El sol de la mañana

El sol de la tarde se pondrá pronto y la oscuridad que deje marcará el comienzo de la fiesta del fuego de los Pamalakae. Niki está emocionado, ya queda muy poco para ser bendecido por las llamas de la gran noche. Entonces, será mayor y podrá montar en un grájalo, como todos sus hermanos. Está deseando que el sol de la tarde dé el último paso, pero el tiempo no avanza tan rápido como le gustaría. Las noches en el planeta de los Pamalakae son eternas, así que, cada vez que sale o se esconde el sol es motivo de fiesta. Le piden a su dios que les proteja de la oscuridad y encienden una gran hoguera tan grande como el cráter donde nació el Dragón de la Mañana que debe mantenerse toda la noche encendida. Todo el pueblo colabora ofreciendo madera al dios cada vez que se despiertan antes de comenzar su jornada. Niki va a cumplir ya veinticinco noches y en la ceremonia del fuego se hará un hombre. Está ansioso.

Hace un par de pasos del sol que Niki ha escogido su propio grájalo, un perro con alas con el que podrá volar cuando sea un hombre.  No piensa en otra cosa. Su padre sabe que debe explicarle en qué consistirá la ceremonia del fuego. Para los que van a hacerse hombres es el momento más importante de su vida. Se acercarán más que nadie a la gran hoguera hasta que consigan ver el reflejo del Dragón de la Mañana. Entonces se alejarán y serán hombres para el resto de su vida. Niki no puede cerrar la boca con todo lo que le cuenta su padre. Quiere que ese sea el momento más feliz de su vida. Se imagina ver el gran fuego de cerca, inmenso, poderoso, albergando al dragón divino dentro de él y convirtiéndolo en hombre.

Pero su padre quiere contarle las obligaciones que tiene ser un hombre. Durante esa noche deberá encontrar a una chica para casarse con ella en las fiestas de la mañana. Las chicas se convierten en mujeres al unirse a un hombre cuando tienen veinticinco noches. Niki también deberá construir su propio hogar para ofrecérselo a su esposa. Las llamas le alumbrarán durante la noche mientras cumple sus primeras obligaciones como adulto. Niki ya no está prestando atención; en sus ojos brilla ya el fuego de la gran hoguera.

Pero la ilusión infantil es lo primero que se perderá cuando Niki logre ser un hombre y monte sobre su grájalo para volar libre. El sol ya ha dado su último paso hacia el abismo y la oscuridad comienza a ser absoluta en un mundo silencioso hasta que el suave tintineo de la campana da la señal de que hay que encender las antorchas. El pobre Niki mira con nerviosismo las luces que se van iluminando el gran poblado Pamalakae. Oye las cítaras y la gente sale a la calle. La ceremonia va a empezar.

Niki llegará como todos los demás Pamalakae, verá cómo se enciende repentinamente la gran hoguera y se acercará con los demás jóvenes al fuego. El niño que se hará hombre descubrirá que la enorme belleza de las llamas se disipa al acercarse y notar el inmenso calor. Allí no encontrará ningún dragón, sino que verá cómo sus compañeros mienten para poder salir de aquel horno. Él como otros, seguirá buscando hasta rendirse y reconocer, casi alucinando, que ha visto algo así como el reflejo del dragón, saldrá exhausto del infierno y mientras su pueblo le aplaude por cruzar la delgada línea que hay entre la ilusión y la mentira. Niki tendrá que acercarse a las chicas de su edad, que están reunidas observando la ceremonia, para escoger a la que va a compartir con él el resto de su vida. Su padre irá con él para vigilar que sea de buena familia y avalar la dote de su hijo. Los padres, en la fiesta del fuego, presentan a sus hijos y él le llamará Nikómenes. Niki habrá perdido su nombre de niño para siempre y esa herida no se le cerrará. Su único alivio esa jornada será montar por primera vez en su grájalo, un premio que le sabrá a poco después de tantas decepciones.

El día empezaba a clarear al fin y se acercaba la fiesta de la mañana tras cien jornadas oscuras en el ambiente y en el corazón de Niki, que se había resistido a cambiar de nombre. Estaba prometido con una chica fantástica a la que no quería y había aceptado casarse, pero no quería seguir siendo mayor, ni ella tampoco. Habían acordado casarse y huir al acabar la ceremonia, para poder ser felices sin las obligaciones que tenían como adultos. Hacía ya mucho que estaba amaneciendo pero hoy saldría el primer rayo del sol y había que celebrarlo. Las campanas volvieron a llamar al pueblo.

Ambos estaban preparados para salir huyendo de allí en cuanto todo terminara. Nada era real, las tradiciones Pamalakae eran engaños y dos niños se iban a casar gracias a ellas. Renunciaban a crecer, pero a ella le quedaba muy poco para ser adulta. Mientras preparaban todo el equipaje, Niki se dio cuenta del tiempo tan valioso que habían perdido durante la noche, cuando ella aún era una niña. Los dos miraron al cielo y comenzaron a ver el sol que casi no se desplazaba, pero había movimiento en la escena. Algo brillante se acercaba. Era el Dragón de la mañana.

el sol de la mañana

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