Familia

Summary: Thomas no pensaba viajar ese verano. Su único pensamiento consistía en comenzar sus vacaciones tirado en el sofá con una cerveza bien fría y una película en la televisión. Pero cuando recibió aquella llamada de Mario, invitándolo a pasar una temporada en su pueblo, ni siquiera pudo negarse. Hacía seis meses que no se veían y Thomas aún necesitaba respuestas sobre la repentina marcha de su socio, cuando había manifestado en incontables ocasiones su desagrado por volver a su pueblo.

Thomas no sabía qué se iba a encontrar al bajar del avión, pero nada pudo prepararlo para encontrarse con un Mario completamente diferente al que conocía. Continuación de En las buenas y en las malas y Sonrisa.

————————————

Aquel verano no pensaba viajar.

Faltaba menos de una semana para que comenzaran su bien merecidas vacaciones y lo único que cruzaba por su mente era la idea de tirarse en el sofá con una cerveza bien fría y una mala película en la televisión. Después de esa agotadora campaña, sumado a los recientes acontecimientos, su mente necesitaba desconectar de aquel despacho acristalado que a día de hoy, aún le parecía enorme.

—No veo la hora de perder de vista los gráficos por unos días… — suspiró pesadamente, estirándose en el gran sillón de cuero negro de su despacho. Thomas revisaba el último informe de rendimiento del nuevo producto, cuando recibió aquella sorpresiva llamada.

Cuatro días después y con una maleta patas arriba como equipaje, Thomas abordaba el primer avión de ese día rumbo a España. Eran las ocho de la mañana de su primer día de vacaciones y él se reía ante la ironía de haber tenido que madrugar más aquel día que ningún otro. Solo esperaba que el viaje fuera tranquilo: odiaba las turbulencias y las tormentas, como la que auspiciaban aquellas nubes negras que se cernían sobre el cielo.

Tuvo que respirar profundamente varias veces para tranquilizarse, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad. No le importó arrugarse su traje de chaqueta gris. Había malgastado más de media hora esa mañana pensando en la ropa y el clima del lugar como para terminar eligiendo su fiel compañero de trabajo.

Ladies and gentlemen… — Thomas repitió el monólogo que la azafata recitaba por megafonía. Su trabajo le había permitido viajar las suficientes veces como para aprender a decirlo en cinco idiomas distintos.

Acomodado en su asiento, rebuscó por los bolsillos de su chaqueta su móvil y unos auriculares negros. Necesitaba algo con lo que distraerse durante tantas horas de vuelo; y las revistas del asiento no eran una opción: también se las sabía de memoria. Se le escapó una sonrisa al descubrir la pantalla de bloqueo de su móvil: era una fotografía de él y su socio, la persona en la que más confiaba.

Su amigo, Mario.

Casi se atragantó con su propia respiración cuando recibió su llamada, haciéndole aquella propuesta: “Thomas, ¿por qué no te vienes a pasar tus vacaciones a mi pueblo? Bueno, la pregunta era mera formalidad, ya te he reservado los billetes”. Su voz se notaba cambiada, más libre, más viva. No se parecía en absoluto a la que él había estado escuchando todos esos años.

Thomas y él se conocieron en su último año en la universidad de Standford. Tuvo que reírse al recordar aquellos tiempos: había llegado a realizar muchas locuras, a pesar de ser un alumno modelo. Al contrario que Mario, quien se pasó sus años de estudio centrado en los libros. Ellos jamás habían hablado; ni siquiera cursaban la misma carrera. Hasta que ese día se encontraron en la biblioteca, cuando Thomas estaba al borde de la desesperación por su próximo primer suspenso en un examen; y Mario le salvó la vida. En ese momento, supo que quería hacerse amigo de aquel extraño. Lo que no podía sospechar, es que se trataría de una ardua tarea.

Porque Thomas lo sabía: Mario no lo consideraba su amigo.

En realidad, tenía la certeza de que su socio no era capaz de asignar ese apelativo a nadie de su entorno. Él siempre había sido una persona muy sociable, por lo que no era capaz de concebir que Mario, a pesar de ser muy reservado, no mostrara ningún atisbo de entusiasmo cada vez que lo invitaba a unirse a algún plan que no conllevase una parte laboral detrás.

Lo había intentado todo: invitaciones formales, insistencia hasta llegar a quebrantar la más férrea voluntad de una persona, encerronas laborales… Incluso llegó a preparar una cita doble a ciegas que casi le cuesta la disolución de la empresa que ambos comenzaban a edificar. Pero su compañero seguía recluido en una especie de burbuja invisible que él no era capaz de atravesar. Thomas comenzaba a resignarse a la idea de que algún día Mario lo considerase como algo más que un leal socio…

… hasta que esa mañana todo cambió.

