María a los catorce

maria_a_los_14Debía de llevar unos cinco, tal vez seis meses yendo a aquella casa cuando lo encontré. Recuerdo que era verano. Había conocido ese pasillo infinito y oscuro en invierno. Ya en primavera sabía recorrerlo a ciegas contando los pasos. Desde el salón, doce hasta la salita, cinco más hasta el cuarto de María y otros ocho hasta el baño, girando a la izquierda en el tercero. Y entonces, un domingo cualquiera de julio, salí de su habitación ya vestida y allí estaba como si nada. Colgado junto a la puerta, tan sobrio. Ni siquiera recuerdo el marco que tenía al principio. Tampoco es que pueda acordarme del que tiene ahora. Jamás me ha importado eso. Recuerdo aquel papel tras el cristal y la impresión que me provocó ver por primera vez el carboncillo impregnando el blanco algo envejecido.

“María con 14 años”. Así estaba escrito. Y una María más aniñada que la que estaba acostumbrada a observar cuando parecía no darse cuenta había sido inmortalizada allí. Y no sé cuánto tiempo inmortalicé mi mirada, pero algo ocurrió durante unos instantes, hasta que la María de 30 años me devolvió al mundo real.

Se rió de mi despiste. Le dije que no lo había visto hasta ese día, el retrato, quiero decir. Ella me contó más tarde en el coche, mientras comíamos donetes y patatas fritas con sabor a jamón, que lo había hecho su profesor de pintura. Yo me pregunté por qué alguien de 14 años tenía una mirada tan dura. Pero no se lo dije, claro. Minutos después, también en el coche, mientras ella fumaba y yo me liaba un cigarrillo, me dijo que no tenía en realidad 14, sino 12 años, pero que su profesor siempre bromeaba diciendo que parecía mayor. Yo me lo creí.

Aquella noche fuimos a cenar con unos amigos. María y yo apenas comimos tras el festín del coche. Después me llevó a casa. Durante el camino no paraba de pensar en la otra María, la que residía de forma permanente en aquel pasillo oscuro. La que estaba condenada a tener 14 falsos años para toda la eternidad. Soñé con ella. Que se rompía, que caía al suelo y el cristal que la cubría estallaba en pedazos minúsculos. Que el brillo triste de sus ojos era tan solo el reflejo de ese cristal que ya no existía. Que al fin y al cabo era lo que era, un dibujo. La congelación de un instante en la vida pasada de la María real de 30 años.

Pero aquel momento había existido. Aquella María de 14, que era en realidad la de 12, estaba allí, prueba de ello. Y pasé semanas perturbada por esa idea. Empecé a observarla, a la María de 14, cuando la de 30 parecía no darse cuenta. Aprovechaba cualquier momento: si tenía que ir al baño me detenía frente al retrato. Si salía de la habitación de María le dedicaba una mirada, aunque fuera de soslayo. Una mirada cómplice. Un gesto que le hiciese saber que estaba allí, que ya sabía que existía y que no volvería a obviar su presencia.

¿Cuántos la habían ignorado antes? ¿Cuántas personas habían paseado frente al dibujo sin verla? ¿Cuántas otras la habían visto pensando que aquello era simplemente un retrato sin más valor que el que se le había querido dar? Me obsesioné con la idea de que la María de 14, que era de 12 en realidad, se hubiera sentido sola. La de carne y huesos y, en consecuencia, la de papel y carboncillo. Aquel rostro dibujado estaba reclamando mi atención años más tarde. La María de 30, a la que yo amaba, era el producto de la de 12. Pensar en ello me provocaba un vacío inmenso en el estómago.

Comencé a dedicarle más tiempo. No lo hablé con nadie. Ni siquiera lo pensé. Tan solo lo hice, sin más. Inicié una relación paralela y muy distinta a la que tenía con la María humana. Cada fin de semana llegaba a aquel piso, me dirigía hacia el pasillo oscuro con la excusa de dejar la maleta y la saludaba. No le decía nada, tan solo pensaba en algunas cuantas palabras que podría decir en voz alta mientras la observaba. Y en cierto modo, aquello me hizo bien en mi relación con la verdadera María. Tardé en darme cuenta, pero yo ya sabía muchas de las cosas que ella fue confiándome con el tiempo. La comprendí incluso antes de que ella se atreviera a pedírmelo. Y la quise mucho más por ello.

