Un día no tan cotidiano en la vida de Crespín y Doroteo.

—Buenos días, Crespi —el viejo Doroteo se acercaba lentamente, dejando con su panza un surco en la arena—. Hoy has madrugado mucho.

—Estamos en la mejor época del año, Doro, no quiero perderme ni un rayo de sol —respondió Crespín, y se desperezó con gusto—. Ven, Doro, túmbate aquí conmigo.

—Eso iba a hacer —respondió Doro. Caminaba despacio y pesadamente.  Cuando llegó junto a Crespín, se quedó quieto un momento, un momento largo. Las tortugas siempre se tomaban su tiempo para todo, y Doro era muy tortuga. Finalmente cogió impulso y, con la maestría que le dieron las décadas, giró sobre sí mismo y se tumbó sobre su caparazón limpiamente.

—¡Guau! Que buena tumbada esa, Doro —Crespín, recostado también con la panza arriba, agitó las aletas como si quisiera aplaudir—. Yo he tenido que retorcerme un rato por la arena ¿sabes?, hasta que una ola me ha empujado y ya lo he conseguido —Crespín estiró el cuello hacia las nubes con una sonrisa de placer—. Cuesta mucho a veces, pero merece la pena.

—Eres joven y pequeño —Doroteo estiró sus extremidades y su cabeza con un gemido, y cuando ya no podía más, las dejo caer, flácidas—. Ya cogerás la técnica.

Era un día despejado, tanto en el cielo como en la playa. El sol apenas acababa de asomar, pero ya ardía, las gaviotas graznaban y el mar se mecía suavemente. En este entorno, Doroteo Caparazónduro y Crespín Cuellicorto dormitaban despreocupadamente en la arena pálida sobre sus caparazones, con la panza bien hacia arriba, la cabeza echada para atrás, los ojos cerrados y la boca abierta;  igual que hacían todos los días.

—Hey, Doro ¿No es emocionante nuestra vida? —reflexionó Crespín al cabo de un rato. Levantó la cabeza y miró a Doroteo,  sonriente—. Nos despertamos,  nadamos un poco, paseamos por la playa, comemos lo que pillemos, y nos tumbamos aquí a pasar el día.  No quiero que esto se termine nunca, Doro  —y volvió a dejar caer la cabeza sin esperar la respuesta de Doroteo, que prefería ignorar a su charlatán compañero de siesta y centrarse en estar muy quieto y hacer muy poco.

El tiempo pasaba lentamente, pero tampoco había ninguna prisa.

—Oye, Doro —Crespín irguió la cabeza de nuevo. Pero Doro seguía inmóvil—. Eh, Doro.

Doro se puso a silbar, imitando el sonido que hacen las tortugas al roncar.

—Doroteo —repitió Crespín, sin modificar su voz ni su expresión, mirando a su compañero fijamente—. Oye, Doroteo. Doro, Doro, Doro. Oye, Doroteo. Doro, Doro…

Doroteo tenía ya los párpados apretados a punto de estallar mientras intentaba no oír la horrible letanía de su nombre. Por un momento pensó en esconderse dentro de su caparazón, pero se lo pensó dos veces. No estaba dispuesto a renunciar tan fácilmente a los rayos de sol.

—¿Qué quieres, Crespi?

—¿A ti que te parecen “las personas”? —preguntó Crespín, con la verdosa cara iluminada. Le emocionaba muchísimo hablar sobre esas criaturas enormes y extrañas.

—Ya hablamos ayer sobre esto. Y antes de ayer. Y antes de ayer dos veces…

—¡Hablemos otra vez!

—Me parecen unos animales abominables —el tema pareció despabilar un poco a Doro, que había erguido la cabeza y contemplaba al mar con los ojos vacíos, como si estuviera rememorando una sucesión de escenas horripilantes. Las ocasiones en las que había contemplado a “las personas”—.  Con esas patas tan alargadas y secas. Y sus caras, con los ojos y la boca tan pequeña. Y esas algas que les salen por la cabeza. No son naturales, Crespi.