Mario huyó despavorido de la oficina el día de la firma del contrato de expansión de la empresa hacia Europa por una simple llamada de teléfono. El comportamiento lo sorprendió: su socio era la persona más seria y responsable cuando se trataba de trabajo, que anteponía las reuniones a su propio bienestar. Esa fue la primera vez que Thomas vislumbró verdadero pavor en el semblante de su compañero. Acto seguido, comprendería por qué: su madre había fallecido.

Él no sabía nada de la vida de Mario antes de llegar a Nueva York. Nunca hablaba de su familia, ni de su infancia o de sus conocidos. Lo único que sabía era que había nacido en un pequeño pueblo a las afueras de Madrid, en España, en el cual continuaba viviendo su madre; y al que odiaba volver cada vez que viajaba a verla.

Mientras el avión despegaba, Thomas se dejó llevar por la música de sus auriculares, volviéndose a preguntar qué habría llevado a Mario a tomar aquella decisión meses atrás.

—————————————-

El avión aterrizó en el aeropuerto de Barajas horas después. Thomas sentía un horrible dolor de cuello y de cabeza, además de la sensación de mareo propia de llevar horas encerrado en un espacio minúsculo. Había perdido la noción del tiempo y comenzaba a lamentarse de haberse enfundado su traje de chaqueta para un viaje tan tedioso. Además de que le azotó un golpe de calor inesperado que lo obligó a quitarse la chaqueta y la corbata.

Pero todo el cansancio desapareció al ver a Mario en la terminal, esperándolo con una sonrisa.

Estaba muy cambiando. Demasiado, se atrevería a pensar. Hacía seis meses que no se veían, pero ese no era el joven con el que había convivido. El Mario que él conocía era un joven alto, con semblante firme y serio y de aspecto pulcramente arreglado. Su traje de chaqueta jamás tenía una sola arruga, su corbata siempre descansaba en el medio del cuello de la camisa y nunca le había visto el atisbo de una barba en su rostro, ni una sonrisa en sus labios. Sin embargo, el joven que lo recibía vestía vaqueros, camiseta blanca y camisa de cuadros con aire desgarbado. Su pelo castaño estaba completamente ondulado y despeinado; y pudo jurar que llevaba dos semanas sin pasar la maquinilla de afeitar por su cara. Y además, llevaba gafas.

—¡Thomas! ¡Pero qué alegría volver a verte!— Mario corrió a darle un abrazo y eso lo extrañó todavía más. El Mario que él conocía jamás le había dado un abrazo. — ¿Ha sido muy tedioso el vuelo? Espero que no te pillara la tormenta… — Thomas no fue capaz de contestar. Se había quedado sin habla ante la feliz y sincera sonrisa que por primera vez veía en su rostro.

—Llevas gafas, Mario… — fue lo primero que dijo, mientras caminaba con su acompañante y su maleta como un robot por los pasillos de la terminal.

—¡Ah! Cierto, tú no me habías visto con gafas. — Mario sonríe ante el reconocimiento. — Es que con el calor asfixiante y viviendo entre campos, se me resecan los ojos cuando utilizo las lentillas — le explicó. — Además, a cierta persona le gustan más mis gafas — se rió para sí mismo, con un brillo que le iluminó la mirada.

Thomas permaneció en silencio, absorto por todas las facetas desconocidas de ese nuevo Mario. El joven parecía estar vivo y destilaba felicidad por todas partes. Thomas sintió como si en esos diez años hubiera conocido a una persona totalmente diferente. Sin percatarse, Mario lo había guiado hasta el aparcamiento y ahora se encontraban delante de una destartalada y polvorienta camioneta verde. Thomas, al verla, pensó que se desarmaría al más mínimo toque.

—Emm… Mario, ¿no te habías traído tu camaro de Nueva York? — su acento canadiense se marcó ante la mención de la marca de coche.

—Sí, ¿por? — Mario le arrebató la maleta a Thomas y la colocó en la parte de atrás de la camioneta, atándola con varios ganchos para que no se moviera durante el viaje.

—¿Entonces por qué estamos delante de esta… reliquia? — En ese momento se sentía demasiado abrumado ante la visión de aquel vehículo en el que estaba a punto de subirse como para siquiera medir sus palabras.

Contrario a lo que se esperaba, Mario estalló en carcajadas. Sus risas eran tan fuertes que la poca gente que se encontraba en el aparcamiento se volteó a mirarlos con expresiones confundidas. Aquello lo sorprendió aún más: jamás lo había escuchado reír de una forma tan vivaz como en aquel momento.

