Dolor de uñas

A Sook Yun le dolían las uñas. A sus treinta y tres años, se sentía vieja. Del mismo modo que se había sentido vieja a los veintidós, cuando se descubrió celulitis en los muslos, o a los veintiséis, con aquella maldita cana. El continuado uso de zapatos de tacón alto le había pasado factura a los dedos de sus pies, provocándole un dolor agudo e insoportable bajo las uñas. Por culpa de eso, su primera noche en Bangkok había acabado antes de lo que esperaba.

Yoon y Ha-Neul habían pasado de sus súplicas de volverse al hotel, en aquellos momentos debían de estar restregándose con algún tailandés bronceado. Había sido así desde que habían bajado del avión. Ahora Sook Yun volvía sola al hotel, con los sencillos zapatos de cuña beige en una mano y el bolsito colgando de la otra.

Aún a aquellas horas de la madrugada, los puestos de comida rápida emanaban nubes de olores picantes y dulces, aprovechando el hambre enajenada de la treintena de viandantes que deambulaba por allí. La avenida peatonal estaba techada con hileras de farolillos de papel rojo. Pero, tras quién sabe cuántas noches de borrachos y vándalos, la mayoría colgaban, rotos y desgarrados, o se esparcían por la calzada. Sólo unas pocas bombillitas seguían brillando tras el papel, proyectando escasos retazos de luz carmesí.

Una persona llamó la atención de Sook Yun. Caminaba en su mismo sentido, unos metros por delante de ella. Se tambaleaba de un lado a otro, arrastrando las piernas. Sus brazos colgaban a sus costados, y su cabeza se meneaba de un lado a otro. En un principio, le resultó cómico y penoso. Un pobre borracho solitario deambulando por una zona de marcha no era nada inusual.

Sin embargo, cuando se fijó un poco más en él, la asaltó una sensación de desasosiego. Movía las rodillas en un ángulo extraño. Tenía los dedos de las manos crispados en forma de garras. Su pelo negro, lacio y mustio, estaba enmarañado sobre sus hombros caídos. La camisa oscura y los pantalones de traje no parecían propios de una persona tan mal alimentada como delataban los bultos huesudos bajo la tela.

Sook Yun apartó la mirada del triste espectáculo, incómoda. Se miró los pies e hizo una mueca de dolor. Para olvidarse de las punzadas bajo sus uñas, buscó distracción en la gente que caminaba por la calle a aquellas horas. Una pareja caminaba hacia ella, abrazados y sonrientes, andando con zancadas animadas. Otro par de amigos compartían una botella de licor entre gritos y carcajadas. Unos cuantos hacían cola frente a los puestos de brochetas de pollo especiado y tallarines al curry. Observó que quien más y quien menos lanzaba miradas curiosas y desaprobadoras a un hombre borracho que se apoyaba en la pared de un edificio para no caer al suelo. Y, sin embargo…

Un escalofrío recorrió la espalda de Sook Yun. Todos habían dirigido una mirada al borracho de la pared, pero a nadie parecía importarle el que caminaba a trompicones por delante de ella. No… Ni un comentario despectivo, ni una risita morbosa, ni una desviación esquiva. Un grupo de amigos pasó a escasos centímetros del hombre sin dirigirle la más mínima mirada de soslayo. Y no como si no quisieran mirarle… No, más bien como si no se hubiesen percatado de su presencia… Como si aquél hombre no estuviese allí…

Aquella extraña persona paró en seco. Sook Yun aminoró el paso y luego se detuvo, paralizada. Podía sentir cómo la sangre se agolpaba en sus muñecas y martilleaba cinceles bajo las cuidadas uñas de sus pies. La gente seguía su curso a su alrededor. Alguno la miró como si estuviese un poco desequilibrada, allí parada, mirando a un punto fijo con los ojos muy abiertos. Pero ni una sola persona miró al hombre mientras levantaba un brazo y señalaba con un dedo huesudo una bocacalle, la misma por la que Sook Yun pensaba pasar de vuelta a su hotel.

Un temor profundo reverberó tras sus costillas y envió violentos temblores a todo su cuerpo. Dio un paso torpe hacia atrás. Giró sobre sus talones, muy despacio. Luego dio un paso en la dirección contraria, trastabilló, y echó a correr lo más rápido que fue capaz.

Sunan se echó atrás en la silla de su cubículo y resopló. Se había pasado el día hablando con la policía y buscando detalles de testigos directos para escribir su artículo. Algunos lo exageraban más, otros menos, pero todos parecían coincidir en que la turista surcoreana había aparecido entre el gentío de una concurrida calle del distrito financiero de Bangkok, con los pies descalzos en carne viva, un vestido de fiesta sudado, el pelo alborotado y sucio y una amalgama de rimel y lágrimas corriendo por sus mejillas. Sin resuello y aparentemente agotada. Cuando unas personas intentaron deternerla y ayudarla, ella había empezado a chillar y a intentar zafarse, sin fuerzas, de aquellas pobres buenas personas. Y, entonces, la chica había mirado atrás, con ojos desorbitados de puro terror y había sufrido un colapso nervioso. Para cuando llegó la ambulancia, ya había fallecido de un fallo multiorgánico, dijeron los forenses, por el cansancio extremo. La autopsia desveló restos de un cóctel de éxtasis y mescalina, probablemente ingerido con alcohol, y se argumentó un episodio severo de psicosis. Sunan se preguntó si una alucinación podría realmente perseguirte durante treinta y séis horas sin que las toxinas fuesen depuradas de tu cuerpo.

De cualquier forma, la chica habría caminado durante tanto tiempo que se le habían caído las uñas de los pies.

 

África Curiel Gálvez

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