Pasaron un par de años más hasta que por fin pude llevarme el retrato a otro lugar. Habíamos alquilado un pisito bastante modesto, lo habíamos decorado a nuestro antojo y por fin dimos el paso de irnos a vivir juntas. Las tres: la María de 32, la de 14 y yo misma. Tuve que convencer a la real para llevarme su recuerdo. Decía no entender mi afán por cambiarlo de sitio. Siempre fue una persona bastante estática para ciertas cosas. Yo, sin embargo, hacía esfuerzos por cambiar todo lo posible. Lo estable solía aburrirme.

Y en este caso le gané la batalla. El retrato acabó en la pared del recibidor de nuestro nuevo pisito. Yo pensaba que así, al estar frente a la puerta de entrada, la gente repararía en él. Los primeros meses no hacía más que mostrárselo a todo el que venía a casa. “Mira, ¿has visto a María de pequeña?”. Pero la reacción de cada uno de ellos fue decepcionándome paulatinamente. “Ay, qué graciosa”, o: “¡Qué chica!”. Decidí buscarle otro sitio más adecuado. Tal vez un lugar en el que quien se parara a mirar lo hiciera de verdad. Escogí mi despacho, que no era más que la habitación que no usábamos amueblada con un escritorio barato, una silla de las que teníamos en la mesa del comedor y cuatro estanterías de aglomerado repletas de libros: desde manuales sobre lírica, narración teatral o creación de personajes hasta clásicos como Don Juan Tenorio, pasando, por supuesto, por mi colección de la infancia de Harry Potter, Los cinco y por esos libros que pedí prestados a mi madre cuando me mudé por lo mucho o lo poco que me habían gustado: Viento del este, viento del oeste de Pearl S. Buck, Los renglones torcidos de Dios de Luca de Tena o Siddhartha de Hesse.

Recuerdo la sensación que me produjo cambiar a la María de 12 a su nuevo marco. Le había comprado uno que pudiera apoyarse en el escritorio. Al extraer el papel grueso y amarillento del antiguo pude tocarlo por primera vez de forma directa. Y resultará extraño, pero me impregnó una sensación de intimidad absoluta. Como cuando besamos por primera vez y nos sabemos cómplices del otro. Así me supe yo. Cómplice de aquella María de 14, que era de 12 en realidad. Cómplice de su mirada triste, de su gesto inexpresivo y sus labios afilados, como preparados para el no sentir que parecía haberse impuesto a sí misma.

Tardé algún tiempo en adaptarme a su presencia. Al principio me descubría de repente con la mirada perdida en ella. Mis tardes en aquel despacho pasaron a ser algo improductivas. Quise darle la vuelta, como cuando castigas a un niño de cara a la pared por distraerse demasiado. Pero me sentí culpable por pensar siquiera en ello. Me resigné a mi falta de concentración y, paradójicamente, fue aquello lo que hizo que mi mente volviera poco a poco a su sitio. Algo que, por otro lado, nunca había sido demasiado fácil.

Casi tres años más, los que tardó en llegar Irene, estuvo la María de 14 conmigo en el despacho. Me vio crear un par de novelas y revisar un poemario que escribí de joven y que había olvidado casi por completo. Unos meses antes de que el vientre abultado de la María de 35 le impidiera mover muebles cambiamos las estanterías al salón, dejando tan solo la de los libros infantiles. También nos deshicimos, muy a mi pesar, de la mesita de escritorio. En su lugar montamos una cuna, que había sido antes de mis primos. Y antes que de ellos, mía. También colocamos una cómoda y un cambiador. Y una mecedora. Y peluches. La María de 14 fue colocada en la consola de la entrada. Ni siquiera recuerdo si lo hice yo. Solo sé que un día, al volver a casa de comprar ropa de bebé y más peluches, ya estaba ahí.

Apenas tengo recuerdos de la María en blanco y negro en aquella época. Irene llegó llorando a casa en brazos de mi mujer y siguió llorando día y noche durante meses. Nos olvidamos de nosotras mismas. María había pasado a ser la otra madre de mi hija, así como yo era lo mismo para ella. Durante aquel tiempo nuestras conversaciones se limitaron a pañales, biberones, técnicas de sueño y citas con el pediatra. Y supongo que igual que perdí la intimidad con ella lo hice con el retrato que había sido abandonado meses atrás en el recibidor. Y no es que María y yo dejáramos de querernos. Al contrario. Pero supongo que Irene se había convertido en el modo más inmediato de demostrarnos el cariño. Y aquello nos bastó durante ese tiempo de adaptación. Tiempo durante el que, por primera vez desde que descubrí a la retratada en el eterno y oscuro pasillo, me olvidé de recordarle que seguía teniendo un sitio, que no la había obviado. Aunque, en realidad, sí que lo había hecho.