—Sí son feos, pero son divertidos, y de muchos tamaños —terció Crespín agitando las aletas—. ¿Has visto las cosas raras que hacen? Y las cosas que se ponen encima… A veces, cuando vienen por aquí, me escondo y me entretengo mirándolos. Un día les vi jugando con Mati. Me ha dicho que se lo pasó como nunca ¡Lo cogieron, Doro! Estaba tan alto. Tienen que ser increíbles las vistas desde ahí. ¿Y luego sabes que hicieron? lo…

—…lanzaron al agua. Ya me lo contaste ayer, Crespi. Si no tienes un tema nuevo, déjame ocuparme tranquilamente de mis asuntos —indignado, Doroteo cogió aire, como si se dispusiera a retomar una tarea de suma importancia, y con un elegante gesto ensayado durante años dejó caer su cabeza y sus extremidades flácidamente.

Crespín lo miró admirado por aquella destreza y satisfecho con la conversación, de modo que él también (aunque sin tanta elegancia) respiró hondo y volvió  a sus quehaceres del día.

Qué maravillosa era la vida. El mar, los pájaros, y dos tortugas sesteando en la arena del primer rayo del sol al último, manteniendo las mismas conversaciones.  Respirar, relajarse y dejarse acariciar por la brisa, y de vez en cuando por alguna ola más atrevida que se acercaba para rozarles el caparazón y desplazarlos un poco. Dulce y gloriosa monotonía. Crespi se sintió enormemente agradecido de ser tortuga, porque sabía, por lo que le había enseñado Doro en otras tertulias, que las tortugas vivían mucho más que otras especies. Que eran los que más tiempo vivían de todas, y también, los más lentos, por lo que podían disfrutar doblemente, y por más tiempo, de las mismas cosas. Por eso, decía también Doro, las tortugas se convertían en los animales más sabios.  Esto la verdad que a Crespín, le importaba un comino.

—Agraciada tú, lentitud —susurró Crespi, casi en sueños—, que nos haces deleitarnos en cada momento… —Con un mini-espasmo, Crespín despertó de su letargo—. Oye, Doro, Doro, Dor…

Fatídico momento en el que Doroteo decidió tumbarse junto a Crespín. A veces lo hacía, porque era una tortuga joven que mostraba grandes dotes en el arte de sestear, pero también por otro lado, era demasiado inquieto. Doroteo pensó por un momento en darse la vuelta y alejarse, pero eso implicaba una cantidad de esfuerzo que la vieja tortuga no estaba dispuesta a asumir. De modo que esa vez, Doro levantó la cabeza al momento, decidido a terminar con aquello cuanto antes.

—Suéltalo ya, Crespi.

—¿Cuánto viven las personas? Cuéntame cosas sobre ellas, Doro. Tú que sabes mucho. —y Crespín relajó la cabeza, extendió las patas y cerró los ojos, como si se dispusiera a disfrutar al máximo del baño de información que estaba a punto de recibir.

La pregunta era nueva, y a Doroteo le halagaba que Crespín pensara que él sabía mucho. Una pregunta nueva y sabiduría, ambas cosas bienes muy preciados para una tortuga con cierta edad, lo que estimulo a Doro lo suficiente como para responder sin desgana.

—Las personas no viven mucho, Crespi. Suelen vivir un día, como mucho —Incluso movía un poco una aleta para hacer énfasis en sus palabras—. Presta atención. Lo más importante de las personas, Crespi, y que no debes olvidar nunca, es que no tiene caparazón.

—¿En serio, Doro? ¿Y cómo se esconden? —abrió aún más los ojos—. ¿Cómo se tumban?

—No pueden. Al menos no como nosotros, pero eso me lleva al siguiente dato. Las personas pueden cambiar de piel en un momento. Incluso a veces, llevan pieles extra en las patas. Es una forma de camuflaje, pero esto tampoco se les da muy bien.

—¿Camuflaje? Qué guay. Dime más cosas, Doro.

—Las personas, Crespi,  no pueden vivir en el agua. Son animales de la selva, y viven en los árboles y en agujeros en la tierra.

