La flor de Suecia

«A la memoria de Manuela. R, asesinada en Galway el 9 de Octubre de 2007»

A veces se vive y a veces, a veces solo se muere.

Flotaba como un lirio. Sobre el agua. Con los ojos abiertos de par en par y la piel cubierta de verdín. Nunca podría contar nada, pero el terror quedó imprimado en sus ojos, transparentes de muerte. Ellos contarían su historia. La del collar violáceo que adornaba, ahora, su cuello.

Lili estaba de vacaciones. Pasó dos días sin parar de sonreír. Con los labios y con la mirada, la de niña aprendiendo a ser mujer. Porque tenía edad de ser ligera, esa en la que la madurez aún no se había instalado sobre sus hombros. Todo un verano en el extranjero. Para aprender idiomas, sí, y para vivir aventuras. Quizás, incluso, para enamorarse. Puede que lo viera una o dos veces antes. Perdido entre el gentío. Puede que fueran más, pero no se percató. Siguió con su alegre correteo bajo la lluvia veraniega. Cada esquina representaba un horizonte nuevo. Cada bocanada una nueva versión de libertad. El brillo del momento le impedía ver que la acompañaba una sombra.

En el café, uno de sus compañeros metía bolitas de papel en su bolso. Ella le estuvo regañando hasta que tropezó con aquellos ojos. Fijos sobre ella. Pertenecían al hombre que no pestañeaba, que no se movía. Por un momento pensó que no era humano, casi parecía no respirar. Intentó concentrarse de nuevo en el chocolate caliente y en las palabras cargadas de ilusiones. Pero podía sentir el peso de su presencia sobre ella, que fue arrugando su estómago hasta que la bebida se le cortó dentro.

Lili no durmió esa noche. Intentaba recomponer su cara. Su fisionomía. Pero no podía recordarla. Sólo era una mirada inexpresiva y asfixiante. Soñó que su propio rostro se descomponía en su mente. Que no podía encontrarse las facciones. Que se borraba y se deshacía. Hasta que la luz se asomó al cristal, y pudo escapar de las sábanas.

Dos días después ya no recordaba aquello. Cómo podría alguien que nunca había conocido el peligro mantenerse alerta. Cómo podría nadie haberlo supuesto. En ese lugar, donde nunca ocurría nada malo. A ella, que apenas acababa de llegar.

La tercera tarde, les llevaron a visitar el puerto. El paseo marítimo iluminado por el alumbrado público. Le parecía estar en otro siglo, en otro mundo. Pequeñas olas rompían contra los pilares del puente, que unía la ciudad con una pequeña porción aislada de tierra. Allí el río y el mar se ataban entre sí. “Voy a fotografiar el faro”. Fue lo último que nadie le escuchó decir. Una sacudida. La sintió nada más dar un paso en dirección a la orilla contraria. Pero la ignoró. Ignoró que le ardía la nuca de sentir sus ojos sobre ella.

Nadie la echó en falta durante demasiado tiempo. Los minutos suficientes para extinguirse en el pánico. Corrió. Tropezó varias veces y se desgarró las rodillas contra la tierra. No podía ver por las lágrimas. El puente era una mancha difusa que parecía imposible volver a alcanzar. Su única esperanza, una mancha en el horizonte. Nadie la escuchó gritar. El viento y las olas taparon su voz, su llanto. El viento. Que aullaba con ella. Lili no sentía la garganta seca ni las heridas de las palmas de las manos, de caer una y otra vez. Sólo escuchaba los jadeos del monstruo, y apretaba fuerte los ojos. No sentía el frío en su cuerpo desnudo ni la lluvia fina. Solo el líquido templado y viscoso que bajaba por sus muslos.

A los monstruos les gustan las flores. Les gusta cortarlas y verlas marchitarse; para, después, arrojarlas sin vida al agua.

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