Nuestra hija acabó por dejar de llorar. Y de repente me hallé de nuevo en una casa en calma, interrumpida a veces ésta por las risas de una niña que crecía demasiado rápido. Comencé en aquella época a odiar el tiempo. Sentía el vértigo hacerse más patente. Irene, a sus dos años y medio, había empezado a convertirse en algo más que un bebé: era una personita que tomaba ya sus propias decisiones, para bien o para mal. Que nos desafiaba a cada momento y que, por saberse risueña y divertida a nuestros ojos, se servía de ello para ser la dueña y señora del hogar.

Llevaría meses, tal vez años sin reparar en el retrato que continuaba en la consola de la entradita. Una noche, mientras preparaba la cena antes de que llegara María del trabajo, me alarmé ante los gritos de mi hija.

—¡Mami! ¡Mami! ¡Mira! ¡!

Dejé el cuchillo en la encimera y salí corriendo en dirección a los gritos. Me sorprendí al ver a Irene parada a oscuras y de puntillas en la entrada de casa mientras señalaba a la María de 14, la de 12 en realidad, con una cara de admiración absoluta. Apreté el interruptor que dio luz a la estancia, me acerqué a ella y me agaché hasta quedar a su altura.

—¿Qué pasa, cielo? Esa es mamá.

Me miró con incredulidad.

—No. .

Me eché a reír. A pesar de sus dos años recién cumplidos aún le faltaba mucho para dominar el lenguaje.

—Cariño, se dice yo.

Yo, yo, yo —mientras repetía la palabra asentía mirándome y continuaba señalando con su dedo diminuto.

Tuve que contener la risa y la ganas de achucharla contra mí.

—Pero Irene, cielo, es que esa no eres tú. Es mamá.

Como un dibujito animado, mi hija abrió los ojos muy despacio, mostrando su sorpresa.

—Pero, ¿mamá… ? —balbuceó.

Me eché una mano a la frente.

—Irene, no sé qué me quieres decir.

Entonces la enana señaló el espejo que había justo sobre la consola donde estaba la María retratada. Dando saltitos, me dijo:

—Mira, -me miró sonriendo-. Yo.

La cogí en brazos para que pudiera ver su reflejo. Eché un vistazo a la María de 12 y me sorprendí a ver el enorme parecido entre ella y mi hija. Siempre se había comentado en la familia, pero al observar por primera vez en tanto tiempo los rasgos aniñados de María, estos me parecieron un anticipo de lo que estaba por llegar. Así como se me hizo Irene un recuerdo que en realidad no podía tener de aquella infancia a la que no había asistido. Sonreí de forma instintiva y mi hija, al verme, soltó una carcajada tremendamente infantil. Se le arrugó la naricilla como a María, y al echar levemente la cabeza hacia atrás como gesto involuntario que acompaña a la risa, la luz de la lámpara iluminó sus ojos marrones, dejando entrever el tono verdoso que tan cotidiano me era. Ya me gustaba desde antes de verlo en Irene. Aunque en esa ocasión percibí en la niña que tenía en brazos algo que llevaba años buscando. Un brillo inexplicable que, a decir verdad, había ignorado en los ojos de la María adulta por querer hallarlo en la que residía en el papel.

En aquel instante lleno de descubrimientos y redescubrimientos me declaré fanática incondicional del verde escondido en los ojos marrones de mis mujeres preferidas. Y el brillo recién recordado, por un lado, y recién conocido, por otro, me hizo sentir de nuevo tras unos años aquella joven de 23 seducida por alguien un poco mayor. Mis ganas habituales de volver a ver la cara de la María de 37 se convirtieron, como al principio, en un nudo inexplicable en el bajo vientre. Sabía que mi mujer estaba por llegar, pero no tenía ni idea de cuánto tiempo tendría que esperar para verla.

Y fue entonces cuando sonó un clic en la cerradura. El rostro de la María real se reflejó en el cristal que protegía al recuerdo de la niña que había sido una vez.

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