—¿Cómo si fueran huevos? —la idea le hacía tanta gracia a Crespín, que hasta levantó la cabeza para mirar a Doroteo.

—Así es —respondió éste, muy serio.

—Por cierto, Doro, he oído que Fernanda tiene los huevos a punto de estallar. ¡Vaya notición! ¿Verdad?

—Ni me lo recuerdes, Crespi. Hasta que las crías aprenden el noble arte de la tumbada, son un incordio.

—Tienes razón, Doro —y Crespi se estiró, y volvió a dejarse caer.

Doroteo se quedó a la espera de una nueva pregunta o incitación para continuar con su discurso. Pero no llegó. Parecía que Crespín se había quedado dormido, y Doroteo se pasó un rato mirándolo, sin dejar de parpadear mientras por dentro le crecía el enojo. A una tortuga sabia jamás se la puede dejar a mitad de una lección.

—Crespi —llamó suavemente Doro, al cabo de un rato.

—¿Sí, Doro?

—¿Quieres que te siga contando?

—¡Ah! ¡Sí, sí! Cuéntame. Decías que las personas vivían en agujeros, como…

Un ruido lejano, que sobresalió por encima del murmullo del viento y las olas, y a pesar del duro oído de las tortugas, hizo que Doroteo y Crespín irguieran a la vez las cabezas y mirasen a un lado con los ojos entrecerrados. Parecía un grito de persona. Permanecieron un instante alerta, y finalmente volvieron a relajar sus cuellos.

—…los huevos —continuó Crespín, como si no hubieran tenido ninguna pausa.

—Así es —afirmó Doro que, recuperada ya su dignidad, adoptó de nuevo su compostura sabionda—, pero también son animales playistas. De hecho, las personas quieren ser como las tortugas. Intentan imitarnos, sin conseguirlo.

—¿De verdad? ¿Y qué hacen?

Doroteo recordó algo y, estirando una aleta al máximo hacia Crespín, la hizo temblar de manera acusadora.

—¿Pero tú no decías que los observabas a escondidas? Deberías saber ya todo esto.

—Sí que lo he hecho, Doro, pero yo solo miro y me río, no me fijo en lo que hacen. Por eso te pregunto a ti, que miras y aprendes.

La vieja tortuga se quedó callada largo rato, y finalmente asintió complacida.

—Pues para imitarnos, Crespi, se tumban también al sol, como nosotros, pero no aguantan mucho y tienen que irse al mar, a bucear como nosotros, pero tampoco aguantan. Y rápidamente se ponen sus pieles y vuelven a la selva o agujeros. ¿Lo entiendes?

Crespín alargó una aleta hacia su cabeza, como si intentara rascársela.

—No lo sé, Doro, esto que me dices es muy complicado —de pronto se le ocurrió otra pregunta—. ¿Y cómo son de rápidos?

—Buena pregunta, Crespín Cuellicorto —Doroteo cada vez adoptaba más el aire de viejo erudito—. Son los animales más rápidos del mundo, Crespín. No han empezado a hacer una cosa, y ya están haciendo dos más. También son los más ruidosos, y es muy poco el tiempo que pasan sin hacer ningún sonido —sentenció Doroteo—. Y por eso, solo viven dos días como mucho.

—¿Solo dos días? —Crespín estaba fascinado—. ¡Ah! Ya entiendo. ¿Por eso quieren imitarnos, no? —empezó a hablar lentamente y con esfuerzo, como si estuviera sacando las palabras desde un lugar recóndito de su caparazón—. Porque mientras más lento vivas…

Otro sonido, algo más cercano, provocó que las dos tortugas volvieran a girarse. Ésta vez estuvieron avizores más tiempo, pero al no ocurrir nada más, retomaron la conversación sin alteración alguna.

—…más vivirás —finalizó Crespín.

—Así es, Crespín.

—Gracias, Doro —dijo Crespi, más contento que nunca de ser tortuga—. Sabes tantas cosas. Ahora, si te importa no hablarme en un rato, que quería descansar tranquilo.

