La entrañable vida de Xing Dewei

I

Óscar Soria, o sea yo, es un tipo famoso, muy famoso. Una eminencia. Un ejemplo para todos.  Su carrera literaria (la mía) comenzó a ser todo un éxito a partir de sus treinta años gracias a su exorbitante saga de terror. Pero el colofón le llegó a los cuarenta, cuando hubo completado las dos trilogías, y las masas le bautizaron (a mi) como “El Cervantes Contemporáneo”, “el Shakespeare del Suspense”, e incluso “El Padre de la HiperFantasía”. Pero no solo por esto era yo (o sea él) famoso, sino que la actitud aventurera y extravagante que le había acompañado toda su vida le otorgaba aún más popularidad gracias a sus constantes actuaciones en musicales, sus polémicos arrebatos naturistas en los lugares y momentos más inoportunos, sus manías bipolares que le permutaban de un tsunami a una marmota; su indiferente filosofía cotidiana y actitud infantil, su legendaria soltería y dotes de mujeriego… todo esto me convertía en un personaje mundial… que digo, Universal, de lo más peculiar.

Pero mi fama, sin embargo, no acaba aquí, pues además de artista soy también hombre de negocios, y a mi cargo corre la vida de tres empresas diferentes: una de bisutería y artilugios sacados de mis propias novelas, una cadena de gimnasios y una compañía de espectáculos. Pero no creáis que es solo esto, sino que, por si fuera poco, aun tan asombrados como ya sin duda estaréis por semejante pieza, cada año se celebra uno de los mayores certámenes literarios a nivel internacional “Premio de Novela Óscar Soria”. Gracias a mi ridícula fortuna soy ferviente colaborador en varias ONGs, profesor en cursos de variopinta índole y, próximamente, hándicap 3 en golf. Pero es que además… soy un sex simbol.

Pues bien, como podréis imaginar, esta serie de circunstancias lo envolvían, quisiera él o no, en un mundo de intensa estimulación constante, y si bien esto era lo que él llevaba persiguiendo toda su vida, como buen espíritu libre y desatado, su esencia le  empujaba de nuevo al cambio, a un estado diferente de existencia en el que (a ser posible) no cesasen los impulsos, ni en número ni intensidad, mas cambiara la naturaleza de los mismos: su origen, su resonancia… en definitiva: me sentía abrumadoramente aburrido.  De esa vida empalagosa, rebosante y aborrecedora. Y qué diablos, por qué no admitirlo, también echaba de menos aquella vida sencilla, íntima, desapercibida para resto de mortales. Sin embargo, a pesar de mi creatividad y excentricismo, a penas se me ocurría algo con lo que pudiera llevar a cabo semejante transformación vital. Y, ciertamente, aparqué la idea en un rincón difuso de mi mente, reservado únicamente a las ilusiones que en realidad no podían cumplirse y que, a decir verdad, tampoco tenía mucho tiempo para dedicarle.

Y entonces, como un ángel caído del cielo misericordioso a la Tierra para librar a los más consagrados guerreros de sus constantes batallas tras haber demostrado su valía y grandeza, apareció, tal cual era, el Señor J. ¡Ay el Señor J! Viejo canalla misterioso y benévolo. La más santa y extraña de las criaturas. Aquél que te hace aprender que hay que ser muy cuidadoso con lo que se desea, y que un sueño cumpliéndose puede dar mucho, mucho miedo. El hombre con la más siniestra y al mismo tiempo apacible de las sonrisas. Con una de esas miradas “allende”, huidiza a la vez que escrutadora. Él era mi salvación disfrazada de perdición.

II

Todo comenzó en un entorno bastante cotidiano: estaba yo un día trabajando en mi ordenador, con la mente avasallada por los tumultos indirectos de mi fama, cuando mi teléfono personal, el que solo tenían algunos familiares y amigos cercanos, sonó exhibiendo un “número” que en realidad no lo era, y  si se le echa imaginación, venía a ser una carita tal que así: “ 🙂 ”. Lo cogí con una agradable curiosidad e inquietud aventurera.

—Óscar Soria al aparato.

—Buenas tardes Cervantes Contemporáneo —dijo, con cierto desdén, una voz que se sabía que estaba sonriendo—. Quien soy no importa, pero puede llamarme Señor J.

— ¿Y qué le trae por estas líneas, feliz Señor J?

—Cumplir el mayor y más imposible de sus deseos actuales: Desfamarlo a usted.

Rompí a reír, ciertamente sorprendido.

—No me interesa tanto el cómo sabe usted eso, sino cómo piensa hacerlo.

—Le responderé a ambas cuestiones, Shakespeare del Suspense, pero dentro de cinco minutos, en la sala de videojuegos de su mansión.

— ¡Ahí nos vemos! —no salía de mi asombro—. ¿Querrá usted cerveza o vino?

—No se demore usted más, que las bebidas ya están listas.

Colgué el teléfono y bajé como el niño que va hacia su árbol de navidad el seis de enero. Al entrar en mi sala de videojuegos, por un momento no vi a nadie, pero de pronto unos focos (que no estaban allí antes) se encendieron, y al mirar hacia un lado, lo vi allí de pie, todo erguido él, con un atuendo blanco similar a una bata médica, pero oculto tras las sombras de pecho hacia arriba de modo que, de su rostro, únicamente se apreciaba un sutil reflejo blanco de aquella, al parecer imborrable, sonrisa. Junto a él había una mesa alta y redonda con dos vasos y una botella de vino y otra de cerveza.

— ¡Buenas noches, hombre de estraperlo! —Me acerqué con toda naturalidad a echarme un buen vaso de vino—. ¿Le sirvo?