—Thomas, deberías verte la cara. Parece que hubieras visto un fantasma — Mario todavía reía cuando se subió a la camioneta. Él, desconfiado, lo imitó, poniéndose rápidamente el cinturón. — Sí, el camaro lo tengo aquí; pero mi amigo Manu se está encargando de él por un percance con el motor que tuve el otro día. Este calor no es bueno para unos coches tan delicados como esos. Y como me quedé sin coche, Manu tuvo el detalle de dejarme la antigua camioneta de su hermano Sergio. — El fuerte sonido del motor al arrancar lo hizo saltar en el asiento del copiloto. — Pero sí, tienes razón, este cacharro es una reliquia… — Mario acarició con delicadeza el volante del coche. — Una reliquia a la que le debía el llegar a tiempo al aeropuerto por una vez… — susurró más para sí que para Thomas, que se sentía perdido ante las palabras de su compañero.

—No te entiendo, Mario.

—Tú solo reza porque este trasto aguante hasta el pueblo.

—¡¿Qué?!— Thomas tragó fuertemente.  Mario volvió a estallar en carcajadas.

—————————————

La noche los alcanzó en la carretera. El pueblo de Mario parecía estar en el punto más alejado de Madrid. Él lo único que quería era tirarse en una cama y quitarse aquel traje que comenzaba a pincharle en las piernas.

Se habían puesto al corriente mutuamente durante el trayecto. Thomas todavía no era capaz de asimilar todo lo que había sucedido en esos últimos meses, empezando por el cambio de su socio. El día que volvió después del entierro de su madre, recibió una llamada suya. Estaba en el aeropuerto y le preguntaba si podía ir a recogerlo. Esa fue la primera vez que Mario lo llamó para algo que no era una consulta de trabajo; un favor personal, un favor de amistad.

Aquel día, Thomas sintió que se estrechaban la mano como amigos.

Muchas cosas cambiaron desde entonces. Thomas contempló absorto como Mario puso todo su empeño en su empresa. Llegó a trabajar dos días seguidos sin descanso. Era como si quisiera cubrir cualquier necesidad que surgiera, por minúscula que fuera. Hasta felicitó a Stephanie, su secretaria, por su reciente compromiso. En menos de dos semanas había firmado contratos para toda una vida, había alzado el renombre de la empresa a un nivel más alto y había consolidado el acuerdo de expansión hacia Europa que no pudo formalizarse aquel fatídico día.

Y después, Mario anunció que se volvería a España para llevar la sucursal que abrirían en su capital; y lo nombró a él presidente de la sucursal de Nueva York, para sorpresa de todos. Mario nunca había demostrado deseos de volver a su país, y de repente se encontraba ansioso por hacerlo. Ese hecho seguía suscitando dudas en la mente de Thomas, quien era curioso por naturaleza.

—Ya casi llegamos, Thomas — Mario lo sacó de sus pensamientos. El interior de la camioneta estaba oscuro y apenas distinguía su propia silueta por las luces de la carretera. — Siento que el camino sea tan largo. Estarás deseando pillar una cama por el jet lag. — Él asintió, aunque no estaba seguro si fue capaz de apreciarlo. — Si tienes hambre, Sandra dejó preparado un pequeño aperitivo. Mi amiga Andrea se encargó de traerlo antes de salir a recogerte. Verás que está buenísimo y recuperarás las fuerzas rápidamente.

Mario continuó hablando, pero Thomas no le prestó atención. Seguía dándole vueltas al hecho de que era la segunda vez que pronunciaba la palabra “amigo” para referirse a una persona. Hacía seis meses de su traslado completamente a España, seis meses en los que solo se habían comunicado por teléfono, seis meses que parecían haber transformado a Mario en un ser completamente desconocido. Thomas quería descubrir qué había sucedido: él había intentado durante años que Mario se abriera, que aceptara su amistad, sin éxito alguno. Y de repente, en menos de seis meses estaba utilizando el calificativo “amigo” con alguien más.

Thomas sabía que debía haber una razón. Mientras atravesaban la entrada al pueblo, pensaba qué debía tener de especial éste para haber suscitado tal cambio en su socio.

———————————-

No tardó en descubrir el por qué.

Aquel pueblecito rústico de casas blancas le resultaba completamente encantador y acogedor. Desde el primer momento en el que llegó se sintió como si aquel siempre hubiera sido su hogar. El aire puro y fresco, tan distinto a la atmósfera asfixiante de Nueva York, la tranquilidad… y, sobre todo, las personas.

Todo el mundo lo saludaba y lo trataba amablemente. Mientras Mario le mostraba el lugar, los lugareños los paraban para saludar. Thomas observaba a Mario fascinado por la familiaridad con la que trataba a todo el mundo, por como sonreía, una sonrisa desconocida para él; por como brillaba de una forma distinta a cuando vivía en la gran manzana.