Doroteo miró cómo se quedaba laxo y frunció su pequeño cejo de tortuga. Pero de pronto sintió el sol dándole en la piel y dejó a su cuerpo adormecerse. Si algo caracterizaba a Doroteo Caparazónduro era su habilidad, conocida por todos en la playa, de cambiar su mente al instante y dormitar como si fuera su única función en la vida.

Crespín seguía dándole vueltas en su somnolencia. A él le gustaban mucho las personas, pero en el fondo nunca se había atrevido a acercarse a ninguno, o dejar que la vieran, porque había oído otras historias. Algunos sabios de la orilla, los mayores maestros en el arte de recostarse, decían que las personas, a veces, comían tortugas, o las pisaban y les rompían el caparazón. Pero Crespín pensaba que solo eran historias de los ancianos para entretenerse metiendo miedo a las tortuguillas más jóvenes. A Doro nunca le había preguntado esto, a lo mejor él sabría la verdad.

—Oye Doro… Doro, Doro, Doro…

Doroteo ya había entrado en el estado óptimo que las tortugas llamaban “relajasol”, y la llamada de Crespín le incordió sobremanera.

—Doro, Doroteo. ¡Eh! Doroteo, esto es importante. Doro, Doro…

Con la mayor pereza  que había experimentado en su prolongada existencia, Doroteo miró a Crespín fijamente.

—Doro, Doro…  —Crespín se movía frenéticamente—. ¡Doro! ¡Doro! ¡Doroteo!

—¿¡Qué!? —Doro sacudió las aletas con desesperación—. ¿¡No ves que ya te estoy mirando, pesado!?

—Bola.

Al mirar hacia arriba, Doroteo vio como durante un instante la luz del sol se vio eclipsada por una bola grande y de colore azul y blanca que, seguidamente,  impactó sobre su panza y rebotó hacia el mar.

—¡Au! —Se quejó la tortuga mayor, aterrorizada—. ¿Qué ha sido eso?

—¡Mira, Doro, personas! —Crespín alargó su acortado cuello más que nunca—. ¡Son personas, Doroteo! ¡Y hay crías!

Doroteo miró hacia donde señalaba Crespi y sintió un escalofrío como si fuera el primer trueno de una tormenta que amenazaba con arruinarle el resto del día.

—¡Mira, mamá, crías de tortuga! ¡Tortugas de verdad!—un niño delgaducho y rubio tiraba del vestido de su madre y señalaba hacia las ociosas tortugas con vehemencia.

—¿Qué ha dicho, Doro? ¿Qué ha dicho? ¿Nos ha saludado?—Preguntó Crespín, excitado, agitando las aletas—. ¡Hola! ¡Hola! ¡Me llamo Crespín Cuellicorto! ¿Y vosotros?

Doroteo inició el acto de ocultarse en el interior de su duro caparazón, pero se detuvo a tiempo, al recordar una estrategia que también había aprendido de observar a otras especies.

—¡Ignóralas, Crespi, y hazte el muerto! —con gran desenvoltura y destreza, Doroteo ejemplificó sus palabras adoptando la posición de “muerto fingido”, muy parecida a la de sestear, casi idéntica, pero con la boca levemente más abierta.

Lejos de imitarlo, Crespín empleó un considerable esfuerzo para girar sobre sí mismo y colocarse en posición de andar. Esa vez, no iba a desperdiciar la ocasión de jugar con las personas.

—¡Allá voy, amigos! —Crespín echó  a andar hacia ellos como podía mientras el niño corría también hacia él.

—¡No, Crespi! ¡No vayas! Maldición, qué rápido es —alarmado, Doroteo cogió impulso, se giró, y se ocultó rápidamente en su caparazón.

—Mira, mamá ¡viene a por mí! —El niño se agachó junto a Crespín y miró a su madre—. ¿Puedo cogerla?

—A mí no me preguntes —contestó la madre, precavida—. Pregúntaselo a ella.

—¿Puedo cogerte, pequeñita? —y acarició el caparazón de Crespín.