—No, gracias, el vino lo tengo aborrecido.

—Ya veo. He de admitir que ésta aparición suya es tan inquietante como estimulante para mi monótonamente excitante vida. Pero me siento en la obligación de preguntarle: ¿Cómo ha entrado aquí? ¿Con estos focos y todo?

—Esa, amigo, será la única cuestión que no le resolveré jamás; además de mi verdadera identidad —dijo conforme también se servía un buen vaso de cerveza. En ese momento me di cuenta de que, por su acento, debía ser de algún lugar lejano, aunque hablaba español con perfecta fluidez—. Pero digamos que soy un ex-colega suyo, aunque nunca antes me había visto usted a mí en persona, tal vez en algún retrato o escultura. También yo era antes muy famoso, más incluso que usted… y por desgracia, lo sigo siendo. Pero no estamos aquí por mí. Dígame ¿Cree, tan fantasioso como es, en la reencarnación?

Di un largo sorbo del amargo y oloroso vino.

—Sí, si es metafórica, a lo largo de una misma vida y la transformación es hacia otro ser humano —con la calma que me confería la extraña certeza de que aquella presencia no era peligrosa, me acerqué a mi sillón de tres mil euros, lo giré y me dejé caer en él—. Y en este punto la “reencarnación” puede ser de índole física, mental o espiritual… cada una posee distintas acepciones y síntomas, y suelen ser conocidas con diferentes nombres patológicos, pues así es como se las considera. ¿Es a esa suerte de renacimiento al que se refiere usted, Señor J?

—Efectivamente, así es —Apenas se le notó, pero le sorprendió mi perspicacia—. Se nota que es usted cuentista, don Óscar, tiene cierta facilidad para desatar argumentos enrevesados e intuición para prever lo que está por llegar, además de un grácil toque poético. Aunque también  le noto una pizca de inclinación hacia lo funesto.

Bebió cerveza por primera vez, y lo hizo de tal manera que parecía llevar una semana sin beber. Levanté mi copa.

—Salud. Bueno, mi querido y reservado huésped, iba usted a responderme algunas otras preguntas. ¿Por qué sabe (no tengo problema en admitirlo) que estoy deseando un cambio en mi vida que tiene que ver  (según me dice mi intuición) con la fama o su ausencia?

—Es algo muy sencillo de descubrir para alguien con la suficiente experiencia y perspicacia como para apreciar ciertos y microscópicos detalles en sus últimas conductas públicas y privadas —se sirvió más cerveza—. Además, la tarea se facilita aún más cuando ese alguien (o sea, yo) ha pasado por una situación peliagudamente similar. Deberías probar esta cerveza, es sublime.

—De lo que deduzco —rechacé la oferta con un gesto de la mano—, que es usted alguna vieja celebridad que de algún modo consiguió caer en el olvido y dejar atrás toda una vida, y que ahora, una empática fuerza superior le hace ayudar a sus semejantes —bebí hasta apurar la copa—. La cuestión es (aunque creo conocer la respuesta)… ¿cómo?

La sonrisa blanca y brillante se ensanchó aún más entre las sombras.

—Muriendo, Don Óscar, muriendo.

Parpadeé varias veces.

—Ya veo… suena atrevido, inspirador, e incluso apetecible si me fuerzas, pero lo siento, amigo, creo que encontraré una forma menos suicida de solucionar mis problemas. Se lo agradezco de todas formas, y de todo corazón. La salida está por aquí, le acompaño.

— ¡Uy!, no, no. Tal vez mi presentación algo tétrica le haya hecho malpensar. Naturalmente, no necesita usted morir en realidad, en su esencia y organismo. Recuerde sus palabras sobre la reencarnación. Tan solo necesita morir “Óscar Soria”, el celebérrimo y memorable escritor polifacético, y encaminarse hacia un nuevo ser humano de misma esencia.

—Explíquese más, por favor —dije, con curiosidad, mientras volvía a llenarme el vaso de vino hasta el borde.

—Oh sí, lo haré, pero no ahora, sino mañana, y no sin que antes me ceda usted su confianza y acepte mis métodos (los cuales aún no conoce) pero que sin lugar a dudas (y mañana le presentaré a gente que se lo podrá corroborar) funcionarán con perfecto éxito para el cambio vital que tanto ansía su persona.

Era como saltar al vacío. Entré en uno de esos instantes de trance que tanto me caracterizaban, y en un instante pasó mi vida por delante de mis ojos, como si realmente estuviese a punto de morir. Mis seres queridos, mis novelas, mis clases, actuaciones, mi éxito… un océano de cosas que llenaba hasta rebosar con violencia mi vida. Sentí vértigo, pero de pronto recordé a George Orwell y sus lecciones de entrelíneas en su polémica “1984”. Sin dejar de mirar aquella sonrisa que se ensanchaba como adivinando y provocando mi respuesta, me bebí el vaso de un buche, proferí un eructo lo más estruendoso que fui capaz y, cuando finalmente terminé, dije:

—Acepto.

III

A la mañana siguiente, nuestro querido Óscar condujo durante algunas horas hasta un mohoso puerto abandonado. Anduvo un rato por entre los muelles, admirado por la melancólica atmósfera que envolvía el lugar, hasta que llegó a uno en el que se amarraba a duras penas una vieja barquilla azul y blanca que se balanceaba suavemente con el vaivén del mar. Sobre ésta se encontraba el Señor J con una gabardina gris y el rostro oculto por una bufanda azulona, gafas de sol y sombrero de copa alta. Observándolo así, con el amplio mar verdoso y cielo azul de fondo, su altiva figura se veía grandiosa, superior; e incluso casi podía apreciarse una aureola dorada en su contorno.