El nivel de su español no era muy alto, pero eso no le supuso un problema. Mario hacía de intérprete o él mismo se esforzaba por aprender a expresarse. Ni siquiera le supuso un problema cuando conoció a Manuel y Andrea, dos de los amigos de Mario.

—¡Hombre! ¡Así que este es el famoso Thomas! Tío, te hacía un tipo más estirado como para aguantar al amargado aquí presente durante tanto tiempo. — Thomas no comprendía por completo la frase, además de lo rápido que hablaba. Casi se asustó cuando Manuel se abalanzó sobre él para darle un abrazo. Era un joven fornido y alto, que intimidaba nada más verlo.

—Manu, venga ya. No me lo asuste al pobre nada más conocerte, que se va a pensar que vivo en un pueblo de locos — Mario corrió a socorrerlo. — Lo siento, Thomas. Este es mi amigo Manuel, pero le gusta que le digan Manu. Es quien me dejó la camioneta para ir a recogerte.

—¡Qué hay, amigo! — Manu le dedicó una sonrisa risueña.

—Que no te intimide su aspecto: parece un matón a sueldo, pero en realidad es un cacho de pan. Aunque bueno, el algo sí te doy la razón: es el más loco de por aquí.

—Pero serás cabronazo, Mario — Manuel se abalanzó sobre Mario, pero este lo esquivó y echó a correr huyendo de su amigo. — Ahora no querrá acercarse a mí. ¿Así es como presentas a tus amigos?

Thomas veía la escena sin comprender. Sabía que se trataba de una pequeña riña entre amigos por su persona, pero lo que más fascinado lo tenía era la sonrisa de Mario. Era como si en ese pequeño pueblo, Mario sonriera a la vida, a una vida que parecía haber estado apartada de su lado durante el tiempo que había permanecido en Nueva York.

—Disculpa a mi esposo, se emociona demasiado con todo lo que tenga que ver con Mario. — La voz de Andrea lo sacó de su ensimismamiento. Se sorprendió de que la joven le hablase en un perfecto inglés y no pudo evitar sonreírle agradecido por el detalle. — Soy Andrea, amiga de estos dos impresentables.

—Mucho gusto — respondió con cortesía.

—Me alegra que por fin conocerte. Mario habla mucho de ti, te tiene en alta estima.

—Bueno… Somos socios y llevamos un negocio. Digamos que nos compenetramos bien. — Thomas no supo que responder ante eso. Sí, era cierto que se llevaba muy bien con Mario y siempre hablaba muy bien de él. Pero no tenía constancia del caso contrario, por lo que la revelación le sorprendió gratamente.

—No me refiero a eso — se rió Andrea. — Me alegra que te encontrara allí en Nueva York y supieras cuidar de él. — Thomas iba a preguntarle a qué se refería con eso, cuando un grito de dolor los interrumpió.

—¡Ay! ¡Joder, Manu! ¡Que eso duele! — Manuel tenía agarrado a Mario por el cuello y con los nudillos le revolvía el pelo, obligándolo a pedirle perdón, mientras se reía a carcajada limpia.

—Voy a detener a estos dos antes de que se hagan daño de verdad — Andrea movió la cabeza, ligeramente avergonzada por el comportamiento de sus amigos. — ¡Eh, vosotros! ¿No os da vergüenza comportaros como dos borricos de feria delante de vuestro hijo y ahijado respectivamente? ¡Y más delante de nuestro invitado! — Fue entonces cuando Thomas se percató de la presencia de un pequeño niño de cabello rubio que se escondía detrás de la pierna de Andrea. El pequeño lo miraba con unos grandes y brillantes ojos azules, mientras movía insistentemente el chupete que tapaba su boca.

Mario y Manuel se soltaron mutuamente y caminaron hacia donde se encontraban Thomas y Andrea con la cabeza agachada, aunque con una sonrisa en sus labios. Por un instante sopesó la idea de que el niño fuera hijo de Mario y esa fuera la razón de su premura en volver a España. Pero descartó rápidamente la idea al ver cómo Manuel lo alzaba en brazos, y el pequeño mostraba la misma sonrisa risueña que el fornido joven.

—Lo siento, Thomas. Pero no puedo evitar querer meterme con este tonto ahora que por fin lo tengo a mano y no a miles de kilómetros atravesando el charco — Mario y Andrea le dieron una mirada de advertencia y Manuel tragó fuertemente. — Me presentaré otra vez. Soy Manuel, pero dime Manu. Y este pequeñín de aquí es mi hijo Daniel — le dio un beso en la mejilla a su hijo. — Daniel, saluda a Thomas. — El niño observó a Thomas como si estuviera analizándolo. Él le dedicó una tímida sonrisa. Nunca se le habían dado bien los niños. Pero Daniel levantó la mano hacia él y la agitó en señal de saludo con una sonrisa que lo derritió completamente.