Crespín no entendió nada de nada, aunque la caricia era agradable. Sonrió y estiró el cuello hacia la cría de persona, esperando que la cogiera, pero el niño chilló y se puso a dar saltitos entre risas.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mira, mamá! ¡Ha estirado el cuello!

—Eso es que ha dicho que sí, cariño —respondió la madre, como buena intérprete.

Crespín se lo estaba pasando en grande,  y cuando vio las manos del niño acercándose a cogerlo, estiró aún más el cuello  y  la cría de persona volvió a reírse con nerviosismo.

Vaya sensación. En solo un momento Crespín estaba tan alto como diez tortugas de su tamaño, y podía ver lo grande que era el mar, y toda la playa. Y la selva de donde venían las personas, y ¡qué sorpresa! A lo lejos, había muchísimas más personas imitando a las tortugas en la arena. El niño se giró un poco y Crespín pudo mirar hacia atrás, justo para ver como Topi, Chari, Dorlon y algunas tortugas más le miraban entre horrorizadas y admiradas desde sus escondrijos en los arbustos. Como había estado él tantas otras veces.

—¡Eh! ¡Hola! ¡Miradme! —levantó una aleta, y justo el niño volvió a girarse—. ¡Doro! Mira, Doro, ¡me ha cogido! ¡Puedo verlo todo! ¡Qué pequeño te veo desde aquí!

Doroteo asomó ligeramente la cabeza por el agujero de su caparazón y realmente temió por la vida de su amigo.

—¡Crespín, huye! ¡O escóndete! ¡O muérdele un dedo o algo! ¡Que las personas comen tortugas!

—¡Creo que me va a lanzar al mar, Doro! ¡No te lo pierdas!

Complaciendo a su madre, el niño se  metió en el cristalino océano hasta las rodillas y, con sumo cuidado, lanzó a Crespín un par de metros más allá.

Crespín no podría decir que cambiaría esa experiencia de vuelo por un día entero tumbado al sol, pero sí que fue bastante memorable.

—¡Yuuuuuujuuu! —gritó hasta que cayó al agua como una piedra.

—¡No! ¡Crespín! —levantó las aletas como si quisiera llevárselas a la cabeza—. ¡Ha muerto! Mira que se lo advertí ¡Malditos humanos! ¡Jamás seréis como las tortugas! ¡Jamás! —El niño se acercó sonriente a Doroteo y la cogió entre sus manos—. ¡Suéltame, criatura repugnante! ¡Déjame ahora mismo o…! ¿Qué haces? ¿A dónde me llevas?

El niño se metió de nuevo en la orilla y acarició a Doroteo la cabeza un segundo antes de que la escondiera en su coraza.

—Vuelve con tu amiguita.

El viejo Doro describió una parábola perfecta en el aire, gritado y agitando las aletas, hasta que cayó chapoteando en el agua.

Doroteo descendía lentamente, lacio y oscilante como una pluma, dejando un rastro de burbujas hasta posarse suavemente sobre la arena del fondo. Crespín llegó nadando, aterrizó a su lado y lo miró con su sonrisa despreocupada de siempre. Pasaron largo rato en silencio, disfrutando del frescor del agua, de su repentina ligereza y del vaivén de las olas. Tan solo un momento se vieron interrumpidos, cuando pasó Mati buceando y le saludaron con la cabeza. Para ese momento, ya se había pasado la emoción de la aventura.

—Doro —dijo Crespi, pasado un rato—. Oye, Doro. Doro, Doro…

La vieja tortuga levantó lentamente un solo párpado.

—¿No ha sido increíble, Doro?

Doroteo no dijo nada, sino que se puso a nadar en círculos un par de veces antes de volver a aterrizar junto a Crespín.

—Oye, Do…

—¿Qué?

—¿Comemos algo, y vamos a tumbarnos al sol, Doro?

Doroteo volvió a cerrar los ojos y se tomó un momento para respirar.

—Sí.

Para cuando Doroteo y Crespín llegaron a la playa, ya era noche cerrada. Pero tan tortugas como eran, no les importó en absoluto, porque al día siguiente saldría de nuevo el sol, y su gloriosa rutina volvería a comenzar.

           

FIN

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