— ¿Ha dormido bien? Se le ve a usted una expresión radiante, Padre de la Nueva Fantasía —dijo con una voz, amortiguada por la bufanda, pero que se notaba que seguía sonriendo.

—Y a usted no se le ve, querida criatura. Admito que estoy en ascuas, cuénteme más sobre éste paso tan importante que ya he dado.

—Venga conmigo —se giró, levantó una tapa de madera del baúl trasero del bote y se metió dentro—. Vamos, súbase aquí a mi lado y quédese quieto con los brazos y piernas pegados al cuerpo.

Óscar saltó a la barca, intrigado, y se situó de pie junto al Señor J. Tras un instante olisqueando discretamente, reconoció el olor que desprendía: era como a pan recién hecho. Estaba a punto de hacer un comentario cuando súbitamente el suelo desapareció bajo sus pies y, con un sonoro “¡hostia puta!”, ambos dos cayeron por lo que parecía un pozo sin fondo, hundiéndose a toda velocidad hacia lo hondo del Mediterráneo. Todo estaba oscuro, pero rápidamente noté que en realidad sí estaba tocando sutilmente algo con las plantas de los pies y, tan repentinamente como había comenzado, la plataforma deceleró y mis rodillas tuvieron que flexionarse para absorber el ligero impacto. Se oyó un fuerte  “¡CLONN!” metálico y nos detuvimos finalmente.

—Por aquí —dijo sin inmutarse el Señor J, abriendo una pequeña compuerta y avanzando de pronto por un lujoso pasillo, sin puertas ni ventanas, bien iluminado.

— ¿Dónde estamos? —pregunté, aún recuperándome de un repentino mareo.

—No es bueno acumular preguntas, Don Soria, así que déjeme que le explique un poco más mientras avanzamos hacia nuestros acompañantes de hoy. Volvamos al asunto primordial. ¿Sabe usted por qué le está pasando todo esto?

—Supongo que la muchedumbre… la sobre-humanización, la exaltación de mi persona, o de una proyección de ésta alterada por tantas percepciones, me deshumaniza. Me convierte en un ser parcialmente etéreo e improbable, como una especie de Dios o personaje de cuentos. Y esto implica una alta soledad en muchos de los aspectos humanos, una soledad que puede llegar a ser tan profunda como para que no la compense esa nube de odiadores y admiradores que prestan su cariño o envidia con calidez pero que llegan a uno de forma álgida. Como una miel constante en los labios.

—No está mal. Aquellas personas que veneran tu alter ego, lo aman, lo alaban en masa o individualmente… absorben tu energía. Son como parásitos que al mismo tiempo que estimulan desgastan. Al comienzo el éxtasis te hizo barrer la consciencia de este hecho hacia la oscura alfombra de la negación subconsciente, pero tu condición de superación innata te ha ido llevando contra tu voluntad a volverte más sabio, hasta que no puedes negar que estás realmente harto —tomaron un recodo y empezaron a subir una escalera de caracol—. Evidentemente, hablamos de ti en particular, no sería conveniente extrapolar esto a la mayoría de la población, aunque sí a más de los que pueda parecer. Sin embargo, esto no es algo muy grave realmente. Muchos seres exaltados han vivido así toda su existencia, encontrando sutiles estrategias mentales de auto-manipulación para soportar esta realidad y encontrar verdadero calor, ya sea real o ilusorio ¿Pues qué importa esto, mientras funcione? O, simplemente, los guerreros más débiles, aquellos que no se consideran merecedores de sus bendiciones sin la compensación de unas maldiciones, la sobrellevan con un sufrimiento deseado que les tranquilice la conciencia. Pero gente como tú, con espíritus tan naturalmente inclinados hacia lo radical, brusco e impulsivo, los métodos que se requieren son más de este tipo.

— ¿Era usted a caso un filósofo? —preguntó Óscar, jadeando.

—Naturalmente —siguió, ignorando la pregunta—. Existen otros casos más graves para acudir a mí aparte del propio tedio u otras cuestiones tan reflexivas. Se de celebridades que eligieron este camino por huir de la ley, de algún ajuste de cuentas o incluso de sí mismos, de sus propias bestias internas que en la soledad crecen, y de sus crecientes locuras.

—Ciertamente, y con todo mi respeto, me estoy cansando de tanta charla. ¿Por dónde empezamos?

—Las prisas nunca fueron buenas acompañantes a la hora de morirse uno, amigo, ni a la hora de nada —repuso, sobresaltado, el Señor J, cuando por fin llegaron de nuevo a un larguísimo pasillo estrecho, ésta vez con puertas—. Pero dada su trayectoria, me parece que sabe bien cómo tratar con las citadas acompañantes. En fin: Para que realmente hayas muerto, primero debe morir incluso para sí mismo en una parte de tu mente. Si bien no morir como el “tú” verdadero en esencia, mas morir en ese “tú” idealizado e iluminado en que te proyectas hacia las gentes. Es un sacrificio arduo, así que puedes ir empezando por reflexionar sobre esto. Con tus cualidades no creo que te cueste demasiado.

