Cómo fue la Lectura Terrorífica en Casa Tomada

Hola chicos!

Tenemos que deciros que ayer lo pasamos en grande, y en pequeño también. La lectura en Casa Tomada fue muuuy bien. Vinieron bastantes curiosos y amigos, y a todos queremos daros gracias!

chica slorrie moore

 

Como estaba en nuestro programa, leímos varios relatos, a saber Esperanza Fernández leyó Mi sombra, Lidia Rodriguez Oscuridad y Adriana Tejada Desde las alturas y El borrón de tinta. Pero como no podíamos no darles voz a algunos de nuestros relatos favoritos, las chicas de Lorrie Moore decidieron leer otras historias tan terroríficas como las suyas. De tal manera que, Dolor de uñas de Afry Curiel, La flor de Suecia de Macarena Miranda, o La Bestia de Gloria Martínez, también pudieron ser compartidos con los asistentes.

Tuvimos la suerte de contar con un valiente, Íñigo, que nos leyó una carta romántica de terror, una carta gótica, que había escrito hace unos cuantos años y que decía que no había modificado desde entonces. ¡Y menos mal! Nos encantó.

Pero, como ya os anunciamos anoche en nuestras redes sociales, quedaba una sorpresa… Y es un relato. Un relato de terror que hicimos entre todos los asistentes y que ha resultado ser suuper chulo. Se llama El cadáver exquisito y lo podéis leer justo a continuación:

***

El Cadáver exquisito

Me levanté por la noche para ir al servicio. Me miré en el espejo y no me vi, pero como estaba bastante dormida no le hice mucho caso, y me fui a dormir otra vez. Cuando llegué a mi habitación vi que había algo en la cama. Era yo. Mi cuerpo estaba en mi cama. Estaba mi cuerpo dormido, quieto, tumbado en posición fetal. Pensé que podría ser mi hermana. Volví al baño, me miré de nuevo en el espejo y seguía sin verme. No sabía qué hacer, así que intenté tocarlo, tocarme. Me puse en la misma postura, y entonces me desperté otra vez. Fue un sueño dentro de un sueño. Volví a levantarme y fui al baño, y pude verme en el espejo. Cuando volví a mi dormitorio ya no había nadie en mi cama.

De repente volví a despertarme. Escucho algo bajo la cama, como si estuvieran rasgando el suelo debajo de mí. Miro y veo unas manos, que se parecen a las mías.

Miro arriba, y la luz sigue encendida. De repente empieza a parpadear. Tilila la bombilla y se escucha ese sonido, ese bamboleo, lento, y se apaga por completo. La oscuridad inunda la habitación, dejo de verme. No sé dónde están mis manos. No sé dónde está mi cuerpo. Tardo unos segundos en recuperar mi conciencia, me ubico. Sigo oyendo unos arañazos, que vienen del exterior de la puerta. Me alejo sigilosamente, despacio. Cuidándome mucho de no hacer ruido. Me asusta y probablemente lo que hay detrás también se asuste de mí. Agarro el pomo con la mano, lentamente y para no producir chirrido abro la puerta lo suficiente para echar un ojo. Asomo la cabeza y veo a una figura pálida, con mucho pelo blanco, desnuda, parece una mujer, arañando el mueble de la entrada, aunque lleva un cuchillo en la mano. Me asusto y me paralizo. Pero cierro la puerta en silencio. Me oculto bajo la sábana. Sé que no me va a proteger, pero me engaña para hacerlo.

De repente, la puerta empieza a sonar.

– Toc, toc, toc.

Me agacho, me recubro más con la manta. Empieza a abrirse el pomo y la señora del pelo blanco entra en la habitación. Se la escucha husmear. De repente se vuelve todo blanco, se ha encendido la luz. Está delante de mí, con el cuchillo en la mano, amenazándome.

Le pregunto qué hace allí, quién es. Y ella solamente me pregunta una cosa…

– ¿A que no puedes dormir?

