Pesadilla

Nota de la autora: lee este post con la luz apagada y con las ventanas cerradas. ¡Que te diviertas! 

Había vuelto a tener la misma pesadilla de las últimas cuatro noches. En ella nunca podía moverme; me congelaba en el tiempo como una princesa melancólica, rota como una rama cansada, atrincherada en una tumba de recuerdos dolorosos.
Bañada en sudor y con los latidos palpitándome en las sienes, desperté súbitamente, como las cuatro noches anteriores. Alargué la mano derecha para encender la luz de la mesita de noche, pero no sucedió nada. Nada. No podía moverme. Me había quedado sepultada bajo lo que parecía una sábana de piedras. Las muñecas y los tobillos me quemaban.
– Mamá…
Los susurros que pude pronunciar nunca despertarían a mi madre. La visión de todas las horas que todavía tenía por delante me arrancó jadeos, espasmos, lágrimas que regaron mi almohada.
-¿Por qué no puedo moverme? ¿Qué me pasa? -sollocé, sin que nadie pudiera oírme.
– Duele, ¿verdad? Dime cuánto te duele.

Me sobresalté ante aquella voz ronca y lejana. Y fue entonces cuando pasó.
La vi por el rabillo del ojo, sentada en la silla donde siempre dejo la ropa doblada.

A pesar de que la había llamado desgañitándome con gritos silenciosos, mi madre ya estaba allí, conmigo.

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