Y así Óscar (o sea yo), se quedó rato en silencio visualizando la imagen de un dentista, empuñando un cincel psíquico con el que extraer, por medio de rascar y picar, esa enorme caries que era el alter-ego fantasmagórico del Cervantes Contemporáneo y otros seudónimos. Al poco, finalmente cruzaron una puerta, y entraron en un enorme salón lleno de gente muy atareada en comer, charla, corear un grupo de rock que tocaba muy animado en un lateral de la estancia, y otra serie de actividades lúdicas: En el recinto había una pista de patinaje, redes de voleibol, una pista de tenis y una cancha de baloncesto. También lo que parecían un par de restaurantes de lujo y comida rápida, algunos bares, spas y aún más cosas que la abrumada vista no le permitía analizar. La gente iba saludando alegremente al Señor J a su paso, mientras que al pobre Óscar tan solo le dedicaban una corta mirada de curiosidad, y esto, acostumbrado a todo lo contrario, ha de reconocer que le perturbó. Aunque eso no le impidió hacer acopio de su descaro para atiborrarse de canapés y copas conforme se iba encontrando con los sirvientes, todos de aspecto impoluto y agradable como ángeles.

—Bienvenido a la antesala de la ciudad más grandiosa y remota del mundo: el Claustro de los Renacidos.

— ¿Todos estos son famosos muertos?

—Algunos. Otros son empleados, y otros muertos en general que deseaban quitarse de en medio y reunían los requisitos necesarios, pero no creo que puedas reconocer a ninguno, y mejor que no preguntes. Pues hasta los músicos, en su tiempo pertenecientes a muy notorias bandas, han transmutado incluso su estilo, y con el esfuerzo invertido por erradicar la vieja parte de su mente, les suele molestar que se las recuerden. Aquí todos viven en un constante presente, y es lo único que importa. Ven, quiero que conozcas a algunos para que te corroboren mis palabras.

Se acercaron a un hombre de unos setenta y cuatro años exactamente, sentado sobre un cojín y con actitud de meditación.  El Señor J de pronto, todo lo corpulento que era, le lanzó un tremendo puñetazo, pero el tipo, tan delgaducho como era, se movió como una serpiente de cuentos de hadas y detuvo el ataque sin esfuerzo. Al abrir los ojos, Óscar dio un paso hacia atrás como empujado por una fuerza invisible, pero cuando habló, totalmente cordial, contándole lo maravilloso de su vida allí y lo genial que era el Señor J en su labor,  el gran escritor pensó que aquel era un tipo muy carismático.

—Éste murió falsamente a los treinta y tres años, y ya con esa edad fue considerado el mejor artista marcial del siglo XX. Ahora se llama Bruno —le dijo el Señor J cuando se hubieron alejado.

Siguieron avanzando hasta llegar a una pequeña barra donde un hombre de color servía copas y platos de comida con mucho ritmo en sus pies. También mantuvieron una corta conversación guiada por las preguntas concretas del Señor J sobre la fiabilidad de sus procedimientos.

—Éste vino hace poco. Le llamamos Billi. Se supone que su muerte fue con cincuenta y uno; ahora tiene cincuenta y seis. Su estilo de baile marcó una tendencia legendaria y es conocido por sus gemelos de acero y su inclinación a invertir colores y maneras de andar (ahora me parece que también quiere invertir su sexo), además de otros rumores nefastos que circulaban sobre él —informó el Señor J cuando se alejaron.

Y de este modo conoció a varios más: El considerado el mejor rapero de todos los tiempos, con tan solo veinticinco años, algunos grandes deportistas, un joven actor que odiaba los murciélagos, un bohemio guitarrista español, algunas mujeres con complejo de reinas y un no muy largo etcétera. Óscar no tardó ni un segundo en darse cuenta de lo magníficas que se veían todas aquellas personas, como entes superiores, resplandecientes, intensos, totalmente relajados y energéticos, llenos de magnetismo. También tuvo claro desde el primer instante que, si aquellos renacidos regresaran a sus vidas anteriores, serían para la audiencia doblemente más inteligentes, más creativos, más queridos… aunque también era consciente de que, en muchos de los casos, la Gran Fama vino de manera póstuma.

Siguieron avanzando hasta atravesar el enorme salón y se metieron en una pequeña salita con tan solo una mesa y dos sillas en el centro. El sonido del exterior desapareció totalmente. Aquello parecía la típica habitación de interrogatorios.

— ¿Qué tal? ¿Se siente más seguro respecto a todo esto?

—He de admitir que todo esto me da bastante mala espina, pero al mismo tiempo sí que me siento más seguro.

—Eso es porque dentro de su ser se está llevando a cabo una lucha interna por eliminar a ese “Óscar del pasado”, por no hablar de su ya mencionada inclinación hacia el infortunio. No se preocupe, significa que va usted por buen camino. Siéntese, conforme le siga explicando todo se hará más liviano en su pensamiento.

—A ver, ¿cómo se supone que voy a morir?

—Hay varias formas.

—Pues dígame, y yo ya le diré.

—La más espontánea es la “muerte súbita”: Es aquella a la que suelen recurrir  deportistas o jóvenes artistas con fama de alocados y pendencieros. Es la muerte por miocardiopatía hipertrófica, coma etílico u otros tipos de excesos toxicómanos. Esta es la tapadera, la acción sería organizar una escenografía y luego usted tomarse una pequeña pastilla que le hará pasar por muerto durante varias horas. En ese tiempo yo me encargaré de rescatarlo y ponerlo bien a salvo —hizo una pequeña pausa para subirse las gafas de sol—. La opuesta sería la “muerte lenta”, y consiste en la falsificación de alguna enfermedad incurable que acabe irremediablemente en la expiración repentina. Ésta opción es la menos utilizada de todas… no creo que haga falta explicar por qué.

  • ¿Y el supuesto cuerpo?

— ¡Fascinante pregunta cuya respuesta le sorprenderá incluso a usted!  El cadáver que sus familiares y amigos verán será  en realidad un muñeco de cera de una extrema exactitud física con su persona.