Después de aquella accidentada presentación, Thomas y Manu se volvieron inseparables. Había descubierto que el peculiar sentido del humor del amigo de Mario era muy parecido al suyo. Y aunque muchas veces tenían que explicarse las connotaciones de los chistes, llegaron a formar un lazo fuertemente fraternal. Además, Thomas era un enamorado de los coches y Manu, el mecánico manitas del pueblo. Llegaban a pasarse horas en el taller del mismo, desmontando y reparando cualquier cosa que se les ocurriera.

Thomas comenzaba a entender el porqué del cambio en Mario: aquel pueblo lo complementaba. Incluso él mismo comenzaba a sentirse parte de ese hábitat, a sentirse parte de esa pequeña familia. Veía a Mario interactuar con los ancianos, con los niños, con todos. Un Mario desconocido que le devolvía las esperanzas de que tal vez, pudiera al fin llegar a considerarlo al mismo nivel que a Manuel y a Andrea: un amigo.

—————————————-

Al cuarto día de su estancia en el pueblo conoció a Sandra, la mejor amiga de Mario, y todo cobró sentido.

Todos los habitantes del pueblo habían decidido montar una barbacoa en honor de Thomas. Contrariado ante tal hecho, intentó impedirlo. No quería molestar a nadie añadiéndole más trabajo del que ya poseían. Mario le había contado que el pueblo se sustentaba mediante negocios artesanales que pasaban de generación en generación y que debido a eso, eran pocas las ocasiones en las que se permitían el lujo de días libres. Pero la férrea sentencia de Don Severino, el anciano párroco del pueblo, acalló sus quejas y se dejó hacer. Thomas no era una persona católica, pero sentía respeto por las costumbres cristianas.

La barbacoa se celebró en la plaza principal del municipio. El pueblo entero se llenó de música y bailes, desde por la mañana hasta el anochecer. Las mujeres del pueblo hicieron todos los platos típicos y Thomas se sintió incapaz de negarse a probarlos, a pesar de que en su estómago parecía querer explotar. Los hombres hicieron una gran hoguera que a él le resultaba sin sentido durante el día por el calor tan sofocante que azotaba ese verano; y los niños jugaban a toda clase de juegos que incluían desde romper una piñata con un bate de beisbol hasta tirarse con colchones atados a monopatines por la calle más empinada del pueblo.

Thomas se encontraba sentado en una silla, dejando reposar a su estómago, cuando Mario se acomodó a su lado.

—Dime, ¿te estás divirtiendo? — le preguntó sonriendo. Estaba completamente lleno de harina. Mario había estado jugando con los niños y la piñata y había roto el jarrón equivocado, ocasionando que una lluvia blanca lo cubriera por completo.

—Me lo pregunta el que está bañado en harina. — Thomas no pudo evitar reírse ante el aspecto de su socio.

—Sí, ya se la cobraré a Manu. La piñata la ha organizado él. — Ambos observaron el lugar donde se encontraban Manuel, Andrea y su hijo Daniel. Andrea sostenía en brazos al pequeño, mientras Manuel chinchaba a unos niños con el contenido de la piñata.

—Es un buen tipo. Tienes suerte de tener tan buenos amigos aquí. Jamás te hubiera imaginado a ti, míster seriedad personificada, bailando… ¿cómo dices que se llama ese baile?

—Chotis. Es la danza típica madrileña. Por suerte no me han hecho bailar sevillanas. Manu se habría burlado de mi poca coordinación de pies y manos para ello — Mario se rió de sí mismo. — Pero tienes razón: tengo mucha suerte de tenerlos…

El silencio se hizo entre ellos. Thomas observaba a Mario, quien parecía estar abstraído en su mundo. Él se había percatado: Mario era feliz y estaba rodeado de gente que lo quería y lo apreciaba. Nada comparado con la soledad que lo aguardaba en su apartamento en Nueva York. Sin embargo, en los días que llevaba en el pueblo, parecía como si le faltaba algo. Thomas se preguntó si echaba de menos su vida en la gran ciudad.

Pero ese pensamiento fue roto por la intervención de un niño.

—¡Mario! ¡Mario! — el niño venía corriendo hacia donde se encontraban ellos, seguido por dos más.

—¿Qué pasa, Juan?

—¿Sabes cuándo va a volver Sandra?

—Debería regresar en algún momento de esta semana — le respondió. Thomas juró notar un deje de ansiedad en la voz de su socio. — Ya sabes que se encuentra en una gira muy importante para ella y su galería de arte.

