Metales Ligeros

   Los ojos castaños de Lucía se habían perdido en el torbellino de cubitos de hielo de su piña colada. Removía la pajita, absorta. Alejo dejó de mirarla. Estiró las piernas, se llevó su cerveza a los labios y miró más allá de la pista de baile. Hacía casi frío en la terraza, aunque era ya agosto. Rechazó el metal gélido de la silla en la pierna y se recolocó. Estiró el cuello hacia las escaleras que subían a la terraza, pero las cabezas seccionadas que emergieron no eran las de la persona a la que estaban esperando.

   —¿Cuánto te ha dicho que tardaba?

   Lucía salió de su ensimismamiento con sobresalto.

   —¡Ah! Pues… Debería estar al llegar.

   —¿Estás segura de esto?

   —¡Pues claro! Seguro que te cae genial.

   —Si no es eso… Es que a mí estas cosas… Pues no se me dan bien, ya lo sabes.

   —Qué va, tonto, tú relájate y pásatelo bien. Piensa que le conoces de toda la vida y seguro que te lo termina pareciendo.

   Era Lucía la que le conocía de toda la vida. Alejo sólo sabía de él lo que ella le había contado, con una chispa de melancolía en la voz que hacía que Alejo apretara los puños por debajo de la mesa. Había insistido a lo largo de los tres años que llevaban juntos en que se conocieran, porque era “igual que ella, exactamente igual que ella”. Pero lo cierto era que ni siquiera Lucía le había visto en mucho tiempo. Cuando hablaba de él siempre era de los años de su infancia.

   A Alejo le constaba que él también había estado evitando aquél encuentro. “Porque es muy tímido”, decía Lucía, “y le da vergüenza. Hace muchos años que no nos vemos y supongo que no será el mismo, igual que yo no soy la misma”. Lucía puso una mano en su muslo y le sonrió un “te quiero” tranquilizador. Los dos agitaban una pierna y daban golpecitos en el suelo con el talón.

   Javier apareció en lo alto de las escaleras, desorientado.

   —¿Es ése? —señaló Alejo. Lucía se giró y le hizo efusivas señas.

   No era tan guapo como Alejo temía. Era más alto que él, pero estaba más desgarbado. Sus párpados estaban caídos, como si estuviera medio dormido, y sus labios eran excesivamente gruesos. Además, llevaba el pelo rapado admitiendo unas entradas tempranas. Alejo sabía que a Lucía le gustaban los hombres con el pelo largo. Se levantaron para saludarle y al darle la mano su voz le pareció nasal y ridícula.

   Lucía le preguntaba cosas como “¿Qué tal? ¿Cómo van los estudios? ¿Cómo está tu madre? ¿Y tu padre? ¿Sigues dibujando?” y él respondía con monosílabos, se removía en la silla y miraba a todas partes menos a Lucía. Pidió una cerveza y Alejo aprovechó para rellenar la suya, mientras Lucía seguía removiendo los hielos, cada vez más descompuestos, de su cóctel a medias. A Lucía parecieron agotársele las preguntas y los tres disfrazaron el silencio con un trago largo.

   —Así que tú también dibujas —dijo Javier.

   —Sí, bueno —se atragantó Alejo—, ¿eso te ha dicho Lucía?

   Ella respondió con una sonrisa a su mirada acusadora.

   —Solía hacerlo, pero ya sabes, con las clases y eso…

   —Ya.

   Se produjo una pausa. Luego Javier añadió:

   —En realidad, hace muchos años que yo no dibujo en serio tampoco. Hago algo de vez en cuando pero…

   —Lucía me ha contado que eras muy bueno.

   —Era el mejor —animó ella.

  —Cómo exageras… Es verdad que dibujaba muy bien cuando era pequeño, pero luego seguí creciendo y mis dibujos no, así que…

   —Te pasas de duro, mejoraste muchísimo. Si le hubieras dedicado un poco más de tiempo, ahora podrías ser un profesional.

   —La cosa era… que en aquel tiempo no tenía demasiado interés en dedicarle nada a nada.

  La frase quedó colgada en mitad de la mesa y los tres se alejaron de ella. Lucía tamborileó en el brazo de la silla con las uñas.

   —Entonces, ¿qué decías que estudiabas? —Alejo intentó recuperar la situación.

   —Pues estoy terminando un curso de administración.

   —Lucía me había dicho que estudiaste… ¿informática, puede ser?

   —Sí…

   —¡No! —interrumpió Lucía.

   —Sí —continuó Javier—, pero no lo terminé.

   —Vaya, ¿y eso?

   —No fui capaz.

   Lucía se encogió, como si algo escociera.

   —Lo siento.

   —No, para nada, es culpa mía.

   Lucía se aclaró la garganta.

   —Alejo está estudiando fotografía.

   — ¿En serio? Vaya, qué interesante.