— ¿En serio? ¡Me gustaría a mí ver eso con mis propios ojos! Pero una cosa… ¿éste método es fiable? —dije arqueando una ceja.

— ¡Naturalmente! Oh, bueno, tan solo una vez ocurrió una liviana tragedia. Un futbolista tomó esta pastilla. Todo estaba planeado para que “falleciera de ataque al corazón” en mitad del partido. Todo iba según lo previsto, sin embargo, mientras desplazaban su cuerpo la camilla se volcó y el hombre cayó por las escaleras, las cuales le provocaron una serie de fracturas cervicales e intercostales que finalmente acabaron con su vida —dijo con voz sonriente, y yo sin parpadear—. Pero ¡oiga! Por su puesto esto es una absoluta excepción y desde aquel incidente he extremado las precauciones.

—Bien… continúe.

—El “Velo de misterio”. Éste es sencillo y el más utilizado por aquellos con ausencia de relaciones íntimas o carencia de importancia sobre ellas. Para solitarias almas en pena. Simplemente desapareces físicamente sin más y comienza la operación “lluvia de bulos” en la que prepararemos un minucioso decorado dramático para propulsar los más variados rumores. Tus fans especularan día y noche y surgirán millones de teorías sobre tu desaparición (la cual no tiene por qué suponer precisamente la “Hora Suprema”) y que, por sí mismas y la duda y morbo que infunden, le cubrirán las espaldas a usted.

—Yo sí que tengo algunos seres queridos a los que otorgo alta importancia… —dije, intentando no pensar en ellos—dígame más.

—Bueno, también está el “ajuste de cuentas y crimen no resuelto, apto sobre todo para aquellos con algún conflicto (real o potencial) de cualquier tipo contra entes de cierta consideración. De este modo su evaporación repentina se atribuirá a un desafortunado secuestro seguido de tortura y/o violación y asesinato continuado de una larguíiisima pero escandalosamente infructuosa investigación policíaca. Aquí tiene usted vía libre para convertir su fallecimiento en una de esas historias de terror que tanto le apasionan… puede usted entregarme un script si así lo desea —me quedé meditabundo un momento,  y el Señor J prosiguió—. Pero si aún esto no es de su agrado, otra opción es…

— ¡Cállese señor! Habla usted por los codos.

Las cejas del Señor J asomaron por entre las gafas y el sombrero.

— ¿Y bien… qué decide?

Me quedé un momento pensativo, valorando en detalle cada posibilidad. Y finalmente dije:

—La primera opción… será la que más rápidamente decline.  Y ésta última es por la que me decanto. Sin lugar a dudas.

—Fabuloso, ¡fabuloso! Esa misma opción elegí yo, hace muchos, muchos años. Mañana mismo comenzaremos con los preparativos.

—De acuerdo. Tengo que pensar, además, alguna trama entretenida para mi muerte. No me importaría aumentar mi fama de manera post mortem, así mis biógrafos tendrán algo con lo que entretenerse. Pero  ahora, por favor, dígame… ¿Qué pasa después de que haya “desaparecido”?

— ¡Me alegra que lo pregunte! Sin embargo, esto es algo que le responderé dentro de dos días, ya le llamaré para decirle dónde.

Óscar, ya haciéndose al modo de actuar del Señor J, aceptó con toda calma y regresaron por donde habían venido. Le iba a venir bien tener tiempo para pensar sobre el complot de su muerte y asimilar bien todo aquello. Entonces se le ocurrió una pregunta delicada y decidió tentar a la suerte.

—Óigame, Señor J, ¿qué pasaría si yo, ahora, me negase a seguir adelante?

El Señor J se quedó muy quieto, y el súbito y áspero silencio me indicó que su sonrisa  se había esfumado por completo en su oculto rostro. Me quedé helado. Como un eco resonante y perpetuo al que te acostumbras tanto que ya dejas de oír, y al que finalmente atiendes cuando deja de emitirse de golpe. Pero esto solo duró un instante, y a continuación la mirada de aquel hombre (a través de las gafas) se hizo afable y penetrante.

—No responderé a eso si no se da el caso y me veo obligado a hacerlo, Don Soria, pero le aconsejo que focalice sus esfuerzos hacia adelante y sea responsable con sus decisiones. Aquí entran en juego unas fuerzas demasiado superiores como para querer burlarlas tan a la ligera, incluso solo en un efímero pensamiento.

IV

Aquel día (en cierto modo ayudado por las varias copas que había tomado), regresé a casa realmente confuso, algo, podéis creerme, insólito en mi. Eché a mis empleados, cancelé todas mis actividades de las dos próximas jornadas por una indisposición física, desconecté todos mis teléfonos y me encerré en mi casa, abrumado por la sombra de unos miedos enormes que se inclinaban sobre mí con ojos brillantes, y afloró esa parte extremista de mi alma, ese lateral opuesto de inseguridad y empequeñecimiento. Me pregunté mil veces, acobardándome, que dónde me estaba metiendo; tenía miedo al agradable Señor J, a la soledad que en ese momento me embriagaba el espíritu con una resonancia malhechora, al paradisíaco Claustro de los Renacidos, a las fuerzas superiores, a las consecuencias de mis actos… Mi corazón percibía que estaba tanteando con un pie en un terreno fuera de toda realidad, sobrenatural, y todos estos temores retozaban libremente, como cerdos eufóricos, en el embarrado de mis pensamientos, haciendo que mi alma se encogiera. Por otro lado, tenía ante mis ojos una oportunidad brindada que tan solo una ínfima minoría de personas puede si quiera imaginar. Mas ¿qué pensáis que ocurrió? Al día siguiente en mitad de estas cavilaciones en las que no paraba de dar vueltas a la teoría del filósofo alemán del Eterno Retorno, intentando aplicármelo a mí mismo, sonó el teléfono (aun estando apagado), exhibiendo un código tal que así: “ :)”.

