tabla de madera con las cuatro patas abiertas clavadas. El gato maullaba y se revolvía de dolor. – Dentro de poco no podrás maullar más gatito. – Edmund no sabía qué hacer. En una mano tenía el hacha y con la otra mano cogía fuertemente un cuchillo. Decidió primero abrirle la barriga. Clavó el cuchillo y lo bajó lentamente abriéndole la barriga de arriba abajo. Los órganos se le aparecieron en funcionamiento. Le fascinaba ver el corazón bombeando sangre mientras el animal aún seguía con vida. Edmund metió la mano a través del cuerpo abierto del gato y le arrancó las vísceras y se las esparció por la cara. Tuvo una erección y entonces le seccionó la cabeza. Cogió la cabeza y la metió en un cazo para hervirla y limpiarla. Después blanquearía los huesos. Tenía toda la cabaña llena de cabezas de distintos animales.

Edmund últimamente se sentía vacío. Los pequeños animales empezaban a aburrirle. – No soporto más los gritos de esta vieja puta. –Edmund salió de la cabaña y se dirigió a la casa de los abuelos. Allí estaba en la puerta gritándole su abuela. – ¿Dónde estabas estúpido? ¿No te había dicho que tenías que ayudarme esta mañana con la limpieza de la casa? –La abuela de Edmund era una mujer con carácter. Tenía dominado a su marido y a Edmund. Odiaba a los hombres casi tanto como Edmund se odiaba así mismo. – ¡Entra ahora mismo y limpia los baños subnormal! –Edmund se puso a limpiar la taza del inodoro mientras se preguntaba qué sentiría si matara a su abuela. Se imaginaba a su abuela intentando gritarle sin cabeza, agitando las manos y expulsando sangre a través del cuello cortado. Se sintió atraído sexualmente por su abuela sin cabeza. Pensó qué por qué no iba hacerlo. Lo haría simplemente porque podía hacerlo. Recordó el hacha que tenía en la cabaña. Salió de la casa y fue a por ella. Regresó con el hacha en la mano, entró en la cocina y se la clavó por detrás de la cabeza a su abuela que estaba cocinando mirando tranquilamente a través de la ventana. La abuela cayó al suelo fulminantemente mientras movía las piernas nerviosamente golpeando el suelo. Edmund se agachó y le sacó el hacha de la cabeza. Entonces comenzó la cabeza a escupirle sangre y abrió la boca para beberla. Se levantó y le cortó la cabeza de un hachazo seco. Aun sangrando, le abrió las piernas a su abuela y la penetro hasta que eyaculó. Edmund estaba extasiado. Sentía que estaba silenciando las voces de todas las mujeres que le habían gritado en su vida. Todas esas voces que aún sonaban dentro de su cabeza. Esas voces que escuchaba incluso antes de que existieran. Realmente siempre escuchó esas voces en su cabeza. Desde que tenía uso de razón, había estado escuchando los gritos que le decían que era un inútil y un subnormal. Esas voces eran él mismo gritándose y odiándose. Edmund se detestaba y se sabía inferior a todos los demás. Las mujeres solo le recordaban lo que él ya sabía. Pero acallaría todas las voces femeninas de su interior cortando las cabezas de todas las mujeres que le gritaran. Edmund se levantó mareado y se dirigió al cuarto de sus abuelos. Recordó que allí escondía su abuelo una escopeta. No tenía nada en contra de su abuelo pero sabía que llegaría de un momento a otro y tendría problemas. Se sentó en el salón y escuchó la camioneta llegar. Nada más entrar su abuelo le pegó un tiro en la cabeza. Después levantó el teléfono y dijo: – Mamá, he matado a los abuelos. ¿Qué hago?

8 de mayo de 1.968; Hospital Estatal de Atascadero.

Edmund llevaba más de cuatro años internado en ese hospital siquiátrico. Pero había averiguado la forma de salir de allí. Se había hecho muy amigo del sicólogo y lo había convencido para que le dejará ver las pruebas de test que habían pasado otros internos a los que ya habían dado el alta. Edmund era muy listo y logró memorizar todas las respuestas. Cuando el doctor le pasó el test logró impresionarle y consiguió que le dejarán salir.

Una vez libre se fue a vivir con su madre a Santa Cruz en California. Pero aquello no resultó y duró poco. Entonces consiguió trabajo en el Departamento californiano de transporte.

26 de mayo de 1.973; En algún kilómetro de la autopista estatal.

Edmund estaba muy enfado porque venía de discutir con su madre. Otra vez le había insultado, humillado y gritado. Y ahora tenía todas esas voces de mujeres gritándole en su cabeza. Tenía que acallarlas de la única forma que sabía hacerlo. A lo lejos divisó un par de estudiantes haciendo autostop. Paró el coche en el arcén y les dijo: – ¿Adónde vais chicas? ­–Una de ellas se inclinó a la ventana del coche y le dijo: ¿Nos puedes dejar a la entrada del pueblo? –Edmund abrió la puerta y las chicas entraron.

Pero Edmund no se dirigió al pueblo. Se desvió hacia una salida que se dirigía al bosque. Cuando las chicas se dieron cuenta empezaron a gritar y entonces Edmund paró el coche, se dio la vuelta y las golpeo hasta que se quedaron medio inconscientes. Edmund media dos metros y diez centímetros y pesaba ciento treinta y seis quilos. Siguió conduciendo hasta que llegó a un lugar aislado y allí las acuchilló. Después se dirigió a su apartamento.

Edmund colocó a una de las chicas sobre la mesa de la cocina y a la otra sobre la mesa del salón. Les cortó la cabeza, las penetró y eyaculó; las descuartizó y se comió el hígado de la chica de la cocina y los riñones de las del salón. Metió los restos en bolsas de plástico y los metió en la nevera. Puso música y se dio una ducha. Se afeitó y se dirigió a casa de su madre. Cuando entró en casa de su madre estaba dormida en el sofá del salón. Le golpeó en la cabeza con un martillo hasta dejarla machacada. Después la llevó a la cocina y repitió el ritual: La decapitó y practicó la necrofilia con su madre. Pensó que sería buena idea sacarle las cuerdas vocales y triturarlas en la batidora. Por fin nunca más le gritaría. Se pegó otra ducha y se fue a dormir. Cuando se metió en la cama no podía dormir. Los gritos de mujeres no habían desaparecido. Había acallado a su madre para siempre y creía que ya jamás escucharía esos gritos de mujer en su cabeza. Pero se equivocó. Los gritos eran suyos. Eran su desprecio por el mismo. Se odiaba así mismo y comprendió que aun matando a todas las mujeres del mundo jamás pararían de sonar en su cerebro. Edmund comprendió que cada vez que había matado a una mujer en realidad quería matarse a él mismo. Ya no se soportaba más. Se levantó y se fue al jardín. Levanto una gran roca que había junto al porche y la elevó hasta unas estanterías donde había macetas. Se tumbó debajo asegurándose de colocar su cabeza al final de la trayectoria que cogería la roca al caer, y le pegó una patada a las patas del mueble. Ya nunca más escucharía esos gritos de su madre en su cabeza. Los gritos de la desesperación pararían para siempre. El odio era él. En el último instante sin cabeza comprendió. Silencio.

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