Thomas había oído hablar de Sandra. La gente del pueblo decía que los famosos “cuatro mosqueteros” eran los únicos jóvenes de provecho del pueblo y que habían triunfado fuera de él. Mario, Manuel, Andrea y Sandra. Mario había fundado una empresa en Nueva York, Andrea era una afamada escritora y traductora y Manuel había sido durante muchos años el encargado de revisar coches antiguos que se utilizaron en diversas películas. El problema es que no soportaba la idea de estar separado de Andrea, por eso montó su pequeño taller en el pueblo. Y luego estaba Sandra, quien era una artista y poseía una galería de arte independiente en Madrid que estaba cosechando muy buena fama, lo que había ocasionado que distintas galerías de todo el mundo quisieran contar con sus cuadros.

—Llámala y pregúntale, Mario — rogó el niño con insistencia. Mario sonrió divertido. Thomas simplemente observaba en silencio.

—¿Y por qué no la llamas tú mismo? — le revolvió el pelo al niño.

—¡Ay! ¡Eso no! — le apartó la mano, peinándose seguidamente. — ¿Cómo la voy a llamar?

—Es tu profesora, tienes su número. Coges el teléfono, marcas los números…

—¿Y eso qué más da? ¡Es a ti al que hace caso! Sobre todo cuando le pones ojitos… — Juan le respondió burlonamente. Thomas pudo ver como las mejillas de Mario se tornaban de color rojizo.

—¡Pero bueno! — Mario se levantó ofuscado con intenciones de abalanzarse sobre los niños.

Thomas fue partícipe de la persecución que en ese momento se instauró entre Mario y el trío de niños. Su socio corría, visiblemente más lento que ellos, haciendo como que intentaba atraparlos; mientras que los niños seguían burlándose de él, diciéndole cosas sobre que estaba enamorado de Sandra. Mario estaba a punto de atraparlos, cuando el grito de Manuel atrajo a atención de todos.

—¡Sandra!

Todo el pueblo se acercó para dar la bienvenida a la recién llegada. Thomas también se levantó, quedándose ligeramente al margen, solo observando la escena. Sandra era una joven hermosa, alta y de complexión delgada. Tenía una melena color azabache recogida en una coleta y portaba una sonrisa en su rostro que a Thomas se le antojó indescriptible. Pero lo que más le sorprendió fue el ver cómo todo el mundo se apartaba de ella, incluso Manuel, que la había acaparado abrazándola desde el primer momento, para dejar que Mario corriera hacia ella y la abrazara como si su vida dependiera de ello.

Fue entonces cuando lo comprendió: Sandra era la razón del cambio en Mario.

La barbacoa continuó después de la llegada de Sandra. Thomas veía interactuar a Mario con la recién llegada y cada vez se convencía más de que sus suposiciones eran acertadas. Podía observar el brillo de sus ojos y la sonrisa en sus labios. Sandra se presentó ante él y lo saludó con entusiasmo. Al igual que Andrea, le agradeció el haber estado al lado de Mario cuando vivía en Nueva York. Aquello seguía siendo un interrogante en la mente de Thomas. No sabía por qué todos le agradecían el haber cuidado de Mario, cuando ni tan siquiera había sido capaz de formar un lazo de amistad fraternal con él. Estaba dispuesto a preguntárselo, cuando una niña llamó la atención de la joven.

—Sandra, ahora que has vuelto, ¿volverás a darnos clase?

—Claro que sí, pequeña — le sonrió a la niña, mientras se agachaba a su altura. Mario le había contado que Sandra regentaba unos pequeños talleres de arte para los niños del pueblo, que habían visto suspendidos su actividad debido a la reciente gira de su galería. — Pero será después de que se vaya Thomas. Además, tú no querrás que se acaben tan pronto tus vacaciones, ¿verdad? — la niña negó decididamente, haciendo que Thomas se riera por la inocencia que destilaba.

—¿Y volverá Mario a darnos clase también? ¿Nos seguirá enseñando a utilizar el ordenador?

—Supongo que sí, eso habrá que preguntárselo a él. — Sandra alzó la mirada, viendo como Mario se acercaba a ellos en ese momento.

—Claro que sí, María — intervino. — ¿Pero por qué tanta insistencia? Las clases son de pintura, yo solo doy algunos trucos para utilizar programas de dibujo por ordenador…

—Pues porque me gusta veros juntos. ¿Verdad que os vais a casar? Alfonso dice que no, pero yo le digo que sí.