—Buenas tardes Señor J —dijo el maduro escritor procurando mostrarse tan calmado y suelto como siempre, con una extraña certeza de que estaba siendo observado.

—Hola mi querido Don Óscar, espero que todo vaya fantástico y que haya hecho progresos en su empresa por eliminar aquel antiguo “tú”. Sé que no es tarea fácil, pero en cuanto formalicemos todo esto le ayudaré personalmente. Dígame, ¿tiene alguna duda o asunto que quiera comentar?

—Todo va fenomenal, no se preocupe en absoluto. Sí que tengo ya algunas ideas para mi “muerte”.

—Fabuloso, ¡fabuloso! Duerma tranquilo esta noche, mañana pasaré a recogerlo. A eso de las diez en su vestíbulo, estaré junto a la tercera columna de la derecha desde la puerta.

— ¡Hasta mañana!

Gracias a una buena sesión de meditación, y a diez copas de vino (una por cada novela publicada), dormí estupendamente, y cuando me levanté eran ya las once y sentía mi cabeza zumbando. Bajé directamente en chándal al vestíbulo, y allí, exactamente donde el Señor J había dicho que iba a estar… no estaba. Arqueando las cejas, y algo estúpidamente, me puse a darle la vuelta a la columna, pensando que el Señor J estaba allí pero no lo veía porque justo cuando yo avanzaba para buscarlo él también lo hacía, ocultándose de mí tras la columna.

— ¿A qué juega usted con ese robusto soporte, Don Soria? —dijo aquel tipo siniestro y sonriente, desde la columna de enfrente, vestido con un holgado albornoz rosa, con remates brillantes, que le cubría todo el cuerpo hasta los pies, y la cabeza cubierta por un casco de motorista de fuego y con pequeñas espinas hacia fuera.

Me erguí de pronto sintiendo un ramalazo de vergüenza. «Qué corte» me dije, pero como buen actor recompuse mi actitud en seguida.

—Siento la tardanza. Tan solo estaba buscándole. Cada vez me sorprende usted más con sus vestimentas, como estas sean las modas en el Claustro de los Renacidos me parece que voy a tener que hacer algunas innovaciones.

—Mis atuendos son tanto más extravagantes como grande sea la ceguera y terquedad de cuantos me rodean. Para un hombre invisible no tiene sentido camuflarse en las sombras, y no solo esto, sino que rozará los límites de ser descubierto echándole el aliento en la nuca a aquellos con los que se cruza. A mí, puede usted considerarme un hombre invisible que necesita algo de emoción. Y no se preocupe por el retraso, ya lo había tenido en cuenta cuando hablé anoche con usted.

—Ya veo… ¿También puede prever el futuro? es usted alguien de lo más excepcional. ¿Puedo ofrecerle algo de comer o beber?

—No, se lo agradezco. Venga usted conmigo —dijo, acercándose con pasos firmes a la columna junto a la que yo estaba. Le dio una vuelta mirándola concienzudamente, como si buscase algo que se había dejado allí olvidado—. ¡Ah! Aquí está.

De algún modo, de aquella columna que yo mismo había visto construir y que llevaba más de cinco años pasando por su lado, se abrió una compuerta con un sutil silbido, dejando escapar un vapor blanco. Parpadeé varias veces, indescriptiblemente atónito, boquiabierto, pasmado… tanto que sería inútil seguir adjetivando para resaltar con suficiente precisión mi asombro. La sonrisa del Señor J pareció ensancharse, y cuando fui a balbucear algo, me cortó.

—Ahórreselo, ya le dije que el asunto de mis entradas  y salidas sería una de las cuestiones que jamás responderé. Ahora venga, espabile esa cara y súbase aquí conmigo.

Hice lo que me dijo con rapidez. Apenas cabíamos los dos juntos, y en ese momento percibí que su cuerpo emanaba un intenso calor. Automáticamente apreté mis brazos y mis piernas, pensando que en cualquier momento el suelo volvería a desaparecer y descenderíamos de nuevo a toda velocidad. Mas lo que ocurrió cuando se cerró la portezuela de la columna fue exactamente lo opuesto: con un tirón repentino, fuimos absorbidos hacia arriba a una velocidad que etiquetaría de vertiginosa. Mi estupefacción casi me hizo perder el sentido. No podía dar crédito ¿¡Cómo diablos íbamos a estar subiendo tanto si la casa solo era de tres plantas!? Aunque ciertamente, después de todo lo que ya había visto no sé por qué me sorprendía tanto. Tuve la sensación de que hicimos algunos giros, y otras partes que descendíamos. En total, no creo que durase más de treinta segundos hasta que finalmente sentí de nuevo el suelo en mis pies. Al abrirse de nuevo la puerta, lo hizo en una pared cualquiera de lo que parecía un austero bar mexicano lleno de ajetreo. Justo frente a ellos había una mesa vacía, y la ocuparon con toda naturalidad, sin que nadie, aparentemente, se hubiera percatado de que una puerta se acababa de abrir de la nada en uno de los muros.

— ¿Qué le pongo wey? —me dijo un tipo bajito, regordete y con un portentoso mostacho.

— ¡Una birrita bien fresquita wey!

—Ahorita mismo señor.

