El estudiante de Salamanca

Era más de media noche,

antiguas historias cuentan,

cuando en sueño y en silencio

lóbrego envuelta la tierra

los vivos parecen muertos,

los muertos la tumba dejan.

Era la hora en que acaso

temerosas voces suenan

informes, en que se escuchan

tácitas pisadas huecas,

y pavorosas fantasmas

entre las densas nieblas

vagan, y aúllan los perros

amedrentados al verlas;

En que tal vez la campana

de alguna arruinada iglesia

da misteriosos sonidos

de maldición y anatema

que los sábados convoca

a las brujas a su fiesta.

El estudiante de Salamanca, José de Espronceda

Esta noche, la ciudad de Salamanca se encuentra más oscura, más tétrica. Los ancianos recomiendan a sus nietos que no salgan de sus casas. El recuerdo de una época pasada aterroriza a los habitantes de esta ciudad normalmente tan viva y joven. Pero en noches tan oscuras como esta, a los más sabios les asalta la imagen de Félix de Montemar, aquel emblemático estudiante que murió sucumbido por la oscuridad tras vivir la experiencia más terrorífica que un ser humano puede sentir en vida.

También es hoy una noche tenebrosa en Sevilla, ciudad conectada misteriosamente con Salamanca por una calle. Una calle oculta que pocos han podido encontrar, una calle en la que se puede entrar pero en la que no se puede salir. La calle del Ataúd une las dos ciudades por el camino de la muerte, un sendero que carece de otra salida y que, dicen, acaba primero con la mente de aquellos que entran hasta que mueren víctimas de su propia locura.

Cuenta una leyenda que ha corrido de generación en generación, que don Félix de Montemar fue un estudiante que se enamoró perdidamente de una bella muchacha llamada Elvira. La joven cayó rendida a sus pies, creyendo que vivirían felices y unidos el resto de sus días, pero él, viéndola cegada por el amor, la abandonó de manera cruel y le rompió el corazón. A Elvira le dolió tanto aquella traición que perdió la cabeza, incapaz de aceptar que Félix la hubiera abandonado  y acabó muriendo por la pena que le causaba descubrirse sola, pero antes de desfallecer, en su último momento de cordura dejó una carta escrita a su hermano para que él se vengase por todos los males que había cometido.

Diego se llamaba el hermano y aquella noche tan oscura, que parecía que Dios había abandonado a los hombres, fue a su encuentro. Desenvainó su espada y lo amenazó. El duelo fue muy intenso y acabó con un cadáver y un vencedor. Félix salió triunfante del combate y, dejando a su adversario muerto en el suelo, fue a pasear por la ciudad, bajo aquel cielo sombrío. No tenía miedo a nada y nada le importaba más que él mismo. Ni siquiera temía a la muerte porque no creía en ella. Cualquiera que hubiera paseado por esas calles se habría dado cuenta del peligro que corría estando mucho tiempo por ahí, pero aquel ser cínico despreciaba el peligro como había despreciado a la pobre Elvira y a su hermano Diego después de matarlo.

Entonces llegó a la Calle del Ataúd y vio algo misterioso, como una sombra, pero le atrajo a ella su forma femenina. Se acercó a ella. Vio que era una mujer extraña, tenía el rostro tapado. Félix pensó que sería una monja, pero algo en ella lo atraía irremediablemente y se acercó más. Le habló. Nadie respondió. La chica empezó a andar, a moverse calle arriba, como un fantasma. Félix no podía dejarla escapar, la siguió, intentaba darle conversación pero no llegó a saber cómo era su voz. Ella seguía andando y él persiguiéndola intrigado, obligado por una fuerza superior a él que no le dejaba más alternativa, que no le permitía dar la vuelta. Ya no sabía dónde se encontraba, él que se había recorrido esas calles de noche tantas otras veces, ahora estaba perdido, ni siquiera le sonaba lo que veía a su alrededor. Por momentos, Félix se sentía muy lejos de Salamanca y por momentos volvía. Conforme ella iba avanzando, él estaba más aterrorizado. Le dolía la cabeza y se sentía perdido. ¿Dónde estaba? Cómo volvería a casa? Cuando escuchó el tañido de las campanas y, buscándolas con la mirada, descubrió que la torre campanario no era la de la catedral, sino la Giralda, se derrumbó por un momento, pero pronto desapareció esa imagen de su mente. ¿Qué le estaba pasando? No sabía qué hacer, es más, no sabía lo que hacía y tampoco podía hacer nada para evitarlo. En un primer momento, Félix, ante el suceso paranormal inevitable, simplemente se dejó llevar, esa iba a ser una experiencia más en su haber, pero, con el tiempo, la sensación de miedo iba pasando a terror, pero siempre un terror disimulado que, poco después se transformaría en un pánico imposible de disimular  al conocer el lugar al que se dirigían…

Ya estaban fuera de la ciudad y los ojos de Félix no podían separarse de la puerta del cementerio que había justo delante de ellos y cada vez más cerca. Un cementerio, ahí se dirigía la dama. Pero, ¿para qué?, ¿qué iba a hacer ella en un sitio así, y más a esas horas de la noche?

