Anís

Aquella casa estaba custodiada por naranjos sucios, con los troncos pintados de blanco. La pequeña Paz había intentado probar algunos de sus frutos; se le había quedado la resina de las hojas verde monte en sus pequeños dedos (minúsculos y todavía sin callos ni cicatrices). Se los había chupado, solamente para escupir después. Esos frutos tan brillantes estaban amargos. Aquellas pequeñas lunas naranjas, naranjísimas, estaban correosas, como rebosantes de la bilis y las lágrimas de los habitantes de aquel barrio.

La pequeña Paz, cuando jugaba debajo de aquellos guardianes andaluces (los que ella llamaba “los árboles mentirosos de primavera”) siempre iba acompañada de dos lagartijas de su misma edad, que le susurraban cosas al oído cuando le mordían los lóbulos de las orejas. Eran pura bisutería natural. Le decían cosas con sus mordiscos y su saliva pegajosa. Le hacían cosquillas, aunque las lagartijas nunca pretendieron hacerle cosquillas. Paz sólo lo intuía.

— ¡Pacita! ¡A comer!

— ¡Ya voy!

La hora de comer era una de las fiestas del día. Pero no cuando llegaba corriendo a la mesa y había un plato de ensalada en ella, mirándola fijamente. Su abuela era famosa por hacer las ensaladas más fuertes del pueblo. Ahogaba las hojas de la lechuga en cataratas de vinagre. ¿Quién era capaz de tragarse aquello? Pacita dudaba de la existencia de ese alguien. Hasta podía ver los labios fruncidos de su abuela mientras masticaba su propia comida. El orgullo era el emblema de su familia aunque, como el secreto de las lagartijas, Paz únicamente podía volver a intuirlo, todavía sin comprender demasiado.

—Abuela, no quiero más…

—Aquí se come todo, niña. En esta casa no somos pijos de esos a los que no les gusta esto ni aquello ni lo de más allá.

Pacita miraba su plato. Pedía más y más y más ayuda a aquella pobre ensalada hasta que conseguía ver el fondo de cristal templado, rebosante de agua salada, vinagre de manzana y balsas de aceite, a la deriva. Cuando conseguía tragárselo todo, se juraba no volver a pasar más por aquello. Se juraba que ésa había sido la última vez.

—¿Ves como no era para tanto, niña?

—Sí, abuela.

—Eso digo yo. Venga, a quitar la mesa.

Pacita se levantaba, cogía su plato y su vaso. Primer viaje.

Pacita volvía, recogía su servilleta y su tenedor. Segundo viaje.

Pacita volvía otra vez, doblaba el mantel y ponía el centro de mesa, un jarrón transparente encima de un tapete de croché. Tercer viaje.

Pacita odiaba los días en los que había ensalada para cenar.

—¡Niña! ¿A dónde crees que vas?

—Abuela… Patri me está esperando para jugar. Todavía es de día.

—De eso nada. ¿Qué pasa, que los platos se friegan solos?

Sin querer, se le escapó un mohín.

—Abuela, no quiero…

—¡Sin rechistar! ¡Pero bueno! ¡Venga, a la cocina! No sé cómo leches te está educando tu madre.

Pacita siempre miraba de reojo ante comentarios maliciosos. Ella respondía dentro de su cabeza. Gritaba, pataleaba, pegaba y rezaba deseándole la muerte a su abuela. Se encaminaba a la cocina arrastrando los pies, se ponía los guantes suspirando, cogía el estropajo cerrando los ojos.

Aquella casa estaba llena de cacerolas sin anillos concéntricos, sin memoria. Las contemplaba mientras fregaba los platos, plagados de todos los arañazos que también sufrían las ollas en sus propias carnes de metal. Toda aquella vajilla estaba rasa y opaca, como un cristalino apagado y ciego. Su abuela sólo consentía fregar con nanas; estropajos redondos con forma de planetas de lija. Nada más cogerlas, las huellas de los dedos de Pacita se estremecían.

Aquella noche, Pacita no salió a jugar, pero se convirtió en la sirena de la espuma quitagrasas y del fregadero.

***

Pacita ya sabía lo que iba a regalarle a su abuela por Navidad. Siempre decía que necesitaba un pijama, que todos los que tenía estaban rotos. Esa misma mañana, su madre había comprado un pijama para una mujer de la edad de la abuela y Pacita lo envolvió en papel de regalo rosa. A lo mejor a su abuela le gustaba otro color aparte del negro.

El sonido de desgarro del papel llegó y la mesa todavía no estaba recogida.

—Pero, ¿qué mierda es esta?

—Mamá, contrólate, que está la niña delante.

—¿Cómo que me controle? ¿Un pijama? ¿En serio? ¡Yo no quiero esto!

—¡Pues tíralo a la basura si quieres, que contigo no se puede hacer nada!

Pacita fue la invitada especial de un concierto de reproches, gritos, palabrotas y amenazas. Qué bonito le parecía el mantel de la mesa y los dibujos casi desgastados de tanto pasar y pasar la mopa.
Respiró profundamente y olió dulzura. Olió aquel licor que estaba tanto en su casa como en casa de su abuela.

Cuando todos se acostaron, ella bajó las escaleras blancas, en silencio, descalzada. Fue a la cocina, asió aquella botella llena de rombos de cristal y de lo que creía agua y empezó a beber. El quemazón que sintió en el estómago le trepó hasta las mejillas, hasta los ojos, que se inflaron de brumas.

Pacita, la niña, miope, se desmayó de anís, borracha de Navidad.

Se quedó dormida en las baldosas cuadradas y frías, blancas y negras.

Pacita soñó con su abuela, con sus ropas negras y con su testamento calado hasta los huesos; con su falda rota, sus gafas empañadas, los hijos perdidos.

Pacita soñó con su abuelo, cuya cara solamente había visto en fotos color sepia con las esquinas carcomidas, con tacto a guerra civil.

Pacita soñó con la primera mirada de lascivia entre su abuelo y su abuela, que se fue silenciando después de los veinte minutos de tregua en el colchón de matrimonio.

Pacita soñó con que a su abuela, que siempre tenía frío, le gustaban los pijamas y el color rosa.

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