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Tomo aire. Es mi manera de prepararme. En mis oídos confluyen y se baten entre sí todas las palabras. Las de otros. Las que no me veo capaz de dejar salir. Ajusto la bufanda a mi cuello, para que los reflejos del viento no la atraviesen. Un cuervo grazna. Me recuerda que no estoy en casa. La comisura izquierda de mi labio se eleva, durante instante mínimo, imperceptible. Los cuervos me miran temblar con el bolígrafo en la mano. No es el frío. Es la carta.

Ella siempre decía que se comunicaba mejor si podía poner lo que sentía sobre un papel. Que así lo ordenaba y se ordenaba ella. Por eso he decidido hacer lo mismo. Podría llamarla. Una esquina del móvil se está clavando en mi costado mientras estoy sentada, con la espalda en forma de uve para escribir. Parece empeñado en recordarme que está ahí.

Me gustaría escribirle acerca de los paisajes y el verde ensordecedor. De la sensación de completo desprendimiento de mi cuerpo. De los acentos duros y las sonrisas cálidas. Pero el único objetivo de esta carta es el de llevar una noticia. Como el de los mensajes en tiempos de guerra: muertos, heridos y supervivientes. Me gritan las piedras florecidas que el tiempo cura pero no perdona. Solo pone distancia entre el estallido y la estela de restos despojados de sentido. Los ahoga y los funde en calma. Eso me susurran los muertos bajo las lápidas de nombres gaélicos. “Todos seremos polvo y estrellas”.

La última vez que la vi, llevaba un brillo de alegría en los ojos. Para regalármelo en mi viaje. Pero esa imagen pesa menos que la que me ofreció un mes antes. Esa tarde en la cafetería, en la que no paró de llorar.

—Me han dicho que no puedo tener hijos.

—¿Quién?

—El médico. Esta mañana.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Lo siento. No sabía que quisieras tenerlos.

—Yo tampoco.

Le di otro sorbo a mi té con leche y ella, a su café sólo y salado. Quiero rescatar el momento en el que me decía adiós con la mano y se le llenaba la cara de rubor y buenos deseos. Pero cae inexorable, como la propia gravedad, su visión empapada en lágrimas. Somos muy jóvenes para pensar en eso. Fue lo último que me dije aquella noche, cuarenta días atrás. “Somos demasiado jóvenes para pensarlo”.

 

Agarro con fuerza el bolígrafo. Las puntas de mis dedos están aturdidas, crispadas. Pero no es por el frío. Son las palabras atoradas.

Aquí las nubes se mueven más deprisa. Llegan y se van. Para que el cielo no se vuelva monótono. Me dejan gris. Pero me gusta el sabor de ese equilibrismo entre los colores. Podría empezar por escribir que ya no tengo miedo. Aunque no sé si es verdad. Al menos, lo parece. Me empiezan a sobrar los habitantes del mundo y sus opiniones. Me sobran los días de nudos en la garganta y necesidades autoimpuestas. Me falta vida y me sobran lastres. Cuando me miren y susurren, guardaré mis dolores bajo los nudillos. Pero tampoco puedo escribir eso. No quiero que crea que no me importa su opinión. Simplemente estoy cansada de que todos pretendan imponerme la suya.

 

“Si tú no lo quieres y tu amiga sí, dáselo”. Víctor me miraba y asentía seguro de sus palabras. Se me quebró una lágrima dentro del párpado. Solo hacía algunas horas de aquella conversación. En un pub oscuro y vestido de madera. Me limpiaba restos de espuma, del labio superior, con la punta de la lengua. Para jugar a algo que no fuera mordérmela.

—Es un bebé no un vestido que no me sienta bien.

—Pero tu amiga quiere tener hijos y no puede tenerlos, y tú vas a tener uno que no quieres.

—No es algo que se intercambie, Víctor.

—Está bien, está bien…

—Sólo un hombre podría decir algo así.

Aunque debería haberle dicho que sólo él y su mente atroz podían imaginar algo así. Aunque no lo hice. Me até las palabras a la campanilla recordando que era el único amigo con el que compartía idioma en mi nuevo país. Me las amarré para no ir a la clínica de abortos yo sola. Para tener una mano sosteniendo la mía.

—Piénsalo bien. A lo mejor un día decides tener hijos y resulta que no puedes tener más, como tu amiga.

—No quiero tener el hijo de un desconocido con el que me acosté una noche.

—Deberías haber bebido menos cerveza.

—Debería haberme quedado en casa.

 

El aire ruge en la hierba y se esparce en mi pelo. La hoja sigue en blanco. Me miro la muñeca en busca de las agujas del reloj. Es tarde. La cita está por llegar. Quería escribirla antes. Aunque no fuera a tener una contestación inmediata. Antes de que no hubiera vuelta atrás.

Doblo el folio inmaculado y lo guardo en mi bolso, con el bolígrafo enganchado y sin tapón. Dejo el banco y me acomodo la ropa mientras ando hacia la esquina donde Víctor va a recogerme, sólo quedan algunos minutos. Doy vueltas. Dos metros arriba y dos metros abajo. Sin moverme de la esquina. Me giro para mirar el escaparate de la tienda de decoración. Las casas ya me han cansado la vista. Y allí está. Mi reflejo. En ese espejo forrado de ante beige. Soy yo. Pero no me reconozco. Miro mis rasgos. Mi cuerpo. Soy distinta. Distinta de la que se miró en el espejo esa mañana. Y, definitivamente, distinta de la que se miraba en los ojos de su amiga mientras el llanto los mantenía vidriosos. Es otro reflejo.

Víctor pita detrás de mí. Me monto por la izquierda, sin dejar de mirar el vuelo de mi vestido en el espejo.

—¿Cómo te sientes?

—Me siento más.

Sonríe y me acaricia el pelo.

—Entonces dime, ¿dónde te llevo?

5 comentarios en “Más

  1. La música y la prosa fluyen como una. Normalmente una cosa me distrae de la otra, pero esta vez he sentido como todo se trenzaba a mi alrededor y me envolvía. Realmente poderoso y bello. Es precioso. La belleza y la emoción son unas de tus mejores armas como escritora, Maca.
    Este me lo guardo. ❤

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