Porque la luz no entiende de distancias

En  Lyon nadie teme a la lluvia

a tres grado bajo cero

he visto volar bicicletas bajo el frío,

nadar a contrarreloj

a peatones sin abrigo en los océanos

que inundan las aceras.

Y adorar al silencio

como el crío que llama a gritos a su madre

o como las hojas del suelo

que levantan su vuelo sin pedir permiso

a los árboles.

En Lyon nadie muere de aguacero en París,

como César Vallejo,

porque aquí los poetas naufragan

en vagones de metro

llenos de españoles con acento francés,

hasta algún lugar de su propio país.

“Pròxima estació: Plaça Catalunya”,

y así, día tras día,

bombean los corazones

de todos los catalanes

que bostezan junto a mí a la rutina.

“Próxima parada: Puerta del Sol”

y bailan chotis los pies

de todos los madrileños de la estación

intentando comprender al otoño.

“Último destino: Triana”

y el sol entra por los cristales

de  mis ojos e ilumino con ellos

los andenes grises de este vagón,

todas las calles,

por las que viaja esta luz

a través de tu vacío

y de la distancia que hay

de tu cama a mi cama.

Todavía nos quedan razones

para no morir,

de este aguacero

ni temer a la lluvia, en cualquier parte,

de Francia.

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