LOS BAÑOS DEL CARMEN 1

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Clara hablaba poco pero observaba mucho. La primera vez que la vi se estaba bañando desnuda en una pequeña playa que hay junto a Los Baños del Carmen cerca del barrio de El Palo de Málaga. Rodeada por la ciudad, este pequeño rincón permanece olvidado para la mayoría de los malagueños. Unos eucaliptos escoltan la playa y la separan de la avenida que sigue la costa por toda la ciudad. Por un lateral está delimitada por las rocas y un museo vivo de carpintería de ribera y por el otro lado hay una vieja pista de tenis y después surge sin que te lo esperes el viejo balneario.
Cuando salió del agua me quedé mirándola. Ella me miró y dejó de mirarme al instante pero volvió a mirarme y se quedó varios segundos sosteniéndome la mirada y entonces fui yo el que dejó de mirarla. Cuando volví a mirarla otra vez, ella me seguía mirando y sonrió. Yo volví a retirar la mirada. Supongo que en aquel tiempo yo todavía no podía sujetar nada y menos aún la mirada de una mujer desnuda. Me tumbé sobre las piedrecitas de la playa y cerré los ojos.
–Dime tres cosas que te gusten y tres cosas que no puedas soportar. –Me incorporé sobresaltado. Era aquella mujer desnuda delante de mí. No podía verla bien porque el sol me deslumbraba.
–¿Perdona? –dije yo incorporándome.
–Me has escuchado perfectamente, solo estás ganando tiempo para pensar la respuesta. –Estaba frente a mí sonriendo. El sol a su espalda, su cabeza provocaba un eclipse total y entonces pude ver bien su cara.
–¿Por qué quieres saberlo? –Mi bañador me hacía sentir incómodo.
– No siempre hay un porqué. Olvídalo. –Se dio la vuelta y se fue.
–¡Oye niña no te vayas!, espera. –Grité mientras la seguía. Ella se paró y se dio media vuelta. –La playa, la poesía y la cerveza–respondí.
–¿ Y las tres que no te gustan?
–Ufff… no sé. El miedo, las aglomeraciones y el pastel de pescado.
–Ja,ja,ja. ¿Qué te pasa con el pastel de pescado? Está muy bueno, a mí me encanta. En veranito entra muy bien, fresquito.
–Cosas de la infancia. ¿Cómo te llamas?
–Clara. ¿Y tú?
–Yo, Fran.

Esa primera tarde la pasamos juntos. Nos bañamos desnudos. Dimos un paseo por el paseo marítimo en dirección al Palo. Nos tomamos un té y un pastel de zanahoria en la Galerna viendo el atardecer. Yo había ido a Málaga en tren porque tenía el carnet retirado. Hacía ya dos años que me había separado de mi mujer. En realidad había roto con casi todo lo que tenía relación con mi vida anterior. Pasaba mucho tiempo solo y ese jueves por la noche había decidido irme el fin de semana a algún sitio. No importaba adonde. Solo tenía que tener mar. Me metí en la página de internet de Renfe y elegí Málaga. No conocía Málaga y ya que los sevillanos se metían continuamente con los malagueños me pareció buena opción. Alquilé una habitación en un hotel cerca del mar y me fui.
–¿En qué dices que trabajas? ¿Constelaciones familiares? Nunca he oído eso antes.
–Ya, imagino. –Clara se estaba tomando un té en un vaso grande de cristal. Clara lo hacía todo diferente. –Supongo que mucha gente nunca ha oído hablar de constelaciones. Se trabaja con los sistemas familiares. La posición que ocupa cada uno dentro del sistema y las relaciones que mantiene con los demás miembros. Se trabajan bloqueos y cosas así. –Clara me miraba mucho a los ojos mientras hablaba conmigo. Era algo mayor que yo. Yo tenía cuarenta y uno y ella tendría unos cuarenta y cinco. Era alta y atractiva. Se levantó para ir al baño y le vi el culo. Tenía un buen culo. Antes, cuando estábamos desnudos en la playa, no me atreví a mirarle el cuerpo. Me parecía una invasión mirar a una mujer desnuda en la playa. Por lo menos hacerlo con los ojos que yo sabía que iba hacerlo. La desnudez de una mujer tiene mucha luz y necesito tiempo para poder mirar sin deslumbrarme.
–Esta tarta de zanahoria está increíble, niña. Nunca pensé que la zanahoria pudiera alcanzar estas cotas tan altas. –Clara se rió y cogió otro trozo de tarta. –Tú eres de los que te gusta el dulce mucho, ¿verdad?, a mí también me gusta, no creas. Antes me hartaba de azúcar, pero ya no tomo tanto. Pero vamos, que si hay que tomarla se toma. Si me descuido te la tomas entera.
Nos terminamos la tarta y nos levantamos de la mesa. Seguimos caminando en silencio. Estuvimos sin hablar un buen rato. No es fácil estar sin hablar, y menos con una mujer que acabábamos de conocer. Nos vemos en la obligación de soltar chorradas y hablar de cualquier tema con tal de no estar en silencio. Creemos que si no la otra persona va sentirse incómodo o va pensar que somos unos sosos. Lo cierto es que hablamos demasiado. Por el paseo marítimo nos cruzábamos con gente corriendo con sus perros, con abuelos dando su paseo, con parejas de mujeres charlando, con ciclistas. Era viernes y había mucho ambiente en las terrazas. Clara se paró y se sentó sobre la piedra del paseo marítimo. Observaba como jugaban dos perros en la orilla del mar.
–¡No veas como se lo están pasando! –Los perros se acercaban a la orilla esperando a que vinieran las olas y cuando rompían, se ponían a ladrar y a dar vueltas alrededor de ellos mismos. Y así con cada ola. –¿No te parece todo esto un decorado?, me parece brutal. –Clara levantó las piernas y pasó por encima del murete hacia la playa. Yo hice lo mismo. Primero pisamos césped que había entre el paseo y la arena. En algunas zonas había una franja de hierba donde estaban colocados los puestos donde estaban situados los puestos para los espetos. Al verlos se me antojó uno.
–Nos podríamos comer unos espetos dentro de un rato. ¿Qué te parece?, ¿te apetece? Yo invito.
–Yo me apunto a los espetos, aunque ahora no tengo hambre, todavía tengo la tarta de zanahoria en la garganta. –Clara siguió caminando hacia el mar y se sentó en la arena cerca de la orilla. –Me quedé mirándola y pensé que me gustaba mucho. Imaginé que me acercaba lentamente a ella, le apartaba el pelo y la besaba tiernamente en la nuca. Me puse a caminar lentamente, llegué, le aparté el pelo y la besé en la nuca. Ella no se movió. Agachó un poco la cabeza y se apartó el pelo que le quedaba ofreciéndome todo su cuello. Me senté detrás de ella abrazando su cuerpo con mis piernas y seguí besándola suavemente y poco a poco. Estuvimos en esa postura y en silencio durante un buen rato. Ninguno de los dos decía nada, ni falta que hacía decir nada. Empezó a hacer frío y nos levantamos de allí. A los pocos pasos yo la cogí de la cintura, la lleve hasta mí y la besé. Mis dos labios buscaban uno de sus labios y lo mordía hacia el interior de mi boca; su labio apretado suave entre mis dientes; primero el inferior, después el superior, otra vez el inferior, acaso un leve soplo caliente húmedo; su respiración templada y pausada, su lengua aún dentro de la boca y aparecieron los ojos mirándose. Silencio. Los labios desconocidos hinchados de sorpresa. Seguimos caminando. Silencio.

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