— ¿Por qué no le hace a usted ni caso? —le pregunté al Señor J, alarmado de que realmente fuera invisible; o más ridículo aún, de que fuera una mera imaginación mía, como si yo fuera un nuevo Quijote. Sentí un estremecimiento.

—Las mentes son como los ojos —explicó, despatarrado con soltura en su asiento—. Mientras más tiempo lleven cerrados, mientras más apretados estén, una luz liviana les cegará, pero si la luz es intensa, incluso aunque no sea directa, los obstruirá aún más. Mi grotesca presencia es tan punzante para ellos que la bloquean directamente, y de forma subconsciente deciden no verme. Ocurre constantemente.

—Fascinante. Bueno, vayamos a lo que nos incumbe. Gracias —dijo de pronto cuando el del mostacho le dejó la cerveza en la mesa—. Respecto a mi muerte, he pensado algo sencillo. Los autores serán unos supuestos fans enloquecidos que, trágicamente traumatizados por el horror que les causó mis novelas, y por la admiración que me tenían, me secuestraron y me hicieron pasar por cada una de las treinta estaciones de tortura a las que se ve sometido mi protagonista en la cuarta parte. Aguanté estoicamente hasta la vigesimosexta, pero antes de comenzar la vigesimoséptima expiré. Con la subida de ventas que esto provocará podrán comer tranquilamente los nietos de mis nietos.

—Fenomenal ¡fenomenal! Hoy mismo comenzaré los preparativos. Me inclino hacia su intelecto y creatividad.

—Ese es un alago digno de considerar viniendo de usted, pero ahora dígame aquello que no me dijo la última vez… ¿Qué ocurre tras la “desaparición”?

—Ahora mismo se lo explico: Verá, algunos optan por una cirugía facial u otro tipo de operaciones para modificar el cuerpo de cualquier modo imaginable. Eliminan por completo, incluso para sí mismos, su vieja identidad y les ayudo a crear una nueva y  a incorporarse a alguna sociedad lejana para ejercer las profesiones u oficios que sus carreras no les dejaban hacer pero que siempre habían querido (hay una alta tendencia por los aspectos culinarios, la actuación pornográfica y la vida tibetana). De ésta manera, unos pocos incluso vuelven a convertirse en nuevos famosos y se prestan a volver a morir. El mayor caso que tenemos registrado es el de una mujer, muy similar en personalidad a usted, que debido a su espíritu superior y corazón insaciable suma tres fallecimientos en catorce años.

—Verdaderamente sorprendente todo esto. Mi mente novelística está zumbando de emoción ahora… ¿Qué más hay?

—Bien, existe otra opción… —y sonrió (o eso parecía) ampliamente, como el que finalmente ha llegado donde quería llegar—. El transporte al Claustro de los Renacidos. Un lugar donde cada uno conserva una parte de su antiguo ser y no teme mostrarlo ante otros que son como ellos.  Está ubicada en “paradero desconocido”, y la vida que allí se lleva a cabo es un patio de recreo constante. Todo está pensado para el máximo disfrute y satisfacción. Es un limbo paradisíaco en la Tierra. Como una residencia de ancianos multimillonarios cuyos familiares han dejado en el olvido.

—Ajam… ¿Y cuál es la pega?

—Verá, Don Óscar, el único inconveniente es que, si va, no puede volver jamás a no ser que sea atravesando una metamorfosis total de identidad. De este modo protegemos la seguridad del resto de residentes y de nuestra empresa, pues imagínese, a usted mismo, con una apariencia  totalmente distinta, y después de su supuesta propia muerte, diciendo que es el magno Óscar Soria, que en realidad no había muerto… lo tomarían por loco y le encerrarían. O… si sin embargo, tuviese la mala fortuna de que alguien le creyera, me vería yo obligado a intervenir —hizo una pausa que a Óscar le dio escalofríos—. Esto, por supuesto, no ha ocurrido jamás; quien va al Claustro de los Renacidos no necesita, ni por asomo, volver a salir. Ni si quiera lo piensa.

—Ya veo…

— ¿Y bien, qué decide usted?

De nuevo esa sensación del mundo volcando todo su peso sobre mí, intentando doblegar mi columna y voluntad. Mi vida pasando a flashes por delante de mis ojos. Mi mente se expandió de golpe. Oía cada conversación del lugar, apreciaba cada detalle con nitidez, percibía lo intangible, observaba todo desde varios ángulos al mismo tiempo. Lo único que escapaba a mi repentino entendimiento era aquel extraño frente a mí, sonriendo bajo su casco. Sin embargo, acabé recuperando las sensaciones negativas de mi vida anterior, y me reafirmé en la decisión que tomé el día que conocí al Señor J. Sin dejar de mirar a donde intuía estaban sus ojos, vacié la jarra de un buche y la apoyé bruscamente contra la mesa.

—Vamos al Claustro de los Renacidos.

—Extraordinario —dijo levantándose de golpe, tendiendo una mano—. Felicidades, de ahora en adelante, el prestigioso escritor conocido como Óscar Soria, ha fallecido.

Le estreché la mano y, súbitamente, sentí como si extirparan una parte de mi mente. Como si finalmente hubieran sacado esa caries que era mi antiguo “yo”, y sentí una gran liberación. Acto seguido, el Señor J abrió la puerta de la pared y nos metimos dentro.

— ¡Oiga caballero! ¡Tiene usted que pagar su consumisión! —exclamó el mexicano del mostacho, acercándose deprisa.

—Que Dios se lo pague —dijo el Señor J, cerró la puerta e iniciaron un nuevo viaje.