Las puertas estaban abiertas, y eso aún extrañó más al pobre Félix, que no sabía que ese lugar iba a ser lo último que vería en vida. Poco quedaba de aquel Félix chulo y valiente que era hacía unas pocas horas, el Félix de los combates, el Félix conquistador y amante desenfrenado cuya fama era conocida en toda la ciudad. Entraron los dos a aquel tétrico lugar y Félix vio que ahí dentro había gente, todos ellos conocidos suyos y todos llorando la muerte de un ser querido. Aquella misteriosa mujer le había llevado hasta un entierro. Él, en ese momento ya no podía disimular el desconcierto ni el auténtico pavor que se reflejaba en su propia cara al ver aquello. Pero nadie lo vio. Ninguno parecía haberse dado cuenta de que estaba allí. Se sentía verdaderamente sólo en aquel lugar lleno de gente. Su cabeza se quedó en blanco, su memoria se nubló y sólo pensaba en una cosa: quién había muerto. Se acercó al féretro temeroso pero seguro pensando encontrar a cualquier anciano de la ciudad o incluso al mismo Diego, al que acababa de matar al que ya estaban dando sepultura. Pero no.

Tan increíble fue su cara que cualquiera que la hubiera visto se habría asustado verdaderamente o incluso traumatizado. Al ver quién ocupaba el ataúd que estaba a punto de ser enterrado perdió parte del sentido, el cerebro dejó de funcionarle por un momento. Comenzó a pensar que estaba loco, que era un sueño, incluso una broma pesada. Pero nada tenía sentido y, simplemente, se quedó en blanco, perdió la sensibilidad de su cuerpo e incluso la movilidad de sus partes. No podía creerse lo que veía pero no podía dejar de mirar. Se estaba viendo a si mismo, era su cadáver, era su ataúd y, era su funeral.

Entonces se fijó en cada uno de los que había en el entierro. ¡Claro que a todos conocía! Estaba su familia, sus amigos… todos llorosos. Callados mirando el acto solemne. Todo siguió su curso normal, como si no vieran que realmente estaba vivo y delante de ellos. Pero eso creía él, aunque ya no estaba vivo. Concluyó el funeral y Félix no podía mantenerse en pie. Lloraba, no entendía nada y se sentía destrozado, muy débil.

La misteriosa mujer siguió su camino y él no podía hacer más que seguirla penosamente. Pero, lejos de salir  del cementerio, por mucho que Félix se lo rogara, se adentró más en este y entró en la capilla.

Totalmente oscura, lúgubre y tenebrosa estaba, sólo había una vela encendida, pero fue suficiente para que vislumbrara unos leves movimientos nada más entrar. Alguien había ahí dentro, aunque no pudo ver quién. Pero de pronto, algo se les abalanzó. Eran dos esqueletos. Los rodearon. Félix, que trató de levantarse con mucho esfuerzo, no era plenamente consciente de lo fantástico de la escena, ya casi había perdido el juicio. Ella, sin embargo,  parecía estar a gusto con ellos. Los huesudos personajes parecían felices y no paraban de gritar y bailar. El alma de Félix se estaba apagando y su cuerpo yacía bajo tierra. Los esqueletos chillaban con voces de ultratumba, decían que eran marido y mujer. ¿Quién era el que le estaba castigando? ¿Era todo por el ser miserable en que se había convertido? Y entonces, su peor pesadilla aconteció para dar a todas sus preguntas la más trágica de las respuestas. La mujer se descubrió la cara y él, aún conmocionado, pudo reconocerla: era Elvira. Lo único que no le hizo desmayarse al instante fue su propia lucha interior contra la muerte, pero su fin era inevitable. No había nada por lo que luchar, ya estaba muerto. Era su sino. Cayó y su alma desapareció en las tinieblas tras ver su propio funeral y presenciar al mismísimo diablo que había ido a por él con la forma de la mujer a la que tanto amó y de la que luego se olvidó.

Y si, lector, dijerdes ser comento,

como me lo contaron, te lo cuento.

4 comentarios en “El estudiante de Salamanca

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