Me quedo fría, temblorosa, muerta de miedo. Y cuando abro los ojos no está. Ha debido ser un sueño, mejor. Entonces pienso si puede ser mi madre. No me da miedo entonces, sonrío. Ella viene a visitarme. Voy a estar con ella un rato.

Permanezco con ella un rato. Hablamos de muchas cosas, de nuestras cosas. De cuando leíamos en nuestro balcón, de los paseos por el campo. Como en un acto reflejo, acaricio al perro, que de repente está allí. Pero el perro está extraño. Su color no es del todo negro. Parece que se derrite. Echo a correr y abro la puerta. Bajo las escaleras, salgo a la calle y corro. Corro y corro. Mis pies golpean el suelo y escucho la sangre agolpándose en mis oídos, como si fuera mi propio pulso.

  • Pum, pum, pum.

Paro. Esto es el campo, mi campo. No sé por qué pero he llegado aquí. Hay una cueva, no la conozco. Me escondo en ella. Me entierro, estoy debajo de tierra. Me agacho y duermo.

Vuelvo a despertarme y estoy en mi dormitorio. Recuerdo que, dos días antes, había estado en el cementerio por el día de los difuntos. Había llevado flores a mi madre, a mi abuela, a mi tío, a mi tía, a mi padre, a mi hermano, a todos; estaba sola. Y de repente veo a mis perros. Eran tres pero veo cinco. Siempre he tenido mis cinco perros en mi mente, y a mi abuela, y a mi madre. Mi madre con su cabello blanco que, de pequeña, me daban miedo. Pero al recordarlo, en el fondo de mi corazón, me dan confianza. Cuando recuerdo cómo soñaba con la cueva, vinieron a mi mente momentos de mi infancia, como los portales de Belén que hacia con mi abuela. Siempre íbamos a la sierra y cogíamos pequeños corchos para hacerlo, y musgo. Ese musgo tan característicos que olía a humedad. Y, de repente, ese olor me recuerda a mi abuela, a la que tanto añoro. Cómo me gustaría volver a soñar con ella, estoy deseando volver a dormir. No entiendo por qué me daba miedo, por qué había aparecido con un cuchillo. Quizás quiera advertirme de algo, que me ocurriera o que yo vaya a hacer. Tal vez sea porque yo vaya a trabar de carnicera, o para que vaya a ver una película de miedo. No sé pero estoy deseando volver a dormir para volver a verla.

Me encuentro confundido. No sé si esa señora reaparecerá entre mis sueños. Ahora vuelvo a tener miedo, me ha desconcertado demasiado y no estoy acostumbrada. Aquello parece un relato, un relato de Murakami, con su mundo paralelo de su gran novela 1Q84. Cuelga una luna, una luna verde del cielo, una luna que tanto confunde. Nos hace preguntarnos si vivimos en un mundo real o un mundo de fantasía. Un mundo que nos confunde, que nos hace preguntarnos la validez de las cosas, la importancia de los valores de la vida, las motivaciones que nos hacen levantarnos cada día. Espero que no se presente de nuevo esta mujer en mi noche de vigilia.

Cierro el libro de Murakami que había estado repasando para poder calmar mis nervios. Lo dejo en la mesita de noche y me vuelvo a tumbar en la cama. Me vuelvo a tapar con las sábanas hasta las orejas en un intento de sentirme más segura. Intentaré dormir cuanto antes. En ese momento, en el que no es fácil reconocer si estoy dormida o despierta, escucho en el baño la taza del váter golpear la cisterna, como si alguien se hubiera sentado en ella, pero el sonido se repite con un golpe rítmico hasta que cesa. Las losas del suelo crujen como si alguien las pisara, y me incorporo levemente. La puerta está abierta, y se ve el pasillo. Veo de frente la puerta del baño. Una sombra alta está frente a la puerta, y antes de que pueda reaccionar se dirige rápidamente hacia el salón.

