El fin de la crisis

«Buenos días.

El otro día comprendí que es verdad lo que dicen: ha llegado el fin de la crisis. Y lo pude ver con mis propios ojos, mientras paseaba con mi mujer por el barrio. En el portal de un supermercado había un mendigo, algo habitual, desgraciadamente a nadie le sorprende. Sin embargo, le vimos feliz y Marta se acercó a darle algo de lo que habíamos comprado, una pieza de fruta. Una manzana o algo así. No lo recuerdo bien, la verdad, pero no es importante para lo que quiero contar. El caso es que Marta se fue a la droguería que hay enfrente y me dejó a mí con el peso de las bolsas, para que las llevara a casa. Cuando regresé, traté de saludar de nuevo a Emilio, que así nos había dicho que se llamaba el mendigo, pero él no me vio, así que me acerqué. Ya que le habíamos dado algo, al menos, esperaba que me lo reconociera con un simple saludo, que no le habíamos pedido nada a cambio.

―¡Hola, Gonzalo! ―me dijo―. Un momento, amigo, un momento.

Entonces vi cómo se le acercaban tres hombres más que, por sus pintas, bien podían ser indigentes también. Lo deduje por sus prendas sucias y algo gastadas. Por un momento, me asusté, pensé que iban a manifestarse o algo por el estilo. Entonces, ¿qué hacía yo entre ellos? ¿Qué pensarían de mí los que me vieran con esa gente? Reconozco que, si no salí de ahí, fue por miedo. No sabía cómo se lo iban a tomar ni si eran gente violenta. Mientras todo eso pasaba por mi cabeza, Emilio comenzó a comerse la manzana que le habíamos dado. ¡Mi manzana! Y a reírse. Emilio se había olvidado completamente de que yo estaba ahí, pero yo tardé demasiado en darme cuenta, demasiado tiempo haciendo el ridículo ante cuatro despojos de la sociedad, incapaces de ponerse a trabajar. Sí, suena fuerte lo que estoy diciendo, pero es que se ha acabado la crisis, ya no hay motivo para dormir en la calle y pedir dinero en iglesias y supermercados.

―¿Qué tal, chicos? Tenéis que pasaros por aquí más a menudo. Os dije que este era un buen sitio.

―Oye, Emilio ―dijo uno de los nuevos mendigos―, veo que no te va mal, me alegro, hombre.

―Hay que ver, hombre ―dijo otro, el que tenía peor pinta, sin apenas dientes en la boca y un cigarro en la mano―, hay que ver qué bien viven algunos.

El tercero no habló, solo me miró con cara de no saber por qué cojones estaba yo ahí plantado ante ellos, como un guardaespaldas. Capté sin problemas el mensaje, pero aún no me atrevía a moverme. El desdentado me imponía mucho respeto.

―Toma, Luis ―dijo Emilio―, toma un poco de esto y dame algún cigarrito de los tuyos.

¿Uva? ¿De verdad ha sacado un racimo de uva de su mochila? Entonces me estaba mintiendo a mí mismo, pero lo que sentía no era miedo, sino una curiosidad insana por saber cómo acababa aquella convención de pordioseros. Emilio me miró de pasada, pero no le preocupó demasiado su presencia y siguió repartiendo aquel racimo entre sus amigos, que saboreaban la comida con tal devoción que hicieron que me entrara hambre a mí también. Y entonces ocurrió.

―Si queréis ―nunca había visto los ojos de un mendigo brillar de la manera que estaban brillando los de Emilio mientras pronunciaba estas palabras―, podéis quedaros a comer.

Por supuesto, todos se sentaron con él y comenzó a sacar de su mochila comida de todo tipo. Yo pensaba. ¿Por qué los llamamos necesitados?

―Oye, tú ―me dijo uno―. ¿Te quieres sentar?

Evidentemente, me fui sin responder y me di cuenta de que mi mujer me esperaba en la entrada de la tienda atónita al contemplar a mis acompañantes. Pero no le dio tiempo a preguntarme: “el mendigo acaba de invitar a todos estos a comer”. Ella me pidió que no me dejara más veces en evidencia a mí mismo y partimos hacia casa, pasando de nuevo, por delante de ellos, que hablaban animadamente de la pobre señora con muletas que había regalado una bolsa de pan de molde a Emilio.

Esa noche no dormí bien. El resfriado tuvo mucho que ver, no esto, pero tuve tiempo para pensar en lo que había vivido esa mañana, en aquella inmersión aventurera y peligrosa en los bajos fondos de Madrid y llegué a la conclusión que antes anuncié: se acabó la crisis. A un mendigo le da para invitar a sus amigos a comer solo con lo que recibe de la caridad. Es por eso que le escribo a usted, señor presidente. Los datos están muy bien, pero la gente quiere pruebas que demuestren de verdad que hemos salido de la crisis. Esta es una convencerían ustedes a cualquiera que escuchara esta historia. Yo, desde entonces, lo tengo claro: es el fin de la crisis.

Atentamente

Gonzalo González».


―¿De verdad has enviado esto, papá?

―Claro que sí, Manu, ¿Por qué no iba a hacerlo?

―¿Y por qué no has contado nada de lo que nos dijo ayer el hombre este? ¡Si te empeñaste en que fuera contigo a hablar con él!

―La verdad es que no me resultó tan interesante lo que contó Emilio.

―Vaya, pues a mí sí que me lo pareció. Propuso muchas ideas curiosas. A lo mejor alguna tenía futuro.

―¿Pero qué dices, hijo? Eran todo pamplinas sin sentido en vez de responder a lo que le pedía. De todas formas, la carta ya está enviada.

―Ya está enviada, sí, no me lo recuerdes.

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