No pasa nada, él está conmigo.

Él era de esas personas que le sacan fácilmente una sonrisa a cualquiera, de esas personas que están alegres sin ninguna razón en particular, de las que te hacen reír a carcajada, de las que se meten bajo tu piel y te tocan el alma. Ese era él.

Me rompió el corazón. Se fue y me sentí abandonada, perdida, asustada, sola en un mundo lleno de gente.

—Venga, cuéntamelo a mí que soy tu primo. ¿Quién es ese niño que te ha hecho llorar?

—Nadie —le respondí.

—¿Te gusta? Le puedo romper las piernas si tú me lo pides, lo sabes, ¿no?

—Qué pesado eres…

—¿Pesado yo? Venga, fuera de la cama.

Y así empezaba una más de nuestras peleas de cama… Él las adoraba. Me echaba a patadas y yo respondía atacándole dónde sabía que más le dolería. Él se agarraba sus partes como si fuera un bebé y decía: “¡Me vengaré!”.

Los días en los que aparecía por la puerta de casa, eran mis preferidos. En aquel entonces, me hacía cosquillas hasta enloquecer. Le encantaba hacerme rabiar, era su deporte favorito.

Aún recuerdo como a la edad en la que yo jugaba con sus antiguos Playmobil y él se metía conmigo por obviar a Barbie, me cogía en volandas, me ponía boca abajo y yo reía y gritaba de forma exagerada. Mi tía jamás atendía mi pedida de auxilio, lo dejaba jugar conmigo.

Cuando las hormonas desafiaron a mi razón, él estuvo ahí para darme ideas perversas que disgustarían a nuestros adultos. Yo me negué a agujerear o tintar alguna parte de mi cuerpo. Si hubiera sido por él, habría sido la más terrible de las niñas.

El primer móvil que tuve me lo compró él, puedo evocar su imagen fácilmente sentado a mi lado, rozando su hombro con el mío, sus manos en las mías… cálidas, siempre cálidas.

No pasa nada, él está conmigo.

Las veces que paseábamos por calles cordobesas y el sol implacable caía sobre nuestras cabezas, decidíamos ir en busca del helado perfecto. El chocolate de aquellos veranos todavía puedo saborearlo como si fuera la última comida que he probado.

Siempre que íbamos al cine me avergonzaba. Su risa era tan potente como él, así que yo me replegaba en mí como podía y escondía el rostro en su brazo. Pero es que él era así, pisaba fuerte.

En el coche solíamos cantar a todo pulmón… Me aprendí todas las canciones. El sonido de la música hacía que nuestro pecho temblara, la voz se nos desgarraba por el esfuerzo y los dos desafinábamos con auténtico talento.

Le gustaba ver la televisión hasta la madrugada. Yo dormía en su cama y él en la supletoria. Las invitadas siempre primero, esa fue una regla de oro. Su mano buscando mi contacto, mis dedos entrelazados con los suyos… No había mayor seguridad.

Tendía a mirarme como si yo fuera el tesoro más preciado de su vida, pero no sé a ciencia cierta si es que así hacía sentir a cualquiera.

No pasa nada, él está contigo.

—Una vez escuché que los profesionales del salto de altura dicen que en la caída ven su vida pasar.

—¿Cómo? —le pregunté.

—Pues como en una película, en fotografías.

—Ah…

Él siempre me enseñaba algo. Solía hacerlo, solía hablarme de todo y de nada. Tenía la buena o la mala costumbre de hacer que sus palabras pesaran y los silencios no se acallaran.

A veces, cuando mis sueños son tan reales que puedo palparlo con mis manos, despierto con una mueca que estira mis labios más de lo normal. Pero pronto mis neuronas comienzan a hacer su trabajo y me alertan de que aquello que he imaginado en mi subconsciente, no es real. Entonces las lágrimas no son controlables y caen a borbotones de mis ojos, empañan mis mejillas, crean charcos de dolor. Partes ya rotas en mi interior son capaces de fragmentarse en pedacitos aún más pequeños, aún más diminutos e imposibles de pegar, de arreglar, de restaurar.

Aquella noche no lo entendí completamente, por eso las lágrimas se ausentaron y la frialdad que hay en mí actuó. Más tarde, cuando los días pasaron y no volvió a cogerme en brazos, lo comprendí. Quizás haría falta mucho más que rezos para volver a verlo.

El peso bajó de mi cuerpo, pero volvió a mí. El líquido derramado por mis ojos fue controlado. Las riñas, peleas o discusiones jamás sucedieron.

Ahora es complicado divisar en mi mente su ceño fruncido. Hay una especie de truco que me impide verlo y una sonrisa amplia y sincera suele adornar su gesto.

El olor que desprendía era particular, pero con el tiempo se ha evaporado de mis recuerdos. Sus lunares fueron recontados como en un mantra tras su marcha, pero ahora casi no puedo enumerarlos.

Él, siempre él. Destrozó familias, pisoteó corazones, destruyó cuanto teníamos y se fue. Todavía puedo escuchar la moto, el estruendo, la gente chillando, el grito de desconsuelo. Aún vislumbro la manta blanca sobre su cuerpo, aún puedo.

Ahora, sentada en su habitación, sé que él está presente en cada fotograma de mi vida y a menudo me pregunto si yo protagonicé alguna de sus fotos en aquella caída.

No pasa nada, él está contigo.

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