V

El Claustro de los Renacidos es un lugar genial realmente. Hay entretenimientos de todo tipo y es imposible aburrirse, incluso a algunos nos dejan seguir noticias y eventos del mundo exterior. Sin embargo… únicamente fui movido por la curiosidad, y con el paso de los meses, he empezado a sentir una pequeña mosca detrás de mi oreja, como si fuera esa caries que aún conservaba algo en su raíz, y empezaron a surgirme hondas cuestiones desde dentro. Una en particular, que fue la que me hizo tomar la decisión final.

¿Tiene sentido escribir, el arte en general, si no es para alguien? ¿Si no se transmite lo que se desea expresar? Ya sea una historia, un sentimiento, una percepción, una idea… ¿Es el arte una forma de comunicación que, como tal, implica forzosamente un receptor? Estaba acostumbrado a escribir para una audiencia, unos críticos… al haber perdido mi receptor, ¿ha perdido también su razón de ser mi arte? Parece ser que sí, o al menos yo no se la encuentro. ¿Es el arte, entonces, como la felicidad, algo que necesariamente ha de ser compartido? ¿Podría ser alguien realmente feliz estando completamente solo? ¿Puede el arte realmente completarse a sí misma si no es recibido y absorbido por otros? Si esto no es así, he de admitir que realmente no comprendo la naturaleza de la vida.

El acto de escribir, exclusivamente para mí mismo, con la certeza de que nadie, ni si quiera en otros tiempos, lo leerá, le quita al arte esa chispa que tiene, ese revoloteo en el estómago del artista que provoca el conmover corazones y mentes ajenas a través de la propia conmoción. Y aunque aquí, en éste lugar que no es más que una celda bonita, sí que haya gente, todos son herméticos, tanto como la ciudad misma, y me provocan una sensación igual que si estuviese totalmente solo. Mi última esperanza, la única razón por la que escribía esta historia, era que en algún momento alguien (tal vez yo mismo) lograse destapar este mundo e invadiese el Claustro de los Renacidos y rescatase este cuento de lo alto del campanario donde lo dejé oculto. Solo así se cerrará el ciclo y el arte… la vida misma, tendrá sentido. Pero mientras tanto, no puedo seguir así.

(Si usted está leyendo esto, significa que finalmente mi teoría era acertada y que el arte, al igual que la felicidad, son tan violentamente impulsados por el alma y ardientemente guiados por el universo en su enorme afán de completarse que romperá todas las barreras que encuentre, incluso la de la muerte)

De este modo empecé a plantearme la opción del cambio de identidad e inicio de una nueva vida, motivado por la idea de batir el record de aquella mujer que acumulaba tres muertes en catorce años, pero aún más que eso, por el afán de ir más allá de mis propios límites, de reinventarme, vaciar mi mente y mi alma y llenarlas otra vez con una totalmente nueva filosofía y fresca visión del mundo. Pero sobre todo, de ser un mejor artista. Cuando formulé estos pensamientos con claridad, recibí una llamada con una expresión tal que así: “ 😦 “, y al descolgar, el Señor J me habló, llorando, diciendo que iba a ser una lástima tenerme fuera del lugar, pero que comprendía y simpatizaba con mi espíritu aventurero.

Al día siguiente de esa llamada, ya había creado el personaje en que quería convertirme, y acto seguido inicié mi metamorfosis. Me hice reencarnar en un hombre bajito y delgaducho, con una reluciente calva incipiente, enormes cejas y finos rasgos orientales. Durante tan solo siete días estuve entrenando con el Señor J para aprender a transformar mi pensamiento, mi forma de hablar, de andar y de gesticular. Adentrarme en la cultura, adquirir una personalidad tranquila, tímida e incluso antisocial, pero también me adiestré para pulir mi mente y ser más avispado e inteligente… el resto de temas burocráticos y legales era el Señor J quien se encargaba con sus artimañas, pero todo fue en pos de transmutarme hacia aquel personaje que había creado: el humilde En Lo Más Alto Con Muchas Virtudes, o mejor dicho: Xing Dewei.

De esta manera me incorporé a una nueva vida, en un mundo totalmente distinto (un mundo sin Óscar Soria). Empecé a ganarme la vida modestamente como un pescador, y poco a poco, volví a la escritura. Ahora os digo que, habiendo pasado muchos años desde aquel día, he cumplido el principal de mis propósitos, y de esto me di cuenta una mañana, mientras practicaba en mi minúscula y solitaria casa el arte de hacer té, que me dio un inusual impulso por ojear el periódico del día. La noticia venía a decir algo así: “El anónimo escritor conocido por el nombre de Xing Dewei, y recientemente apodado como ‘El Óscar Soria asiático’ amenaza con romper los límites artísticos tras ganar simultáneamente los dos mayores premios literarios del mundo, el Nóbel y el Óscar Soria. El dinero de sus premios, al ser el autor una incógnita, será destinado en su totalidad a diversas organizaciones benéficas.”

Mis ojos achinados casi desaparecieron por completo con la sonrisa que me iluminó el rostro. Y aquí sigo, aún sonriendo al escribir esto, bebiendo del amor que me da el arte y la vida.

Al Señor J no he vuelto a verlo ni saber de él, y no sé si alguna vez me lo encontraré de nuevo, tal vez solo en el momento de mi verdadera muerte. Pero aun cuando yo era un leproso de espíritu, el fue capaz de curarme, y si hay algo que se me haya marcado de su persona no es otra cosa que su sonrisa (la cual nuca vi realmente), pero que salía emanada a raudales desde sus poros.

Y aquí concluyo este relato, cuya veracidad o interpretación dejo al cuidado de los intelectos y corazones de aquellos que lo rocen con su mirada.

Xing Dewei

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