En aquel momento, Thomas juró que Mario y Sandra querían que se los tragase la tierra. Sus mejillas estaban lo suficientemente rojas como para parecer un tomate. Y a él le costó no reírse por lo cómico de la situación. No le gustaban los niños, pero encontraba muy divertida su infantil inocencia. Sandra se disculpó con ellos, llevándose a la niña a buscar a Alfonso para esclarecer dudas.

Mario se dejó caer pesadamente sobre una de las sillas libres y suspiró profundamente. Thomas lo imitó, sentándose a su lado.

—Disculpa la escena. María adora las historias de princesas y nos ha tomado a Sandra y a mí por los protagonistas de la suya propia — Mario se sirvió un vaso con agua. Después de llenar a Sandra de harina con su abrazo inicial, ambos habían ido a cambiarse. Mario lucía la camiseta de Star Wars que les regaló un socio al cerrar un trato hacía varios años.

—No pasa nada. No me habías dicho que Sandra era tu novia. ¿Así que por eso la insistencia de volver a España, eh? — Mario se atragantó con el agua que estaba bebiendo. Thomas tuvo que darle golpes en la espalda.

—No, no lo es — le aseguró, una vez hubo recuperado el aliento. —Sandra es mi mejor amiga. No es mi novia… Aunque, pronto lo será. — Thomas vio a Mario observar a Sandra. La sonrisa en su rostro era distinta. Supo que su socio estaba verdaderamente enamorado de ella; y se alegró por él.

—Me alegro por ti — le dijo de corazón.

—Aunque en realidad no sé si la merezco, después de todo el daño que le hice — susurró, más para sí mismo que para Thomas. Mario volteó a verle y le dedicó una sonrisa amarga. — Yo fui a Nueva York huyendo de todo. Mi padre nos había abandonado a mi madre y a mí y no fui capaz de encajarlo. Simplemente, necesitaba alejarme de este pueblo… Pero en el proceso, perdí mucho más que un padre. Me alejé de mis amigos, de mi familia, sentía que todos me daban la espalda y que yo no significaba nada para nadie. Me perdí a mí mismo.

Thomas escuchaba las palabras de Mario en silencio. Estaba abrumado, no solo por la revelación, sino porque esa era la primera vez que Mario se estaba abriendo a él, era la primera vez que sentía que la confianza que había entre ellos había alcanzado un nuevo nivel.

—No supe la verdad hasta que volví por el entierro de mi madre. Me sentía fuera de lugar. Todo el mundo me trataba como si nunca me hubiera marchado, pero para mí eran completos desconocidos. Me enfadé con todos, aunque con quien verdaderamente lo estaba era conmigo mismo. Hasta que Sandra me hizo entrar en razón y me mostró lo que realmente había sucedido durante esos años que me alejé de ellos. La hice sufrir por mi estupidez por más de quince años. Me siento afortunado de que siquiera me traten de la misma forma que lo hacían cuando era niño. De que me traten como parte de su familia. — Lágrimas comenzaron a asomar por los ojos de Mario y Thomas no pudo sino confortarlo, dándole suaves toques en la espalda. En aquel momento, sentía que su confianza se había fortalecido.

—————————————-

Los días restantes de sus vacaciones pasaron demasiado rápido para su disgusto. Después de que Mario se hubiera abierto a él, su relación cambió drásticamente. Thomas era uno más en el grupo, un compañero, un amigo. Incluso llegaron a nombrarlo “mosquetero honorífico”.

Mario y Sandra habían comenzado una relación oficialmente, para alegría de todo el pueblo. Thomas comprobó que aquel acontecimiento era algo que todo el mundo había estado esperando desde el regreso de su socio. Él se sentía orgulloso de haber participado, aunque fuera indirectamente, en la unión de ambos jóvenes. Desde su pequeña charla, Mario les pedía consejo tanto a él, como a Manuel y Andrea sobre cómo podía declararse a Sandra, compensando una mínima parte de todo lo que le había hecho sufrir. Thomas nunca supo los detalles, solo que una noche Mario no volvió a dormir a su casa, y a la mañana siguiente, él y Sandra disputaban una pelea de comida con los cereales del desayuno por la cocina de su casa, que finalizó con un beso entre ambos.

Sin darse cuenta, el día de su partida había llegado. Mario organizó una pequeña cena de despedida con los “mosqueteros”. Thomas no quería marcharse, pero sabía que debía hacerlo. Sus vacaciones habían terminado y debía volver a Nueva York. Ahora comprendía qué era lo que atraía a Mario a ese pueblo. Era su familia. Tenía amigos que siempre se habían preocupado por él, personas que se habían preocupado incluso por Thomas sin siquiera conocerlo. En aquel sitio, Mario podía ser verdaderamente él, un “mosquetero”, un niño que sonreía a la vida como jamás lo había hecho en Nueva York.