   —Sí. Yo también empecé una carrera. En Derecho. Pero me di cuenta de que aquello no era lo mío.

   Lucía volvió a quedarse colgada. Carraspeó, apuró su cóctel de un trago y se levantó a por otro. Casi no preguntó si querían algo antes de escabullirse a la barra. Alejo y Javier se agarraron a los vasos de cerveza y se los llevaron a los labios a la vez. Los dos chicos, uno medio calvo y alto, el otro más pequeño y con melena, se recostaron en las sillas de metal y miraron en silencio a la pista de baile. Un grupo de apenas niñas bailaban abrazándose unas a otras.

  Alejo se volvió buscando a Lucía, que tardaba en volver. La chica se había encontrado a unas conocidas en la barra y estaba charlando con ellas. Al descubrirle pidiéndole ayuda, Lucía le hizo un gesto animándole a seguir la conversación con Javier. Alejo dio golpes nerviosos con el talón otra vez, entreabrió la boca y volvió a cerrarla.

   —¿Qué tal le va a Lucía? —preguntó Javier de pronto, sin quitar los ojos de la pista.

   —Oh. Es que se ha encontrado con unas amigas suyas, ya viene.

   —No —Javier se volvió hacia Alejo —. Cómo le va. Todo, la vida.

  —¿La vida? No sé. Bien, supongo. Está teniendo problemas para terminar la carrera, pero por lo demás está bien.

   —¿Estáis bien?

   Alejo tardó en responder.

   —Claro… Claro, sí, estamos muy bien. Ya la conoces, es una chica muy dulce. Tiene sus cosas, como todo el mundo, pero, sí. Bien.

   Javier volvió la vista a la barra.

   —Yo ya no sé si la conozco. Creo que no. Me da la sensación de que te conozco más a ti.

   Alejo dejó de dar golpes en el suelo y se rascó la mejilla.

   —Lucía también me ha hablado mucho de ti. —Fue lo único que respondió.

   Cinco minutos más tarde, ella volvió de la barra con otra piña colada ya a medias y los encontró en silencio, mirando a la nada. Al sentarse, arrastró la silla y el chirrido les hizo crisparse.

   —Bueno, Javi, ¿has visto la serie de la que te hablé? —irrumpió.

   —¿La de los mafiosos?

   —¡Sí! Alejo y yo estamos super enganchados, en Septiembre empieza la nueva temporada.

   —No, lo siento. La empecé a ver, pero no es mi rollo.

   —A mí la última temporada ya me empezaba a cansar —intervino Alejo.

   —Vaya…

   Lucía se desinfló contra la silla. Dio un sonoro sorbo a su copa y echó la cabeza atrás.

   —¿De qué estabais hablando antes? —preguntó mirando al cielo.

   —De nada, en realidad —respondió Alejo.

  —Esto me recuerda a ese libro de Murakami —pensó Lucía en voz alta—, Tokyo Blues, ¿sabéis cuál os digo? Se ha hecho muy famoso últimamente. No pasa nada, pero todo es muy bonito y especial.

  Lucía cerró el comentario deslumbrando a Alejo con una sonrisa. Pero Alejo no sonrió. Sólo la miró, como si estuviera viendo algo a través de ella, y luego se volvió a Javier.

   —¿Y a ti cómo te va?

   —¿A mí? —Javier parpadeó. Lucía sonrió, mirándoles —. No sabría decirte.

   La sonrisa de Lucía se esfumó, pero Alejo asintió y pidió otra cerveza para los dos.

   —No me habías dicho nada —se quejó Lucía con voz triste.

   —Tampoco es que sea nada nuevo —respondió Javier, llevándose la botella nueva a los labios.

   —¿Es que ha pasado algo?

   —Realmente no, todo sigue como siempre. No cambia nada.

   —¿Queréis que bajemos a bailar?

  Lucía se sobresaltó. Había sido Alejo, Alejo, que nunca quería moverse de la silla, el que había dicho aquello. Javier le miró largamente y, después de un prolongado silencio, asintió.

   —Vamos.

  Lucía, aún con una mirada confusa en su rostro, bajó por delante de ellos a la pista de baile. Al principio, los tres se quedaron parados, apenas moviendo la cabeza y cambiando el peso de pierna al ritmo de la música de verano, con los labios apretados. Después Alejo cogió a Lucía y bailaron dando vueltas sobre sí mismos. La risa de la chica acompañaba a la música. Luego Lucía bailó con Javier, y después dieron saltos los tres en círculo, y se rodearon los hombros con los brazos.

  Agotados, se tambalearon hasta unas sillas al lado de la barra y pidieron otra copa. Lucía, todavía riendo, dijo que iba un momento al baño. Javier y Alejo se quedaron mirando a la gente bailar, con la cerveza en la mano y la silla vacía entre ellos, sonriendo.

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