Noto un latigazo como si volviera de nuevo a desperar. Me levanto de nuevo y veo que toda la casa está en calma, es de día. No parece que haya habido todo lo que ha sucedido esta noche. Todo me dirige ahí. La sombra no está en ninguna parte, la señora de blanco tampoco. Mis familiares tampoco, ni siquiera mi perro. Sin embargo, noto como si algo, una fuerza gravitacional que me tira al suelo. Y de repente, salto, y me encuentro en el techo. Cuando miro hacia abajo puedo ver cómo el rostro de algunos amigos míos me miran preocupados desde arriba, estoy en el suelo. Hablo en un idioma extraño. A mi lado, un cura alza la mano y empieza a gritar. ¿Qué demonios hace un cura en mi casa, si nunca he pisado una iglesia? Todos mis amigos empiezan a gritar y yo me elevo del suelo. Doy vueltas, y vueltas y vueltas y siguen gritando. En ese momento me doy cuenta de que, en la habitación no sólo estamos mis amigos y yo, la señora de blanco me está mirando. Y la sombra. Y al fondo un señor vestido de oscuro se ríe, con una risa maliciosa con un sombrero. Da pavor sólo mirarle. Me mira y dice

 – Ahora tú sigues siendo mía. Hasta que yo diga que paro de estar en ti.

De repente, la atmósfera se ha vuelto muy pesada. No sé qué es realidad y qué sueño. No sé cuántas veces me he despertado y me he vuelto a dormir. No sé quiénes están conmigo. Veo cosas, veo personas, veo a la señora de blanco, pero ya no sé si son mi familia, mis amigos, o personas que no conozco. Dejo de gritar y empiezo a calmarme. Pero, re repente, las sombras empiezan a gritar, ahora les toca a ellas

– Esto no es vida.

– Estamos en un infierno.

– Somos unos monstruos.

Gritan todos a la vez, y ya no sé quién dice qué. No distingo quiénes hablan. De repente escucho una voz diferente:

– Tú nos puedes salvar. Tú eres la que nos puede desterrar de este mundo en el que nos encontramos. No estamos vivos, no estamos muertos, esto no es vida. Lo que puedes hacer para evitar que sigamos siendo monstruos es olvidarnos. Olvídanos como si nunca hubiéramos existido.

Entonces yo pienso. Y pienso que, si toda mi familia está muerta y lo único que me quedan son los recuerdos, ¿voy a ser yo tan monstruo de olvidarlos? ¿quedarme yo sola y dejarlos caer en el olvido?

Entonces abro los ojos otra vez. Tengo setenta años. Me llamo Gabriella Santos. El 7 de junio de 1984 era mi boda, pero hubo un terremoto en el lugar en el que lo celebrábamos. Mi madre, mi padre, mi novio, mi hermano, mi hermana, mi otro hermano, y como era mi casa, mis cinco perros, murieron en el terremoto. Yo estaba sola en el mundo y me quedé sepultada bajo tierra. Conseguí salir, y ahora vivo aquí. Pero sola. Cada vez que alguien viene a esta casa la soledad me pesa tanto que lo echo.

Por las noches me vigilan sus fantasmas. A veces son buenos, a veces son malos, a veces la mala soy yo. Yo elegí el lugar en el que lo celebramos, yo escuché todos los estudios que decían que era peligroso, que ese día no, pero es que a mí me gustaba. Todo me dio igual, y por eso están encadenados a mí. Por eso a veces me levanto por las noches y me creo que soy otra persona. Que hay alguien acostado, que hay alguien en el baño, que hay un perro que se derrite, o que yo misma, desnuda, con la melena blanca por el culo, rasgo la pared.

Y a veces, por la noche, me doy cuenta de quién soy, y me despierto y lloro durante horas por lo sola que estoy. Pero otras veces, otras solo paso miedo porque me cuesta diferenciar lo que es verdad, lo que es mentira y lo que es, sólo un sueño.

***

¿Qué? ¿da miedo, eh? A nosotros también. Os dejamos que os tapéis y os despertéis y volváis a dormir.

Muchas gracias a Casa Tomada por todo, esperamos volver a colaborar pronto.

Hasta el próximo evento!

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2 comentarios en “Cómo fue la Lectura Terrorífica en Casa Tomada

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