En ese instante, sentado en el centro de la mesa, viendo hablar y sonreír a Mario, Sandra, Manuel y Andrea animadamente, Thomas deseo que siquiera una minúscula parte de esa familia lo aceptara a él como propia.

—Chicos, quisiera vuestra atención un momento. — Mario se levantó de su silla y tomó la palabra, sacándolo de sus pensamientos — Quisiera proponer un brindis por Thomas.

—Mario, por favor, no tienes por qué — intentó disuadirle, pero Mario ya había levantado su copa de vino blanco, provocando que los presentes se levantasen de sus sillas. Thomas no tuvo más remedio que imitar la acción.

—Sí tengo. Y además, quiero hacerlo. Porque necesito pedirte perdón, Thomas.

—¿Pedirme perdón? — Las palabras de Mario lo desconcertaron.

—Tú siempre has estado a mi lado en Nueva York, y yo nunca he sabido valorar eso. Podía ver que te esforzabas por intentar que no fuera un antisocial, que me cuidabas cuando lo único que me preocupaban eran los estudios y los negocios; pero estaba demasiado ciego como para poder ver al gran amigo que había encontrado y que no me merecía. — Mario se alejó de su sitio y se situó frente a Thomas, quien todavía estaba tratando de asimilar el discurso de su compañero. — Thomas, tengo que pedirte perdón por haber sido un estúpido. Aún me pregunto cómo fuiste capaz de aguantarme durante tantos años, cuando yo no era ni la sombra de la persona que realmente soy.

—Mario… — Thomas no era capaz de discernir nada coherente en su cabeza. Sandra, Manuel y Andrea observaban la escena con una sonrisa de orgullo en sus caras.

—Y además, quisiera darte las gracias por haber sido un verdadero amigo, a pesar de que yo no era capaz de darme cuenta. Nunca me dejaste solo, y a pesar de todos los dolores de cabeza que te ocasioné, tú siempre estabas ahí, dispuesto a darme tu mano. Por eso, ahora quiero estrecharte yo la mano como un amigo — Mario soltó la copa que sostenía en la mesa y alargó la mano hacia Thomas. — Gracias por ser un buen amigo, Tom.

Y Thomas se quedó sin palabras. Aquella última frase se repetía una y otra vez en su cabeza y hacía que su corazón se acelerase. Hacía años que esperaba aquel momento, el instante en el Mario, por fin, lo llamara amigo. Casi se le saltaron las lágrimas al escuchar el diminutivo de su nombre. Una sensación de júbilo lo recorrió enteramente: Thomas siempre quiso que Mario lo llamase Tom, pero él nunca lo había hecho…

… hasta ese momento.

Sintiendo las lágrimas bajar por sus mejillas, Thomas estrechó fuertemente la mano que Mario le tendía; y dejándose llevar, le dio un abrazo. Un abrazo lleno de sentimientos encontrados: feliz por haber recuperado a un amigo perdido, y triste por tener que marcharse.

A la mañana siguiente, montado otra vez en el avión, Thomas se dejó llevar por sus recuerdos. La estancia en el pueblo de Mario le había hecho darse cuenta de algo que había estado descuidando desde que se fuera a vivir a Nueva York. Porque Thomas era, en cierta manera, igual a Mario. Había nacido en un pueblo pequeño en el estado de Connecticut y se había marchado de allí al entrar en la universidad. Sus padres seguían viviendo allí; y él rara vez salía de Nueva York. Recordó las palabras de Mario, de cómo él se había alejado de su familia y de sus amigos. Allí, sentado en el minúsculo asiento de ese avión, Thomas se sintió la persona más ruin al darse cuenta de que él también había estado descuidando aquello que era lo más importante: su familia.

Los recuerdos de su infancia comenzaron a abordarle. Casi juró reconocer la mayoría de ellos. Se preguntó si sus padres seguirían yendo a la cabaña del lago cada fin de semana como cuando era niño. Pero sobre todo, se preguntó cómo estaría ella. Aquella niña de sus recuerdos, la persona que había estado a su lado siempre, esa niña que vestía un traje celeste y tenía una sonrisa muy dulce.

Esa niña que era su mejor amiga.

En ese momento, tomó una determinación: lo primero que haría al poner un pie en Nueva York sería llamar a Alice. Rezaba internamente porque siguiera teniendo el mismo número de teléfono. Sino, sería capaz de comprar un billete hacia Connecticut allí mismo e ir a buscarla. La sonrisa se instauró en su rostro para no volver a marcharse; y un divertido pensamiento cruzó su mente.

—Quien sabe… A lo mejor, tal vez, la próxima vez que vaya a ver a Mario serán dos billetes en lugar de uno…

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s