Marina

Esteban nunca duerme hasta más de las ocho. Pero hoy es un día especial. Tiene invitada en casa y ayer estuvieron ocupados hasta tarde. Y por eso el reloj que hay sobre su cama, a modo de cabecero, marca las once menos veintidós minutos. No es que sea demasiado habladora en determinados momentos. Apenas hizo ruido anoche. Pero a él se le antoja divertida y sexi. En sus gestos, en sus muecas y su manera de cerrar los ojos y apretar los puños. Fuerte. Como si así fuera a desaparecer de allí.

En el pub irlandés donde se conocieron a la una menos cinco dijo que se llamaba Marina. Podía ser verdad o no serlo. Y por eso, cuando llegaron a casa a las tres y diecisiete, Esteban se encargó de mirar su cartera mientras ella entraba en el baño: Marina Gil Garcia. 18 de noviembre de 1985. Hija de Francisco y María del Carmen. No quería faltarle al respeto llamándola por otro nombre que no fuera el suyo.

Habían hablado de muchas cosas. Habría resultado una chica realmente interesante para cualquier otro. Decía saber italiano casi tan bien como un nativo.

—Mi padre estuvo viviendo en Florencia casi veinte años —sonreía ampliamente y parecía orgullosa de aquello—. Habla español con acento florentino.

Ese tipo de cosas irrelevantes para Esteban le había contado Marina mientras él la examinaba con cautela, sin que ella se percatase demasiado, solo lo justo como para que pudiera ser entendido como un interés puramente sexual. Al fin y al cabo, así debía ser, ¿no?

Son casi las once y media, las once y veintisiete exactamente, y Esteban acaba de hacer el desayuno. Marina sigue durmiendo. Quizá está cansada. O quizá haya muerto. Le toma el pulso. Late con fuerza y se relaja. Nunca le ha quitado la vida a nadie antes de tiempo, pero podría ocurrir. Sería un desafortunado accidente, y la frustración, terrible. Como un orgasmo precoz. Como acabarse la comida antes de servirla en la mesa a las nueve en punto.

Las doce menos diez. Esteban se impacienta, aún no ha desayunado. A horcajadas, se sienta sobre Marina y con delicadeza posa sus manos sobre el cuello de la mujer. Aplica una suave presión con los pulgares hasta que, de repente, ella abre los ojos. Los abre demasiado. Y con ellos, la boca. Parece estar ahogándose. Pero Esteban sabe que de ese modo, apretando de esa forma tan sutil, no puede matarla fácilmente.

Mira el reloj. Las doce menos ocho minutos. Cansado, abandona el cuello de Marina. Se tumba a su lado y la contempla. Está preciosa por la mañana. Le acaricia la mejilla izquierda, algo amoratada por algunas cosas que pasaron anoche. Cosas de las que no se siente orgulloso. Le seca las lágrimas y decide tranquilizarla.

—Lo siento, Marina, de verdad. Yo no quería hacerte daño ayer de esa manera. Te prometo que no es mi estilo.

Su voz suena tan aséptica que ni él mismo cree lo que acaba de decir. Un sollozo descontrolado brota del pecho de Marina. Esteban sonríe con ternura y la besa en los labios. Durante el beso, que dura tres segundos exactamente, siente el temblor minúsculo, imperceptible a simple vista, de la chica. Aún le sabe la boca a sangre y eso le desagrada.

—¿Quieres desayunar? —Esteban se levanta de la cama y se dirige a la bandeja que ha dejado sobre la cajonera de la habitación—. Hay tortitas y tostadas. ¿Café?

Marina no deja de llorar. Ahora su temblor es perceptible a los ojos de Esteban, que está sirviendo el café tratando de ignorar la situación. Le incomoda el llanto de las mujeres. Prefiere la rabia, el miedo contenido en la mirada, los ojos vacíos tras el último aliento. Saberse odiado por ellas incluso le excita de cierta manera. Le aporta una dosis de adrenalina provocada quizá por el riesgo, la sensación de saber que si su plan falla puede morir, tal vez, a mano de alguna de ellas, convertirse en una de ellas.

Aunque sabe que debe mantener la compostura.

Las mujeres no lo entienden. Al principio trató de explicárselo. A las primeras. Cuando aún no tenía un método, cuando todo era desorden. Trató de hablar con ellas, de hacerles entender que aquello no era una cuestión de odio, instinto o alguna forma perversa de machismo. Aquello era ciencia. Puro interés científico. Por aquel entonces corría un riesgo mucho mayor. Ya no solo de morir a mano de ellas —que podrían haberse rebelado con mucha mayor facilidad que ahora—, sino de ser descubierto. Y no es que ahora se sepa invencible, pero tras algunos meses ejerciendo aquella tarea se siente más seguro.

Ahora se da cuenta. Anoche eligió mal. El aspecto sano y desairado de Marina; la ropa ajustada, como sabiéndose poseedora de un cuerpo espectacular; su increíble forma de beber gintonics sin que le afectase la embriaguez de un modo vergonzoso y su coqueteo más que evidente eran las características propias de la mujer que buscaba Esteban anoche. Ahora está contrariado. Los resultados de lo que ocurra hoy no serán demasiado reveladores.

Marina no va a pelear por su vida. Marina espera que él la mate cuanto antes.

Esteban sabe que desea sufrir lo menos posible. Se resigna y decide que la matará sin artilugios, sin lucha previa. Será rápido.

Olvida el desayuno. Marina no se siente agradecida por el café, como sí lo hicieron otras. Otras que pelearon como nunca. Otras que sintieron su orgullo malherido y lucharon por su vida con valentía, con verdadero ahínco. Marina, sin embargo, no. Marina supo desde el principio que él la asesinaría, y por eso ha comprendido que desear la muerte es lo mejor que podía pasarle. Y, aunque afectado por la inutilidad de esta situación para su estudio, Esteban la sabe inteligente, la más inteligente de todas. Por eso mismo olvidará por un dia los horarios, y en vez de esperar a que caiga la tarde, a las seis y media de este domingo, le quitará la vida ahora mismo, a las doce y dos minutos. Se acercará a la cama, donde aún llora Marina con los ojos cada vez más hinchados, sacará la pistola del último cajón de la mesita de noche, se asegurará de que está cargada y, antes de accionar el gatillo le concederá unos instantes de libertad: quiere que muera libre. Ella lo merece. Una vez librada de las esposas, Esteban percibirá en sus ojos, ahora secos, ese atisbo de esperanza y odio con el que cargaron todas las anteriores contra él. Y se verá en un forcejeo inesperado con Marina, que ahora carga un cuchillo en su mano sana y le empuja contra el suelo.

¿Dónde ha ido a parar su pistola durante la lucha? No lo recuerda. Pero ya no importa. Porque el cuchillo que carga Marina está adentrándose en su pecho.

Esteban mira el reloj que hay sobre su cama. Hora de la muerte: las doce y siete minutos.

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